LOGINUna vez que hubieron dejado atrás la esquina y se adentraron en el sendero que regresaba a la residencia principal, Maia soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo.
—¿Estás bien? —preguntó Mara, relajando la postura y volviendo a su tono habitual. —Sí... gracias —susurró, mirando hacia atrás de reojo —Pensé que iban a decir algo. No parezco agradarles en absoluto. —No se atreveran, A mí nunca me han agradado ellas, así que estamos a mano —sentenció Mara con un gesto de desdén con la mano —Son de las que creen que el valor de una loba se mide por el estatus del clan que tiene detrás o por el alfa que logren cazar. No entienden que el verdadero poder aquí arriba se demuestra con la lealtad y la resistencia. Déjalas que sigan mirándonos desde lejos. Mientras estés conmigo, y mientras los alfas mantengan su palabra, esas sombras no van a tocarte. Maia miró a su compañera y, por primera vez en semanas, una pequeña y tímida sonrisa se dibujó en sus labios. El invierno seguía siendo inclemente y los peligros no habían desaparecido, pero con Mara a su lado, los senderos de nieve empezaban a sentirse un poco menos solitarios y el refugio, poco a poco, comenzaba a hacer honor a su nombre. Capítulo 8: Sombras en la Nieve Aunque Mara intentó recuperar su tono vibrante señalando la estructura de la vieja tejeduría, Maia ya no escuchaba. El sutil pero punzante aroma a resentimiento de las omegas se le había quedado impregnado en ella, activando un viejo mecanismo de defensa: el deseo de volverse invisible. Su propio aroma, casi extinto, se había contraído por el miedo, replegándose en su interior para no llamar la atención de los depredadores que habitaban la aldea. Al terminar el recorrido, Mara la guio de regreso a la cabaña principal. La caminata la había dejado exhausta, no tanto por el esfuerzo físico, sino por el desgaste emocional de sentirse observada, juzgada y repudiada por extraños. —Te dejaré descansar un rato —dijo Mara al llegar al porche, dándole un apretón cariñoso en el hombro —Tengo que ayudar en las cocinas comunitarias antes de que empiece el turno de la tarde. Si necesitas algo, no dudes en salir. Ya conoces el camino. Maia le dedicó una sonrisa débil y se adentró en la casa. El calor del hogar la recibió de inmediato, un contraste abismal con el viento cortante del exterior. Sin embargo, la tranquilidad duró poco. Al avanzar hacia el pasillo que conducía a su habitación, una figura imponente recortada contra la luz de los ventanales del salón la hizo detenerse en seco. Era Aiden. El alfa estaba de pie junto a una mesa de roble, repasando unos mapas. No vestía la pesada armadura del día anterior, sino una túnica de lana oscura que delineaba la envergadura de sus hombros y la anchura de su espalda. Su sola presencia llenaba el espacio de una energía dominante, un magnetismo alfa tan primitivo y puro que el cuerpo de Maia reaccionó antes de que su mente pudiera procesarlo. Sus músculos se tensaron y un escalofrío de puro rechazo y pánico le recorrió la espina dorsal. Su pasado le había enseñado que los alfas significaban peligro, sumisión forzada y dolor. Sintiendo la súbita oleada de miedo de la omega, Aiden levantó la vista. Sus ojos oscuros, cargados de una intensidad que parecía leer los secretos más profundos de las personas, se clavaron en ella. —Maia —su voz, un barítono profundo y arrastrado, resonó en las paredes de madera. No era una orden, pero la vibración misma de su tono exigía atención. Ella dio un paso involuntario hacia atrás, buscando con la espalda la seguridad de la pared del pasillo. Sus manos se cerraron alrededor de la tela de la capa prestada. —Alfa Aiden —articuló ella en un susurro, bajando la mirada inmediatamente. Era la postura de sumisión estándar que se esperaba de una omega, un hábito arraigado en su carne a base de golpes y amenazas. Aiden frunció el ceño imperceptiblemente. El