Mag-log inGiulia Punto de Vista
—Mamá, me alegro de saber de ti—, le digo al teléfono mientras contemplo el romántico resplandor que proyectan las hermosas y ornamentadas farolas de la calle debajo de mi ventana. Antes, le pedí a una de las camareras que subiera y me ayudara a quitarme el vestido de novia. Después, me di una ducha caliente larga y ahora estoy de pie junto a las altas ventanas con el camisón de color marfil y encaje que Louisa insistió en que me quedaba mejor.
Florentino se fue hace unas cuatro horas y todavía no ha vuelto. Sé que no está trabajando, así que probablemente esté por ahí con otra mujer, igual que papá. A él tampoco le importó exhibir a sus putas ante las narices de mamá.
Me convence aún más de que tengo razón en odiarlo. Me recuerda a mi padre en muchos aspectos. Pero, sobre todo, me odio más a mí misma por las reacciones insanas de mi cuerpo ante él. Ahora tengo muy claro que mi cuerpo siempre sucumbirá y me traicionará cuando se trate de él.
Ese último beso me persigue y me da curiosidad por saber cómo se sentirá más de él. Ni siquiera puedo creer que estos sean los pensamientos que pasan por mi mente, pero Thomas, todos los demás y su madre tienen razón. Florentino es un hombre increíblemente atractivo y peligroso. Lo deseo, tengo que admitirlo. Aunque sea solo una pequeña muestra. Sin embargo, arderé en el infierno antes de admitirlo ante alguien, incluso ante mí misma.
—¿Dónde estás?—, me pregunta mamá. Sé que está preocupada, pero intenta no demostrarlo. —¿Estás bien?—.
-Estoy bien, mamá. Estamos en París.
—¡Ah! ¿Ya estás de luna de miel?
—Sí. Al parecer, a Florentino no le gusta el pastel Red Velvet ni el glaseado de limón.
—¡Ah! —Se produce una breve pausa—. Deberíamos haberle consultado.
—Él no quiso que le consultaran—, recordé.
—Me siento muy tonta por interrumpirte en tu luna de miel. Apenas ha pasado un día y ya eres una mujer adulta, ya no una niña. Debes prestarle atención a tu marido. Me despediré. Llámame cuando tengas tiempo—.
-Oye, espera, no te vayas todavía...
Pero entonces oigo voces fuera del dormitorio y, como hasta ahora no ha habido más que susurros, inmediatamente supongo que Florentino ha vuelto y está hablando con sus hombres. Mi corazón empieza a latir desbocado al pensar en volver a verlo. Me encantaría seguir con la conversación con mi madre e ignorarlo o fingir que no me importa lo que haga, pero mi mente se ha quedado completamente en blanco.
—Es él ahora. Déjame llamarte luego, mamá.
Termino la llamada y corro a la cama. Aparto las sábanas, coloco el teléfono debajo de la almohada y me deslizo rápidamente entre las sábanas que huelen a limpio. Cierro los ojos, respiro lo más tranquilamente que puedo y finjo estar dormida. La puerta de la habitación se abre y se oyen unos pasos suaves.
Apenas me atrevo a respirar. ¿Qué está haciendo en mi habitación?
Oigo el suave ruido de la ropa cayendo al suelo.
Mi corazón se vuelve loco cuando la cama se hunde. Florentino se está subiendo a la cama conmigo. Me quedo quieta, pero mi cuerpo se calienta por su cercanía. ¿Se supone que debe compartir la misma cama conmigo? Quiero decir, es mi marido y todo eso, pero no tenemos porqué hacer esto. Nadie lo sabrá, así que ¿por qué diablos está aquí? Esta es una suite y hay otra habitación. De hecho, ese es el dormitorio principal.
Me llega un ligero aroma a perfume. Sé cómo huele Florentino: masculino, adictivo, letal. Un toque de almizcle y cítricos que me atrae contra mi voluntad. Pero este aroma es completamente diferente. Es suave, sensual y seductor. Un aroma de mujer.
