LOGIN—Felicidades, señor Lee. Ha sido seleccionado para el puesto… de mi futuro esposo. Adrien creyó que venía a una entrevista de trabajo. Salió comprometido con la mujer más poderosa —y más fría— de la ciudad. Julie Valencia no compra amor, compra contratos. Eligió a un marido inofensivo, sin dinero ni poder, para mandarlo un año y después olvidarlo. Lo que no sabe es que a Adrien lo envió alguien. Que esas manos no son de oficinista. Que la vigila desde antes de conocerla. —Prohibido enamorarse. Es la cláusula nueve —le advirtió ella. —¿Y si la rompo? —respondió él. Firmó creyendo que compraba un esposo. No que dejaba entrar al único hombre capaz de destruirla… o de salvarle la vida.
View MoreJULIE
—¡Necesito herederos, Julie!
Mi abuela entró a mi oficina sin tocar la puerta, como entra el mal tiempo: sin avisar y arruinándote el día.
Yo tenía en las manos el informe trimestral de la aseguradora más grande del país. Mi aseguradora. Ochenta y tres millones en pólizas nuevas, un crecimiento del doce por ciento y tres competidores mordiéndose los codos.
—Buenos días, abuela. Yo también estoy bien, gracias por preguntar.
—No quiero una nieta solterona. ¡Quiero nietos! ¡Muchos nietos! —Se dejó caer en la silla frente a mi escritorio como si fuera el trono que alguna vez ocupó—. Y los quiero antes de morirme.
—Vas a enterrarnos a todos y lo sabes.
—Por supuesto que sí. Pero eso no cambia lo que vine a decirte.
Dejé el informe sobre la mesa. Con mi abuela había que hacer eso: soltar todo lo que tuvieras en las manos, porque siempre venía a lanzarte algo más pesado.
—Abuela, no puedes hacerme esto. Si tengo hijos no podré seguir dirigiendo la empresa. Reuniones, socios, cuentas, auditorías… No tengo tiempo para ser madre.
—Yo fui madre, esposa y presidenta. Al mismo tiempo. Y sin computadoras. —Se acomodó el broche del saco con una calma que me puso los pelos de punta—. No tienes excusa. Tienes seis meses.
—¿Seis meses para quedar embarazada?
—No. Seis meses para conseguir un esposo y quedar embarazada.
Parpadeé.
—¿Qué? ¿Quieres que me case?
—Claro que quiero que te cases. No pienso presentarle un bisnieto bastardo a la junta directiva. —Se puso de pie—. Seis meses, Julie. Si no, dejaré la presidencia en manos de alguien más.
Sentí el frío subirme por la espalda.
—No puedes hacer eso. Tú mejor que nadie sabes cuánto trabajé por este puesto. Estudié fuera, volví, empecé desde abajo, aguanté a cada socio que apostaba a que la niña Valencia duraría un año.
—Y por eso te lo di. —Se detuvo en la puerta y me miró con esa mezcla insoportable de ternura y amenaza que solo ella dominaba—. Pero una empresa no se hereda sola, mi amor. Se hereda con gente detrás. Y tú, detrás, no tienes a nadie.
—Tengo cuatrocientos empleados.
—Tienes cuatrocientos empleados que te temen. No es lo mismo.
Cerró la puerta con suavidad, que en mi abuela es peor que un portazo. El portazo significa que está enojada. La suavidad significa que ya ganó.
Me quedé sola con el informe, con el zumbido del aire acondicionado y con seis meses colgando sobre mi cabeza como una guillotina con agenda.
Un esposo.
Solté una carcajada seca. ¿Dónde se consigue eso? Porque en el catálogo de proveedores de la empresa no aparecía.
Y entonces, sin permiso, llegó el recuerdo. Siempre llega igual: por la espalda y sin tocar la puerta. Como mi abuela. Como todo lo que duele.
Yo tenía diecisiete años y estaba escondida detrás de la pared del pasillo.
—¡No te vayas, por favor! —Mi madre suplicaba desde los escalones, descalza, con la bata mal atada—. Yo te amo. Piensa en tu hija. No puedes dejarnos.
Mi padre estaba en la puerta con una maleta en la mano. Una sola maleta. Veinte años de matrimonio caben en una maleta, resulta.