aroma a pánico que desprendía la muchacha le resultó molesto, no porque le desagradara ella, sino porque detestaba que lo viera como a un monstruo. Con movimientos lentos y calculados, como quien intenta no espantar a un animal herido en mitad del bosque, el alfa rodeó la mesa y avanzó hacia ella. Cada paso de Aiden hacía que el corazón de Maia latiera con más fuerza contra sus costillas. «Huye, muévete, escóndete», le gritaba su instinto. Sin embargo, sus pies parecían de plomo. Aiden se detuvo a una distancia prudencial, respetando el espacio personal que ella defendía con su postura encogida. Al notar que Maia temblaba levemente, el alfa suspiró, un sonido rudo que hizo que ella se tensara aún más. Sin previo aviso, Aiden acortó la distancia y extendió una mano hacia el rostro de ella. El rechazo de Maia fue inmediato y visceral. Desvió la cabeza con brusquedad hacia un lado, cerrando los ojos con fuerza y conteniendo la respiración, esperando el impacto, el agarre doloroso o la reprimenda por su insolencia. La mano de Aiden se congeló en el aire, a escasos centímetros de la mejilla de la omega. El rostro del alfa se ensombreció, cruzado por una mezcla de frustración y una extraña y dolorosa comprensión. Lentamente, bajó la mano, pero no retrocedió. —No voy a lastimarte, Maia —dijo con una suavidad extraña en un hombre de su porte —Nunca lo haría. Maia abrió los ojos lentamente, encontrándose con la mirada del alfa. No había ira en ellos, solo una paciencia severa. —Mara me dijo que habías aceptado quedarte para el recorrido —continuó Aiden, manteniendo su voz en un tono bajo y constante, buscando apaciguar el pulso acelerado de la joven —Quería saber... cómo te habías sentido. Cómo te tratan los demás. El aire entre ellos seguía siendo denso. A pesar de las palabras tranquilizadoras del alfa, Maia no podía deshacerse del nudo en su estómago. Para ella, los alfas eran sinónimo de cautiverio. La amabilidad de Aiden se sentía como una trampa sofisticada, una jaula de oro que seguía siendo, al fin y al cabo, una jaula. —El refugio es... impresionante, Alfa —respondió ella, forzando las palabras a través de su garganta seca. Mantuvo su cuerpo rígido, negándose a ceder ante la imponente cercanía del hombre —Mara fue muy amable. —Pero los demás no lo fueron —dedujo Aiden de inmediato, entornando los ojos —Huelo la hostilidad en ti. Alguien te ha molestado. —No... no es nada —mintió ella rápidamente, temerosa de causar un conflicto que terminara perjudicándola —Solo necesito... adaptarme. Si me disculpa, me gustaría ir a mi habitación. Aiden la observó durante unos segundos que parecieron eternos. Su instinto de alfa le pedía exigir la verdad, proteger lo que ahora consideraba bajo su responsabilidad y castigar a quien hubiera osado intimidar a la omega en su propio territorio. Pero al ver la mirada suplicante y el rechazo latente en los ojos de Maia, comprendió que forzarla solo ensancharía la distancia entre ambos.La abuela levantó la mirada. Por primera vez, observó directamente a Aiden y Silas. —Eso es precisamente lo que me preocupa. Los dos alfas intercambiaron una mirada. —¿Por qué? —preguntó Aiden. La anciana no respondió de inmediato. —Porque nunca pensé que serían dos. El silencio cayó nuevamente. Maia sintió que su corazón comenzaba a golpear con fuerza. —¿Dos qué? La abuela miró primero a Silas. Después a Aiden. —Guardianes. Una corriente de aire atravesó la habitación. Las velas titilaron. La cicatriz de Maia ardió, esa marca esta siendo expulsada de la nuca de la omega, porque nunca debió de existir. Los dos alfas reaccionaron al mismo tiempo. —Maia. Ella se llevó una mano al cuello. Pero esta vez no sintió dolor. Sintió calor. Y entonces su loba apareció nuevamente. Más fuerte. Más clara. Por primera vez, Maia escuchó su voz como si estuviera a centímetros de ella. —No tengas miedo. Maia cerró los ojos. —¿Qué quieres decirme?