Mi corazón se detiene. Literalmente se detiene.
¡El bastardo!
Abro los ojos de golpe, me alejo de él y me incorporo. Siento un dolor insoportable en el pecho que identifico como puro asco porque no soporto que sea otra cosa. No me importa con quién se acueste Florentino. Si alguna mujer quiere a mi guapo y atractivo marido, puede tenerlo. Es bienvenida a tenerlo.
Pero no tengo por qué saberlo y, definitivamente, no tengo por qué respirar el olor del perfume de otra mujer en mi propia cama. Todavía está un poco oscuro en la habitación, así que enciendo la luz de la mesilla de noche para buscar mis pantuflas. Necesito salir de aquí.
—Apaga esa m*****a cosa —gruñe suavemente.
Como un león. Tranquilo pero letal.
Nerviosa, me giro y veo los ojos grises de Florentino sobre mí, que parecen fríos en la superficie, pero brillan con mortales fragmentos de hielo.
—¡No me insultes!—, respondo, aunque mi coraje solo se extienda a las palabras.
Encuentro las malditas pantuflas y me las pongo, dejo deliberadamente la luz de la mesilla de noche encendida y me alejo de la cama. Florentino no responde, ni se mueve de su posición boca arriba. Me está mirando sin expresión. Estoy un poco sorprendida, tengo que admitirlo. Odio no obtener una reacción de él. ¿Cómo se atreve a quedarse ahí tirado como si nada hubiera pasado? ¿Cómo se atreve a quedarse ahí tirado cuando su cuerpo apesta al perfume de otra mujer?
Llego a la puerta, pero no puedo irme. Tengo que hacer algo más con mis palabras. —Y, a propósito, mi querido esposo, saldré más tarde hoy para encontrar un amante. Espero que no te despiertes, pero en caso de que lo hagas y no me encuentres, ahí es donde estaré—. Luego me doy la vuelta con elegancia para salir por la puerta.
—¿Qué acabas de decirme?—
Su voz es como un latigazo cervical y me detiene en seco. Se me pone la piel de gallina. Quiero salir caminando tranquilamente, pero no puedo. Simplemente no puedo. ¿Cómo puede una serie de siete palabras hacer que mis pies se queden clavados en el lugar? Su foto debería estar al lado de la palabra —Autoridad— en el diccionario.
Mi gran plan era pavonearme después de ese comentario punzante con los hombros rectos y la cabeza bien alta, pero ahora, estoy casi segura de que si doy un solo paso, será el último. Ahora solo puedo darme la vuelta para mirarlo a la cara. Lentamente, lo hago. Afortunadamente, no me está apuntando con un arma a la cabeza. Lo encuentro sentado en la cama, desarmado, pero sus ojos son implacablemente peligrosos. De alguna manera, se ve incluso más diabólicamente letal y atractivo que nunca sentado en la cama, sin camisa. Me obligo a recordar que estoy tan furiosa con él como él conmigo. Seguro que parece que espera que caiga de rodillas para suplicar piedad. Preferiría arder en el infierno.
—Ya me has oído —me armo de valor—. Si crees que eres el único que puede prostituirse, piénsalo otra vez.
—¿De qué carajo estás hablando?—
—¡Me casé con un genio! ¿Crees que soy estúpida? ¡Puedo oler a otra mujer en ti!—
Parece que le lleva un rato comprender lo que estoy diciendo, pero cuando lo hace, para mi gran sorpresa, sus labios se curvan hacia arriba en una sonrisa de alegría. Es la primera sonrisa real que he visto y lo hace parecer tan desenfadado como un pirata amante del mar.
—¿Estás celosa?—
—¿Celosa? —espeté incrédulo. El hombre era increíble—. Debes estar bromeando. Suponer que estoy celosa sería presumir que esperaba algún tipo de compromiso de tu parte hacia mí. O, en realidad, de mí hacia ti. Pero para que conste, debo dejar en claro que no me sorprende en lo más mínimo, ni esperaba que actuaras mejor. Sabía quién eras antes de esta farsa de matrimonio. Eres igual que mi padre, ¿no?
