MasukJULIE
—¿Este cuál te parece?
—Oliver, no tengo tiempo para eso.
—¡Hasta para esto tenías que ser especial! —Dio vuelta a la revista y me la puso delante de la cara—. ¿A quién se le ocurre organizar una boda sin novio?
Habían pasado cinco meses desde que mi abuela entró a mi oficina exigiendo herederos.
Cinco meses en los que hice lo que hace cualquier persona sensata frente a una amenaza imposible: ignorarla. Me convencí de que se le pasaría, de que era un capricho, de que mi abuela olvidaría el asunto en cuanto apareciera un problema más urgente.
Hasta que hace un mes recibí un sobre en la oficina. Adentro había un documento perfectamente redactado, perfectamente legal y perfectamente aterrador: la autorización para mi destitución como presidenta. Firmada. Solo le faltaba la fecha.
Mi abuela no amenaza. Mi abuela avisa.
Así que empecé con los preparativos. El salón, las damas de honor, la lista de regalos, la cena de ensayo. Hasta las tarjetas estaban impresas, con letras doradas y todo. Bueno, en realidad los preparó Oliver junto a la organizadora de bodas; yo solo firmé los cheques, que es mi forma favorita de participar en cualquier evento social.
A veces lo miraba discutir con la planeadora sobre el tono exacto de las flores, con esa entrega que solo pone quien de verdad cree en el amor, y me daba un poco de lástima. Oliver organizaba la boda falsa más perfecta de la ciudad mientras su propia vida amorosa seguía tan vacía como mi lado del altar.
—Deberías montar tu propia boda con toda esta energía —le dije una vez.
—Para eso primero necesitaría a alguien que me aguante. —Se rio, pero la risa le salió un segundo corta—. Y esos, prima, escasean más que un buen esposo por el periódico.
Tenía una boda completa. Fecha, salón, invitados, menú.
Me faltaba un detalle menor: el novio.
—Estoy ocupada con algo más importante que un vestido. —Levanté el fajo de papeles que tenía en las manos—. El contrato nupcial.
Oliver se asomó por encima de la revista.
—¿Ya lo terminaron?
—Casi. Le pedí a mi mejor abogado que no dejara ni un cabo suelto. Separación total de bienes, confidencialidad, duración de un año exacto, causales de terminación anticipada, penalizaciones. —Pasé una hoja—. No tengo idea de quién será mi esposo, así que debo protegerme de todos los escenarios posibles.
—Pues si no hay novio, no hay contrato nupcial. —Cerró la revista de golpe—. Todo está listo, Julie. Todo. Solo faltan dos cositas: el vestido y el hombre. Sin eso no hay boda, hay una fiesta muy cara.
Odiaba cuando tenía razón. Le pasaba poco, pero cuando le pasaba, era insoportable.
El problema era que llevaba cinco meses repasando mentalmente a cada hombre que conocía y la lista se agotaba sola. Los socios querían mis acciones. Los conocidos, mi apellido. Los pocos que no querían nada de eso ya estaban casados, y los que quedaban salían corriendo apenas escuchaban mi nombre completo.
—Está bien. Me rindo. —Solté los papeles—. Voy a buscar a mi futuro empleado. Es decir, mi futuro esposo.
—Ni se te ocurra decir eso delante de los candidatos.
—Oliver, para mí eso es exactamente lo que va a ser. Un contrato de trabajo. Nada más.
—No es un contrato de trabajo. —Se cruzó de brazos—. No existe un solo contrato en esta empresa que obligue al empleado a acostarse con la jefa y darle un hijo. Créeme, revisé el manual.
Rodeé los ojos. No podía discutir su lógica, así que hice lo que hago siempre en esos casos: ignorarla.
—Tengo una idea —dijo, y se le iluminó la cara de una forma que nunca trae nada bueno—. Lo publicamos. Redes sociales, radio, televisión. "Se busca esposo".
—Te estás volviendo loco.
—¡Piénsalo! Tendrías miles de prospectos. Miles, Julie.
—Definitivamente te volviste loco.
—Si lo analizas bien, no es una locura completa.