La voz desapareció. Pero nadie se movió. Durante varios segundos, el silencio fue absoluto. Maia permanecía inmóvil junto a la ventana, con una mano apoyada sobre su cuello y la respiración entrecortada. Silas la observaba sin saber qué decir. Aiden, en cambio, parecía haber olvidado incluso cómo respirar. "La hija perdida ha vuelto." Las palabras seguían resonando en sus cabezas. —¿Quién era? —preguntó Maia finalmente. Su voz apenas fue un susurro. Ninguno respondió. Maia miró primero a Silas y después a Aiden. —¿Quién era esa mujer? ¿También la oyeron? Aiden apretó la mandíbula y asintió. —No lo sabemos. —Mentira. Los dos alfas se quedaron inmóviles. Maia tragó saliva. —Ustedes saben algo. Silas dio un paso hacia ella. —Maia... —No. Ella retrocedió. —No me digas que no sabes nada. Ya estoy cansada de que todos sepan cosas sobre mí mientras yo soy la última en enterarme. Su voz se quebró. —Primero me dicen que pertenezco a esta manada. Después descubro que mi v
Maia cerró los ojos. Podía sentirla. Pequeña. Débil. Pero presente. No había escuchado su voz desde hacía tanto tiempo que casi había olvidado cómo se sentía tenerla cerca. Y entonces llegó una sensación. Una palabra. No pronunciada. Pero clara. Hogar. Maia abrió los ojos de golpe. —¿Qué pasó? Silas se acercó un poco. —Nada. —Ella... Maia respiró con dificultad. —Creo que acaba de decirme algo. Silas permaneció inmóvil. —¿Qué? Maia lo miró. —Hogar. Silas no respondió. Pero algo en sus ojos cambió. Porque él también había sentido aquella palabra. No como un sonido. Como una certeza. --- El camino de regreso fue diferente. Maia caminaba junto a Silas. No detrás. No varios pasos apartada. A su lado. Y aunque ninguno habló demasiado, el silencio ya no era incómodo. Al llegar al corredor principal, Maia se detuvo. Silas la miró. —¿Qué ocurre? Ella observó la enorme residencia. —Es extraño. —¿Qué? —Hace unos dias
—Creo que me gusta este lugar —susurró. Silas sonrió. —Entonces es tuyo. Maia lo miró. —¿En serio? —En serio. Ella volvió a mirar las luces reflejadas en los cristales. —Gracias. —No tienes que agradecerme. —Sí tengo. Silas negó. —Maia... Ella giró hacia él. Sus miradas se encontraron. Durante un instante ninguno se movió. La conexión apareció nuevamente. Pero esta vez no fue dolorosa. El cuello de Maia comenzó a calentarse. Silas lo sintió también. Su expresión cambió. No se acercó. No la tocó. Solo permaneció allí. Dándole la oportunidad de decidir. Maia miró sus manos. Después levantó lentamente una de ellas. Y tomó la mano de Silas. Él se quedó completamente quieto. Los dedos de Maia eran pequeños y estaban fríos. Silas cerró suavemente la mano alrededor de la suya. Nada más. Pero para Maia fue suficiente. Su respiración se volvió más lenta. Su loba dejó de agitarse. Y el calor de su cuello se extendió lentamente por su pecho. No había miedo. No
Maia cerró la puerta de su habitación detrás de ella. Apoyó la espalda contra la madera y dejó escapar el aire que llevaba varios segundos conteniendo. Su corazón seguía golpeando con fuerza. Demasiado rápido. Llevó ambas manos hasta su rostro. —¿Qué me está pasando...? Algo debtro de ella se movió, sería su loba? imposible. No era la agitación habitual que aparecía cuando sentía miedo. Era diferente. Atenta. Despierta. Como si después de años de permanecer dormida hubiera encontrado finalmente algo que reconocer. Maia cerró los ojos. Y volvió a sentirlo. El calor en su cuello. La presencia de Aiden. La mano de Silas sobre su brazo. Dos aromas. Dos alfas. Y aquella sensación inexplicable de que su cuerpo sabía algo que su mente todavía no podía comprender. Unos golpes suaves en la puerta la hicieron sobresaltarse. —Maia. La voz de Silas. Ella se quedó inmóvil. —¿Sí? —Soy yo. Maia tragó saliva. —¿Qué necesitas? Hubo un pequeño silencio al otro lado. —Nada.
Maia cerró la puerta de su habitación detrás de ella. Apoyó la espalda contra la madera y dejó escapar el aire que llevaba varios segundos conteniendo. Su corazón seguía golpeando con fuerza. Demasiado rápido. Llevó ambas manos hasta su rostro. —¿Qué me está pasando...? Algo debtro de ella se movió, sería su loba? imposible. No era la agitación habitual que aparecía cuando sentía miedo. Era diferente. Atenta. Despierta. Como si después de años de permanecer dormida hubiera encontrado finalmente algo que reconocer. Maia cerró los ojos. Y volvió a sentirlo. El calor en su cuello. La presencia de Aiden. La mano de Silas sobre su brazo. Dos aromas. Dos alfas. Y aquella sensación inexplicable de que su cuerpo sabía algo que su mente todavía no podía comprender. Unos golpes suaves en la puerta la hicieron sobresaltarse. —Maia. La voz de Silas. Ella se quedó inmóvil. —¿Sí? —Soy yo. Maia tragó saliva. —¿Qué necesitas? Hubo un pequeño silencio al otro lado. —Nada.







