LOGINUn papel firmado por mi padre cambió mi vida. Me entregaron como si fuera una mercancía a Damián Montenegro, el hombre más poderoso, frío y cruel de la ciudad. Para él no existía el amor; solo existían sus reglas, su dinero y su control. Para él yo era solo un nombre en un papel, una esposa de apariencias que debía callar y obedecer. Me hacía sentir que no valía nada. Perdí todo: mi libertad, mi dignidad, al hijo que esperaba, hasta mi propia vida. Pasé siete años en coma y, aun así, él se aseguró de tenerme a su lado, convencido de que había ganado la batalla. Pero la muerte no fue el final. Regresé en el cuerpo de una heredera poderosa, dueña de un imperio que él mismo teme. Con una nueva identidad y un poder igual o mayor al suyo, mi mente aún guarda cada segundo de dolor, cada humillación, cada lágrima y cada palabra cruel. El contrato que me ató a él ya no existe; ya no soy la chica débil. He vuelto para cumplir mi única misión: destruirlo, romper cada regla que él me impuso y cobrar la deuda que firmó con mi sufrimiento. Seré su peor pesadilla.
View MoreLa noche pasó volando. En cuanto amaneció, me levanté apresurada; aún no había sonado el despertador y yo ya estaba lista. Mateo vendría por mí y tenía que estar preparada para no hacerlo esperar. En cuanto dieron las seis de la mañana, Mateo tocó la puerta de mi departamento. Sin dudar más, le abrí y me lancé a sus brazos. —Veo que me extrañaste mucho, cariño —me dijo Mateo abrazándome fuerte y dándome un beso en los labios. —Te extrañé mucho, Mateo… ¿y sabes algo? —A ver, dime, princesa. —Ayer no quería que te fueras; me quedé muy triste y sola. Lo abracé más fuerte y le puse una cara triste. Él me miró con ternura y se le dibujó una sonrisa. —Ay, pobrecita, se quedó solita —empezó a decirme con un puchero; se miraba tan tierno que quería comérmelo a besos. —No me hagas burla, no seas malo —le dije, dándole un pequeño golpe en el hombro. —Vámonos, cariño, ya es hora. —Sí, solo deja que vaya por mi chamarra. Entré rápido a mi habitación, tomé mi chamarra y cerré la puerta
Mi cuerpo aún temblaba, incluso después de que Mateo me hubiera envuelto por completo con la sábana. Su pecho desnudo subía y bajaba con calma bajo mi mejilla, y su mano acariciaba mi cabello con una ternura que me hacía querer llorar. Me sentía mal por rechazar a Mateo de esa forma, pero mi cuerpo reaccionó recordándome el infierno que vivía con Damián, de las malditas palabras que me decía siempre, recordándome que era su propiedad. Aún en mi mente sabía que Mateo no tenía la culpa, pero mi cuerpo ya estaba a la defensiva; estaba cegada por el miedo de que Damián me atrapara, de que el infierno que un día viví me alcanzara de nuevo. Aunque estaba lejos de Damián, aún me hacía sufrir. ¿Cuándo podría ser feliz? No sabía cuándo, pero lo que sí tenía en cuenta era que este sufrimiento tendría que terminar algún día. De repente, las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas. Me encogí un poco más contra las sábanas, tratando de cubrirme no quería que Mateo me viera llorar. Mat
Cuando abrí los ojos, ya era de día. Miré a Mateo a mi lado: el calor reconfortante de su cuerpo y cómo sus brazos me rodeaban con firmeza, manteniéndome pegada a su pecho. Dormía con una tranquilidad profunda; se miraba tan tierno. Me quedé observando su rostro. Era tan guapo: su cabello castaño, sus pestañas largas, sus lunares en su cuello... Mi corazón latía muy rápido con solo mirarlo. ¿Cómo no enamorarse de él? Era tan guapo. Por primera vez en mi vida estaba experimentando el amor verdadero. Me moví con cuidado para no despertarlo, pero sus brazos me abrazaron un poco más, acercándome más a él e impidiéndome alejarme. Se le dibujó una sonrisa en el rostro. —¿A dónde vas tan temprano, hermosa? —murmuró Mateo, abriendo lentamente los ojos. —No quería despertarte. Solo quería levantarme para preparar el café —le respondí, acariciándole la mejilla. —Quédate un rato más conmigo, el café puede esperar —susurró en mi oído y me besó en los labios. Mi corazón latía como loco; al s
De regreso al pueblo, Mateo y yo caminábamos juntos sosteniéndonos de la mano. Me sentía tan viva que hasta parecía que estaba viviendo un sueño del que jamás querría despertar. —¿Tienes frío? —me preguntó Mateo con esa voz tan suave que siempre lograba calmar cualquier temor en mi interior—. Si quieres, te puedo prestar mi chamarra. —No, estoy bien, gracias, Mateo —respondí—. Contigo junto a mí, la verdad es que el frío casi ni se siente. Mateo soltó una suave risa y me acercó a su cuerpo, refugiándome del frío. Sin embargo, conforme nos acercábamos a las calles principales del pueblo, apenas se alcanzaban a ver debido a la densa neblina, y las calles estaban extrañamente silenciosas. En cuanto llegamos a mi pequeño departamento, a la entrada del edificio ambos nos detuvimos bajo la luz de las farolas de la calle. Mateo me tomó suavemente de las manos y me miró a los ojos. —Te acompaño hasta la puerta de tu departamento si gustas —me dijo Mateo con su voz protectora, cargando s






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