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CAPÍTULO 2: LA FRONTERA

Author: Nori
last update publish date: 2026-09-11 01:17:16

La camioneta negra avanzaba de manera constante por la carretera vacía, con sus faros cortando la oscuridad.

Esmeralda iba sentada en el asiento trasero entre dos de los soldados de Camilo Marcelo, con las manos entrelazadas con fuerza sobre el regazo. Ninguno de los dos hombres había pronunciado una sola palabra desde que habían salido de la cumbre, horas atrás.

Miraba por la ventana, observando cómo las luces de la ciudad desaparecían detrás de ellos. Los edificios de concreto dieron paso a caminos desiertos, y luego a bosques interminables. Cuanto más avanzaban, más pesado se volvía el silencio.

Algo andaba mal, muy mal, lo cual la inquietaba, así que se movió en su asiento y miró al conductor.

“¿A dónde vamos?”, preguntó en voz baja.

Nadie le respondió.

Miró al hombre a su lado. “¿Camilo los envió a algún lugar antes de volver a casa?”

El soldado mantuvo la vista al frente, su expresión permaneció en blanco. Esmeralda frunció el ceño. En los tres años que había pasado como esposa de Camilo, sus hombres nunca la habían ignorado. Puede que no la hubieran respetado, pero siempre habían respondido preguntas sencillas.

Esa noche, era como si ella no existiera. Pero lo intentó de nuevo.

“¿Camilo va a encontrarse con nosotros en algún lugar?”, preguntó, alzando ligeramente la voz.

Pero los hombres continuaron ignorándola, el silencio le oprimía el pecho como una pesada piedra. Entonces bajó la mirada. En la cumbre, todos la habían mirado de forma extraña.

Algunos habían evitado su mirada, otros la habían mirado casi con compasión. En su momento había supuesto que lo estaba imaginando, pero ahora ya no estaba tan segura.

Repasó la reunión en su mente. Camilo apenas le había hablado. No la había mirado ni una sola vez después de que salieron del salón de conferencias. Había pasado años convenciéndose de que su frialdad era simplemente su naturaleza, pero ahora se sentía distinto, deliberado y calculado.

Afuera, el camino se estrechó hasta convertirse en un sendero de grava irregular. Las ramas rozaban los costados del vehículo. El conductor finalmente redujo la velocidad hasta detener la camioneta; el motor se apagó.

Uno de los soldados abrió su puerta.

“Afuera.”

Fue la primera palabra que alguien pronunciaba en horas.

Esmeralda parpadeó. “¿Qué?”

“¡Dije que salgas!”, le espetó él.

Ella miró a través del parabrisas. No había nada, ningún edificio, ninguna casa de seguridad, solo un bosque denso que se extendía en todas direcciones.

“Esto no es mi casa”, dijo Esmeralda, con el pecho apretado.

Nadie respondió. Su corazón se aceleró; bajó lentamente mientras el aire frío de la noche le calaba a través de su delgado abrigo.

El segundo soldado bajó cargando una linterna y, sin previo aviso, arrojó una pequeña mochila al suelo junto a ella. Cayó con un golpe sordo.

Esmeralda la miró fijamente, aún confundida sobre lo que estaba pasando.

“¿Qué es esto?”, preguntó, pero de nuevo no hubo respuesta. El conductor volvió a encender el motor. La confusión de Esmeralda se transformó en miedo.

“Esperen”, dijo.

La camioneta permaneció donde estaba; ella miró de un soldado a otro.

“¿Dónde está Camilo?” Esta vez, el silencio hizo que perdiera la calma.

Entonces su voz se elevó. “¿Qué está pasando?”

El hombre más cercano a ella finalmente habló sin mirarla a los ojos. “Camina hacia el este.”

Ella frunció el ceño. “¿Qué?”

“Sigue caminando”, dijo él.

Se le encogió el estómago. “¿Por qué? ¿O es que han perdido la cabeza?”

No hubo respuesta. En cambio, los tres hombres regresaron al vehículo. La puerta se cerró de golpe mientras el pánico crecía dentro de ella; corrió hacia la camioneta.

“¡No pueden dejarme aquí!”, gritó Esmeralda mientras golpeaba con fuerza la puerta del vehículo, mientras las llantas giraban sobre la grava suelta.

“¡Egor!”

Reconoció al conductor. “¡Me conoces desde hace años!”

El vehículo aceleró. “¡Por favor!”, dijo Esmeralda con lágrimas en los ojos, pero nunca disminuyó la velocidad.

