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capítulo 8: Sombras en la Nieve

last update 게시일: 2026-07-08 00:44:32

​Una vez que hubieron dejado atrás la esquina y se adentraron en el sendero que regresaba a la residencia principal, Maia soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo.

​—¿Estás bien? —preguntó Mara, relajando la postura y volviendo a su tono habitual.

​—Sí... gracias —susurró, mirando hacia atrás de reojo —Pensé que iban a decir algo. No parezco agradarles en absoluto.

​—No se atreveran, A mí nunca me han agradado ellas, así que estamos a mano —sentenció Mara con un gesto de desdén con la mano —Son de las que creen que el valor de una loba se mide por el estatus del clan que tiene detrás o por el alfa que logren cazar. No entienden que el verdadero poder aquí arriba se demuestra con la lealtad y la resistencia. Déjalas que sigan mirándonos desde lejos. Mientras estés conmigo, y mientras los alfas mantengan su palabra, esas sombras no van a tocarte.

​Maia miró a su compañera y, por primera vez en semanas, una pequeña y tímida sonrisa se dibujó en sus labios. El invierno seguía siendo inclemente y los peligros no habían desaparecido, pero con Mara a su lado, los senderos de nieve empezaban a sentirse un poco menos solitarios y el refugio, poco a poco, comenzaba a hacer honor a su nombre.

Capítulo 8: Sombras en la Nieve

​ Aunque Mara intentó recuperar su tono vibrante señalando la estructura de la vieja tejeduría, Maia ya no escuchaba. El sutil pero punzante aroma a resentimiento de las omegas se le había quedado impregnado en ella, activando un viejo mecanismo de defensa: el deseo de volverse invisible. Su propio aroma, casi extinto, se había contraído por el miedo, replegándose en su interior para no llamar la atención de los depredadores que habitaban la aldea.

​Al terminar el recorrido, Mara la guio de regreso a la cabaña principal. La caminata la había dejado exhausta, no tanto por el esfuerzo físico, sino por el desgaste emocional de sentirse observada, juzgada y repudiada por extraños.

​—Te dejaré descansar un rato —dijo Mara al llegar al porche, dándole un apretón cariñoso en el hombro —Tengo que ayudar en las cocinas comunitarias antes de que empiece el turno de la tarde. Si necesitas algo, no dudes en salir. Ya conoces el camino.

​Maia le dedicó una sonrisa débil y se adentró en la casa. El calor del hogar la recibió de inmediato, un contraste abismal con el viento cortante del exterior. Sin embargo, la tranquilidad duró poco. Al avanzar hacia el pasillo que conducía a su habitación, una figura imponente recortada contra la luz de los ventanales del salón la hizo detenerse en seco.

​Era Aiden.

​El alfa estaba de pie junto a una mesa de roble, repasando unos mapas. No vestía la pesada armadura del día anterior, sino una túnica de lana oscura que delineaba la envergadura de sus hombros y la anchura de su espalda. Su sola presencia llenaba el espacio de una energía dominante, un magnetismo alfa tan primitivo y puro que el cuerpo de Maia reaccionó antes de que su mente pudiera procesarlo. Sus músculos se tensaron y un escalofrío de puro rechazo y pánico le recorrió la espina dorsal. Su pasado le había enseñado que los alfas significaban peligro, sumisión forzada y dolor.

​Sintiendo la súbita oleada de miedo de la omega, Aiden levantó la vista. Sus ojos oscuros, cargados de una intensidad que parecía leer los secretos más profundos de las personas, se clavaron en ella.

​—Maia —su voz, un barítono profundo y arrastrado, resonó en las paredes de madera. No era una orden, pero la vibración misma de su tono exigía atención.

​Ella dio un paso involuntario hacia atrás, buscando con la espalda la seguridad de la pared del pasillo. Sus manos se cerraron alrededor de la tela de la capa prestada.

​—Alfa Aiden —articuló ella en un susurro, bajando la mirada inmediatamente. Era la postura de sumisión estándar que se esperaba de una omega, un hábito arraigado en su carne a base de golpes y amenazas.

​Aiden frunció el ceño imperceptiblemente. El aroma a pánico que desprendía la muchacha le resultó molesto, no porque le desagradara ella, sino porque detestaba que lo viera como a un monstruo. Con movimientos lentos y calculados, como quien intenta no espantar a un animal herido en mitad del bosque, el alfa rodeó la mesa y avanzó hacia ella.

​Cada paso de Aiden hacía que el corazón de Maia latiera con más fuerza contra sus costillas. «Huye, muévete, escóndete», le gritaba su instinto. Sin embargo, sus pies parecían de plomo.

​Aiden se detuvo a una distancia prudencial, respetando el espacio personal que ella defendía con su postura encogida. Al notar que Maia temblaba levemente, el alfa suspiró, un sonido rudo que hizo que ella se tensara aún más. Sin previo aviso, Aiden acortó la distancia y extendió una mano hacia el rostro de ella.

​El rechazo de Maia fue inmediato y visceral. Desvió la cabeza con brusquedad hacia un lado, cerrando los ojos con fuerza y conteniendo la respiración, esperando el impacto, el agarre doloroso o la reprimenda por su insolencia.

​La mano de Aiden se congeló en el aire, a escasos centímetros de la mejilla de la omega. El rostro del alfa se ensombreció, cruzado por una mezcla de frustración y una extraña y dolorosa comprensión. Lentamente, bajó la mano, pero no retrocedió.

​—No voy a lastimarte, Maia —dijo con una suavidad extraña en un hombre de su porte —Nunca lo haría.

​Maia abrió los ojos lentamente, encontrándose con la mirada del alfa. No había ira en ellos, solo una paciencia severa.

​—Mara me dijo que habías aceptado quedarte para el recorrido —continuó Aiden, manteniendo su voz en un tono bajo y constante, buscando apaciguar el pulso acelerado de la joven —Quería saber... cómo te habías sentido. Cómo te tratan los demás.

​El aire entre ellos seguía siendo denso. A pesar de las palabras tranquilizadoras del alfa, Maia no podía deshacerse del nudo en su estómago. Para ella, los alfas eran sinónimo de cautiverio. La amabilidad de Aiden se sentía como una trampa sofisticada, una jaula de oro que seguía siendo, al fin y al cabo, una jaula.

​—El refugio es... impresionante, Alfa —respondió ella, forzando las palabras a través de su garganta seca. Mantuvo su cuerpo rígido, negándose a ceder ante la imponente cercanía del hombre —Mara fue muy amable.

​—Pero los demás no lo fueron —dedujo Aiden de inmediato, entornando los ojos —Huelo la hostilidad en ti. Alguien te ha molestado.

​—No... no es nada —mintió ella rápidamente, temerosa de causar un conflicto que terminara perjudicándola —Solo necesito... adaptarme. Si me disculpa, me gustaría ir a mi habitación.

​Aiden la observó durante unos segundos que parecieron eternos. Su instinto de alfa le pedía exigir la verdad, proteger lo que ahora consideraba bajo su responsabilidad y castigar a quien hubiera osado intimidar a la omega en su propio territorio. Pero al ver la mirada suplicante y el rechazo latente en los ojos de Maia, comprendió que forzarla solo ensancharía la distancia entre ambos.

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