Mag-log inTres años pasaron volando y dejaron una felicidad cada vez más arraigada en la familia Ashford. Esa mañana, el jardín trasero de la casa principal parecía un pedacito de paraíso, lleno de flores primaverales de mil colores y de un césped verde, tupido y bien cuidado. El aire era fresco y traía el aroma de la tierra mojada tras la llovizna matutina que había caído sobre aquel exclusivo vecindario.Bajo la sombra de un frondoso roble, habían extendido sobre el pasto un mantel de picnic blanco. Encima, frutas frescas y botellas de agua estaban bien dispuestas, aunque la atención de los dos padres no estaba en la comida.Leander Ashford, el hombre que antes era frío, rígido y temido por muchos, estaba sentado sin ceremonias sobre el césped, con la camisa blanca arremangada hasta los codos. Su rostro lucía la sonrisa más sincera mientras miraba hacia el centro del jardín.—¡Papá! ¡Atrapa la pelota! —gritó una voz aguda y llena de entusiasmo.
—¡Mamá! —gritó Ethan al entrar en la habitación VIP de su madre, con la voz aguda y llena de emoción después de correr por el pasillo del hospital junto a su niñera. Leander, que estaba de pie junto a la ventana con su pequeña en brazos, se volvió de inmediato. Se llevó el índice a los labios, pidiéndole a su hijo que no hiciera ruido. —Shhh… no grites, Ethan. La bebé está dormida —susurró con voz baja pero firme. Ethan se tapó la boca con las dos manos, con los ojos muy abiertos, asustado de haber estado a punto de despertar a su hermanita. Se apresuró a caminar despacio hacia su padre. Leander se agachó hasta quedar a su altura. Con mucho cuidado, bajó un poco los brazos para mostrarle a la niña envuelta en una mantita tejida de color rosa. —Mira, campeón —susurró con ternura—. Esta es tu hermanita. Ethan contuvo el aliento. Sus ojos brillaban de asombro ante aquella carita roja y diminuta qu
Dos semanas después de aquellas noches largas y agotadoras, la tranquila residencia Ashford se convirtió de pronto en un pequeño centro de pánico cuando el reloj del dormitorio principal marcó las dos de la madrugada.Valerie despertó de golpe por un calambre que le apretaba el bajo vientre. La oleada de dolor iba y venía, se extendía por los músculos de la cintura y le cortaba la respiración. Soltó un quejido ahogado y su mano buscó con fuerza el brazo de Leander, que dormía a su lado.—Leander… —gimió con la voz temblorosa y débil, con el rostro pálido bajo la luz tenue de la lámpara—. Leander, despierta…En cuestión de segundos, el instinto de un hombre siempre alerta le devolvió por completo la conciencia. Abrió los ojos, se incorporó y miró a su esposa con un pánico que enseguida dominó, porque había que actuar.—¿Val? ¿Qué pasa, mi amor? ¿Qué sucede? —preguntó con preocupación, tomándole el rostro cubierto de sudor frío.—Me duele e
La gran casa de la familia Luthier se llenaba ahora de un calor y un ajetreo nuevos y agradables. Desde que la doctora confirmó que el bebé de Valerie era una niña, Leander se había convertido en el esposo y padre más atento y entusiasta. Había transformado una habitación vacía junto al dormitorio principal en un hermoso cuarto de bebé. Esa tarde, Valerie estaba sentada en el sofá de la sala, observando a su esposo armar una cuna color marfil. Cerca de ellos, Ethan clasificaba sus juguetes, eligiendo cuáles le regalaría a su hermanita. —Leander, no tienes que armarla tú mismo. Podemos pedirle a alguien que lo haga —dijo Valerie, sonriendo divertida al verlo leer el manual con tanta seriedad. Leander levantó la vista, se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano y sonrió. —No, Val. Quiero preparar todo con mis propias manos para nuestra princesita. Que sepa que su papá la espera con muchas ganas. Vale
Las manecillas del reloj de la sala marcaban las doce de la noche cuando la puerta principal de la residencia Ashford se abrió despacio. Leander entró en la casa en penumbra, se quitó el saco y se aflojó la corbata con un suspiro cansado. Sin embargo, sus pasos se detuvieron en seco al ver que la lámpara de la esquina seguía encendida.Sobre el sofá de terciopelo gris, Valerie estaba sentada, recostada, con una manta ligera sobre las piernas. Tenía los ojos adormilados, luchando contra un sueño abrumador, pero levantó la cabeza de inmediato al oír los pasos de su esposo.Leander se quedó quieto un instante y enseguida apresuró el paso hacia la esposa a la que tanto amaba.—¿Val? ¿Por qué no te has dormido todavía, a esta hora? —preguntó con ternura, arrodillándose frente al sofá y tomándole la mano, que estaba un poco fría—. Ya deberías estar descansando. No es bueno que te desveles estando embarazada.Valerie lo miró fijamente a los ojos. En su r
La noche aún no había caído por completo cuando el timbre del teléfono sobre el escritorio de Leander rompió el silencio del estudio. Leander, que revisaba unos documentos de la empresa, tomó el aparato de inmediato. La voz firme de Leo se oyó al otro lado de la línea.—Señor Luthier, ya la encontré —dijo Leo con rapidez.—¿Dónde? —preguntó Leander, directo al grano, con la voz súbitamente fría.—En un motel de mala muerte en las afueras de la ciudad, señor. Está hecha un desastre, pero no tiene forma de escapar otra vez. Ya rodeé el lugar con mi equipo —informó Leo desde el otro extremo del teléfono.—Bien. No la pierdas de vista. Voy para allá ahora mismo —ordenó Leander antes de cortar la llamada.No tardó mucho en llegar al lugar. Sus pasos firmes retumbaron al entrar en una habitación estrecha y en penumbra, con olor a humedad. Loretta estaba sentada en una cama vieja, con las manos atadas sin mucha fuerza con una brida de plástico.







