MasukTraicionada, rota y al borde de la muerte, una joven omega cree que su destino final es desaparecer en la oscuridad del bosque tras escapar del infierno. Lo que prometía ser un matrimonio de conveniencia respetuoso con el hijo del alfa más poderoso de la ciudad, se convirtió en un cruel cautiverio que culminó con la violenta ruptura de su lazo. Sin embargo, el destino cambia de rumbo cuando es rescatada por una civilización oculta en las montañas. Allí, dos alfas de élite despiertan su instinto más feroz al ver el estado de la loba herida y juran protegerla a toda costa. El verdadero desafío comienza ahora: con el alma destrozada y un terror absoluto a cualquier alfa, ella se rehúsa a dejarse tocar. ¿Podrán estos dos imponentes guerreros derribar sus muros, sanar sus cicatrices y reconstruir la confianza de una loba que lo perdió todo?
Lihat lebih banyakLa abuela levantó la mirada. Por primera vez, observó directamente a Aiden y Silas. —Eso es precisamente lo que me preocupa. Los dos alfas intercambiaron una mirada. —¿Por qué? —preguntó Aiden. La anciana no respondió de inmediato. —Porque nunca pensé que serían dos. El silencio cayó nuevamente. Maia sintió que su corazón comenzaba a golpear con fuerza. —¿Dos qué? La abuela miró primero a Silas. Después a Aiden. —Guardianes. Una corriente de aire atravesó la habitación. Las velas titilaron. La cicatriz de Maia ardió, esa marca esta siendo expulsada de la nuca de la omega, porque nunca debió de existir. Los dos alfas reaccionaron al mismo tiempo. —Maia. Ella se llevó una mano al cuello. Pero esta vez no sintió dolor. Sintió calor. Y entonces su loba apareció nuevamente. Más fuerte. Más clara. Por primera vez, Maia escuchó su voz como si estuviera a centímetros de ella. —No tengas miedo. Maia cerró los ojos. —¿Qué quieres decirme?
La voz desapareció. Pero nadie se movió. Durante varios segundos, el silencio fue absoluto. Maia permanecía inmóvil junto a la ventana, con una mano apoyada sobre su cuello y la respiración entrecortada. Silas la observaba sin saber qué decir. Aiden, en cambio, parecía haber olvidado incluso cómo respirar. "La hija perdida ha vuelto." Las palabras seguían resonando en sus cabezas. —¿Quién era? —preguntó Maia finalmente. Su voz apenas fue un susurro. Ninguno respondió. Maia miró primero a Silas y después a Aiden. —¿Quién era esa mujer? ¿También la oyeron? Aiden apretó la mandíbula y asintió. —No lo sabemos. —Mentira. Los dos alfas se quedaron inmóviles. Maia tragó saliva. —Ustedes saben algo. Silas dio un paso hacia ella. —Maia... —No. Ella retrocedió. —No me digas que no sabes nada. Ya estoy cansada de que todos sepan cosas sobre mí mientras yo soy la última en enterarme. Su voz se quebró. —Primero me dicen que pertenezco a esta manada. Después descubro que mi v
Maia cerró los ojos. Podía sentirla. Pequeña. Débil. Pero presente. No había escuchado su voz desde hacía tanto tiempo que casi había olvidado cómo se sentía tenerla cerca. Y entonces llegó una sensación. Una palabra. No pronunciada. Pero clara. Hogar. Maia abrió los ojos de golpe. —¿Qué pasó? Silas se acercó un poco. —Nada. —Ella... Maia respiró con dificultad. —Creo que acaba de decirme algo. Silas permaneció inmóvil. —¿Qué? Maia lo miró. —Hogar. Silas no respondió. Pero algo en sus ojos cambió. Porque él también había sentido aquella palabra. No como un sonido. Como una certeza. --- El camino de regreso fue diferente. Maia caminaba junto a Silas. No detrás. No varios pasos apartada. A su lado. Y aunque ninguno habló demasiado, el silencio ya no era incómodo. Al llegar al corredor principal, Maia se detuvo. Silas la miró. —¿Qué ocurre? Ella observó la enorme residencia. —Es extraño. —¿Qué? —Hace unos dias
—Creo que me gusta este lugar —susurró. Silas sonrió. —Entonces es tuyo. Maia lo miró. —¿En serio? —En serio. Ella volvió a mirar las luces reflejadas en los cristales. —Gracias. —No tienes que agradecerme. —Sí tengo. Silas negó. —Maia... Ella giró hacia él. Sus miradas se encontraron. Durante un instante ninguno se movió. La conexión apareció nuevamente. Pero esta vez no fue dolorosa. El cuello de Maia comenzó a calentarse. Silas lo sintió también. Su expresión cambió. No se acercó. No la tocó. Solo permaneció allí. Dándole la oportunidad de decidir. Maia miró sus manos. Después levantó lentamente una de ellas. Y tomó la mano de Silas. Él se quedó completamente quieto. Los dedos de Maia eran pequeños y estaban fríos. Silas cerró suavemente la mano alrededor de la suya. Nada más. Pero para Maia fue suficiente. Su respiración se volvió más lenta. Su loba dejó de agitarse. Y el calor de su cuello se extendió lentamente por su pecho. No había miedo. No












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