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CAPÍTULO 3: LA PRISIONERA

Penulis: Nori
last update Tanggal publikasi: 2026-09-11 01:18:45

Lo primero que notó Esmeralda al abrir los ojos fue el silencio. No el silencio apacible de una habitación vacía, sino un silencio disciplinado, controlado.

El tipo de silencio que solo existía en lugares donde alguien vigilaba constantemente. Permaneció quieta, obligándose a no reaccionar de inmediato.

En cambio, escuchó. Unas botas resonaban en algún punto más allá de las paredes. El metal rozaba contra el metal, una puerta se abrió y se cerró a lo lejos. Voces se filtraban por el pasillo antes de desaparecer de nuevo. Se incorporó lentamente.

La habitación era pequeña pero limpia. Las paredes de piedra estaban desnudas, salvo por una única lámpara fija cerca de la pesada puerta de acero. Una cama estrecha se apoyaba contra una pared, cubierta con una manta gris sencilla. Una mesa de madera y una silla ocupaban la esquina opuesta.

No había ventanas. Solo una pequeña rejilla de ventilación cerca del techo, y el aire olía tenuemente a humo y piedra vieja. Sus muñecas ya no estaban atadas. Se las frotó distraídamente antes de bajar los pies al suelo.

Los sucesos de la noche anterior regresaron de golpe: la cumbre, el largo trayecto en auto, los hombres de Camilo abandonándola cerca de la frontera y la comprensión de que su propio esposo la había condenado a morir.

Luego, los soldados, los rifles, y Diego Santino con sus fríos ojos grises.

“Llévenla a la fortaleza.”

Había esperado despertar en una cámara de tortura. En cambio, estaba allí, en una prisión. Se levantó con cuidado y caminó por la habitación. La puerta no tenía manija de su lado, y las paredes eran demasiado gruesas para romperse. La rejilla de ventilación era demasiado pequeña como para que alguien pudiera escapar por ella. No estaba buscando una salida, todavía no.

Quería comprender dónde se encontraba. Su padre le había enseñado algo mucho antes de que se casara con Camilo.

“Una persona que comprende su entorno sobrevive más tiempo que quien reacciona con miedo.”

Por primera vez en años, se descubrió recordando las lecciones de Adriano Sergio en lugar de las órdenes de Camilo. Contó los segundos entre pasos afuera.

Cada veinticinco segundos, dos guardias caminaban en direcciones opuestas, cambiando de posición después de cada cuarta ronda. Interesante, pensó Esmeralda.

Alguien abrió la puerta de acero. El sonido de varios seguros deslizándose resonó por la habitación. Esmeralda se alejó de la entrada.

La puerta se abrió hacia adentro. Cuatro soldados armados entraron primero. Solo después de que aseguraran la habitación entró Diego Santino. Llevaba otro traje oscuro, este sin chaqueta. Sus mangas estaban dobladas prolijamente hasta los antebrazos.

A diferencia de Camilo, que se rodeaba de ostentaciones de riqueza e intimidación, Diego cargaba autoridad sin necesidad de demostrarla. Su expresión permanecía indescifrable.

Un soldado colocó la silla frente a Esmeralda antes de retroceder. Diego se sentó, cruzó una pierna sobre la otra. Durante varios momentos, simplemente la observó.

Esmeralda sostuvo su mirada sin hablar. Ninguno de los dos parecía interesado en romper el silencio primero. Finalmente, Diego lo rompió.

“¿Dormiste?” preguntó Diego.

“Supongo que sí,” respondió Esmeralda con calma.

“No pareces asustada.”

“Lo estoy,” respondió Esmeralda.

Diego ladeó ligeramente la cabeza. “Lo ocultas bien.”

“Aprendí que el miedo rara vez cambia el resultado,” replicó Esmeralda con firmeza.

Algo parecido a la aprobación cruzó fugazmente su rostro antes de desaparecer. Apoyó las manos sobre las rodillas. “Mis hombres registraron la frontera durante seis horas.”

Esmeralda permaneció en silencio.

“No encontramos ninguna emboscada.”

“Pero les dije que vine sola,” dijo Esmeralda con firmeza.

“Lo hiciste,” la voz de Diego se mantuvo calmada. “Pero eso no lo hace verdad.”

“Es verdad,” lo corrigió Esmeralda.

Él se recostó ligeramente hacia atrás. “Ya veremos.”

Miró brevemente hacia uno de sus hombres, y el soldado abrió una carpeta. Diego volvió a fijar su atención en Esmeralda. “¿Cuándo decidió Camilo enviarte aquí?”

“No me dijo que me enviaría a ningún lugar,” respondió Esmeralda.

