LOGINCapítulo 5
Tori Me duele el cuerpo mientras entro en la tranquila catedral. Miro los bancos vacíos y acomodo un par de misales que simplemente fueron metidos en los soportes. Dejo el plato de pasta alla Norma que traje para el padre Parisi sobre uno de los bancos para tener las manos libres. Me dirijo al frente, retiro el viejo arreglo floral del soporte junto al púlpito y llevo el ramo marchito a la cocina. Coloco el ramo marchito sobre una encimera y rápidamente tomo una bolsa de basura del lugar donde la guardan debajo del fregadero. Dejando escapar un suspiro, desarmo todo para poder deshacerme de las flores antes de asegurarme de que la cocina esté limpia. Es algo que hago todos los martes, para que el padre Parisi no tenga que preocuparse por ello. Aunque, pensándolo bien, probablemente dejaría las flores exactamente donde están hasta que Rosa trajera un arreglo nuevo. Después de tirar las flores, regreso a los bancos y recojo el plato de pasta antes de dirigirme a la oficina del padre Parisi. Con cuidado, me froto la zona sensible de la cadera donde Giorgio me pateó anoche. Negándome a dejar que los pensamientos ensombrezcan una de las pocas mañanas en las que puedo alejarme de casa, dejo que el silencio de la catedral me envuelva. Siempre me siento tranquila cuando vengo aquí, y hoy no es diferente. Al llegar a la oficina, llamo rápidamente a la puerta antes de entrar. —Buenos días, Padre. Él levanta la cabeza de los papeles que está mirando y una sonrisa aparece en su rostro. —Buenos días, Tori. Me reúno con el padre Parisi todos los martes para hablar sobre los arreglos florales y lo que hornearé para que los feligreses disfruten después de la misa del domingo. La parroquia paga todo, así que no tengo que pedirle dinero a Giorgio. También me pagan una pequeña cantidad por mi trabajo, que utilizo para comprar mis productos de higiene femenina y artículos de aseo. Tomo asiento frente a su escritorio y dejo el plato de pasta en una esquina para que no le estorbe. La comida preparada me gana una sonrisa agradecida de mi sacerdote. —Gracias. Con tú y Rosa trayéndome comida siempre, no tengo que preocuparme por eso. —De nada. Me encanta cocinar. Saco la lista de compras de mi bolso. —Pensé que estaría bien tener cannolis en el próximo servicio. El padre Parisi hace un gesto con la mano. —Tú estás a cargo, así que cualquier cosa que quieras hornear me parece bien. ¿Cuánto necesitarás? Le muestro la lista y el total que necesitaré para comprar todos los ingredientes y, mientras él saca el dinero de una pequeña caja, pregunto: —¿Debería pedir rosas para el próximo arreglo floral? Él emite un sonido de fastidio. —Lo que tú quieras. Aunque siempre acepta mis ideas, se las consulto por respeto. Mientras el padre Parisi me entrega el dinero, sus ojos se clavan en mí. Sus cejas se juntan y, mientras vuelve a sentarse, pregunta: —¿Estás descansando lo suficiente? Te ves cansada. Dejo escapar una risita y niego con la cabeza. —Vaya, es la segunda vez que escucho eso en los últimos días. Me esforzaré más con mi apariencia. Sintiendo vergüenza, ajusto más contra mi cuerpo el cárdigan ligero que llevo puesto. Aunque hace calor afuera, tengo que usar algo de mangas largas para ocultar los moretones de mis brazos. Mis vestidos de verano también están descartados, así que me veo obligada a usar jeans para cubrirme las piernas. El padre Parisi inclina la cabeza, con la preocupación marcada en las líneas de su rostro. —No me refería a eso. ¿Está todo bien en casa? No queriendo hablar de mis terribles circunstancias, asiento mientras me pongo de pie. —Será mejor que lleve el pedido del arreglo floral a Rosa. Niega con la cabeza porque no le respondí y murmura: —Estoy aquí cuando quieras hablar. Fuerzo una sonrisa mientras susurro: —Lo sé. Simplemente no quiero hablar de eso ahora. —No te presionaré. Dejando escapar un suspiro, baja los ojos hacia los