LOGINNOELIA
—Mi coche está ahí —susurró Inés—. No tienes por qué hacerlo. Di la palabra y nos vamos.
Era la oferta más tentadora que me habían hecho en la vida. Estábamos en los escalones de piedra frente a la capilla, con su vestido naranja tostado ondeando al viento y su cochecito plateado esperando al otro lado de la calle como una promesa. Durante un segundo me permití imaginar el motor y la carretera abierta, al diablo las alianzas y la política, y entonces pensé en la cara de Joaquín y en lo que estaba en juego.
—Lo que yo quiera es irrelevante —dije—. Esto tiene que pasar.
A Inés no le gustó mi respuesta, pero asintió de todos modos, y por eso era la mejor amiga que había tenido nunca.
Lo peor era que había creído que me había librado. Cuando la sangre de Ramiro empapó mi dobladillo, de verdad pensé que la boda se aplazaría, o se cancelaría, o se enterraría junto a él. Y entonces Salvador llamó, menos de veinticuatro horas después, para decir que seguiría adelante según lo previsto, sin disculpas ni titubeos, con su padre aún sin enterrar.
Me asomé por la rendija de las puertas de la capilla. Casi trescientos invitados esperaban dentro, la mayoría desconocidos que ya habían decidido qué clase de chica se casa con un Valcázar, y en el altar estaba Salvador, como si fuera el dueño del lugar. Habría sido más fácil si hubiera sido feo, o al menos olvidable, pero por supuesto el hombre que había hecho saltar mi vida por los aires tenía la desfachatez de ser guapísimo.
Joaquín esperaba justo dentro de la puerta con un traje nuevo y me ofreció el brazo, y los dos sabíamos de quién debería haber sido ese brazo. Me tragué el dolor antes de que me llegara a la cara, porque no iba a derrumbarme delante de trescientas personas, ni delante de él. La música se elevó y di mi primer paso hacia mi futuro.
La ceremonia fue un borrón de votos, anillos y aplausos que sonaban ensayados. Apenas recordaba haber firmado el acta, con la mano temblando tanto que me sorprendió que valiera. Lo que sí recordaba era la calidez áspera de la piel de Salvador cuando le deslicé el anillo en el dedo, y un instante en que parecía que éramos las dos únicas personas de la sala.
Ahora estaba a su lado, a la entrada del salón de baile, dándole vueltas a la alianza de oro en mi dedo mientras una fila interminable de invitados lo felicitaba. El salón era impresionante, con flores otoñales en cada mesa, vajilla dorada y la luz de las velas derramándose desde las arañas. Cuando elegí el vestido de Inés, había dejado caer la gama de colores que quería, y de algún modo Salvador había hecho realidad mi visión secreta, o había contratado a alguien para hacerlo.
Se inclinó hacia mí.
—Quítate ese ceño de la cara. Acabas de casarte. Se supone que debes parecer feliz.
—No me digas cómo sentirme.
—Te recuerdo cómo funcionan las apariencias y que se espera de ti que cumplas tu parte del trato.
Mi réplica murió ante la mirada de sus ojos.
—Voy al baño —dije, y me escabullí por las puertas dobles.
Nunca llegué. Al final del pasillo empujé una puerta de servicio que daba al callejón trasero del hotel, donde el aire frío me golpeó la piel como una bendición y Enrique Valcázar estaba apoyado en la pared de ladrillo con un puro, la chaqueta colgada del brazo.
—Deberías estar dentro, disfrutando de tu momento —dijo—. Tienes fuego. Entiendo por qué Salvador te eligió.
Elegido, como si fuera una baratija que hubiera cogido de una estantería.
—Seguro que tenía sus motivos.
Le dije que debía volver, y no me detuvo, pero sentí su curiosidad silenciosa en la espalda mucho después de haber entrado.
Cuando la noche iba apagándose, me senté en un rincón con una copa de champán, viendo a Inés girar por la pista de baile con el hermano pequeño de Salvador, con las mejillas sonrosadas.
Al otro lado del salón, Salvador estaba en la barra, sin chaqueta y con las mangas remangadas hasta los codos, sonriéndole a alguien, lo cual era raro.
Tenía un hoyuelo en la mejilla izquierda en el que nunca había reparado, y aparté la vista antes de terminar ese pensamiento.
Inés se desplomó en la silla a mi lado.
