MasukPara Damiano Ferrer, una niña tan pequeña no debería estar dosificando la cantidad de dulces que come. — Hablaremos con el médico y le preguntaremos si puedes comerlos de vez en cuando. Emma acercó el rostro a la cámara. —Papi, ¿puedo comer pastel cuando sea mi cumpleaños? El hombre sintió un nudo en la garganta. —Claro que sí, princesa. Vamos a preparar un pastel delicioso y mamá nos ayudará a que puedas disfrutarlo siguiendo las indicaciones de tus médicos. —¿Aunque tenga que ponerme mis pinchacitos? —Aunque tengas que ponerte tus pinchacitos. —Entonces quiero uno de chocolate. —Tendrás uno de chocolate. Emma sonrió satisfecha. Después observó la pantalla con curiosidad. —¿Estás con tus amigos? Damiano giró ligeramente el teléfono. —Sí, cariño. Mira, aquí está el tío Luciano. Los ojos de la pequeña se iluminaron. —¡TÍO LUCIANO! El CEO Salvatore levantó una mano. —Hola, pequeña. Qué bella estás hoy. — Gracias tío, ¿Dónde está la tía Isabella? —
La niña de cinco años que llenaba su casa de preguntas, ocurrencias y travesuras. La misma que solía correr hacia él cuando regresaba del trabajo. El CEO bloqueó la pantalla. —Necesito comentarles algo. Luciano levantó la mirada. Al ver a su socio muy serio, él también tomó la misma actitud. —Adelante. Te escuchamos. — Dijo el presidente Salvatore. Damiano respiró profundamente. —No tiene que ver con la compañía, pero considero que ustedes deben saberlo. Al fin y al cabo los considero además de mis socios, también mis amigos. Abelardo dejó su vaso de agua sobre la mesa. —Te escuchamos, Damiano. El rostro de Ferrer se endureció. —Emma, mi princesa... Está enferma. El silencio fue inmediato. Luciano dejó de revisar los documentos. La noticia los dejó helados, pues la nena de los Ferrer, siempre era muy activa, curiosa, muy linda y traviesa. —¿Qué tiene ella? — Luciano se atrevió a hacer la pregunta que otros ahí no se atrevieron. Damiano bajó la mirada un
Tres días después… La sala de juntas de la compañía Salvatore se encontraba ocupada por algunos de los hombres más poderosos de Europa. La enorme mesa de caoba estaba cubierta de documentos, contratos y balances financieros. Luciano Salvatore presidía la reunión desde la cabecera, vestido con un impecable traje negro, camisa blanca y un reloj que costaba más que la mansión de muchas personas. A su derecha se encontraba Eliester Ivanov, el temido Pakhan de Rusia, a su izquierda. Damiano Ferrer, quien revisaba unos documentos con expresión aburrida, también estaba en esa mesa. Frente a ellos estaba Abelardo Diamantis, el poderoso líder de la mafia griega, que había comenzado a establecer importantes negocios con los Salvatore, los Ivanov y los Ferrer. —Si terminamos de revisar estos contratos antes del mediodía, podremos cerrar la operación en Atenas esta misma semana —comentó Abelardo, dejando su bolígrafo sobre la mesa. —Siempre y cuando tus socios griegos cumplan con
—Demian y Daemon. Son perfectas para ellos. Son de buena familia, Isabella las va a criar bien, confío plenamente en ella. Hubo tres segundos de absoluto silencio. Después, Luciano soltó una carcajada seca. —¡Estás enfermo! ¡No te voy a dar a mis hijas para tus dos diablillos! Damiano no se rió. —Lo digo completamente en serio. —¡Ni siquiera han nacido! —Precisamente. Podemos establecer una alianza desde ahora. Luciano se llevó una mano al rostro. —¿Estás proponiendo un compromiso matrimonial entre cuatro bebés que todavía usan pañales? —No veo el problema. Así me aseguro de que nadie más me las va a ganar en el futuro, y mis hijos tendrán buenas esposas. —¡Tienen meses apenas en la panza de su mamá! —Eso es irrelevante. —¡Damiano! El CEO Ferrer se encogió de hombros. —Mis hijos son excelentes candidatos. ¿Qué pero les pones? También son de muy buena familia, me aseguraré de que tengan la mejor educación y la mejor preparación. Luciano lo contempló co
El CEO Luciano Salvatore apenas había cruzado las puertas de su villa cuando su teléfono comenzó a sonar. Con el saco del traje colgado sobre un hombro, la corbata ligeramente desajustada y las llaves del automóvil en la mano, miró la pantalla. Damiano Ferrer. El CEO frunció el ceño. Estaba cómodo en su mansión, su abuelo y el padre de Isabella, estaban ahí jugando con Rafael y Bella. A decir verdad no quería responder, pero si se trataba de algo importante que requería su atención, le reclamarían después si hubiera pérdidas. —¿Qué quiere ahora este hombre? Ahhh... No puedo tener un momento de descanso. Contestó mientras caminaba hacia las escaleras. —Habla. —Necesito verte. Luciano cerró los ojos un instante. —Buenas tardes para ti también, Ferrer. —No tengo tiempo para formalidades. Necesito que vengas. —Acabo de llegar a mi villa. —Entonces date la vuelta. Luciano se detuvo en mitad del vestíbulo. —¿Perdón? —Te espero en mi despacho. —Damiano, t
Luciano frunció el ceño. Volteó a ver a sus hijos y efectivamente, estaban rellenitos, comían de todo, ya pedía. qué los llevaran a la cocina a elegir bocadillos, además de los muchos biberones que tomaban al día. — Bueno ya, no me tengan con esta incertidumbre, ¿Qué ocurrió en la consulta? Si pasa algo con los bebés nos iremos de inmediato a Suiza a qué Isabella y los gemelos sean atendiendos. Mauricio habló con seriedad. Isabella no pudo contener la emoción. — Estamos bien, abuelo, no pasa nada malo, es solo que... ¡Vamos a tener dos niñas! Un silencio ensordecedor ibñnvadio la sala de estar de la villa Salvatore. Mauricio parpadeó. Vittorio abrió la boca. Los dos hombres se miraron. Después miraron a Luciano. Y finalmente, casi al unísono, preguntaron: —¡¿Dos niñas?! —Sí —respondió Isabella, encantada—. ¡Dos niñas! Mauricio se dejó caer lentamente en el sofá. Vittorio se llevó ambas manos a la cabeza. —Dios mío… —¿Qué pasa? —preguntó Isabella, desco