papeles sobre su escritorio. —Nos vemos el domingo, Tori. —Que tenga una buena semana —murmuro antes de salir de la oficina. Me encantan los martes y los domingos por la mañana porque son los únicos momentos en los que tengo la garantía de no estar cerca de Giorgio. Sinceramente, ha sido una auténtica pesadilla desde el incidente en Piccola Sicilia. He hecho todo lo posible por mantenerme alejada de él, pero me grita cada vez que llega a casa. Las palizas también están ocurriendo cada vez con más frecuencia. Parece que la violencia está aumentando y la preocupación me mantiene despierta por las noches. Mientras camino los pocos kilómetros que hay entre la catedral y la floristería de Rosa, mis pensamientos se dirigen al dinero de la parroquia que llevo en el bolso. Quizá sea suficiente para un billete de tren, pero solo pensar en robarlo hace que me persigne. Perdóname por mis pensamientos impuros, Padre. El sol golpea con fuerza sobre mi cabeza y pronto empiezo a sentirme incómoda por el calor. De repente, una SUV negra se detiene a mi lado y miro el vehículo con cautela mientras acelero el paso. Cuando escucho abrirse una puerta, miro por encima del hombro y, al ver a Angelo, me detengo en seco en la acera. Oh, Dios. Estoy viendo demasiado a este hombre. Sin saludarme, pregunta con tono exigente: —¿Adónde vas? Señalo calle abajo. —A la floristería de Rosa. —Sube —ordena, haciendo un gesto con la cabeza hacia el asiento trasero. Uf. Dejo escapar un pesado suspiro mientras camino hacia la SUV y, con la aprensión apretándome el estómago hasta convertirlo en una bola dura, me deslizo en el asiento trasero. Angelo sube a mi lado, lo que hace que me acerque más a la otra puerta para dejar más espacio entre nosotros. Los latidos de mi corazón se aceleran y un escalofrío me recorre la columna. Sé que debería estar agradecida por estar fuera del calor abrasador del verano, pero el último lugar donde quiero estar es atrapada en un auto con uno de los líderes de la Cosa Nostra. —Hace demasiado calor para caminar —murmura. Me lanza una mirada de reojo y gruñe: —¿Por qué estás vestida tan abrigada? Rodeo mi cintura con los brazos y aprieto mi cuerpo contra la puerta mientras miento: —Hacía fresco cuando salí de casa. Perdóname, Padre. Sin que Angelo dé ninguna orden, Big Ricky conduce hacia la tienda de Rosa. Un pesado silencio llena el aire y estoy tan jodidamente consciente del peligroso hombre a mi lado que no puedo evitar que mi cuerpo tiemble. Tampoco puedo evitar notar lo atractivo que es, y eso hace que una extraña sensación revolotee por mi abdomen. Angelo no intenta iniciar una conversación conmigo y, cuando Big Ricky detiene el vehículo frente a la tienda, dejo escapar un suspiro de alivio. Forzando una sonrisa agradecida en mis labios, miro a Angelo. —Gracias por el viaje. Él no aparta los ojos del documento que está leyendo y simplemente asiente. Abro la puerta y murmuro: —Adiós. Rápidamente salgo de la SUV y, después de cerrar la puerta detrás de mí, corro alrededor de la parte trasera del vehículo y entro a toda prisa en la tienda con aire acondicionado. —Madre de Dios, Tori. ¿Ese es el auto del señor Rizzo? —pregunta Rosa, con los ojos muy abiertos mientras mira el vehículo que sigue estacionado frente a su tienda. —Sí. Me encojo de hombros e intento restarle importancia. —Simplemente me llevó porque hace mucho calor afuera. Ella levanta una ceja. —Ese hombre no hace nada gratis. Ten cuidado con él. Asiento y la sigo hacia la parte trasera, donde pasa la mayor parte de su tiempo preparando ramos. —¿Podemos tener rosas para la parroquia esta semana? —pregunto mientras intento ignorar lo mejor que puedo el hecho de que Angelo Rizzo me está prestando demasiada atención. —Las rosas son caras, pero puedo añadir gypsophila y margaritas. —Eso estaría genial. Miro todos los cubos que contienen diversas flores frescas. —Preparé pasta alla Norma para el