MasukMateo no respondió.
El teléfono seguía sonando en su mano, pero él solo tenía ojos para la mujer que acababa de desafiarlo en su propio comedor.
—¡Patrón! ¿Qué hacemos? —insistió la voz al otro lado.
Nada tenía sentido.
Su reporte decía que era una bailarina clásica formada en París, una niña mimada vendida por Alejandro Restrepo.
¿De dónde salía semejante seguridad?
La idea de que fuera una espía le quemaba la cabeza, pero el tiempo se agotaba: eran cincuenta millones de dólares y la cabeza de Santiago en juego.
Sin pensarlo más, cortó la llamada con un golpe seco y luego clavó los ojos en Isabella, mirándola con desconfianza pura.
—¿Estás jugando conmigo?
—Para nada —respondió ella, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Si te digo que puedo hacerlo, lo hago. Solo tienes que aceptar el trato y listo.
Mateo apretó la mandíbula con tanta fuerza que los dientes le rechinaron.
Odiaba ese maldito trato.
Odiaba todavía más que ella lo usara cada vez que conseguía arrinconarlo y que la palabra divorcio pareciera salir de su boca con demasiada facilidad.
—¿Para qué carajos quieres la libertad absoluta, Isabella? —refutó, con la voz volviéndose ronca, baja, casi íntima—. ¿Tienes a un amante esperándote en Francia? ¿Es por eso?
Isabella tragó saliva. El recuerdo de su hijo le quemó el alma, pero no iba a mostrar una sola debilidad ante el verdugo que tenía como esposo.
Podía pedirle ayuda, sí, pero no confiaba en él.
Mateo era un Carrera, un hombre criado entre sangre, negocios y reglas.
Una mujer que ya no fuera virgen podía aceptarse, pero un hijo ajeno era otra historia. Un heredero de otro hombre podía ser visto como una amenaza, una vergüenza o una debilidad. Y ella no estaba dispuesta a correr el riesgo de que Mateo descubriera al niño y decidiera arrebatárselo igual que lo había hecho Alejandro.
—Eso no te incumbe, Carrera. Mi vida privada no venía incluida en el precio de venta de mi padre.
—Todo lo que entra a esta casa me incumbe —dijo él, acercándose y mirando fijamente su boca—. Y tú no eres la excepción.
El aire entre ambos se volvió irrespirable.
La boca de Mateo estaba a escasos milímetros de la de ella; la atracción era un cable pelado a punto de hacer cortocircuito.
Isabella se adelantó y apoyó una mano contra su pecho. El contacto le quemó y, durante un segundo, tuvo que recordar cómo respirar, al mismo tiempo que se odiaba por la forma en que aquel hombre conseguía alterar su cuerpo con tan solo acercarse.
Recuperó el control y lo apartó.
—El tiempo corre —murmuró, retirando la mano—. Puedes seguir interrogándome sobre amantes imaginarios o salvar tus cincuenta millones. Tú decides.
Mateo cerró los ojos durante un segundo, con la frustración atravesándole el cuerpo.
No tenía salida.
Y eso era lo peor.
La sorpresa y el deseo lo golpearon al mismo tiempo, porque su esposa no dejaba de desarmarlo.
—Está bien —cedió, con los ojos encendidos—. Pero si esto es una trampa, te juro que la bala que le toque a mis hombres en el puerto te la meto yo mismo entre los ojos.
Isabella ni se inmutó.
—Lo que tú digas. Ahora necesito una computadora con acceso privado, una conexión estable y que nadie me interrumpa durante quince minutos.
Mateo le sostuvo la mirada durante unos segundos más. Después giró sobre sus talones.
—Sígueme.
La llevó hasta el estudio principal de la hacienda, una habitación amplia de madera oscura, llena de pantallas, documentos y cajas fuertes empotradas en las paredes. Tomó una computadora portátil, la dejó frente a ella y luego se cruzó de brazos, cada segundo más intrigado.
Isabella enseguida se puso a trabajar.
Sus manos, delicadas y finas, cayeron sobre el teclado, moviéndose a una velocidad que parecía irreal.
No había aprendido a entrar en sistemas por gusto.
Cuando su padre le arrebató a su bebé en aquella clínica de París, Isabella entendió que, para rastrear a los peces gordos del narco, tenía que aprender a moverse por debajo de internet. Durante años pagó en secreto a especialistas europeos para que le enseñaran a rastrear movimientos financieros, ocultar sus propias búsquedas y seguir las huellas digitales que dejaban los negocios de su padre.
De repente, en las pantallas empezaron a correr letras y números sin parar.
Con unos cuantos movimientos rápidos, encontró una brecha en los registros, tomó el control del acceso necesario y modificó la autorización de salida.
A su lado, Mateo la miraba en silencio, mudo.
Veía sus ojos fijos en la pantalla y su perfil perfecto bañado por la luz del monitor, y tuvo que aceptar que había algo brutalmente peligroso en ver a una mujer tan fina destrozando un problema que había puesto de rodillas a sus hombres sin que le temblara el pulso.
Tragó saliva.
Otra vez lo estaba descolocando.
