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Capítulo 4: El precio de la inocencia

Autor: Paulina W
last update Data de publicação: 2026-03-20 02:42:30

Capítulo 4: El precio de la inocencia

—¿No te sientes importante ahora, Daisy? Te compró un hombre rico. Ahora… me perteneces.

Las palabras cayeron como plomo derretido sobre su piel. No era solo el significado. Era el tono. La certeza absoluta de que, para él, aquello no era una metáfora, ni un juego retorcido de poder.

Era un hecho. Una transacción cerrada. Ella, reducida a un objeto con precio y dueño.

Sin pensar.

Sin respirar.

Su mano voló antes de que su mente pudiera alcanzarla.

El rostro de Cassian giró por el impacto, pero no se tocó el golpe. Lentamente, muy lentamente, volvió el rostro hacia ella y entonces Daisy lo vio.

No había furia en sus ojos.

Ni sorpresa.

Solo una calma helada, tan absoluta que hizo que el aire a su alrededor se enfriara varios grados.

—¡Eres un... un imbécil! ¡Te voy a denunciar! ¡No soy un pedazo de carne, ¿oíste?! ¡No estoy en venta!

Cassian siguió guardando silencio y de repente chasqueó los dedos. Los mismos guardaespaldas aparecieron, esta vez para sostenerla de los brazos.

—¿Qué? ¿Qué van a hacer? ¡Suéltenme!

Los hombres comenzaron a moverse.

—¡Auxilio! ¡Auxilio!

Daisy forcejeó inútilmente con los guardaespaldas que ya la llevaban en dirección al Aston Martin, pero justo antes de que la metieran, él hizo un gesto y los hombres la soltaron.

Ella lo miró con ganas de apuñalarlo, pero él se acercó sin inmutarse por su enojo.

—¿Quieres salvar a tu madre o no? Tu padre no volverá a mover un dedo por ti —continuó él, acortando la distancia hasta que ella pudo sentir el calor de su cuerpo—. Si haces lo que digo, tu madre será operada mañana mismo: los mejores médicos, el mejor equipo. Pero si te niegas… mañana ni siquiera tendrá una cama donde morir.

El silencio que siguió fue desgarrador.

Una vez más estaba sin salida y, sin poder controlarlo, sus hombros empezaron a temblar violentamente.

No hubo más insultos ni maldiciones; estaba atrapada.

Y en ese instante, Cassian supo, con una oscura satisfacción, que ella se había rendido, porque la desesperación es la mejor arma de los contratos.

Una vez en el auto, empezó el interrogatorio.

—¿Cuántos años tienes?

—Vein… veinte… —susurró ella, encogiéndose en el asiento de cuero.

—¿De verdad veinte? ¿Estás en la universidad… o?

Daisy negó con la cabeza, conteniendo un sollozo. Y con nervios, le explicó cómo la enfermedad de su madre le había robado el futuro, su oportunidad de un buen trabajo y su paz.

Cassian escuchó en silencio y, de repente, sin saber por qué, extendió la mano, la tomó por la barbilla y la obligó a mirarlo.

—Yo puedo cumplir todos tus sueños, Daisy... Todos y cada uno de ellos.

Daisy intentó apartar la vista, pero los dedos de Cassian, firmes y gélidos, se lo impidieron. Su corazón martilleaba contra sus costillas con tanta fuerza que temió que él pudiera escucharlo, y sus manos, pequeñas y pálidas, se aferraron a la tela de su vestido, arrugándola hasta que sus nudillos se tornaron blancos.

No hacía falta que él lo dijera en voz alta.

El brillo posesivo en sus ojos, la forma en que su pulgar acariciaba su mandíbula como si estuviera tasando una propiedad valiosa, lo decía todo. Él no estaba ofreciendo caridad; estaba ofreciendo un contrato.

Tragó saliva, sintiendo un nudo de pánico en la garganta.

—Pero... usted... usted querrá algo a cambio, ¿verdad? —susurró, mordiéndose el labio.

—Sí —respondió, antes de inclinarse y besarla.

Fue un beso invasivo, uno que Daisy intentó resistir con manos débiles, pero él la presionó contra el asiento con una fuerza abrumadora. Cuando finalmente la soltó, se lamió los labios.

—Sabes mucho mejor de lo que imaginaba.

