LOGIN—Felicidades, señor Lee. Ha sido seleccionado para el puesto… de mi futuro esposo. Adrien creyó que venía a una entrevista de trabajo. Salió comprometido con la mujer más poderosa —y más fría— de la ciudad. Julie Valencia no compra amor, compra contratos. Eligió a un marido inofensivo, sin dinero ni poder, para mandarlo un año y después olvidarlo. Lo que no sabe es que a Adrien lo envió alguien. Que esas manos no son de oficinista. Que la vigila desde antes de conocerla. —Prohibido enamorarse. Es la cláusula nueve —le advirtió ella. —¿Y si la rompo? —respondió él. Firmó creyendo que compraba un esposo. No que dejaba entrar al único hombre capaz de destruirla… o de salvarle la vida.
View MoreEMMYAmanece y Marcus se remueve por fin. Sus brazos me liberan la cintura, y por primera vez en horas puedo respirar sin su peso encima.—Perdóname, mi amor. —Se incorpora, confundido, pasándose una mano por la cara—. No sé qué me pasó. Estaba agotado, el viaje, los nervios de la boda… Me quedé dormido como un tronco. Qué vergüenza. —Me besa la frente—. Te prometo que lo compenso en nuestra noche de bodas.—No te preocupes. —Sonrío, tragándome todo—. Descansaste, que falta te hacía.Se viste rápido, recoge su maleta. En la puerta se gira.—Vuelvo esta noche, a tiempo para todo. —Me guiña un ojo—. La próxima vez que duerma a tu lado, serás mi esposa.Y se va.Desde la ventana lo veo subir al auto y perderse por el camino. Suelto el aire. Una noche sobrevivida. Dos días menos.No alcanzo a disfrutar el alivio. La puerta de mi habitación se abre de golpe, sin que nadie toque, y entra Oliver.No es el Oliver de las últimas noches. Este tiene los ojos rojos, la mandíbula tensa, el cuerpo
EMMYMarcus baja a la cena con el saco puesto y una maleta pequeña en la mano.—Tengo que salir temprano —anuncia—. Un último asunto antes de la boda. Vuelvo por la noche, a tiempo para convertirte en mi esposa. —Sonríe, deja la maleta junto a la puerta y se vuelve hacia mí. Y entonces, con Oliver sentado justo enfrente, suelta lo que me hiela—: Pero antes de irme, quiero pasar esta noche contigo. La última como novios. No pienso dormir lejos de ti ni una noche más.No hay alternativa. Lo veo en el segundo exacto en que lo dice: negarme sería sospechoso, peligroso, imposible. Así que sonrío con la dulzura de Sofía y bajo la mirada como una novia tímida.—Será un honor, mi amor.Al otro lado de la mesa, Oliver aprieta el tenedor hasta que los nudillos se le ponen blancos. No dice una palabra. Pero su mandíbula es una línea de piedra, y sé que por dentro está ardiendo. No lo miro. No puedo permitirme mirarlo.—Priscila —ordena Marcus—, lleva un té a la habitación. De los míos. Para rela
OLIVEREl puerto huele a sal, a óxido y a algo peor que no quiero nombrar.Dos de los hombres de mi padre me escoltan entre contenedores apilados como torres en la oscuridad. Me tratan con una deferencia nueva, de "joven jefe", porque Marcus corrió la voz: su hijo por fin se hace cargo. Si supieran.—Por aquí, señor. —Uno me guía hasta un contenedor abierto, iluminado por una linterna—. El jefe quería que viera cómo se maneja un cargamento.Me obligo a mirar. Cajas. Decenas, cientos de cajas selladas. Documentos de aduana falsos con el logo de una empresa que, estoy seguro, existe solo en papel. Un hombre revisa una tableta y anota cifras que no cuadran con ninguna contabilidad legal del mundo.Finjo interés de heredero aplicado. Hago preguntas que suenan a curiosidad y son otra cosa. ¿De dónde sale? ¿A dónde va? ¿Quién firma? Y mientras ellos contestan, orgullosos de instruir al hijo del patrón, memorizo cada respuesta. La empresa. El destino. El nombre del capitán que mira para otro
EMMYA tres días de la boda, la casa se convierte en un desfile de modistas, floristas y cajas con lazos. Y en el centro de todo, dirigiendo como un general, Aimé.—¡El velo va así, no así! —le grita a una pobre costurera—. ¿Acaso no saben lo que es la elegancia?Me tienen de pie sobre un banquito, enfundada en un vestido de novia que me queda como un sudario. Odio cada segundo. Odio el encaje, odio los alfileres, odio sobre todo lo que significa: en tres días me caso con el hombre que vine a matar, delante de todos, y si no encuentro la forma de hundirlo antes, tendré que vivir la noche de bodas que llevo meses temiendo.Marcus entra a mitad de la prueba, me ve sobre el banquito y se le ilumina la cara.—Pareces un ángel —dice, y me besa la mano—. El hombre más afortunado del mundo. —Mira el reloj—. Tengo que salir a atender un asunto. Mi hijo lo supervisa. Volveré para la cena. —Se despide con otro beso y se va.Un asunto. El envío. Oliver está ahí fuera, en este momento, metiendo l






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