La mujer que había creído débil, decorativa y completamente inútil para el negocio acababa de convertirse frente a sus ojos en algo que todavía no sabía cómo clasificar.
—Listo —dijo ella tras ocho minutos de silencio, apretando la tecla Enter con fuerza—. El semáforo de los contenedores tres y cuatro acaba de pasar a verde. Tienen salida libre sin revisión.
Giró la silla despacio para encararlo.
—Diles a tus hombres que saquen los camiones ya.
Todavía sin creerlo del todo, Mateo tomó el teléfono y dio la orden. Apenas dos minutos después, confirmaron que la carga ya iba rodando por la carretera.
Mateo guardó el aparato y el silencio que quedó en el estudio fue tan pesado que casi zumbaba.
Avanzó despacio hacia ella, apoyó ambas manos sobre el escritorio y se inclinó hasta dejarla atrapada contra su cuerpo.
La tenía a centímetros.
Estaba fascinado y furioso a la vez, porque esa mujer era veneno puro, pero también belleza.
—¿Quién carajos eres tú? —le exigió—. Ninguna niña rica maneja una crisis de este tamaño como si fuera su teléfono. ¿Qué más me estás escondiendo, Isabella?
Isabella guardó silencio.
No podía contarle que había pasado años aprendiendo a moverse por los bajos fondos de internet para encontrar a su hijo.
Eso era suyo. Solo suyo. Y si Mateo llegaba a descubrirlo, todo se iría al infierno.
Así que se levantó con calma, obligándolo a dar un paso atrás.
—El trato decía muy claro que no había preguntas, Carrera. Ya tienes tus cincuenta millones a salvo. Ahora cumple tu parte del trato.
Mateo entrecerró los ojos.
—No abuses de tu suerte.
—Y tú no abuses de mi paciencia —respondió ella, acomodándose la blusa con tranquilidad—. Ahora quítate de mi camino. Tengo que arreglarme para la cena de tu primo. No querrás que tu esposa llegue tarde, ¿verdad?
Pasó a su lado con la cabeza en alto, dejando en el aire un rastro dulce de jazmín.
Mateo se quedó solo, pasándose la lengua por los labios y apretando los puños, dominado por una emoción que jamás había sentido por nadie.
Esa mujer no era un adorno.
Era un peligro real.
Y lo peor era que empezaba a llamar su atención de una forma que no sabía si podía controlar.
(...)
Mientras tanto, en el pasillo exterior, la sombra de Olga se deslizó entre las columnas.
Había visto salir a Isabella con la cabeza en alto y esa sonrisa de victoria. Tuvo que apretar los puños para controlar su furia.
Mateo jamás dejaba que nadie tocara sus computadoras, y mucho menos una mujer recién llegada. Con el rencor quemándole el pecho, bajó a la cocina trasera con Martina, quien se ponía un trapo con hielo sobre la mejilla lastimada.
—Esa perra se le está metiendo en la cabeza, tía —soltó con la voz llena de odio—. Si no la saco del camino ya, me va a quitar todo lo que tengo en esta casa. Especialmente a él.
Martina apretó los labios con una mueca dura.
—Cálmate, mija. Aquí los hombres no perdonan una traición. Deja que se confíe.
La cocinera guardó silencio por un instante y luego sonrió despacio, como si acabara de ocurrírsele algo.
—Tomás me debe favores desde que lo saqué del pozo donde Mateo lo iba a enterrar por una deuda de juego. Él es de los nuestros, pero me debe la vida. Le pediré que siga a Isabella.
Olga sonrió lentamente.
—Eso espero, Martina. Porque esa estúpida cree que vino a mandar. Pero yo voy a hacer que Mateo la eche de esta casa.