padre Parisi —le informo para que no preparemos accidentalmente el mismo plato para él. —Está bien. Le prepararé maccu más adelante esta semana. ¿Sopa? ¿Con este calor? Por suerte, Rosa no nota la sorpresa en mi rostro porque está ocupada cortando los tallos para hacerlos más cortos. —¿Qué vas a hornear para la misa? —pregunta. —Cannolis. Hace tiempo que no los tenemos para la hora del café. —Haz de más por si vuelve a haber más gente. Asintiendo, digo: —Lo haré. Doy un paso hacia la parte delantera de la tienda y añado: —Debería irme. Quiero estar en casa antes del almuerzo. Rosa me tiende un clavel rosa. —Sí, sal de este calor. Tomo la flor y le ofrezco una sonrisa amistosa. —Nos vemos el domingo. Dejando a Rosa con su trabajo, noto que la SUV sigue estacionada afuera. ¡Oh, no! Dudo por un momento, pero sabiendo que no puedo esconderme aquí todo el día, dejo escapar un gemido mientras salgo de la tienda. En el momento en que pongo un pie en la acera, la puerta trasera del vehículo se abre de golpe. Dios, ayúdame. Cuando miro cautelosamente hacia el interior, Angelo murmura: —Sube. Padre, ¿hice algo para disgustarte? De verdad empieza a parecer que me has abandonado. —Ah… ¿por qué? —pregunto, haciendo que el miedo haga temblar mi voz. Los ojos de Angelo se dirigen hacia mí, y el fastidio tensa sus atractivas facciones. —Hace un puto calor, Vittoria. Sube. Siento que quiero lloriquear como un cachorro mientras cumplo su orden y, cuando cierro la puerta, Big Ricky pregunta: —¿Adónde, señorita Romano? —Ahh… a la tienda de comestibles que está un poco más adelante. Miro entre la parte posterior de la cabeza de Big Ricky y Angelo, quien vuelve a dedicar toda su atención al documento que tiene en la mano. Esto es jodidamente extraño. Entre la situación volátil en casa y tener que lidiar con ver a Angelo Rizzo mucho más de lo que me gustaría, la tensión en mi cuerpo está llegando al punto de quiebre.Epílogo (Dos años después...) RENZO Durante el primer año de nuestro matrimonio, nos concentramos en nosotros mismos y en el trabajo para asegurarnos de estar preparados para dar el siguiente paso. Y aquí estamos, en un orfanato, rodeados de demasiadas caritas adorables que buscan un hogar. —Deberíamos comprar el orfanato y adoptarlos a todos —murmuro. —Esto es difícil —dice Skylar, con una expresión ligeramente angustiada. Un niño pequeño choca contra mis piernas y rebota hacia atrás. Cae sentado de culo y rompe a reír. Me agacho, lo levanto y, cuando quedamos cara a cara, le pregunto: —¿Estás bien, campeón? Eso debió de doler. Niega con la cabeza. —Soy fuerte. La sonrisa traviesa que ilumina su rostro me provoca algo en el corazón. —Renzo —susurra Skylar. Mis ojos se encuentran con los suyos y ella asiente rápidamente. —Él. Vuelvo a mirar al pequeño y pregunto: —¿Cómo te llamas? —Georgi. Señala hacia un lado, donde una niña pequeña se chupa el pu
Capítulo 42SKYLARRenzo y yo espiamos desde detrás de la pared el restaurante, que está completamente lleno.—Dios mío. La mitad de los críticos gastronómicos de Nueva York están ahí fuera —susurro, con el estómago convertido en una bola de nervios.—Más les vale no atreverse a decir nada malo —murmura Renzo—. O habrá cadáveres flotando en el Hudson.Le doy una palmada en el pecho y lo miro con el ceño fruncido.—¡No harás semejante cosa!Me doy la vuelta y regreso a la ajetreada cocina.Renzo me agarra del brazo y tira de mí hacia atrás. Me sujeta la mandíbula y me planta un beso intenso en los labios.—Buena suerte, amo. Lo harás genial.Le dedico una sonrisa agradecida, me libero de su abrazo y corro hacia mi puesto para continuar cocinando.—¡Necesito cebolletas! —grito.—¡Sí, chef!Unos segundos después, colocan sobre mi encimera un cuenco con cebolletas finamente picadas. Las añado rápidamente a la preparación y, mientras hierve, compruebo cómo va la sopa picante de ternera.Lo