—¡Estoy agotada! Ven a bailar. Ignacio no es tan malo.
—Esta noche no.
Ni siquiera me había besado cuando nos declararon marido y mujer, no es que yo quisiera, y fuera lo que fuera lo que creyera que le daba el contrato, mi cuerpo seguía siendo mío.
—¿Noelia? —dijo Inés en voz baja, siguiendo mi mirada hasta el hombre que no había dejado que la muerte de su padre retrasara nuestra boda ni un día.
Yo no lloraba a Ramiro. Me había reído cuando murió. Pero al ver a Salvador sonreír sobre una copa, por fin comprendí a qué se habían apuntado los Galván: un hombre capaz de enterrar a su padre y mantener las flores en el calendario podía hacerle lo mismo a cualquiera. A mi padre. A Joaquín. A mí. Había estado esperando un mensaje de un desconocido que me dijera qué hacer, y ya estaba harta de esperar.
—Inés, necesito que llames a Salvador. Dile que su esposa lo espera en la suite nupcial. Solo. Dile que es importante.
—Noelia, ¿qué estás...?
—Por favor.
Me escudriñó la cara, y lo que fuera que encontró allí la hizo sacar el móvil sin decir una palabra más.
—¿Salvador? Soy Inés. Noelia te pide que subas a la suite. —Colgó—. Viene.
La suite nupcial era todo pétalos de rosa y velas, con la cama abierta por alguien que había dado por hecho que aquello era una historia de amor. Rebusqué bajo el camisón de seda que Inés había metido como broma hasta que mis dedos se cerraron sobre la empuñadura de la pistola, y cuando la puerta hizo clic yo estaba en medio de la habitación, sujetándola con ambas manos, más firme de lo que esperaba.
Salvador entró y se quedó helado. Sus ojos bajaron hasta el cañón que apuntaba a su pecho y luego subieron despacio a mi cara. No levantó las manos ni buscó su arma; cerró la puerta a su espalda, echó el cerrojo y se apoyó en ella como si le hubiera ofrecido una copa en lugar de una amenaza.
—Cuidado, esposa —dijo—. Alguien podría pensar que no te caigo bien.
NOELIA—¿De verdad creíste que me casaría contigo sin pelear, Salvador?Durante un segundo, el arma estuvo en mi mano. Al siguiente, sus dedos se cerraron alrededor de mis muñecas y las torcieron. El peso abandonó mi palma y el cañón quedó apuntándome a mí. Ni siquiera lo vi moverse.—Maldito loco…La sonrisa arrogante se fue borrando de su rostro y comprendí que acababa de cometer un error estúpido. Apretó el gatillo. Mi corazón golpeó contra mis costillas… clic… y no pasó nada.Bajó el arma unos centímetros, la miró, sacó el cargador y lo inclinó para que yo pudiera ver el interior. Corrió la corredera. No cayó nada. Estaba vacía.—¿En serio? —Su voz sonó plana—. Intentas matarme y ni siquiera compruebas si el arma está cargada. ¿Sabes siquiera usar una?El calor me trepó por la nuca mientras miraba el cargador vacío. Nunca me había sentido tan idiota en toda mi vida.Tiró el cargador al suelo.—Si quieres verme muerto, Noelia, asegúrate de que el arma pueda hacer el trabajo. Si no,
NOELIA—¿Qué esperabas? —Mi voz aguantó, y eso me enorgulleció—. ¿Que me casara con el asesino de mi padre y hiciera de esposa agradecida?Se rio, una risa baja y genuinamente divertida, como si hubiera contado un chiste en un funeral. Luego juntó las manos delante de sí, como un hombre que espera a que empiece el sermón, y señaló la pistola con un gesto de la cabeza.—Entonces dispárame.—¿De verdad crees que no puedo?—Creo que quieres hacerlo. —Dio un paso hacia mí, hasta que el cañón casi le rozó la camisa—. Te desafío, Solcita.Mi dedo se curvó sobre el gatillo y la habitación se redujo a dos centímetros de metal y al hombre que sonreía al otro extremo.Entonces desapareció.No lo vi moverse. En un latido la pistola estaba en mis manos y en el siguiente estaba en las suyas, y ni siquiera me escocieron las muñecas. Me la quitó como se le quita un vaso a un amigo borracho, con dedos cuidadosos que no dejaron marca. No me hizo daño, y de algún modo eso era peor.Sacó el cargador con
