LOGINDe regreso al pueblo, Mateo y yo caminábamos juntos sosteniéndonos de la mano. Me sentía tan viva que hasta parecía que estaba viviendo un sueño del que jamás querría despertar. —¿Tienes frío? —me preguntó Mateo con esa voz tan suave que siempre lograba calmar cualquier temor en mi interior—. Si quieres, te puedo prestar mi chamarra. —No, estoy bien, gracias, Mateo —respondí—. Contigo junto a mí, la verdad es que el frío casi ni se siente. Mateo soltó una suave risa y me acercó a su cuerpo, refugiándome del frío. Sin embargo, conforme nos acercábamos a las calles principales del pueblo, apenas se alcanzaban a ver debido a la densa neblina, y las calles estaban extrañamente silenciosas. En cuanto llegamos a mi pequeño departamento, a la entrada del edificio ambos nos detuvimos bajo la luz de las farolas de la calle. Mateo me tomó suavemente de las manos y me miró a los ojos. —Te acompaño hasta la puerta de tu departamento si gustas —me dijo Mateo con su voz protectora, cargando s
En la oscuridad de la madrugada, en las colinas de Nuevo Horizonte, el silencio rara vez se veía interrumpido por algo más que el sonido de los grillos y el viento frío bajando de la montaña. Pero esa noche, el silencio se interrumpió de golpe.Cinco camionetas negras avanzaban por los caminos sin encender las luces. Adentro de ellas iban tres hombres en cada una, y en su mente solo tenían una cosa: hacer su trabajo a toda costa. Los habitantes que a esa hora ya estaban despiertos miraban con sospecha cómo los vehículos se estacionaban en lugares baldíos del pueblo.* * *Mientras tanto, a unas cuantas calles de ahí, Valeria dormía plácidamente en su pequeño departamento, sin saber que las sombras de su pasado estaban a la vuelta de la esquina.El despertador marcó las cinco de la mañana. Ya estaba despierta desde antes de que sonara. Por la emoción de saber que hoy iría al Mirador del Cerro con Mateo, no había podido dormir. Estaba tan emocionada que me levanté con una sonrisa,
En el despacho principal de la mansión de Damián, él permanecía de pie mirando los pedazos de la botella contra el suelo. Las palabras de su padre, Federico, aún sonaban en su mente con fuerza. Tenía que encontrar a Valeria como fuera y arreglar el desastre con los documentos filtrados. Solo tenía cuatro semanas. No le importaba lo que los Villalobos hicieran con su familia, pero su orgullo no le permitiría que su primo tomara su lugar. Santiago solo arruinaría a la familia, ya que solo se aprovechaba de las desgracias. Nadie se quedaría con el imperio que él había construido y por el que había sacrificado los mejores años de su vida. Le hervía la sangre solo pensarlo. No podía permitirlo. La puerta del despacho se abrió de golpe, sacándolo de sus pensamientos. Era Castillo, con su tableta bajo el brazo. —Señor —habló Castillo, deteniéndose a una buena distancia al ver los vidrios tirados en el suelo—. Tengo el primer reporte oficial del equipo. Damián giró lentamente, con una mi
Me quedé pensativa por lo que había escuchado, pero no era buena idea preguntar. Él había respetado mi decisión de no contarle nada sobre mi pasado; no tenía derecho de preguntarle nada. Era mejor así. Minutos después, Mateo salió de la bodega. Su expresión era tranquila, como si no pasara nada, con una sonrisa bien disimulada, pero sus ojos lo delataban. —Listo, Valeria. Perdón por la demora, veo que ya terminaste —me dijo un poco nervioso. —Sí, ya terminé. Ya casi es hora de la salida —le dije con una sonrisa. —Sí, ya casi salimos. Por cierto... estuve pensando mucho en nuestra cena de anoche. Fue una velada maravillosa, Valeria. Al recordarlo, sentí un cálido sonrojo en mis mejillas, y más aún el tierno beso en la mejilla que me había dado. —Para mí también lo fue, Mateo —confesé con sinceridad. —Me alegra saber que te gustó. A ver, ¿qué día volvemos a salir? —Claro, Mateo. Pasó la tarde volando, y en cuanto llegó la hora de la salida, me puse mi suéter, ya que la frescur
La noche caía en la mansión de Damián; aún permanecía con esa misma tensión. Él estaba sentado en el sofá de piel de su despacho, tomando un vaso de licor. Aún no podía asimilar que una espía de los Villalobos se hubiera burlado de él, y además, que su propia esposa estuviera aliada con Rosa. Luego tocaron la puerta, sacándolo de sus pensamientos. —Adelante —dijo con voz arrogante. Abrieron la puerta. Era Castillo, que traía informes. —Señor, traigo los informes de lo que la espía de los Villalobos buscaba —dijo Castillo un poco nervioso. —Habla, Castillo. —No se llevó nada de su oficina, pero sospechamos que sacó información confidencial de su computadora. —Ya veo. Así que eso buscaba. Puedes marcharte, Castillo. —Sí, señor, pero le tengo noticias: el señor Valera regresó a la ciudad. —Vaya, así que al fin regresa, después de un mes que rompió nuestro trato. Muy bien, mañana a primera hora iremos a su mansión. Solo prepara mi coche; iré a la mansión de mis padres.
Al abrir la puerta, sentí que el aire me faltaba. Mateo estaba allí de pie con una sonrisa; llevaba una camisa azul que le quedaba perfecta y el cabello, como siempre, un poco despeinado. Sus ojos cafés brillaban con esa calidez que él solo sabía transmitir, y al verme, con las mejillas sonrojadas, se veía tan guapo que mi corazón latía con fuerza. En sus manos traía un ramo de rosas rojas. —Hola, Valeria, ¿estás lista para nuestra cita? —me dijo un poco nervioso. —Sí, estoy lista. —Te traje flores, espero que te gusten. —Muchas gracias, Mateo, son hermosas. —Muy bien, vamos, Valeria —me dijo con una sonrisa. Después dejé el ramo de rosas en un florero dentro de mi departamento, cerré la puerta y bajé las escaleras junto a Mateo. Al bajar, Mateo caminó hacia donde tenía estacionada una moto de color negro que brillaba bajo la luz de las farolas. —¿Una moto? —pregunté con curiosidad, deteniéndome frente a él. Mateo se rio y sacó dos cascos de debajo del asiento. —¿Te asusta