—Ya basta, Lisbeth. No soporto un minuto más en esta casa. Me voy. He encontrado el amor en otra parte. Ya no me importas tú, y menos Julie.
Esa última parte fue la que me atravesó. Y menos Julie. Como si mi nombre pesara menos que el resto de la frase.
—¡No puedes irte y dejar la empresa! ¡Eres el único que puede dirigirla!
—Nadie es indispensable en esta vida. Yo tampoco. —Levantó la maleta. Y entonces hizo algo que en ese momento no entendí: giró la cabeza hacia el pasillo. Hacia la pared. Hacia el lugar exacto donde yo estaba escondida, aunque era imposible que me viera—. No te humilles más, Lis. Déjame ir.
Su voz se quebró en la última palabra. Me pareció teatro barato y aparté la mirada.
—Algún día entenderás que el amor es más importante que el dinero.
Y salió.
¿Amor? ¿Cómo podía hablar de amor mientras nos abandonaba?
Ese día mi padre no solo se llevó su ropa. Se llevó también las ganas de vivir de mi madre, que a partir de entonces empezó a buscar el fondo de una botella con la disciplina que nunca le puso a nada más.
Ahí aprendí la única lección que me ha servido en la vida: el amor es el arma más poderosa del mundo. Te mata lento y te deja agradeciendo el favor.
Por eso juré no entregarle mi corazón a ningún hombre. El amor es sinónimo de debilidad, de dolor y de destrucción.
Y ahora mi abuela me pedía que me casara.
Miré el reloj. Nueve y cuarto de la mañana y ya necesitaba un trago.
Llamé a Oliver por el intercomunicador.
—Necesito que me consigas algo.
—Buenos días para ti también, prima favorita. —Oliver era mi primo político, hijo del mejor amigo de mi madre, y la única persona en el edificio que no me tenía miedo. A veces lo extrañaba, el miedo—. ¿Qué necesitas? ¿Café? ¿Un abogado? ¿Un cadáver?
—Un esposo.
Hubo un silencio del otro lado.
—Perdón, se cortó. Creí escuchar que…
—Escuchaste bien.
Oliver entró a mi oficina veinte segundos después, sin aliento y con la corbata torcida, como si hubiera corrido por el pasillo. Probablemente lo hizo.
—Repítelo. Necesito escucharlo otra vez, mirándote a la cara.
—Mi abuela me dio seis meses para casarme y darle un heredero, o le entrega la presidencia a otro. —Junté las manos sobre el escritorio—. Así que necesito un esposo. No un novio. No un romance. Un esposo. Alguien que firme, que aparezca en las fotos, que cumpla su parte y que se vaya cuando el contrato termine.
Oliver se sentó lentamente.
—Julie… eso que estás describiendo es un empleado.
—Exacto.
—¡No! ¡No exacto! —Se llevó las manos a la cabeza—. Los empleados hacen reportes. Los empleados no… ya sabes. —Hizo un gesto vago con las manos que decidí no interpretar—. Ningún contrato de esta empresa incluye una cláusula de reproducción.
—Pues el mío la incluirá.
—¿Y de dónde piensas sacarlo? ¿De una tienda?
Buena pregunta. Los hombres de mi círculo estaban descartados: la mitad quería mi apellido y la otra mitad, mis acciones. Los socios, imposible. Los conocidos, peor.
Necesitaba a alguien de afuera. Alguien sin poder, sin dinero, sin nada con qué hacerme daño. Alguien tan inofensivo que pudiera mandarlo durante un año y olvidarlo al terminar.
Bajé la mirada al escritorio. Ahí, debajo del informe trimestral, asomaba el periódico de la mañana que Oliver me dejaba todos los días y que yo nunca leía. Estaba abierto en la sección de clasificados.
Se busca. Se ofrece. Se solicita.
Filas y filas de personas pidiendo un empleo.
Sonreí por primera vez en toda la mañana, y Oliver se puso pálido, porque él conoce esa sonrisa.
—Julie. No. Esa cara no. ¿Qué estás pensando?
Deslicé el periódico hacia él y puse el dedo sobre los clasificados.
—Que si nadie va a darme un marido… voy a comprarlo.