Las mejillas de ella se calentaron; de hecho, aquel acababa de ser su primer beso y el imbécil se lo había quitado así, nada más.

—Por favor… —suplicó—. ¿No hay otra manera de hacerlo? Puedo trabajar para usted, limpiar su casa, su auto, pasear su perro.

Su risa fue la única respuesta.

—No, Daisy. Ni siquiera tengo un maldito perro.

Al cruzar las puertas de la mansión, el terror de Daisy se volvió tan afilado que le costaba respirar, pero Cassian no le dio ni un segundo de tregua. La mano que rodeaba su muñeca era un grillete implacable mientras la arrastraba escaleras arriba; cada escalón resonaba como un veredicto que ya había sido dictado.

La habitación que los esperaba era un manifiesto de dominación contenida.

Por un momento ella se perdió en el lugar, pero fue cuando Cassian cerró la puerta y un segundo después se quitó el cinturón que entendió que ya no había vuelta atrás.

Aun así, retrocedió por instinto hasta que sus piernas chocaron contra el borde del colchón.

—No te resistas —dijo acercándose—, solo lo harás más difícil.

Con un movimiento preciso la empujó hacia atrás; ella cayó desmadejada sobre el satén frío de las sábanas, y antes de que pudiera incorporarse, él ya estaba encima. Sus manos trabajaron el vestido con rapidez.

Un segundo después, el aire acondicionado mordió sus pezones ya endurecidos por el miedo y la adrenalina.

Sin embargo, gritó, golpeó su pecho con puños pequeños y frenéticos, pero para Cassian aquellos golpes eran apenas cosquillas. Con facilidad la inmovilizó atrapando ambas muñecas.

Se inclinó y besó sus labios. Daisy sollozó, temblando bajo su peso.

—Por favor… no...

En ese instante, él levantó la mirada y dentro de él algo cambió.

Debajo de él no había solo una deuda por cobrar: había una chica preciosa y rota, con los ojos verdes inundados, las pestañas pegadas por lágrimas, con el pecho subiendo y bajando en pánico.

Por primera vez en años, la lujuria fría que siempre lo guiaba se quebró, y algo más oscuro, más hambriento —y al mismo tiempo más desesperado— le atravesó el esternón.

—Mírame —ordenó, y su voz ya no era acero; era suave y contenida—. ¿Sabes lo que te estaría esperando si no estuvieras aquí, debajo de mí, ahora mismo?

Daisy negó, asustada.

—Otro hombre, quizás... un viejo asqueroso que te tomaría sin importarle tus lágrimas. Tu padre lo habría permitido sin pestañear —continuó, y mientras hablaba trazó su pómulo con el pulgar—. Porque es ambicioso, Daisy. Te habría vendido a otro...

Los labios de Daisy temblaban mientras escuchaba y, muy dentro de ella, sabía que eso era verdad. Richard no tenía escrúpulos.

Por su beneficio, la habría vendido a cualquiera.

Pero... eso no cambiaba las cosas.

Cassian le acarició la mejilla y tragó fuerte, tratando de controlar lo que ella provocaba.

—Perdón por ser tan brusco.

Hizo una pausa, con los ojos fijos en los de ella; su voz bajó hasta convertirse en un murmullo ronco.

—Es que… tú me vuelves loco. Me tienes tan duro que duele respirar. Pero no quiero hacerte daño… sino que quiero que te deshagas por mí, quiero que grites mi nombre hasta que te quedes sin voz. Quiero que disfrutes... lo que vamos a hacer.

Con una lentitud casi reverente le limpió una lágrima que resbalaba por la mejilla y luego bajó la boca a su cuello y besó la piel.

Daisy cerró los ojos. Aunque no lo esperaba, su toque despertó sensaciones nuevas en ella y, aunque el miedo seguía allí, ya no era lo único que la recorría. Ahora había un calor extraño, líquido y confuso, que empezaba a instalarse entre sus piernas.

Pensó en su madre, en la cama del hospital, en los pitidos que marcaban una cuenta regresiva implacable, y comprendió —con una claridad dolorosa— que este era el precio.

Cassian era el abismo… y también la única mano que podía sacarla de él.

Por eso dejó de luchar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Comentários (8)
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Cristina Sánchez
Cassian no se que pensar, me duele Daisy
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ILiana Ferreira
Pobre Daisy
goodnovel comment avatar
ILiana Ferreira
Que fuerte Cassian
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