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capítulo 7: Hilos de lavanda y nieve

last update Date de publication: 2026-07-06 20:28:52

El amanecer en el refugio no llegó con un sol radiante, sino con una claridad difusa que se filtró tímidamente por las rendijas de los pesados tablones de madera. Para Maia, sin embargo, esa luz grisácea fue el primer despertar en meses que no estuvo acompañado por el sobresalto del miedo o el impulso visceral de salir huyendo. La calidez de la habitación que le habían asignado, sumada al peso de las mantas de piel, la retuvieron en un estado reconfortante hasta que un suave y rítmico golpeteo en la puerta la trajo de vuelta a la realidad.

​—¿Se puede? —la voz musical de Mara precedió a su entrada.

​La joven loba se asomó con una bandeja de madera donde humeaban dos tazones de té y un par de bollos recién horneados, cuyo aroma a vainilla y manteca compitió de inmediato con la fragancia a lavanda que emanaba de su propio cuerpo. Al ver a la protagonista sentada en la cama, tallándose los ojos, Mara le dedicó una sonrisa radiante.

​—Buenos días. Pensé que te vendría bien desayunar algo caliente antes de salir a congelarnos los dedos.

​Maia aceptó el tazón que Mara le ofrecía, sintiendo cómo el calor del cocido le devolvía la vida a sus manos aún entumecidas. Tras dar un sorbo largo al té de hierbas silvestres, la omega la miró de reojo, reuniendo el valor que la noche anterior se le había escapado entre el cansancio y el llanto.

​—Mara... —articuló, descubriendo que su voz sonaba un poco más firme que el día anterior. La loba alzó las cejas, invitándola a continuar — Ayer... entre el alboroto y mi propio pánico, no llege a decirte mi nombre, Me llamo Maia.

​Mara dejó su propio tazón sobre la mesa de luz y juntó las manos, visiblemente entusiasmada.

​—Maia —repitió, paladeando las sílabas —Es un nombre hermoso. Y le queda perfecto a tu aura. Bueno, si ya terminaste con ese té, ponte las botas más gruesas que encuentres. Hoy te daré el recorrido oficial por el que, espero, sea tu nuevo hogar.

​El aire exterior seguía siendo gélido, pero el cielo despejado permitía que los rayos del sol invernal hicieran brillar la nieve acumulada en los tejados de la aldea. Mientras caminaban por los senderos principales, Mara asumió su rol de guía con una energía desbordante. Le mostró los almacenes de víveres, la armería donde los guerreros entrenaban bajo techo y los invernaderos de piedra que desafiaban al invierno para proveer plantas medicinales y vegetales frescos.

​A pesar de las explicaciones detalladas de Mara, Daia no podía evitar notar las miradas de reojo de los aldeanos. Algunos lobos se detenían a observarla con desconfianza manifiesta; otros cuchicheaban al verla pasar bajo el ala protectora de la acompañante designada por el alfa. El instinto la empujó a encoger los hombros, intentando hacerse invisible dentro de la enorme capa de lana que le habían prestado.

​Mara, percatándose de la tensión de la omega, se detuvo en seco en medio de un puente de madera que cruzaba un arroyo congelado. Se giró hacia ella y le tomó suavemente las manos.

​—Escúchame bien, Maia —dijo Mara, con una seriedad que contrastaba con su habitual ligereza —No les hagas caso A ninguno de ellos. La gente de esta montaña es terca y teme a lo que no conoce, pero su juicio está nublado por el invierno y la paranoia.

​Maia bajó la mirada, pero Mara le dio un leve apretón para que volviera a mirarla a los ojos.

​—Tanto a Aiden como a Silas, y por supuesto a mí, nos pareces alguien sumamente pura. En este mundo de lobos, donde todos calculan su próximo movimiento, donde las alianzas se miden con desconfianza y los colmillos siempre están listos para atacar, tú desprendes una inocencia que ya no se encuentra. No hueles a engaño. Hueles a una verdad que ellos ya olvidaron cómo reconocer. Mantén la cabeza alta.