“¿Entonces el trayecto te sorprendió?” preguntó Diego.

“Sí.”

“¿Por qué?” preguntó él.

“Creía que regresábamos a casa después de la cumbre.”

Diego estudió cada cambio en su expresión. “¿Nunca te preguntaste por qué sus soldados te ignoraban?”

“Sí lo hice.”

“¿Y?” insistió Diego.

“Se negaron a responder,” contestó Esmeralda.

“¿Eso te pareció normal?”

“No.”

Diego asintió una vez. “Continúa.”

“Condujeron durante horas, luego se detuvieron cerca de la frontera. Después me ordenaron bajar del auto y se marcharon.” Esmeralda hizo una pausa. “Fue entonces cuando comprendí.”

“¿Qué?” preguntó Diego.

“Que Camilo pretendía que yo muriera.”

La habitación quedó en silencio. Diego no respondió de inmediato. En cambio, hizo otra pregunta.

“¿Por qué?”

“No lo sé,” respondió Esmeralda.

“¿Esperas que crea eso?” dijo Diego, alzando la voz.

“Es la verdad.”

“Has estado casada con Camilo Marcelo durante tres años.”

“Sí,” respondió Esmeralda.

“Viviste dentro de su organización.”

“Sí.”

“Asististe a reuniones privadas.”

“A veces,” aclaró Esmeralda.

“Conocías sus operaciones.”

“No.”

Diego frunció el ceño. “¿No?”

“Nunca discutió negocios conmigo,” añadió Esmeralda.

Uno de los soldados rió entre dientes. Diego lo silenció con una mirada, luego volvió a Esmeralda. “Explica,” exigió Diego.

Esmeralda inhaló lentamente. “Asistía a cenas públicas, lo acompañaba en eventos formales, permanecía a su lado cuando las apariencias importaban; pero cuando comenzaban los negocios…” Bajó la mirada brevemente. “Se esperaba que me retirara.”

Diego la observó con atención. “¿Entonces no eras más que un adorno?”

Las palabras dolieron más de lo que esperaba. Aun así, ocultó sus emociones y respondió con honestidad. “Sí.”

La habitación permaneció en silencio. Diego no estaba seguro de si creerle. Si mentía, era excepcionalmente convincente. Si decía la verdad, entonces Camilo se había casado con una mujer a la que había mantenido deliberadamente ignorante. No tenía sentido, a menos que esa ignorancia tuviera un propósito.

Él continuó. “Cuéntame todo lo que sepas sobre el cártel Marcelo.”

Esmeralda frunció el ceño. “Conozco los nombres de algunos miembros de alto rango.”

“Enuméralos.” Ella lo hizo.

Diego comparó cada nombre con la información de la carpeta. Cada respuesta coincidía con lo que su organización ya sabía. Nada nuevo, nada útil. Continuó interrogándola durante casi una hora.

No conocía la ubicación de los almacenes, no conocía las cuentas bancarias, no conocía las rutas de armas, incluidas las casas de seguridad y las alianzas ocultas cuya existencia ni siquiera imaginaba.

Cada respuesta sonaba genuina; cada respuesta lo frustraba más. Finalmente, Diego cerró la carpeta.

“Sabes sorprendentemente poco,” admitió Diego.

“He intentado decírtelo,” dijo Esmeralda suavemente.

Él ignoró el comentario, su mente ya estaba trabajando. Personas como Camilo Marcelo nunca tomaban decisiones descuidadas. Cada movimiento tenía un propósito, entonces ¿por qué enviar a una mujer que no poseía información estratégica?

O Camilo se había vuelto repentinamente incompetente, o la propia Esmeralda era la estrategia. A Diego le disgustaban las variables sin explicación. Se puso de pie.

“Una última pregunta.”

Esmeralda lo miró.

“Si Camilo ordenó tu ejecución…”

Ella asintió.

“…¿por qué no simplemente te mató él mismo?”

Ella bajó la mirada. “Me he hecho la misma pregunta.”

“¿Y?” preguntó Diego.

“Todavía no tengo una respuesta,” respondió Esmeralda.

Por primera vez desde que entró a la habitación, Diego le creyó. No completamente, pero lo suficiente como para reconocer una confusión genuina. Se dirigió hacia la puerta. Uno de sus capitanes dio un paso al frente.

“¿Cuáles son sus órdenes, jefe?”

Diego respondió sin dudar. “Sigue siendo prisionera.”

El capitán asintió. “¿Por cuánto tiempo?” preguntó.

“Hasta que sepa por qué Camilo la envió aquí,” respondió Diego.