Capítulo 41RENZOCuando Fabrizio detiene el Bentley en el cementerio, abro la puerta y bajo del vehículo. Rodeo la parte trasera del coche y espero a Skylar antes de tomarla de la mano.Hace poco mandé colocar las lápidas y quería asegurarme de que hubieran hecho un buen trabajo.Mientras caminamos hacia la tumba de Harlan, los dedos de Skylar se aprietan alrededor de los míos.Es la primera vez que volvemos desde los funerales y sé que será difícil para ella.Cuando nos detenemos frente a las tumbas, leo las palabras grabadas en el granito.Harlan DaviesEl padre más desinteresado y amoroso.Esposo devoto.Un ángel de la guarda que caminó entre nosotros durante demasiado poco tiempo.—Dios mío —susurra Skylar.Las lágrimas brillan en sus ojos antes de deslizarse por sus mejillas.—La lápida es perfecta. Gracias, Renzo.—De nada, amo.Le suelto la mano y la rodeo por los hombros con un brazo. Le doy un beso en la sien y respiro profundamente su suave aroma.Está bien, Harlan. No ha t
Capítulo 40SKYLARVuelvo a mirar la hora y, al ver que ya pasan de las tres de la madrugada, me levanto del sofá mientras lucho por contener las lágrimas.¿Dónde está? Está tardando demasiado.Me paso los dedos por el cabello y, al no poder contenerlo más, un sollozo se me escapa de los labios.Por favor, que esté bien. No puedo perder a Renzo.Juro que me lanzaría por el balcón, porque no hay manera de que pueda vivir sin él.Al darme cuenta de cuánto amo a Renzo, me cubro el rostro con las manos y le rezo a todo lo sagrado para que vuelva a casa sano y salvo.De repente, oigo abrirse las puertas del ascensor y levanto la cabeza de golpe. Corro hacia él mientras una oleada de alivio me invade.Justo cuando Renzo entra en el ático, me lanzo sobre él y le rodeo el cuello con los brazos. Los sollozos sacuden mi cuerpo mientras vuelvo a percibir el aroma de su colonia y su olor natural.Gracias a Dios.—Eh, ¿qué pasa? —pregunta con la voz tensa por la preocupación, estrechándome con tan
Capítulo 39RENZOLa caravana de vehículos levanta una nube de polvo mientras nos dirigimos al pueblo donde vieron a Montes por última vez.Dario, Carlo, Emilio y yo viajamos en el primer todoterreno, mientras mis hombres ocupan los otros cuatro. Utilizamos un par de mis aviones privados para trasladar a todos a México, y tuve que ponerme en contacto con el cártel local para avisarles de nuestra llegada y evitar cualquier malentendido.Con un poco de suerte, Servando Montes morirá hoy.El teléfono de Dario vibra. Lo consulta rápidamente y luego dice:—Ya tenemos una cara para ese nombre.Sostiene el dispositivo para que pueda ver la pantalla. Hay una fotografía de un hombre fumando frente a una casa de mierda. Parece tener unos cincuenta y tantos años y le gustan demasiado las cadenas de oro gruesas.—Cero estilo —comenta Dario, como si ese fuera el peor delito que pudiera cometer aquel hombre.Suelto una carcajada y murmuro:—No parece que sepa que vamos de camino.—El soldado que lo
Capítulo 38SKYLARDesde que Renzo me habló de abrir mi propio restaurante, mi emoción no ha dejado de crecer.Hemos conseguido un local a unos cuantos kilómetros de La Torrisi, y Viviana también ha aceptado encargarse de la administración de mi restaurante.Cada día experimento con platos asiáticos y poco a poco voy elaborando un menú para estar preparada cuando abramos las puertas.Hoy estoy eligiendo mi plato estrella y no consigo decidirme entre dos opciones.Coloco ambos platos delante de Renzo y, con tono profesional, señalo el de la izquierda.—Esto es bánh xèo, una crepe vietnamita salada rellena de cerdo, gambas, cebolla y brotes de soja.Hago un gesto hacia el otro plato.—Y esto es yukhaejang, una sopa coreana picante de falda de ternera.Mis ojos se encuentran con los de Renzo.—Dime cuál te gusta más.Él asiente y dirige su atención a los platos. Prueba un bocado del primero y se concentra en saborear la comida.Acerco su copa de prosecco italiano para que pueda limpiar e







