LOGINNOELIA
—¿Qué esperabas? —Mi voz aguantó, y eso me enorgulleció—. ¿Que me casara con el asesino de mi padre y hiciera de esposa agradecida?
Se rio, una risa baja y genuinamente divertida, como si hubiera contado un chiste en un funeral. Luego juntó las manos delante de sí, como un hombre que espera a que empiece el sermón, y señaló la pistola con un gesto de la cabeza.
—Entonces dispárame.
—¿De verdad crees que no puedo?
—Creo que quieres hacerlo. —Dio un paso hacia mí, hasta que el cañón casi le rozó la camisa—. Te desafío, Solcita.
Mi dedo se curvó sobre el gatillo y la habitación se redujo a dos centímetros de metal y al hombre que sonreía al otro extremo.
Entonces desapareció.
No lo vi moverse. En un latido la pistola estaba en mis manos y en el siguiente estaba en las suyas, y ni siquiera me escocieron las muñecas. Me la quitó como se le quita un vaso a un amigo borracho, con dedos cuidadosos que no dejaron marca. No me hizo daño, y de algún modo eso era peor.
Sacó el cargador con el pulgar para vaciarlo y se detuvo. Le dio la vuelta, montó la corredera y no cayó nada.
—Has venido a matarme —dijo despacio—, ¿y ni siquiera sabes que la pistola está vacía?
El calor me trepó por el cuello.
—Estaba cargada.
—¿Lo estaba? —Tiró el cargador sobre la cama—. Si quieres a un hombre muerto, Noelia, asegúrate de que el arma pueda hacerlo. Si no, estás agitando un pisapapeles ante alguien con muchos motivos para hacerte daño.
Cruzó la habitación y yo retrocedí hasta que el poste de la cama se me clavó en la columna.
—No me toques.
Me cogió las manos de todos modos. Me retorcí, tiré, intenté darle un rodillazo, y lo bloqueó sin parecer molesto. Su agarre no era cruel, y eso era lo que me daba ganas de gritar.
Me devolvió la pistola, superpuso sus dedos a los míos hasta que la sostuve como era debido y apoyó el cañón en su pecho. Lado izquierdo. Sobre el corazón.
—La cabeza no, la gente falla la cabeza. El estómago tampoco, porque lo lento le da tiempo a un hombre para devolver el golpe. —Su pulgar se asentó sobre el mío en la empuñadura—. Aquí. Lo bastante cerca para que lo sienta antes de entenderlo.
Me temblaban las manos. A él no.
—Así se mata a alguien. —Me soltó, retrocedió y se ajustó los puños de la camisa como si no hubiera pasado nada—. Nos vamos en diez minutos, señora Valcázar. Nos vemos en el coche.
La puerta se cerró tras él. Me quedé allí, con una pistola inútil en las manos, y lo peor era que lo había tenido a solas, en una habitación cerrada con llave, sin guardias, y lo había desperdiciado porque no comprobé el maldito cargador.
El silencio en el coche era tan espeso que ahogaba. Me apreté contra el cuero como si pudiera tragarme, junto al hombre con el que me había casado, en su coche carísimo, rumbo a su casa carísima tras una boda carísima que yo nunca quise.
Salvador miraba por la ventanilla, relajado, con un brazo sobre el reposabrazos que había entre los dos. Su tranquilidad me daba ganas de gritar, pero eso era justo lo que él quería, y no iba a darle a Salvador Valcázar la satisfacción de verme quebrarme.
Me pilló mirándolo y sonrió.
—Dime, ¿qué se siente al ser la señora Valcázar?
—Me hace sonar como un ama de casa de cincuenta años con un cajón lleno de cupones.
Se rio, una risa de verdad, rica y profunda, y me sorprendió. No había creído que fuera capaz.
—Cuando termine contigo esta noche, te sentirás de todo menos de cincuenta.
—Que estemos casados no significa que vayamos a acostarnos.
—¿Quién ha hablado de dormir?
—Dios, qué asqueroso eres.
—Prefiero decir que soy sincero. —La sonrisa se le borró—. ¿De verdad crees que voy a arrastrarte al dormitorio para reclamar lo que es mío porque te he puesto un anillo? No soy ese hombre, Noelia.
—¿No? ¿Y qué eres?
—Tu marido.
La palabra se instaló entre nosotros como un arma cargada, que era más de lo que podía decir de la mía.
Me observaba con sus ojos oscuros, disfrutando de cada segundo del pulso de poder, y lo peor era que una parte de mí también lo disfrutaba. Pelear con él me daba algo a lo que agarrarme cuando todo lo demás me lo habían arrebatado. La rabia era muchísimo más fácil que la desdicha, así que me aferré a ella con todo lo que me quedaba.