—No me parezco en nada a tu padre —me interrumpe Florentino, levantándose lentamente. Toda la diversión ha desaparecido. Su rostro es como un trueno. Hay una gran distancia entre nosotros, pero cuando se despliega en toda su altura, de repente parece que no hay suficiente espacio en la habitación—. Tu padre era un cobarde y murió a merced de sus enemigos como el perro desvergonzado que era.
Puede que no me agradara mi padre, pero odio aún más la falta de respeto de Florentino. —¿Un perro sinvergüenza? ¿Cómo te atreves a hablar mal de los muertos? ¿Crees que eres diferente a él porque eres el gran Don? Créeme, las similitudes entre tú y él son inherentes, mírate al espejo y…—
Florentino se mueve rápido. En un momento está acostado en la cama al otro lado de la habitación y al siguiente me aprieta contra la puerta, sus dedos rodeando mi cuello. No con fuerza, sino como bandas de terciopelo... Puedo sentir su rabia en mi piel.
GiuliaUN MES DESPUÉS—Gracias, Vance —digo con naturalidad, mientras bajo del vehículo frente al Pabellón Margaux, la casa de juego más exclusiva de París.Hacemos una bonita imagen de negro. Llevo un vestido negro hasta la rodilla que se ajusta a mi figura y resalta mis curvas. Es un poco inadecuado para el frío, pero en unas semanas no podré volver a usar vestidos ajustados como este durante mucho tiempo, pero Florentino aún no lo sabe. Lleva un traje negro y, como siempre, luce fenomenal.—No sé por qué elegiste venir aquí—, susurra Florentino en mi oído mientras entramos al edificio.Él no lo sabe, pero yo sé exactamente por qué elegí venir aquí.Cuando entro, inmediatamente escucho la voz suave y sensual de la única mujer que siempre quise volver a ver. Nina. Esta mujer entró en mi casa y se atrevió a hacerme sentir pequeña en mi propia casa al decirme que se había follado a mi marido. No puedo creer que la dejé marcharse sin derramar su sangre. Entonces era ingenua; ya no lo so
GiuliaComo si se diera cuenta de que su expresión es despreocupada, inmediatamente se la borra de la cara. Me pone de pie y se aleja tan rápido que parece que lo hubiera quemado. Pero lo agarro y trato de arrastrarlo hacia mí.—Giulia, no… —Su voz es áspera.Una vez le dije que no lo quería y me demostró que estaba mintiendo. Ahora es su turno. Dice que no me quiere, pero está mintiendo. Se lo demostraré. Me pongo de puntillas y reclamo sus labios. Se queda paralizado por la sorpresa y me aparto un poco, recorriendo su rostro con la mirada.—¿Por qué insistes en castigarnos? —susurro—. Somos más felices juntos.—No te quiero—, rechina.Le doy otro beso en los labios y su mano agarra mi cintura, pero no me aparta.—Dime que no me quieres y me iré —le desafío suavemente.Agarro su cinturón y comienzo a desabrocharlo.—Basta —dice con voz ronca, pero no hace nada para detenerme. Podría haberme detenido si hubiera querido.—Pararé —digo— cuando me digas que ya no me quieres.Le quito el
GiuliaSin ganas, saco mi equipaje de la zona de recogida de equipajes y me dirijo hacia la sala de llegadas mientras escruto con la mirada la multitud en busca del rostro de Giuseppe. Nonna Isadora me dijo que lo enviaría al aeropuerto para que me recogiera cuando llegara. Hay muchas caras, pero no hay ninguna de Giuseppe. Dejo de caminar y busco el teléfono en mi bolso.Cuando Nonna Isadora me invitó por primera vez a que me quedara con ella por un tiempo, me negué. Estaba de luto por la pérdida de mi hijo y por la impactante y abrupta destrucción de mi relación con Florentino. Estaba demasiado destrozada como para pensar siquiera en viajar a ningún lado. A pesar de que mamá y Louisa me aconsejaron hasta que se pusieron azules que yo no era la culpable. Fue el ataque lo que mató a mi bebé. Si no hubieran sido cuando lo hicieron, de una manera u otra habrían encontrado otra oportunidad.No fue mi culpaNo fue mi culpaFue el ataque.Me lo repitieron una y otra vez, pero no podía deja