Claro que era una locura completa.
Aunque…
—Tengo una idea mejor. Lo publicaremos en el periódico.
Oliver me miró como si le hubiera dicho que pensaba viajar en carreta.
—¿En el periódico? ¿El de papel? ¿El que se ensucia los dedos?
—Exacto. No quiero que mi abuela se entere de cómo estoy consiguiendo marido, y ella no lee clasificados. Además, casi nadie los lee. Solo vendrán los que de verdad estén interesados.
—Solo vendrán ancianos. Te lo firmo. Ancianos con boina y su perro.
—Voy a ser muy específica con los requisitos.
Busqué una hoja en blanco y empecé a escribir. Oliver se acercó a leer por encima de mi hombro, y a medida que avanzaba lo escuchaba resoplar cada vez más fuerte.
¡Se busca asistente!
Destacada empresaria busca a un hombre para desempeñarse como su asistente personal. Deberá cumplir con el siguiente perfil:
Edad: de 30 a 40 años
Coeficiente intelectual: 120 a 129Soltero, viudo o divorciadoSin hijosNo multimillonarioBuen estado físico y de salud.Los interesados deberán presentarse en las oficinas de Aseguradora Valencia el día viernes a partir de las 8:00 a. m.
Le entregué la hoja.
—¿Es en serio? —Oliver la leyó dos veces—. Ningún hombre va a cumplir con todo esto. Y otra cosa: ¿asistente? ¿Por qué, asistente?
—Porque si publico "se busca esposo", mañana estoy en la portada de todos los periódicos del país y pasado mañana estoy destituida. —Le di un golpecito al papel—. Buscamos un asistente. Solo el elegido sabrá la verdad.
—¿Y por qué tan exigente? Coeficiente intelectual, en serio…
—Si voy a casarme con alguien y tener un hijo suyo, prefiero que sea inteligente. No quiero a un anciano. No quiero a alguien con hijos, porque el mío tiene que ser el primogénito. Y no quiero millonarios, que son los peores: esos sí corren detrás de una fortuna.
—Está bien, lo llevo mañana. —Dobló la hoja y se la guardó en el saco—. Pero que conste que insisto: no va a venir nadie.
En algún lugar de esta ciudad tenía que existir ese hombre.
(...)
Llegué a casa pasadas las nueve, con el cuerpo pesado y la cabeza peor.
Mi casa era exactamente del tamaño de mi vida: tres habitaciones, una biblioteca pequeña, sala, cocina, un jardín demasiado grande para alguien que nunca sale al jardín y una piscina que uso una vez al año. Nada de espacio sobrante. Nada esperando a nadie.
—¿Qué tal tu día? —Dalila apareció en el umbral de mi puerta, secándose las manos en el delantal.
Mi nana tenía sesenta años y me había cuidado desde que yo cabía en sus brazos. Cuando mi madre empezó a hundirse y mi abuela se refugió en la empresa, Dalila fue la única que se quedó. La única que preguntaba cómo había estado mi día y esperaba de verdad la respuesta.
—Agotador. Solo quiero comer, bañarme y dormir. —Me dejé caer de espaldas en la cama—. Además, Oliver estuvo todo el día insistiendo con lo del matrimonio. Así que puse un plan en marcha.
Se lo conté con lujo de detalles. A Dalila siempre se lo cuento todo; es la única persona a la que le confieso mis planes antes de ejecutarlos, y la única que se atreve a decirme que son malos.
—Mi niña, eso es muy arriesgado. —Se sentó en la orilla de la cama—. Casarte con un desconocido no me parece nada bueno.
—Lo sé. Ya lo pensé. Puedo terminar casada con un asesino, un estafador, un ladrón, un drogadicto…
—¡O puedes enamorarte! —me interrumpió.
Me reí. Fue una risa corta y honesta, de las que salen cuando alguien dice algo verdaderamente absurdo.
—Estás loca, Dalila. Si no me enamoré en treinta años, con todos los hombres que han pasado a mi lado, dudo que vaya a pasarme con un desconocido que contraté por el periódico.