El capitán miró a Esmeralda. “¿Y si nunca encontramos la respuesta?”

Diego volvió a mirarla; sus ojos grises, fríos, no revelaban nada. “Entonces sigue siendo prisionera.” Sin decir otra palabra, salió. Los soldados lo siguieron mientras la pesada puerta de acero se cerraba de golpe. Los seguros volvieron a encajar en su lugar.

Esmeralda soltó lentamente un respiro que no se había dado cuenta que estaba conteniendo. El interrogatorio podría haber ido mucho peor; podrían haberla golpeado o amenazado, pero había aprendido algo importante.

Diego Santino no se dejaba gobernar por la ira. Se dejaba gobernar por la lógica, y eso lo hacía mucho más peligroso que Camilo.

Los días siguientes se asentaron en una rutina. El desayuno llegaba poco después del amanecer. Dos guardias lo entregaban, uno siempre entraba primero.

El otro permanecía afuera con su arma lista. El almuerzo llegaba exactamente seis horas después, y la cena llegaba antes del atardecer. El horario nunca cambiaba, los guardias se turnaban cada ocho horas. Había doce soldados asignados al corredor de la prisión. No diez, ni quince, sino doce. Algunos se hablaban entre sí, otros nunca lo hacían.

Un guardia cojeaba ligeramente cada vez que caminaba, otro se frotaba constantemente el hombro izquierdo. Un soldado más joven siempre parecía nervioso cuando pasaban los oficiales superiores. Esmeralda lo notaba todo. No porque planeara escapar, sino porque observar mantenía su mente ocupada, y si se permitía pensar demasiado tiempo en Camilo, se derrumbaría.

Una tarde, mientras devolvía la bandeja vacía de la cena, le habló al guardia mayor que estaba parado afuera de su celda.

“¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí?” preguntó Esmeralda.

El hombre la miró sin responder.

“No estaba pidiendo secretos militares,” continuó Esmeralda. Pero solo hubo silencio. “Solo tenía curiosidad,” añadió.

Él cerró la trampilla de la comida, sin responder. Ella sonrió levemente para sus adentros. Los guardias allí eran disciplinados, muy disciplinados. Mucho más disciplinados que los hombres de Camilo.

A la mañana siguiente escuchó gritos en algún lugar de la fortaleza, no gritos de miedo sino de entrenamiento. Las órdenes se sucedían rápidamente, los pasos pesados de los guardias retumbaban sobre los pisos de piedra, las armas chocaban una y otra vez.

Se acercó más a la puerta. Escuchaba. Casi podía imaginar el patio de entrenamiento más allá de las paredes. Esta fortaleza nunca descansaba realmente, todos tenían un propósito. Todos pertenecían a algún lugar, todos menos ella.

No era ni huésped ni enemiga, ni inocente ni culpable. Simplemente existía en la incertidumbre, y la incertidumbre incomodaba a todos.

Mientras tanto, en el piso superior de la fortaleza, Diego estaba de pie en su oficina, mirando un gran mapa extendido sobre su escritorio. Su jefe de inteligencia entró en silencio.

“Ningún movimiento de los Marcelo,” informó el hombre mayor.

Diego no levantó la vista. “¿Nada?”

“No han intentado recuperar a Esmeralda, no han movilizado tropas ni han intentado contactarnos,” agregó el hombre mayor.

Diego frunció el ceño. “Interesante. Casi parece que se hubieran olvidado de que existe.” Finalmente levantó la mirada. “Pero Camilo Marcelo no olvida nada.”

“No, no lo hace,” admitió el hombre mayor.

Diego caminó hacia la ventana que daba al patio de la fortaleza mientras los soldados entrenaban abajo con precisión ensayada. Sus pensamientos, sin embargo, permanecían fijos en la mujer encerrada bajo su cuartel general.

Todo en ella contradecía lo que esperaba. Carecía de información útil, mostraba una confusión genuina y no había hecho ningún intento por manipular a nadie. O era la mejor actriz que había conocido jamás, o realmente no tenía idea de por qué la habían desechado. Ninguna posibilidad lo satisfacía. Cruzó los brazos.

“Sigan vigilándola,” dijo Diego.

Su jefe de inteligencia asintió. “¿Sigues creyendo que oculta algo?”

La mirada de Diego permaneció fija en el patio. “Creo que Camilo Marcelo sí oculta algo.”

Y hasta que descubriera la verdad detrás de ese misterio, Esmeralda Marcelo permanecería exactamente donde estaba: encerrada dentro de la fortaleza Santino.

Una prisionera cuyo mayor crimen podría ser simplemente no saber nada en absoluto.

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