​Las palabras de Mara calaron hondo en el pecho de Maia, encendiendo una pequeña brasa de dignidad que creía extinta. La calidez de la loba era genuina, desprovista de segundas intenciones. Eso la animó a formular una pregunta que le había estado rondando la mente desde que vio la profunda complicidad y la confianza ciega que los dos alfas depositaban en la joven de la trenza.

​—Mara... ¿puedo preguntarte algo personal? —inquirió con timidez mientras reanudaban la marcha.

​—Dispara. No soy de las que guardan secretos.

​—Tú... ¿eres la pareja de alguno de los alfas? ¿De Aiden o de Silas?

​Mara soltó una carcajada tan limpia y sonora que provocó que un par de aves invernales levantaran el vuelo desde las ramas de un pino cercano. Se detuvo de nuevo, mirándola con los ojos brillantes de diversión.

​—¡Por la Luna, no! —exclamó, negando divertidamente con la cabeza —¡Qué horror, no podría! A ver, estéticamente son dos monumentos, no te lo voy a negar, pero verlos de esa manera sería casi... no. Los veo como a dos hermanos mayores mandones, y ellos me ven exactamente igual, como a una hermanita pesada.

​La expresión de Mara se volvió más blanda, teñida de una antigua gratitud.

​—Ellos me adoptaron cuando éramos pequeños. Mi familia biológica se perdió en una de las grandes purgas. Aiden y Silas me recogieron cuando apenas era una cachorra que no sabía ni transformarme bien. Nos criamos juntos en esta cabaña. Silas me enseñó a leer los mapas y las leyes, y Aiden a defenderme. No hay romance ahí, Mais. Solo una lealtad de sangre que va más allá de los lazos familiares comunes.

​Asintió, sintiendo que una extraña e inexplicable pieza del rompecabezas terminaba de encajar en su mente. Saber que Mara no estaba ligada a ellos por una dinámica de cortejo, sino por una hermandad inquebrantable, hacía que la estructura del refugio se sintiera mucho más humana y menos amenazante.

​Continuaron el paseo hacia la zona baja de la aldea, donde se concentraban las viviendas familiares. Sin embargo, la burbuja de tranquilidad en la que flotaban se vio bruscamente alterada al torcer en una esquina que daba hacia los lavaderos comunales.

​Allí, de pie junto a una de las barandillas de madera, se encontraban Elara y Mía.

​Las dos omegas del patio de armas estaban vestidas con pieles finas, con los brazos cruzados y las expresiones amargas talladas en sus rostros juveniles. Al ver aproximarse a Mara y a Maia, sus posturas se tensaron de inmediato. Mía susurró algo al oído de Elara, cuyos ojos gélidos se clavaron en la figura de Maia con una fijeza casi predatoria. El aroma de ambas se volvió denso, cargado de un resentimiento ácido que buscaba marcar territorio y amedrentar a la recién llegada.

​Maia experimentó una punzada de pánico en el estómago y su paso se ralentizó por puro instinto de supervivencia, buscando la protección de la sombra de Mara.

​Mara, sin embargo, no cambió el ritmo de su andar ni un milímetro. Con una frialdad y una elegancia que Maia no le había visto hasta el momento, la loba de la trenza levantó la barbilla. Miró fijamente al frente, pasando a escasos centímetros de las dos omegas como si lo único que ocupara ese espacio fuera el aire frío de la mañana. Su aroma a lavanda se intensificó levemente, no como una agresión, sino como una muralla impenetrable que la envolvía, aislándola de las emanaciones hostiles del entorno.

​Elara soltó un bufido despectivo cuando pasaron de largo, pero ninguna de las dos se atrevió a articular palabra en voz alta, conscientes de que Mara caminaba allí bajo el mandato directo del Alfa.

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