—Yo no entiendo estos matrimonios modernos. Cuando yo me casé fue para toda la vida. —Se le suavizó la cara, como siempre que lo nombraba—. Mi Rubén no era un hombre fácil, tuvimos nuestros problemas, pero los resolvimos. Treinta años, mi niña. Los mejores de mi vida.
—Tranquila, nana. Esto es un negocio. Nada de sentimientos.
Ella me miró un rato largo, como quien mira a un niño que promete no volver a acercarse al fuego.
—Eso mismo decía tu madre cuando se casó.
(...)
El viernes llegué a la empresa a las siete y media de la mañana, con el contrato bajo el brazo y la seguridad de que Oliver iba a tener razón por segunda vez en una misma semana: no vendría nadie.
Las puertas del ascensor se abrieron en el piso doce.
Y entonces lo vi.
La sala de espera estaba llena. El pasillo también. Había hombres sentados en el suelo, apoyados en las paredes, formados hasta el fondo del corredor. Trajes, jeans, uniformes de trabajo. Un tipo se había traído su propia silla plegable.
Oliver apareció entre la multitud, despeinado, con el nudo de la corbata a la altura del ombligo y una tabla en la mano.
—Buenos días, prima. —Tragó saliva—. Tenemos ciento cuarenta y tres candidatos.
JULIEAbrí la boca para contarle a Marcus todo lo de mi padre.Pero no llegué a decir una sola palabra, porque en ese instante se oyeron—Es Julieta. Ya después seguimos hablando. Bajamos juntos a la sala. Y sí: mi abuela acababa de llegar. Julieta Valencia se quitaba los guantes con esa elegancia suya de reina, y en cuanto me vio, su gesto se ablandó apenas.—Julie, vine en cuanto pude. Necesitamos hablar de esos malditos documentos, no voy a permitir que esa mujer nos…¡Marcus! —¡Julieta! —Marcus y mi abuela se saludaron—. Ya me estoy encargando de eso, te prometo que nadie les va a quitar la empresa. —Gracias Marcus yo…No terminó la frase.Porque la puerta principal se abrió de nuevo, sin que nadie la anunciara.—¡Buenas tardes! —La voz resonó desde la entrada, tranquila, casi despreocupada.Mi padre entró a la sala como si el mundo no se hubiera puesto de cabeza, como si nadie en esa casa lo odiara.—¿Tú qué haces aquí? —Marcus dio un paso al frente, y por primera vez en mi vid
JULIEMe miraba de perfil en el espejo, de lado, girándome, buscando alguna señal de esa pancita que el doctor Ernesto juraba que crecía dentro de mí. Nada todavía. Ocho semanas eran demasiado poco. Pero yo ya me llevaba la mano al vientre a cada rato, como si pudiera sentirlo, y me sorprendía sonriendo sola, en medio de todo el desastre, imaginando el día en que tuviera a mi hijo en brazos.Era lo único que me sostenía. Solo mi abuela y yo sabíamos sobre este embarazo. —¿Qué haces? —La voz de Oliver me sobresaltó desde la puerta.—Nada que te importe. —Solté el borde de la blusa de golpe y me giré.Y entonces lo vi.—¿Qué te pasó en la cara? —Crucé la habitación en dos pasos y le tomé la barbilla. Tenía el labio inferior partido, hinchado, con una costra oscura en la comisura—. Oliver. ¿Quién te hizo esto? —Un frío me subió por la espalda—. No me digas que te peleaste con Adrien. ¿Fue él? ¿Te hizo esto ese…?—No. —Apartó la cara, esquivo—. No fue ese inútil.—¡Oliver! —Lo miré fijo.