En cuestión de segundos, las luces traseras desaparecieron en la oscuridad. Un silencio pesado engulló el bosque, mientras Esmeralda se quedaba paralizada, con todo su mundo derrumbándose en fracciones de segundo. Los únicos sonidos que escuchaba eran el viento susurrando entre los árboles y su propia respiración entrecortada.

Durante varios largos momentos, simplemente se quedó mirando el camino vacío, esperando, segura de que regresarían. Esto tenía que ser un error. Incluso si Camilo ya no la quería, no podía permitir que muriera allí, así, sin más.

Pasaron los minutos y no aparecieron faros. Ni motores, ni pasos, nada. Su mirada bajó lentamente hacia la mochila que yacía a sus pies.

Se arrodilló y la abrió. Dentro había dos botellas de agua, una linterna, una barra de pan, un pequeño botiquín de primeros auxilios y un mapa doblado. Lo desdobló con manos temblorosas. Una sola mirada bastó; la sangre se le heló. Una gruesa línea roja dividía el mapa.

Un lado llevaba el emblema del cártel Marcelo. El otro pertenecía a la Bratva Santino. Levantó la vista. Frente a ella, apenas visible bajo la luz de la luna, se alzaba un marcador fronterizo desgastado. Estaba a solo unos cientos de metros del territorio Santino.

La comprensión la golpeó como una bala. Esto no era un exilio, era una ejecución. Camilo no había ordenado que la mataran él mismo; la había entregado a su enemigo más grande. Las rodillas le fallaron, así que retrocedió tambaleándose hasta sostenerse de un árbol.

¿Por qué?

La pregunta resonaba sin fin dentro de su mente. ¿Le había fallado? ¿Lo había traicionado sin darse cuenta? ¿Alguien la había acusado de traición? Buscó desesperadamente en sus recuerdos, cada conversación, cada reunión, cada decisión, nada. Había obedecido a Camilo durante tres años.

Lo había defendido. Lo había cubierto, había estado a su lado en guerras, negociaciones y derramamientos de sangre. Había sacrificado amistades, familia, sus propios sueños.

Si ya no la quería, ¿por qué no simplemente divorciarse de ella? ¿Por qué esto? ¿Por qué enviarla aquí? Le ardían los ojos, pero no llegaron las lágrimas.

Todavía no. Llorar no la mantendría con vida, así que se obligó a respirar lentamente. El pánico solo la volvería descuidada, así que volvió a mirar el mapa.

Si Camilo esperaba que los Santino la mataran, entonces quedarse exactamente donde la habían abandonado era la peor decisión posible.

Necesitaba información. Necesitaba tiempo. Sobre todo, necesitaba saber por qué. Se colgó la mochila al hombro y comenzó a caminar con cautela por el bosque.

Cada rama quebrada sonaba como un disparo. Cada ráfaga de viento le aceleraba el corazón. Cuanto más se adentraba, más oscuro se volvía el bosque. La luna desapareció tras nubes espesas. Mantuvo la linterna apagada; usarla solo revelaría su posición.

Contó sus pasos. Escuchó, observó. Entonces, un crujido. Una rama se quebró detrás de ella. Se quedó paralizada. Otro sonido vino de su izquierda, luego otro de su derecha. Alguien se movía. No una persona, varias. Profesionales.

Ya no intentaban ocultarse. Una voz cortante rompió el silencio.

“¡No te muevas!”

Potentes linternas inundaron los árboles. Esmeralda instintivamente levantó las manos. Figuras oscuras emergieron desde todas direcciones. Rifles apuntados directamente a su pecho. Y en cuestión de segundos quedó rodeada.

Un soldado alto dio un paso al frente. Su rostro estaba oculto bajo el equipo táctico.

“¿Quién eres?”

“Mi nombre es Esmeralda Marcelo.”

La reacción fue inmediata. Varios rifles ajustaron la puntería. Un hombre maldijo entre dientes.

“¿Marcelo?”

Otro escupió al suelo. “Esto es una trampa”, dijo.

“Vine sola”, dijo Esmeralda con cuidado. “No me enviaron a atacar a nadie.”

“Mentirosa”, ladró uno de los hombres.

“No lo hice”, repitió Esmeralda.

Los soldados intercambiaron miradas de inquietud; uno se movió detrás de ella y registró la mochila. “Sin armas, sin explosivos.” Otro frunció el ceño. “Eso es exactamente lo que hace esto sospechoso.”

El líder la observó con detenimiento. “¿Por qué estás aquí?”, preguntó. Esmeralda vaciló porque ella misma apenas comprendía la razón. “Mi esposo me abandonó.”

