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CAPÍTULO 3 - EL TRATO

Author: Paulina W
last update publish date: 2026-10-03 13:03:42

CAPÍTULO 3 - EL TRATO

El comedor seguía en silencio. Isabella ni pestañeó.

Se giró y miró directo a las pupilas furiosas del hombre, a pocos centímetros de su rostro, con una sonrisa cargada de veneno.

—Soy tu esposa, Carrera. Y si tu amante no sabe comportarse por las buenas, le tocará aprender por las malas.

Mateo sostuvo la mirada de Isabella desde arriba, con los nudillos todavía blancos por la fuerza con la que se aferraba a la silla.

A lo largo de su vida había lidiado con traidores, policías y sicarios de cárteles rivales. A todos los quebraba fácil: una bala o tres minutos de golpes en un cuarto a oscuras.

Con las mujeres era todavía más sencillo. Existían dos tipos: las que le temían lo suficiente para bajar la mirada y las que lo idolatraban tanto que hacían cualquier cosa por complacerlo. Olga pertenecía al segundo grupo. Pero la colombiana no encajaba en ninguno de los dos.

No había ni una pizca de terror en esos ojos avellana; solo frialdad y un cálculo despiadado. Y lo que más le revolvía la sangre a Mateo era notar cómo su propio cuerpo, traicionero y caliente, reaccionaba a la insolencia de esa boca.

Con una sonrisa torcida, peligrosa y atractiva, se inclinó todavía más hacia ella.

—Tienes demasiado veneno para haber salido de un estudio en París, Isabella —soltó con voz áspera, invadiendo su espacio—. Pero esta no es tu finca en Medellín. Aquí nadie toca a la gente del cártel sin pagar la cuenta.

Lejos de intimidarse, Isabella se puso de pie con una lentitud que le rozó los nervios, obligándolo a dar medio paso atrás para que sus pechos no chocaran. Con calma absoluta, ella se acomodó la caída del pantalón blanco, segura de su propio poder.

Olía la furia de Mateo y planeaba usarla a su favor, porque sabía de sobra que, ante una bestia como él, retroceder era firmar su propia muerte.

—Tu gente no sabe cuál es su lugar, Carrera —dijo, recorriéndolo de pies a cabeza con una mirada pesada y altanera—. Si quieres revolcarte con ella, ya te dije que puedes hacerlo. Al fin y al cabo, me da igual lo que hagas con tu entrepierna, pero si esa mujer vuelve a faltarme al respeto, la próxima vez no será una cachetada. Le voy a reventar un plato caliente en la cara.

La mandíbula de Mateo se apretó con tanta fuerza que los tendones de su cuello se marcaron.

No le molestaba la amenaza.

Lo que hacía que le hirviera la sangre era esa indiferencia total, sumada a lo increíblemente hermosa que se veía retándolo sin parpadear.

—Te encanta jugar con fuego, ¿verdad? —gruñó, acortando la distancia hasta dejarla atrapada contra el borde de la mesa—. Crees que porque tu padre cerró un pacto conmigo no puedo doblarte el cuello aquí mismo.

—No vas a doblarme nada —replicó ella, sosteniéndole la mirada—. Porque me necesitas. Y, sobre todo, porque tú y yo tenemos un trato pendiente sobre la mesa: un año de apariencias y luego mi libertad absoluta. Fírmalo y seré la esposa perfecta que necesitas mostrar ante tu familia. Niégate y te juro que tendrás una guerra dentro de esta casa todos los días.

Mateo soltó un bufido, intentando recuperar el mando de la situación.

—No voy a firmar ninguna estupidez que me exijas —dijo con tono autoritario, dando un paso atrás mientras la medía de arriba abajo con ojos hambrientos y oscuros—. Pero hoy vas a cumplir tu papel. Esta noche hay cena en la hacienda de mi primo Santiago y todos los Carrera van a estar ahí para conocer a la nueva señora. Así que ponte un vestido decente y sonríe cuando mi primo te hable. Ante el cártel eres mi mujer, y si haces una sola de tus escenitas allá adentro, te regreso a Colombia en pedazos, metida en una caja.

Isabella no se movió.

—No voy a ir —soltó.

Mateo se quedó de piedra.

—¿Qué dijiste?

—Dije que no voy a ir —repitió con una voz suave, casi dulce, ladeando la cabeza con malicia—. No voy a mover un pie de esta hacienda. Si Santiago pregunta por qué la esposa de su primo no fue a su bienvenida, dile la verdad. Dile que tu amante me faltó al respeto durante el desayuno y que tu palabra vale tan poco que ni siquiera puedes darme un lugar dentro de tu propia casa. Vamos a ver qué opina tu primo sobre tu liderazgo cuando se entere de que no puedes ni sentar a tu mujer a la mesa.