ADRIEN—¿¡Dónde está!? —Los gritos de un hombre me arrancaron del sueño—. ¡Cobarde! ¡Maldito! ¡No te escondas!Abrí los ojos de golpe. La cabeza me martillaba, el cuerpo entero me pesaba, pero esa voz la reconocería en cualquier estado. Me levanté a trompicones y bajé a la planta baja, de donde venían los gritos.Emmy sujetaba a Oliver por los brazos, cortándole el paso hacia las escaleras.—¡Maldito! ¡Al fin das la cara! —Oliver forcejeaba, rojo de furia, tratando de zafarse de mi hermana.—Suéltalo, Emmy. —Mi voz salió ronca.—Pero, hermano…—Que lo sueltes.Emmy obedeció a regañadientes. No pasaron ni dos segundos antes de que el primer puño de Oliver me estrellara la cara y casi me tumbara al suelo.—¡Oye! ¿Qué te pasa? —Emmy dio un paso, lista para intervenir.—¡Déjalo! —ordené, escupiendo el sabor metálico de la sangre.Mi hermana se hizo a un lado, apretando los puños, obligándose a mirar sin meterse. Y Oliver se me fue encima. Me golpeó en la cara, en las costillas, donde caye
ADRIENSuspiré. Ya no tenía caso seguir escondiéndolo. No con ella. Mi madre me conocía mejor que yo mismo, y estaba demasiado roto para inventar una mentira más esa noche.—Todo empezó con una llamada de mi jefe. —Me froté la cara con las manos húmedas—. Me asignaron una misión. Proteger a una mujer. Su padre me contrató, en secreto, porque estaba en peligro y él no podía acercarse. —Tragué—. Esa mujer era Julie.Mi madre no me interrumpió. Solo escuchaba, con las manos entrelazadas sobre el regazo.—Llegué a esa oficina creyendo que iba por un puesto de correspondencia, algo que me diera una excusa para estar cerca de ella. Pero Julie… Julie tenía otros planes. —Solté una risa amarga—. Necesitaba un esposo. Uno de mentira. Un hombre que firmara un contrato, fingiera amarla ante todos y le diera un heredero, todo para no perder su empresa por culpa de su abuela. Y yo dije que sí. Era la coartada perfecta. Podía protegerla teniéndola al lado día y noche, y de paso cobraba por hacerlo.
ADRIEN—Otro trago.—Señor, ya no puedo servirle más. —El barman me miraba con esa mezcla de lástima y hartazgo—. Lleva demasiadas esta noche.—Yo estoy pagando. Sírveme otro.Suspiró, pero acercó la botella y volvió a llenarme el vaso. Me lo tomé de un solo golpe. Ya ni siquiera me quemaba la garganta. Desde la décima copa había perdido la cuenta, y desde hacía rato el alcohol había dejado de hacer lo único que le pedía: borrarme la cara de Julie de la cabeza.Su cara. Esa era mi condena. Su rostro cuando entró a la habitación con las fotos arrugadas en el puño. La forma en que me suplicó que le dijera que era mentira.Y lo peor de todo era que sí. Era mentira. Todo.Yo le pagué al fotógrafo. Cada una de esas fotos las armé yo, hoja por hoja, encuadre por encuadre. Sí, tuve que besar a Miki —una vez, en una banca, para la cámara— y sus labios fueron lo más insípido que probé en mi vida. Ni de lejos se comparaban con los de Julie, que sabían a miel cada maldita vez.Sí, llevé a mi exm
JULIEUn dolor sordo me taladraba las sienes.Levanté la mano para sobármelas y una punzada me atravesó el dorso. Abrí los ojos despacio, con los párpados pesados como plomo, y lo primero que vi fue una aguja clavada en la vena de mi mano, conectada a una bolsa de suero que goteaba sobre mí.Después llegaron los sonidos. Un pitido rítmico, monótono. Una máquina contando mis latidos, uno por uno, como si alguien tuviera que recordarme que seguía viva.—Julie, mi niña. —Mi abuela apareció a mi lado, tomándome la mano con cuidado de no mover la aguja—. No te muevas. Tranquila.—¿Dónde…? —La garganta me raspó, seca—. ¿Dónde estamos?—En el hospital. Te desmayaste en la reunión. —Me apartó un mechón de la frente, y ese gesto, tan raro en ella, me asustó más que cualquier máquina—. Pero ya pasó. No fue nada grave.—¿La reunión? —Y entonces, como una ola negra, volvió todo. Las fotos. Caroline. Los documentos. Mi firma.Pregúntale a tu esposo. Él sabe mejor que nadie el día en que los firmas