EMMYAmanece y Marcus se remueve por fin. Sus brazos me liberan la cintura, y por primera vez en horas puedo respirar sin su peso encima.—Perdóname, mi amor. —Se incorpora, confundido, pasándose una mano por la cara—. No sé qué me pasó. Estaba agotado, el viaje, los nervios de la boda… Me quedé dormido como un tronco. Qué vergüenza. —Me besa la frente—. Te prometo que lo compenso en nuestra noche de bodas.—No te preocupes. —Sonrío, tragándome todo—. Descansaste, que falta te hacía.Se viste rápido, recoge su maleta. En la puerta se gira.—Vuelvo esta noche, a tiempo para todo. —Me guiña un ojo—. La próxima vez que duerma a tu lado, serás mi esposa.Y se va.Desde la ventana lo veo subir al auto y perderse por el camino. Suelto el aire. Una noche sobrevivida. Dos días menos.No alcanzo a disfrutar el alivio. La puerta de mi habitación se abre de golpe, sin que nadie toque, y entra Oliver.No es el Oliver de las últimas noches. Este tiene los ojos rojos, la mandíbula tensa, el cuerpo
EMMYMarcus baja a la cena con el saco puesto y una maleta pequeña en la mano.—Tengo que salir temprano —anuncia—. Un último asunto antes de la boda. Vuelvo por la noche, a tiempo para convertirte en mi esposa. —Sonríe, deja la maleta junto a la puerta y se vuelve hacia mí. Y entonces, con Oliver sentado justo enfrente, suelta lo que me hiela—: Pero antes de irme, quiero pasar esta noche contigo. La última como novios. No pienso dormir lejos de ti ni una noche más.No hay alternativa. Lo veo en el segundo exacto en que lo dice: negarme sería sospechoso, peligroso, imposible. Así que sonrío con la dulzura de Sofía y bajo la mirada como una novia tímida.—Será un honor, mi amor.Al otro lado de la mesa, Oliver aprieta el tenedor hasta que los nudillos se le ponen blancos. No dice una palabra. Pero su mandíbula es una línea de piedra, y sé que por dentro está ardiendo. No lo miro. No puedo permitirme mirarlo.—Priscila —ordena Marcus—, lleva un té a la habitación. De los míos. Para rela
OLIVEREl puerto huele a sal, a óxido y a algo peor que no quiero nombrar.Dos de los hombres de mi padre me escoltan entre contenedores apilados como torres en la oscuridad. Me tratan con una deferencia nueva, de "joven jefe", porque Marcus corrió la voz: su hijo por fin se hace cargo. Si supieran.—Por aquí, señor. —Uno me guía hasta un contenedor abierto, iluminado por una linterna—. El jefe quería que viera cómo se maneja un cargamento.Me obligo a mirar. Cajas. Decenas, cientos de cajas selladas. Documentos de aduana falsos con el logo de una empresa que, estoy seguro, existe solo en papel. Un hombre revisa una tableta y anota cifras que no cuadran con ninguna contabilidad legal del mundo.Finjo interés de heredero aplicado. Hago preguntas que suenan a curiosidad y son otra cosa. ¿De dónde sale? ¿A dónde va? ¿Quién firma? Y mientras ellos contestan, orgullosos de instruir al hijo del patrón, memorizo cada respuesta. La empresa. El destino. El nombre del capitán que mira para otro
EMMYA tres días de la boda, la casa se convierte en un desfile de modistas, floristas y cajas con lazos. Y en el centro de todo, dirigiendo como un general, Aimé.—¡El velo va así, no así! —le grita a una pobre costurera—. ¿Acaso no saben lo que es la elegancia?Me tienen de pie sobre un banquito, enfundada en un vestido de novia que me queda como un sudario. Odio cada segundo. Odio el encaje, odio los alfileres, odio sobre todo lo que significa: en tres días me caso con el hombre que vine a matar, delante de todos, y si no encuentro la forma de hundirlo antes, tendré que vivir la noche de bodas que llevo meses temiendo.Marcus entra a mitad de la prueba, me ve sobre el banquito y se le ilumina la cara.—Pareces un ángel —dice, y me besa la mano—. El hombre más afortunado del mundo. —Mira el reloj—. Tengo que salir a atender un asunto. Mi hijo lo supervisa. Volveré para la cena. —Se despide con otro beso y se va.Un asunto. El envío. Oliver está ahí fuera, en este momento, metiendo l












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