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Author: Manuel
last update publish date: 2026-10-13 02:17:56

NOELIA

La campanilla de la puerta tintineó y entraron dos hombres que no pintaban nada en una tienda de novias.

Los vi en el espejo desde la tarima, todavía con el vestido de novia puesto. Llevaban abrigos oscuros y tenían la quietud de quienes nunca han necesitado alzar la voz; mientras uno recorría la sala con la mirada, el otro se plantó junto a la puerta. La sonrisa de la dependienta se congeló y Inés se detuvo con la copa de champán a medio camino de la boca. El champán burbujeaba inútilmente, ajeno al peso que de pronto ocupaba todo el aire. Fuera, los guardias de Salvador ni se habían inmutado, lo cual significaba que alguien les había ordenado dejarlos pasar.

Entonces lo oí, desde algún punto a espaldas de los hombres: el golpeteo de un bastón sobre el mármol, lento y sin prisa, sostenido por alguien a quien nunca le había hecho falta correr por nada. Los hombres se apartaron.

—Vaya, vaya. —La voz era ronca, cálida y demasiado satisfecha de sí misma—. Qué estampa.

Ramiro Valcázar.

En el espejo lo vi cruzar la tienda con un bastón que no necesitaba y una sonrisa que me habría gustado cortarle de la cara. Estaba vivo y sano, con un abrigo gris marengo hecho a medida, como si hubiera venido a cobrar algo que ya era suyo, y el hombre que había metido a mi padre bajo tierra estaba a un metro de mí mientras yo vestía de blanco.

—¿Qué haces aquí? —dije entre dientes.

—¿No puede un hombre ver a su futura nuera con el vestido de novia? —Ladeó la cabeza y me estudió como se estudia a un caballo antes de una subasta—. Salvador es un hombre afortunado.

—Fuera.

—No hace falta ponerse así, cariño. —Se rio, completamente impasible—. Qué curioso, con esta luz te pareces muchísimo a tu padre. Los mismos ojos, la misma barbilla testaruda. Una lástima lo que le pasó, pero siempre fue de esos que...

El cristal a su espalda estalló.

No hubo aviso. Un instante antes Ramiro sonreía, y al siguiente la cabeza se le fue hacia atrás con un chasquido húmedo y una neblina roja salpicó el vestido blanco que colgaba del perchero a su lado. Su cuerpo golpeó el suelo antes de que el sonido me alcanzara. Inés gritó. Fuera chirriaron neumáticos, y dentro los hombres de Ramiro habían sacado las armas, gritando que llamaran a una ambulancia, a refuerzos, que alguien cerrara las malditas puertas.

Me quedé de pie sobre la tarima, con mi vestido de novia, viendo cómo la sangre se arrastraba hacia mi dobladillo, y esperé a sentir algo. No llegó nada.

Lo siguiente que supe fue que la mano de Inés estaba en mi brazo y que íbamos en la parte trasera de un taxi, con la ciudad desfilando en rayas grises y su rímel corrido.

—¿Estás herida? Acaban de pegarle un tiro a un hombre delante de ti.

—Lo sé. Estoy bien.

Buscó en mi cara algo que no iba a encontrar y me apretó la mano.

—Te vienes a mi casa. No discutas.

No lo hice.

En su piso desapareció en la cocina para buscar algo lo bastante fuerte como para quitarle el filo a aquello, y yo murmuré que iba a lavarme y me encerré en el baño. En el espejo, una chica pálida y despeinada me devolvía la mirada, con una salpicadura de sangre ajena secándosele bajo el ojo izquierdo. Parecía una chica que debería estar llorando, pero la comisura de su boca se crispó y luego se curvó hacia arriba.

Se me escapó una risa y me tapé la boca con la mano. Creció de todos modos, derramándose entre mis dedos hasta que me temblaron los hombros, porque lo único que oía era aquella voz ronca y satisfecha diciendo «te pareces muchísimo a tu padre» justo antes de que su cráneo se partiera como un huevo. Alguien, ahí fuera, había apretado el gatillo por mí.

Mi móvil se iluminó en el borde del lavabo. Número desconocido.

De nada por lo de hoy. Guárdate el agradecimiento.

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