Florentino—Te estás emborrachando —se queja Robert cuando tomo otro trago de mi vaso de whisky—. Ya casi has bebido la botella entera. No tomes más. —Alarga la mano para coger la botella que está sobre mi mesa y yo le agarro la muñeca, apretándola con los dedos hasta que hace una mueca de dolor.—No toques mi maldita botella, o te romperé la mano. —Me sirvo otro vaso de whisky. Tengo una gran tolerancia al alcohol, pero empiezo a sentirme un poco borracho. Aun así, bebo el alcohol de un trago y me sirvo otro.—Florentino… —le advierte Roberto—. No hagas eso.Miro alrededor de mi oficina antes de fijarme en él. —Es solo alcohol —le digo—. ¿Por qué hablas como si estuviera tragando veneno? Es whisky caro. Maldita sea. —Bebo el contenido del vaso de un trago y me arde el estómago.Cuando sirvo otro vaso, Dutch me arrebata la botella de la mano y se aleja varios pasos.—¡Cómo te atreves!——Lo siento, jefe —inclinó la cabeza—. Por favor, perdóname. Pero te estás matando. Por favor.—¡Por
GiuliaUna luz brillante e intrusiva se filtra a través de mis pestañas mientras lucho por abrir los ojos. Siento los párpados pesados como si tuviera piedras sobre ellos. Quiero abrir la boca para gritar contra el dolor que recorre mi cuerpo, pero siento como si mi boca estuviera llena de arena y algodón. Estoy atrapada en un cuerpo extraño y no sé cómo salir.—Está parpadeando —dice una voz familiar a mi lado. Lucho un momento antes de darme cuenta de que es Louisa.—¡Llama al médico!—Esa es mamá.—Llama al doctor, rápido, Louisa. Creo que está intentando abrir los ojos.Al oír la voz de mamá, lucho contra el dolor que me agobia y, tras varios intentos, logro abrir los ojos. Mi mirada se centra en mamá. Está de pie junto a mi cama y tiene los ojos rojos e hinchados de tanto llorar.—No llores, mamá.——Oh, Giulia —me agarra la mano entre las suyas—. Tenía tanto miedo. Mi bebé. Mi amor. Oh, gracias a Dios.Louisa y el médico entran a toda prisa en la habitación y, al verme despiert
Florentino—La cita está hecha—, dice Roberto.Asiento. —Bien.—Es hora de enterrar el hacha de guerra con Sal. De encontrarme con él cara a cara y decirle que no tiene sentido ir a por Franco o a por mi esposa porque la tierra que él cree que todavía pertenece a mi esposa ya es mía. Él lo creía porque deliberadamente mantuve en secreto mi absoluta propiedad de Terra De Rossi, que solo conocían Franco, su hijo y yo. Puse eso como condición de nuestro trato porque no quería que Giulia descubriera la verdadera razón por la que me casé con ella. Quería que creyera que me casé con ella por la tierra. Sabía que me odiaba y por todo lo que representaba, así que era la única forma que conocía de hacerla mía.Pero ahora que está embarazada del pequeño frijol, es hora de decirle la verdad. El pensamiento de mi esposa embarazada me hace sonreír tontamente, pero rápidamente la aparto de mi mente para poder concentrarme en la tarea que tengo por delante.—Esto funcionará—, dice Roberto. —Pero deb







