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Capítulo 3

Author: León Corazón
Me dieron tanto asco que no pude cenar esa noche. Al día siguiente, muy temprano, el tutor me llamó a su oficina. Señaló mi solicitud de admisión directa al posgrado y mi carta de recomendación como egresado destacado, y me habló con hostilidad.

—El escándalo que hiciste ayer en la fiesta de compromiso tuvo consecuencias muy graves. Alondra es una estudiante destacada de la facultad y pronto empezará sus prácticas profesionales en una institución de prestigio de la ciudad. Si insistes en difundir comentarios que la perjudiquen ahora, le estarás arruinando el futuro. Me temo que la facultad tendrá que volver a reunirse para discutir tu derecho a la admisión directa al posgrado.

Apreté los puños.

—¿Me está amenazando?

—Te estoy enseñando a comportarte.

El tutor levantó su taza de café y bebió un sorbo.

—Conozco a César. Es un muchacho honesto y sensato. Tú ya tienes tanto que deberías ser comprensivo y dejarla ir. No puedes vivir pendiente de tus problemas amorosos. No arruines también tu futuro por una mujer.

Retiré la solicitud de un jalón y lo miré de manera amenazante.

—No necesito vender mi dignidad para asegurarme un futuro.

Creí que no podían hacer nada más repugnante. Pero apenas llegué a uno de los senderos del campus, recibí una notificación de que habían transferido dinero de la cuenta conjunta que compartía con Alondra.

Ahí tenía los cinco mil dólares que ahorré durante los últimos años con mis trabajos de medio tiempo. La salud de mi abuela había empeorado últimamente y seguía hospitalizada en su pueblo natal. Ese dinero era para pagar su cirugía.

Llamé enseguida a Alondra.

—¿Por qué ya no está el dinero de la cuenta?

Respondió como si tuviera toda la razón.

—La hermanita de César tiene que pagar la matrícula. Se lo presté para sacarlo del apuro. Isma, no necesitas tanto dinero. ¿Qué tiene de malo ayudar a su familia?

Temblaba de coraje.

—¡Ese dinero es para la cirugía de mi abuela! ¿Con qué derecho tocaste mis ahorros?

Creí que, al menos, la haría dudar un poco. Pero se impacientó.

—Deja de usar siempre a tu abuela como excusa. Lleva mucho tiempo enferma. ¿Qué más da que la operen unos días después? Si la hermanita de César no paga la matrícula, la van a expulsar. Su futuro está en juego. ¿Puedes dejar de ser tan egoísta?

Cerré los ojos y me obligué a mantener la calma.

—Alondra, devuélveme el dinero. Ahora.

Suspiró como si yo estuviera haciendo un berrinche.

—Ya hice la transferencia. Ahora no puedo recuperarlo. Te lo repondré el próximo mes, cuando me paguen las prácticas profesionales. Deja de hacer un escándalo. Hoy estoy muy ocupada. Tengo que colgar.

Tras oír que había colgado, me senté en una banca, jadeando. Poco después, el representante del grupo publicó un collage de nueve fotos.

En ellas, Alondra y César aparecían abrazados y sonrientes. El texto decía:

“El amor verdadero es invencible. Quienes se aman terminan juntos”.

Debajo no había más que felicitaciones y reacciones de “Me gusta” de nuestros compañeros.

Mientras leía los comentarios, recibí un mensaje de un número desconocido.

“Alondra dice que el reloj Casio que le regalaste es muy infantil, así que me lo dio a mí para que lo use”.

“No te molesta, ¿verdad?”

Ese reloj era el regalo que le hice a Alondra cuando cumplió dieciocho años. Claro que no me molestaba. Porque, a esas alturas, ya ni siquiera quería estar con ella.

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