El coche tomó un largo camino de entrada flanqueado por setos recortados al milímetro, y la casa del final se alzaba como un castillo. Me negué a impresionarme.
Cuando el conductor apagó el motor, ninguno de los dos se movió. Salvador se inclinó para desabrocharme el cinturón, tan cerca que me llegó su colonia, y odié que oliera tan bien.
—Hay una cláusula en el contrato sobre deberes conyugales —murmuró—. Es todo muy tradicional.
—Debí de perderme la parte en la que acepté ser tu juguete personal.
—Está en la letra pequeña. —Salió, rodeó el coche y me abrió la puerta con la mano tendida como un caballero. La tomé, porque tropezar con el vestido habría sido peor.
En cuanto nuestras palmas se tocaron, me atrajo contra su pecho.
—¿Lo ves? —Sus labios rozaron mi oído—. Ya estás cayendo rendida.
Mis manos aterrizaron en su pecho para estabilizarme. Lado izquierdo. Sobre el corazón.
Aquí. Lo bastante cerca para que lo sienta antes de entenderlo.
Me había dejado apoyarle una pistola ahí y ni siquiera se había inmutado. Un hombre así no se descuidaba, a menos que creyera que ya había ganado. Su mirada no dejaba de caer sobre mi boca, mi garganta, mi vestido, y comprendí que había otra forma de hacer que un hombre dejara de prestar atención. Dejar que se volviera codicioso. En algún lugar de aquella casa había una pistola que de verdad estaba cargada, y la próxima vez la comprobaría.
Así que hice lo único que jamás esperaría. Levanté la cara y lo besé.
Fue un cálculo, un movimiento en un tablero, hasta que sus labios se movieron contra los míos y su mano se enredó en mi pelo y el tablero se inclinó. Me besó como si lo hubiera estado esperando, empujándome contra el coche, y mis dedos se curvaron en su camisa. No lo estaba atrayendo hacia mí. Me estaba sujetando. Había una diferencia.
Cuando por fin se separó, respiraba tan fuerte como yo.
—Me has besado.
—Ha sido un error.
—Entonces dime que pare, Noelia, y pararé.
No lo hice. Mi mano bajó por su pecho, más allá de los botones, hasta su chaqueta, y bajo la lana mis dedos encontraron algo frío y pesado a la altura de su cadera.
Una pistola. Y esta vez habría apostado la vida a que estaba cargada.
Su mano se cerró sobre la mía antes de que pudiera moverme, y no la apartó. Envolvió mis dedos en torno a la empuñadura él mismo.
—Adelante —murmuró contra mi boca—. Mátame o bésame otra vez, Noelia. Te dejo elegir esta vez. No tendrás otra oportunidad.
NOELIA—¿De verdad creíste que me casaría contigo sin pelear, Salvador?Durante un segundo, el arma estuvo en mi mano. Al siguiente, sus dedos se cerraron alrededor de mis muñecas y las torcieron. El peso abandonó mi palma y el cañón quedó apuntándome a mí. Ni siquiera lo vi moverse.—Maldito loco…La sonrisa arrogante se fue borrando de su rostro y comprendí que acababa de cometer un error estúpido. Apretó el gatillo. Mi corazón golpeó contra mis costillas… clic… y no pasó nada.Bajó el arma unos centímetros, la miró, sacó el cargador y lo inclinó para que yo pudiera ver el interior. Corrió la corredera. No cayó nada. Estaba vacía.—¿En serio? —Su voz sonó plana—. Intentas matarme y ni siquiera compruebas si el arma está cargada. ¿Sabes siquiera usar una?El calor me trepó por la nuca mientras miraba el cargador vacío. Nunca me había sentido tan idiota en toda mi vida.Tiró el cargador al suelo.—Si quieres verme muerto, Noelia, asegúrate de que el arma pueda hacer el trabajo. Si no,
NOELIA—¿Qué esperabas? —Mi voz aguantó, y eso me enorgulleció—. ¿Que me casara con el asesino de mi padre y hiciera de esposa agradecida?Se rio, una risa baja y genuinamente divertida, como si hubiera contado un chiste en un funeral. Luego juntó las manos delante de sí, como un hombre que espera a que empiece el sermón, y señaló la pistola con un gesto de la cabeza.—Entonces dispárame.—¿De verdad crees que no puedo?—Creo que quieres hacerlo. —Dio un paso hacia mí, hasta que el cañón casi le rozó la camisa—. Te desafío, Solcita.Mi dedo se curvó sobre el gatillo y la habitación se redujo a dos centímetros de metal y al hombre que sonreía al otro extremo.Entonces desapareció.No lo vi moverse. En un latido la pistola estaba en mis manos y en el siguiente estaba en las suyas, y ni siquiera me escocieron las muñecas. Me la quitó como se le quita un vaso a un amigo borracho, con dedos cuidadosos que no dejaron marca. No me hizo daño, y de algún modo eso era peor.Sacó el cargador con