Isabella se cruzó de brazos y, para colmo, le sonrió con descaro. Definitivamente, su esposa sabía exactamente dónde golpearlo. Sin ella a su lado, quedaría en ridículo, como un hombre incapaz de controlar a su propia esposa.

Furioso, dio dos pasos y quedó delante de ella.

El calor de su cuerpo la envolvió al instante y su respiración pesada le golpeó la mejilla. En su mirada oscura ya no solo había rabia: había una atracción violenta, espesa, imposible de ocultar.

—Vas a ir a esa cena aunque tenga que arrastrarte del pelo y subirte amarrada a la camioneta, Isabella —le escupió en un susurro ronco, tan cerca que sus labios casi rozaban la piel de ella—. Y cuando lleguemos, vas a sonreír como si fueras la mujer más feliz del maldito mundo.

En vez de apartarse, Isabella levantó la barbilla, quedando a un milímetro de su boca. Sus respiraciones se mezclaron en un golpe caliente.

—Pruébalo, Carrera —le susurró de vuelta, con un tono dulce y peligroso que le erizó la piel a Mateo—. Ponme una mano encima y vas a descubrir que esta bailarina puede patearte el trasero con mucha más facilidad de la que imaginas.

Él frunció el ceño.

¿Qué demonios quería decir con eso?

No preguntó. No iba a darle el gusto de mostrar curiosidad. Se limitó a sostenerle la mirada con la misma frialdad, mientras el aire entre ambos se volvía tan denso que parecía imposible respirar sin rozarse.

De repente, el teléfono de Mateo vibró dentro de su pantalón, pero no se movió.

Tenía los puños apretados a los costados, conteniéndose con rabia para no agarrarla de la cintura, sentarla sobre la mesa y besarle esa maldita boca hasta borrarle de encima aquella sonrisa arrogante.

Pero el aparato no dejaba de vibrar.

Mateo pestañeó, recuperando la cordura de golpe, y contestó.

—¿Qué pasa?

La voz del otro lado llegó alterada.

—¡Patrón! Se cayó el sistema de aduanas en el puerto de Lázaro Cárdenas. La terminal de contenedores está bloqueada. Los códigos de acceso cambiaron por un ataque informático externo y en cuarenta minutos la Marina entra a hacer la inspección de rutina. ¡Si abren los contenedores tres y cuatro, nos quitan cincuenta millones de dólares en mercancía!

Al oír el informe, Mateo descargó un puñetazo contra la mesa que hizo temblar todo lo que estaba encima.

—¡¿Dónde carajos está Javier?! —rugió, con las venas del cuello a punto de reventar—. ¡Él es el que maneja esos accesos!

—¡Su hermano tomó un vuelo a Rusia, patrón! —respondió el hombre con la voz quebrada por el pánico—. ¡No hay nadie aquí que pueda romper esa seguridad antes de que llegue el convoy militar!

Mateo soltó una sarta de maldiciones y se agarró la cabeza, procesando el desastre que se le venía encima. Perder cincuenta millones de dólares y abrirle la puerta a una investigación federal significaba la ruina inmediata para los Carrera: o Santiago caía preso o estallaba una guerra a balazos esa misma tarde.

En medio de semejante caos, Isabella se movió. Sabía que aquella era una oportunidad y no pensaba desperdiciarla.

—Los federales usan un protocolo de bloqueo con servidores espejo en la capital —soltó ella, segura de lo que hablaba—. Un ingeniero tardaría por lo menos una hora en descifrarlo. Yo puedo saltarme esa seguridad, liberar los sellos en el sistema y poner la carga en semáforo verde en quince minutos.

Mateo se quedó mudo a mitad de una orden, bajando el teléfono despacio mientras la miraba como si estuviera loca.

—¿Tú? —preguntó, midiéndola—. ¿Desde cuándo eres hacker? Eres bailarina de ballet, no una experta en sistemas.

Isabella no bajó la mirada. Por el contrario, ladeó la cabeza y sonrió. A Mateo se le olvidó, por un segundo, que estaba furioso.

—En París se aprenden muchas cosas cuando tienes que sobrevivir sola, querido —le respondió, dando un paso más hacia él—. El trato es simple: yo te salvo ese cargamento de cincuenta millones y te quito a la Marina de encima. Pero, a cambio, aceptas mis condiciones.

Cruzó los brazos sobre el pecho, viéndose intocable, y remató con una mirada que lo retaba en su propio terreno.

—¿Qué dices, esposo? ¿Quieres seguir demostrando que nadie te da órdenes o prefieres conservar tus cincuenta millones?

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Comments (4)
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ILiana Ferreira
Isabella lo tendrá rendido a sus pies, jajajaja
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Monica Constante
No me gusta Isabella debe contratar a otra persona para sus comidas esas viejas no se van a quedar tranquilas y quien sabe que trataran de hacerle ,ಠ⁠︵⁠ಠ
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Teresa Maldonado
Creo que Mateo ya está perdido el pobre ISABELLA 1 MATEO 0
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