Varios hombres rieron con frialdad. Uno negó con la cabeza. “Historia conveniente.”

“Es la verdad”, dijo Esmeralda.

“Los Marcelo no abandonan a su familia.”

Ella tragó saliva. “Esta noche sí lo hicieron.”

Los soldados permanecieron sin convencerse; uno de ellos se acercó más, apoyando el dedo sobre el gatillo.

“Es carnada.” Otro asintió de inmediato. “La dejan aquí, la capturamos, y luego atacan mientras estamos distraídos.”

“Deberíamos matarla ahora”, dijo él con dureza. Varias voces estuvieron de acuerdo. “Así se acaba el riesgo.”

Esmeralda mantuvo las manos en alto. “No espero que me crean.”

Los hombres la ignoraron; estallaron discusiones entre ellos.

“Está mintiendo”, dijo el primer soldado. “No, está aterrada”, dijo otro.

“Eso podría ser una actuación, y no podemos arriesgarnos. Las órdenes son órdenes. ¿Y cuáles son las órdenes?”, preguntó él.

“¡Eliminar a cualquier Marcelo que cruce la frontera!”, corearon los soldados.

Entonces el primer soldado levantó su rifle un poco más. “Yo lo haré”, dijo.

Antes de que nadie más pudiera responder, unos faros aparecieron entre los árboles. Todos los soldados se apartaron de inmediato. Un convoy de vehículos blindados emergió de la oscuridad.

Los motores se apagaron. Se abrió la puerta de un vehículo, y un hombre alto descendió. Llevaba un abrigo oscuro sobre ropa negra sencilla, sin joyas innecesarias, sin ostentación de riqueza, solo una autoridad silenciosa.

Los soldados se pusieron firmes de inmediato.

“Jefe.”

Diego Santino no respondió; sus penetrantes ojos grises se posaron en Esmeralda. Caminó hacia ella sin apresurarse, el bosque se volvió extrañamente silencioso, se detuvo a solo unos pasos de distancia.

Ninguno de los dos habló. Su expresión no revelaba nada. La examinó con detenimiento; su ropa rasgada, la tierra en sus zapatos, el miedo intacto en sus ojos, la mochila que aún colgaba de un hombro. Notó todo.

Esmeralda sostuvo su mirada a pesar del miedo que recorría su cuerpo. Había escuchado historias sobre Diego Santino. Algunos lo llamaban paciente, otros decían que era calculador y un hombre que nunca actuaba sin motivo.

Si las historias eran ciertas, suplicar no serviría de nada. Finalmente, uno de los soldados rompió el silencio.

“Jefe, ella es la esposa de Camilo Marcelo.”

“Sé quién es”, respondió Diego con calma.

Otro soldado dio un paso al frente. “Es una trampa.” “Tal vez.”

“Deberíamos ejecutarla antes de que la usen en nuestra contra.”

Diego no apartó la mirada de Esmeralda. “Si Camilo hubiera querido verla muerta”, dijo con voz uniforme, “podría haberla matado él mismo.”

Los hombres intercambiaron miradas inciertas. Diego continuó: “Si hubiera querido negociar, habría enviado emisarios, no a su esposa.”

Sus ojos se entrecerraron ligeramente. “Entonces, ¿por qué está aquí?”

Nadie respondió, porque nadie lo sabía, ni siquiera Esmeralda. Diego finalmente miró a sus hombres.

“Registren el área.”

“Ya lo hicimos”, respondió uno de los oficiales.

“Registren otra vez.” “Sí, jefe.”

En cuestión de segundos, los soldados desaparecieron entre el bosque circundante. Diego habló sin emoción. “Átenle las manos.”

Dos hombres obedecieron de inmediato, asegurando las muñecas de Esmeralda detrás de su espalda. Ella no se resistió. Un soldado miró hacia Diego. “¿Y ahora qué?”

La respuesta de Diego llegó sin vacilación. “Llévenla a la fortaleza.”

El soldado frunció el ceño.

“¿Viva?”

La mirada de Diego permaneció fija en Esmeralda. “Sí.”

Hizo una breve pausa. “Por ahora es mejor que esté viva.”

Su voz se volvió lo bastante fría como para silenciar a todos los presentes. “Quiero respuestas, y las quiero pronto.”

Nadie volvió a cuestionar la orden. Esmeralda fue escoltada hacia uno de los vehículos blindados, rodeada por todos lados por soldados armados. No la estaban rescatando, tampoco era bienvenida.

Era una prisionera que entraba en territorio enemigo, y si vivía o moría dependería de una verdad que ni ella misma comprendía.

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