NOELIA—Mi coche está ahí —susurró Inés—. No tienes por qué hacerlo. Di la palabra y nos vamos.Era la oferta más tentadora que me habían hecho en la vida. Estábamos en los escalones de piedra frente a la capilla, con su vestido naranja tostado ondeando al viento y su cochecito plateado esperando al otro lado de la calle como una promesa. Durante un segundo me permití imaginar el motor y la carretera abierta, al diablo las alianzas y la política, y entonces pensé en la cara de Joaquín y en lo que estaba en juego.—Lo que yo quiera es irrelevante —dije—. Esto tiene que pasar.A Inés no le gustó mi respuesta, pero asintió de todos modos, y por eso era la mejor amiga que había tenido nunca.Lo peor era que había creído que me había librado. Cuando la sangre de Ramiro empapó mi dobladillo, de verdad pensé que la boda se aplazaría, o se cancelaría, o se enterraría junto a él. Y entonces Salvador llamó, menos de veinticuatro horas después, para decir que seguiría adelante según lo previsto,
NOELIALa campanilla de la puerta tintineó y entraron dos hombres que no pintaban nada en una tienda de novias.Los vi en el espejo desde la tarima, todavía con el vestido de novia puesto. Llevaban abrigos oscuros y tenían la quietud de quienes nunca han necesitado alzar la voz; mientras uno recorría la sala con la mirada, el otro se plantó junto a la puerta. La sonrisa de la dependienta se congeló y Inés se detuvo con la copa de champán a medio camino de la boca. El champán burbujeaba inútilmente, ajeno al peso que de pronto ocupaba todo el aire. Fuera, los guardias de Salvador ni se habían inmutado, lo cual significaba que alguien les había ordenado dejarlos pasar.Entonces lo oí, desde algún punto a espaldas de los hombres: el golpeteo de un bastón sobre el mármol, lento y sin prisa, sostenido por alguien a quien nunca le había hecho falta correr por nada. Los hombres se apartaron.—Vaya, vaya. —La voz era ronca, cálida y demasiado satisfecha de sí misma—. Qué estampa.Ramiro Valcá
NOELIA—No esperaba que contestaras, Solcita.Eran las seis de la mañana, la habitación seguía gris y la voz al otro lado de la línea era la última que quería en mi oído. Me incorporé de golpe, furiosa por el apodo.—¿Cómo has conseguido este número?—Dentro de menos de una semana serás mi esposa. Puedes llamarme Salvador. La capilla está reservada para el viernes, y el salón del banquete también.—¿Este viernes? ¿Estás loco?—No es una boda, Noelia. Es una exhibición de fuerza. Una lujosa le dice a todo el mundo que estamos unidos y que más les vale no tocarnos las narices. —Su voz era tranquila y insoportablemente despreocupada—. Busca un vestido y organiza a tus damas de honor. El coste no es asunto tuyo.Quise discutir, pero lo peor era que tenía razón. El dinero estaba tan justo que mi vestido habría tenido que salir de una tienda de segunda mano, pero Salvador no necesitaba saberlo, y antes me habría puesto una bolsa de basura que aceptar la caridad de un Valcázar.—Me lo pagaré
SALMe gustaban las mujeres que mordían. Noelia Galván ya había sacado sangre y ni siquiera habíamos pedido.Estaba sentada a mi lado con un vestido negro que debería estar prohibido, con los brazos cruzados y la mirada clavada en la pared como si yo fuera parte del mobiliario. Hice girar el whisky en el vaso y le concedí su silencio, porque cada segundo que pasaba ignorándome era un segundo que pasaba pensando en mí, pero al cabo de diez minutos decidí pinchar al oso.—No me has mirado ni una sola vez desde que has llegado.—No tengo intención de mancharme los ojos con basura que ni siquiera merece reciclarse.Javier se atragantó con la bebida, Ignacio convirtió una carcajada en tos y, al otro lado de la mesa, su hermano se puso pálido.—Noelia...Ella ni parpadeó. Dios, qué divertida era.—Cuidado, princesa. Sigue hablando así y pensaré que te estás haciendo la difícil.—No me llames princesa.— Solcita, entonces. Es italiano. Búscalo.Se echó los rizos rubios sobre un hombro, y la







