INICIAR SESIÓNTras un beso que lo cambió todo, Jin y Matteo creyeron haber cruzado la línea de lo imposible. Por primera vez, el deseo no tuvo que ocultarse y el amor dejó de ser un secreto. Unidos por un vínculo más fuerte que los miedos, entraron juntos a la mansión Carbone… sin saber que alguien ya había decidido separar sus destinos. El apellido Moretti no perdona. Y Alessandro, con sus heridas enquistadas y un pasado que lo atormenta, no está dispuesto a permitir que su hijo repita la historia que él considera su mayor error: amar a otro hombre. Mientras los Carbone luchan por proteger el amor de Jin, una nueva amenaza comienza a gestarse en la sombra: Carlo, el hermano de Alessandro, tiene una misión. Una que podría destruir lo que apenas está naciendo. ¿Podrá su amor sobrevivir cuando el enemigo se esconde tan cerca? ¿Serán capaces de resistir cuando el pasado de sus padres comience a marcar sus propios pasos? Porque esta vez no basta con amarse… también tendrán que defenderse del mundo. Orden de la saga: Dinastía Carbone. LIBRO 1: PERVERSOS DESEOS LIBRO 2: PERVERSA AMBICIÓN LIBRO 3: PERVERSA TRAICIÓN LIBRO 4: PERVERSA TENTACIÓN TOMO 1 LIBRO 5: PERVERSA TENTACIÓN TOMO 2
Ver másLa tarde caía suave sobre Palermo, bañando las calles de un dorado cálido que parecía anunciar una nueva era para todos. La ciudad, que tantas veces había sido testigo de violencia, traiciones y secretos, ahora se sentía distinta: más ligera, casi esperanzadora. En el hospital, Alessandro Moretti se recuperaba poco a poco. Había sido un milagro sobrevivir, y aunque su cuerpo aún guardaba cicatrices, sus ojos habían cambiado. No eran ya los del hombre frío y cruel que lo había sacrificado todo por el poder. Ahora brillaban con una ternura contenida, especialmente cuando Enzo entraba en la habitación.—¿Sabes? —murmuró Alessandro, tomando la mano de su pareja, esa mano que lo había sostenido en los peores días—. Pensé que moriría sin poder decirlo en voz alta… Te amo, Enzo. No me importa nada más.Enzo lo miró con lágrimas contenidas, sonriendo mientras acariciaba su rostro.—Ya era hora de que lo aceptaras, testarudo —dijo en tono suave—. Yo también te amo, y ahora nadie podrá arranca
El pasillo del hospital estaba cargado de un silencio sofocante, interrumpido apenas por el paso apurado de enfermeras y el pitido distante de monitores médicos. Las luces blancas, demasiado frías, parecían burlarse del calor que faltaba en los corazones de los que esperaban afuera.Matteo estaba sentado con los codos apoyados en las rodillas, las manos entrelazadas con fuerza, como si al apretarlas pudiera contener el desgarro que sentía dentro. Jin estaba a su lado, tomándole la mano con firmeza, acariciando con el pulgar los nudillos de su novio para evitar que se hundiera en la desesperación.Enzo, de pie contra la pared, observaba todo con ese temple de hierro que lo caracterizaba, aunque sus ojos oscuros delataban la angustia de un hombre que también temía perder a alguien que, con todo y sus errores, formaba parte de su vida.Más atrás, James y Sean intercambiaban miradas pesadas. El matrimonio había pasado por demasiados fantasmas, demasiadas culpas, y aunque estaban allí por
La luz del pasillo del segundo piso titilaba, enferma, como si la mansión respirara a golpes. El humo de pólvora formaba una neblina baja que raspaba la garganta. En el suelo, casquillos brillaban como dientes rotos. James avanzó primero, hombros anchos, la pistola firme, y a su lado su esposo, Sean, igual de tenso, igual de listo. No hablaban mucho; no les hacía falta. Años de guerras compartidas habían convertido sus gestos en un idioma propio: un leve movimiento de muñeca significaba “cubro esquina”; una inclinación de cabeza, “sube por la izquierda”. Eran dos mitades de una misma voluntad.—Quietos —ordenó James a los hombres detrás, sin girarse—. Riso es nuestro.Los pasos se amortiguaron cuando el grupo se pegó a las paredes. Desde algún cuarto al fondo llegó el chasquido metálico de un cargador encajando. Sean miró a James: confirmación silenciosa. El enemigo no estaba rendido; estaba preparándose para morder.—Te escucho respirar, James Carbone —bramó Riso desde la penumbra, v
La mansión entera parecía un campo de guerra después de la primera embestida. El eco de los disparos aún resonaba en los pasillos, mezclado con el humo que se filtraba desde las ventanas rotas. Los candelabros vibraban con cada explosión lejana, y las paredes blancas ahora estaban manchadas de rojo y grietas de plomo. Aquello ya no era un hogar, sino una tumba a punto de sellarse para quien aún se atreviera a resistir.James avanzaba en silencio, con la pistola en mano y los ojos clavados al frente. Su rostro, endurecido por los años y la violencia, no mostraba un ápice de duda. Caminaba como un depredador que conoce cada rincón de su territorio, aunque esa mansión perteneciera a Moretti. A su lado, Sean seguía el mismo ritmo, con la mandíbula apretada y la mirada fija, vigilando cada esquina. Ambos sabían que Riso aún estaba allí, respirando, escondido como una rata herida. Y para ellos, eso era inaceptable.Detrás de ellos, un grupo reducido de hombres los seguía, cargando armas la
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