LOGINEmma Collins siempre tuvo una vida sencilla,siendo enfermera en Central Medic support tenía lo justo para vivir. Había perdido a su madre dos años atrás,ella la había cuidado hasta su muerte. Su vida da un cambio brusco al despertar un día vestida de novia y a unas horas de casarse con un desconocido y con un arma apuntando hacia ella. Ian Spencer es un as para hacer negocios,su tiempo vale oro y no está para perderlo con nadie. Unas horas antes de su boda con Francesca,ella decide huir al descubrir por accidente que los negocios de su prometido no son tan legales como creyó,dejando a Ian con la vergüenza de quedar plantado en el altar.
View MoreLos gritos incesantes de la mujer resonaron en las paredes del viejo deshuesadero. —¡Ahhhhhhhhhh! Evaristo permaneció inmóvil, aunque por dentro su corazón estaba lastimado. Sin embargo, no era algo que su pupila pudiera notar. Nuevamente, más gritos desgarradores. Por fin decidió echar una mirada, justo en el momento en el que uno de sus hombres sumergía la cabeza de la chica en un contenedor de agua. La dejaba ahí un momento, y cuando la sacaba, ella lograba tomar una bocanada de aire, para después volver a sentir los toques de electricidad que recorrían furiosos su cuerpo. Merecido lo tenía. Ella era parte de la organización y tenía un buen puesto. No supo en qué momento decidió traicionarlo. Se ganó la confianza de Alessandro Bianchi haciéndole creer que era su aliada, para después voltear a su propio hermano en su contra. Eso, ante los ojos de Evaristo, era lo peor que podía haber hecho. El teléfono móvil sonó dentro de la chaqueta del guardaespaldas. Este lo sacó con p
—¿Qué le inyecté? Ian sacudió la mano, deshaciéndose de la aguja con la que había picado a Micah. Le lanzó una última mirada antes de girarse sobre sus talones, dispuesto a exigir más respuestas. Su hermana llegó hasta ellos justo a tiempo para ver cómo el versed* hacía efecto: rápido, eficaz. Su cuñado seguía con vida, pero ahora estaba imposibilitado para defenderse o atacar. —Un potente somnífero —respondió Ellis, sin apartar la vista del cuerpo inmóvil—, pero tenemos poco tiempo antes de que recupere la consciencia. Alessandro soltó el aire que parecía haber estado conteniendo desde hacía minutos. ¡Maldita sea, no era un cobarde! Se acusó en silencio. Había planeado con frialdad lo que haría si descubría que su hermano era realmente un traidor. Iba a concederle el último gesto de humanidad: acabar él mismo con su vida. Porque dejarlo en manos de la organización sería peor. La Cosa Nostra* no perdonaba traiciones. No lo matarían… no al menos de inmediato. Lo destrozarí
—¿Maritza? Entonces, todo cobró sentido en la mente del mafioso. Maritza había sido aprendiz de Evaristo durante años, casi como si fuera su propia hija. Aquello no era solo una traición: era un golpe brutal para su amigo. —¿No es esto una maravillosa coincidencia? —soltó Maritza con una sonrisa venenosa. El cinismo en sus palabras encendió la ira del mafioso. Había visto muchas traiciones que merecían pagarse con sangre, pero esta… esta rozaba lo imperdonable. —Eres una… —¡Shhhht! Yo no diría eso —interrumpió Micah Bianchi, con el arma ya apuntando al pecho de su enemigo. Su voz fue suave, casi amable, pero el dedo en el gatillo hablaba otro idioma—. No querrás darme una excusa para llenarte de balas. —¿Qué demonios está sucediendo, Micah? ¿Por qué esta mujer está contigo? —espetó Francesca, con la voz cargada de furia. El Bianchi sonrió como sonríen los locos, como si el mundo ardiera y él disfrutara el espectáculo. —Disculpa la confusión, hermosa. Todo este tiempo
—Te sigo, querida —dijo él con sorna apenas contenida—. Voy justo detrás tuyo. Ella se detuvo en seco y se giró con los ojos clavados en los suyos. —Escúchame bien —espetó—. No tengo la menor intención de dar mi vida por la de él. Ian alzó una ceja, pero no dijo nada. Ella continuó, con la voz baja pero afilada: —Si estás aquí para matarlo, no me voy a interponer. Ese imbécil ha estado moviéndose por su cuenta. Eso solo significa dos cosas: O te teme más de lo que está dispuesto a admitir… o está planeando algo que ni siquiera me ha confiado. Francesca dio un paso al frente, ya sin máscaras, sin teatro. —Y en ambos casos, estoy fuera. Silencio. El tipo de silencio que suele ser bastante revelador. Ian la estudió por un momento. Ya no había rastro de arrogancia en ella, solo una fría determinación de quien ha elegido sobrevivir, no importa a quién tenga que dejar atrás. —No tienes idea del gusto que me da haber abierto los ojos. No sé cómo pude ser tan estúpid












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