CAPITULO 87- ¿ME ESTOY ENAMORANDO DE EL?Regresaron a la hacienda poco antes del anochecer. Cuando la camioneta se detuvo frente a la entrada principal, Guzmán apareció desde uno de los laterales y llamó a Mateo antes de que pudiera acompañarla hacia las escaleras.—Patrón, necesito que vea algo del perímetro norte.Mateo frunció el ceño y giró hacia él.—¿Ahora?—Es mejor.Mateo miró a Isabella.—Sube. Voy en unos minutos.Ella asintió.Mientras él se alejaba con Guzmán, Isabella permaneció unos segundos junto a la entrada, observando su espalda hasta que desapareció por uno de los corredores laterales.Todavía podía sentir sobre la piel sus manos dentro de la camioneta y escuchar, con una claridad incómoda, lo que había dicho después, cuando ambos recuperaban el aliento y él la mantenía sentada sobre sus piernas como si no tuviera ninguna intención de dejarla alejarse.Quería un hijo con ella.No esa noche.Ni el proximo mes.Mateo había sido claro.No estaba exigiéndole nada ni int
CAPÍTULO 86- ¿DE VERDAD VAS A HACER LO QUE CREO?El chofer se bajó sin decir nada más y cerró la puerta. Mateo no se movió de inmediato, se quedó mirándola, con la espalda apoyada en el asiento y una mano todavía en el muslo de ella. —¿De verdad vas a hacer lo que creo? Él no respondió; en cambio, deslizó los dedos más arriba, por debajo de la tela del vestido que se había puesto antes de salir de la hacienda y que ahora agradecía y tocó el borde de su ropa interior. —Te dije que tenía cualidades, cisne —respondió. Isabella no supo qué decir, simplemente tragó. Mateo la tomó de la cintura y la hizo acomodarse de lado, con la espalda contra su pecho, le subió el vestido hasta la cintura con una mano y con la otra le bajó las panties lo suficiente. Isabella sintió el aire fresco del interior de la camioneta en la piel, y después el calor de la palma de Mateo cuando la cubrió. Él metió dos dedos entre sus piernas. Ella ya estaba mojada y resbaladiza; por eso, él los desli
CAPÍTULO 85 — BÁJATE—Cisne, este es mi sueño. —Su pulgar acarició suavemente su piel—. Tener algo que nadie pueda quitarme, que no dependa de rutas, armas ni muertos. Yo... quiero salir de la mafia.Los ojos de Isabella se abrieron lentamente y, por un instante, no encontró una sola palabra que decir.Aquella confesión era lo último que había esperado escuchar de Mateo Carrera.Se aclaró la garganta y apartó los ojos hacia las naves industriales, intentando ordenar todo lo que acababa de descubrir.—Pero Santiago también está metiendo a la familia en negocios legales. Tú mismo me has hablado de eso. Quiere que dejen de llamar tanto la atención, que el dinero limpio crezca y que todo funcione de otra manera. ¿Por qué necesitas hacer esto a sus espaldas?Mateo curvó apenas los labios.—Porque Santiago quiere modernizar la mafia, cisne. Hacerla más limpia, más discreta y menos estúpida, pero sigue siendo mafia al final del día. —La recorrió lentamente con la mirada—. Y yo quiero saber q
CAPÍTULO 84 —ESTE ES MI SUEÑOEl complejo estaba a poco más de una hora de la hacienda.Isabella supo que aquello no tenía nada que ver con el imperio criminal de Mateo antes incluso de bajar de la camioneta.No había hombres armados vigilando cada esquina ni vehículos con cristales oscuros esperando instrucciones. Había empleados entrando con identificaciones colgadas del cuello, camiones de carga pasando por controles automatizados y dos enormes naves industriales extendiéndose detrás de un edificio administrativo de cristal y acero.Mateo bajó primero.Cuando Isabella salió, él apoyó una mano en su espalda y la dejó allí mientras avanzaban hacia la entrada.Ella observó el movimiento alrededor. No parecía una fachada construida para justificar dinero sucio.Era demasiado grande, demasiado organizada y demasiado viva.—¿Esto es tuyo? —preguntó.—Sí.Isabella desaceleró el paso.—¿Todo?Mateo señaló con la barbilla la segunda nave.—Esa pertenece a otra sociedad.Ella lo miró y él so
CAPÍTULO 83 — QUIERO QUE LO VEASMateo se limpió los dedos con la servilleta y evitó mirarla directamente.—No necesitas preocuparte por eso.La respuesta hizo que Isabella arqueara lentamente una ceja.—No estoy preocupada. Estoy sorprendida.Mateo se puso de pie.—Pues ya se te pasará.Isabella siguió sus movimientos con los ojos.—¿Tienes empresas que Santiago no conoce? ¿Eso...? ¿Estás levantando tu propio cártel? —Se acomodó mejor en la silla y soltó la pregunta sin rodeos—. ¿Quieres traicionar a tu primo?Mateo se quedó mirándola durante un segundo. La expresión de su rostro osciló entre la incredulidad y las ganas de reírse, como si todavía estuviera decidiendo si aquella pregunta merecía una respuesta seria.Finalmente, negó con la cabeza y recogió el teléfono de la mesa.—Tengo negocios propios, cisne. No soy un traidor... —La miró directamente—. Quiero a mi primo, aunque sea un pinche metiche con complejo de dueño del mundo.Isabella cruzó los brazos y no apartó la mirada.N
CAPÍTULO 82 — NO METAS A SANTIAGOMateo apretó la mandíbula y deslizó la mirada desde el rostro de Isabella hasta su vientre plano, cubierto a medias por la sábana blanca.Entonces, una idea que jamás había cruzado por su cabeza se instaló ahí dentro sin pedir permiso.«Un hijo. Con ella.»El pensamiento debería haberle parecido ridículo. Mateo Carrera nunca en su vida había deseado formar una familia; para él, la palabra familia no era más que un historial de ataúdes, deudas de sangre y traiciones.Sin embargo, imaginar el cuerpo de Isabella llevando un hijo suyo le despertó en el pecho un instinto feroz y oscuro que iba mucho más allá del sexo. No se trataba solo de poseerla en la cama; quería algo de los dos que corriera por la sangre.Algo definitivo que nadie pudiera borrar ni romper.Pero ella había trazado la línea con total claridad: no quería quedar embarazada.Y por mucho que la idea le quemara en las venas, él jamás alteraría un preservativo ni le tendería una trampa sucia







