LOGIN~MINA~ La pistola pegada a la cabeza de Emiliano consiguió que todo lo demás desapareciera a mi alrededor. Los hombres muertos, el automóvil destrozado, el olor a pólvora y los cristales esparcidos sobre el asfalto. Solo podía verlo a él. Estaba a pocos metros de mí, temblando dentro de los brazos de Lorena, con lágrimas corriéndole por las mejillas y los ojos abiertos de puro terror. Desde los binoculares había pensado que aquel niño tenía algo mío. Ahora que podía verle el rostro con claridad, esa sensación me golpeó con tanta fuerza que tuve que contener el aire. No sabía si eran los ojos. El cabello oscuro. La forma de sus mejillas. No importaba. Solo tenía la certeza de que ese niño era Emiliano. Mi hijo. Y aquella desgraciada tenía una pistola contra su cabeza. —Bajen las armas —ordenó Lorena—. ¡Ahora! —Lorena, no hagas una estupidez —advirtió Artem. —¡Que las bajen! Emiliano se estremeció con su grito. —Está bien —dije inmediatamente y comencé a bajar mi pistola. —Mi
~ARTEM~ Seguí la camioneta durante varios kilómetros, manteniendo suficiente distancia para que el conductor no tuviera motivos para prestarnos atención. No quería hacerlo cerca de una vivienda. Tampoco en una zona donde algún automóvil pudiera aparecer de repente y quedar atrapado en medio. Necesitaba un tramo apartado, oscuro y con suficiente espacio para moverme sin perderlos. Mina permanecía en silencio a mi lado. Desde que le había dicho que aquella era nuestra oportunidad, había dejado de hacer preguntas. Tenía el cuerpo tenso y la mirada fija en las luces traseras de la camioneta. Yo también. Pasaron dos vehículos en dirección contraria y seguí esperando el momento adecuado. Más adelante apareció una curva seguida de un tramo largo, solitario, rodeado de vegetación y sin una sola casa visible. Era justamente lo que necesitaba. Pisé el acelerador a fondo. El motor rugió y Mina giró inmediatamente hacia mí. —¿Ya? —Agáchate. —Artem... —¡Mina, abajo ahora! —
~ARTEM~ Mantuve suficiente distancia entre nuestro automóvil y la camioneta para no llamar la atención, pero sin permitir que se perdiera de vista. No necesitaba pegarme a ellos. Bastaba con seguirlos desde lejos, dejar que algún vehículo se interpusiera de vez en cuando y mantener una velocidad que no pareciera demasiado constante. Herminia no había dejado de mirar hacia adelante desde que salimos detrás de ellos. —¿Todavía los ves? —Sí. —Están bastante lejos. —Esa es la idea. Me lanzó una mirada rápida. —Ya sé, güero. Solo digo. Volvió inmediatamente la vista hacia el parabrisas. La camioneta tomó otro desvío. Giré detrás de ella varios segundos después y entonces algo comenzó a resultarme familiar. No fue una casa ni un letrero en particular. Fue la carretera. La forma en que se estrechaba. La vegetación a ambos lados. Un tramo largo que había recorrido de noche hacía no demasiado tiempo. Fruncí ligeramente el ceño. Mina se incorporó en su asiento. —Güero... —Sí. Gi
~MINA~ Llevábamos más de una hora observando Rancho Las Jacarandas desde el interior del automóvil y comenzaba a dolerme la vista de tanto mirar a través de los binoculares. La propiedad estaba bastante retirada de la carretera, rodeada por una cerca alta y con un enorme portón metálico que permanecía cerrado. Desde donde estábamos alcanzábamos a distinguir la casa principal, parte del terreno que la rodeaba y algunos de los hombres que se movían por allí. Chuy no había mentido respecto a la seguridad. Hasta ese momento habíamos contado varios hombres armados, cámaras en distintos puntos y más movimiento del que me habría gustado encontrar alrededor del lugar donde estaba mi hijo. O donde suponíamos que estaba, porque hasta ese punto solo estábamos confiando en la palabra de Chuy. Bajé los binoculares un momento y me froté los ojos. —Voy a quedar bizca. Artem continuó mirando hacia la propiedad. —No creo que funcione así. —Llevo una hora mirando la misma pinche casa.
~EMILIANO~Nunca había estado en aquella casa.Era mucho más grande que la de Lorena y había hombres armados por todas partes. Dos estaban afuera cuando llegamos, otros cerca de la entrada y vi varios más desde que Lorena me hizo bajar del automóvil. Ninguno me dijo nada, pero algunos me miraron al pasar y eso hizo que apretara las manos contra los costados.No sabía hacia qué parte de aquella casa íbamos. Solo seguía a Lorena mientras sus tacones golpeaban el piso y trataba de no quedarme atrás.Había dos hombres parados junto a las escaleras. Uno saludó a Lorena y ella le sonrió como si hubiera estado de buen humor desde que despertó.—¿Cómo sigue? —preguntó.—Mejor. El doctor se fue hace rato.Lorena asintió.Yo miré hacia arriba y sentí que el corazón empezó a golpearme más fuerte.Lorena comenzó a subir las escaleras y yo fui detrás de ella. Con cada escalón deseaba caminar más despacio, aunque sabía que no podía hacerlo porque se daría cuenta. Cuando llegamos al segundo piso, mi
~EMILIANO~ Yo estaba sentado en el suelo, entre el escritorio y uno de los sillones grandes de la biblioteca, haciendo avanzar despacito un carrito rojo por la orilla de la alfombra. No hacía ruido porque sabía que a Lorena no le gustaba cuando yo corría por la casa ni cuando los juguetes golpeaban los muebles. Decía que parecía que tenía animales viviendo con ella y que ya estaba demasiado grande para andar haciendo tanto escándalo. Por eso había aprendido a jugar bajito. A veces hasta hacía el ruido del motor solamente dentro de mi cabeza. Tenía otros tres carritos acomodados frente a mí. El azul era el más rápido, aunque tenía una rueda floja. El negro era el que siempre ganaba las carreras porque parecía uno de los carros de los hombres que cuidaban la casa, y el amarillo era demasiado pequeño, así que yo imaginaba que podía meterse por lugares donde los otros no cabían. Estaba haciendo que el rojo escapara del negro cuando escuché unos tacones acercándose por el pasillo y s