NOELIA—Mi coche está ahí —susurró Inés—. No tienes por qué hacerlo. Di la palabra y nos vamos.Era la oferta más tentadora que me habían hecho en la vida. Estábamos en los escalones de piedra frente a la capilla, con su vestido naranja tostado ondeando al viento y su cochecito plateado esperando al otro lado de la calle como una promesa. Durante un segundo me permití imaginar el motor y la carretera abierta, al diablo las alianzas y la política, y entonces pensé en la cara de Joaquín y en lo que estaba en juego.—Lo que yo quiera es irrelevante —dije—. Esto tiene que pasar.A Inés no le gustó mi respuesta, pero asintió de todos modos, y por eso era la mejor amiga que había tenido nunca.Lo peor era que había creído que me había librado. Cuando la sangre de Ramiro empapó mi dobladillo, de verdad pensé que la boda se aplazaría, o se cancelaría, o se enterraría junto a él. Y entonces Salvador llamó, menos de veinticuatro horas después, para decir que seguiría adelante según lo previsto,
NOELIALa campanilla de la puerta tintineó y entraron dos hombres que no pintaban nada en una tienda de novias.Los vi en el espejo desde la tarima, todavía con el vestido de novia puesto. Llevaban abrigos oscuros y tenían la quietud de quienes nunca han necesitado alzar la voz; mientras uno recorría la sala con la mirada, el otro se plantó junto a la puerta. La sonrisa de la dependienta se congeló y Inés se detuvo con la copa de champán a medio camino de la boca. El champán burbujeaba inútilmente, ajeno al peso que de pronto ocupaba todo el aire. Fuera, los guardias de Salvador ni se habían inmutado, lo cual significaba que alguien les había ordenado dejarlos pasar.Entonces lo oí, desde algún punto a espaldas de los hombres: el golpeteo de un bastón sobre el mármol, lento y sin prisa, sostenido por alguien a quien nunca le había hecho falta correr por nada. Los hombres se apartaron.—Vaya, vaya. —La voz era ronca, cálida y demasiado satisfecha de sí misma—. Qué estampa.Ramiro Valcá
NOELIA—No esperaba que contestaras, Solcita.Eran las seis de la mañana, la habitación seguía gris y la voz al otro lado de la línea era la última que quería en mi oído. Me incorporé de golpe, furiosa por el apodo.—¿Cómo has conseguido este número?—Dentro de menos de una semana serás mi esposa. Puedes llamarme Salvador. La capilla está reservada para el viernes, y el salón del banquete también.—¿Este viernes? ¿Estás loco?—No es una boda, Noelia. Es una exhibición de fuerza. Una lujosa le dice a todo el mundo que estamos unidos y que más les vale no tocarnos las narices. —Su voz era tranquila y insoportablemente despreocupada—. Busca un vestido y organiza a tus damas de honor. El coste no es asunto tuyo.Quise discutir, pero lo peor era que tenía razón. El dinero estaba tan justo que mi vestido habría tenido que salir de una tienda de segunda mano, pero Salvador no necesitaba saberlo, y antes me habría puesto una bolsa de basura que aceptar la caridad de un Valcázar.—Me lo pagaré
SALMe gustaban las mujeres que mordían. Noelia Galván ya había sacado sangre y ni siquiera habíamos pedido.Estaba sentada a mi lado con un vestido negro que debería estar prohibido, con los brazos cruzados y la mirada clavada en la pared como si yo fuera parte del mobiliario. Hice girar el whisky en el vaso y le concedí su silencio, porque cada segundo que pasaba ignorándome era un segundo que pasaba pensando en mí, pero al cabo de diez minutos decidí pinchar al oso.—No me has mirado ni una sola vez desde que has llegado.—No tengo intención de mancharme los ojos con basura que ni siquiera merece reciclarse.Javier se atragantó con la bebida, Ignacio convirtió una carcajada en tos y, al otro lado de la mesa, su hermano se puso pálido.—Noelia...Ella ni parpadeó. Dios, qué divertida era.—Cuidado, princesa. Sigue hablando así y pensaré que te estás haciendo la difícil.—No me llames princesa.— Solcita, entonces. Es italiano. Búscalo.Se echó los rizos rubios sobre un hombro, y la







