LOGINSiempre he sabido que mi cuerpo atrae todas las miradas. Cada curva cautivadora hace que la gente se gire a mirar, pero hay mucho más en mí de lo que se ve a simple vista. Soy una mujer segura de sí misma, juguetona, y me atraen los hombres que están a la altura de mi agudeza mental, que desafían mi seguridad y que, con una sola mirada imponente, son capaces de dejarme sin palabras. Curvas del Pecado: Deseos es una colección audaz de experiencias memorables protagonizadas por mujeres de curvas pronunciadas y hombres poderosos y carismáticos que saben cómo dejar huella. Desde un implacable director ejecutivo multimillonario, decidido a tener siempre la última palabra en su despacho de paredes de cristal, hasta misteriosos desconocidos a los que les encanta mantener a las mujeres en vilo: cada historia promete una emoción distinta. Estas mujeres poseen curvas irresistibles, una lengua afilada, secretos que proteger y una habilidad especial para verse envueltas en situaciones inesperadas. Los hombres con los que se cruzan son ambiciosos, impredecibles y están acostumbrados a conseguir siempre lo que quieren. Pero, cuando chocan personalidades fuertes, saltan chispas y nadie sale igual que como entró. Adéntrate en mundos lujosos y de alto voltaje, donde el poder se encuentra con la personalidad, la seguridad choca con la terquedad, y hasta los hombres más imperturbables descubren que hay mujeres imposibles de domar. Prepárate para diálogos ingeniosos, giros sorprendentes, emociones complejas, rivalidades divertidas y una química que te mantendrá enganchada a cada página. Una pequeña advertencia: estas historias podrían hacer que te sonrojes, que te quedes intrigada y que te preguntes qué pasará a continuación. Esta colección no es apta para personas apocadas. Prepárate para personalidades audaces, sorpresas emocionales, un encanto irresistible y encuentros inolvidables que dejarán una huella imborrable.
View MorePUNTO DE VISTA DE MARCY
Solo soy una chica que se ha negado a conformarse con menos, y sí, nunca me conformé con menos. Lo apliqué también en todas mis relaciones con hombres. Ups, perdón, en todas mis aventuras amorosas con hombres, siempre las mantuve transaccionales, simbióticas, dirían algunos; yo lo llamo negocios.
Peinándome mi cabello negro azabache, tan oscuro que con cierta luz parece casi azul, cada mechón vale más que el alquiler mensual de algunas personas, observé mi reflejo en el espejo de suelo a techo de mi ático. El cabello caía en cascada sobre mi espalda como una cascada sedosa, terminando justo por encima de la curva de mis nalgas. Mi estilista lo llamó "medianoche líquida" y me cobró 800 dólares por el privilegio. Valió la pena cada centavo cuando el objetivo es llamar la atención de hombres con cuentas bancarias millonarias.
Me puse un vestido lencero vintage de Chanel, de esos que susurran dinero sin gritarlo. La seda se ceñía a mis curvas como una segunda piel, el color champán realzaba mi bronceado dorado. El vestido había pertenecido a una socialité de los ochenta, pero lo había mandado a arreglar: lo acorté hasta justo debajo de la curva de mis glúteos, con una abertura lateral que dejaba entrever si llevaba ropa interior. (No la llevaba). Los finos tirantes apenas contenían mis pechos, los pezones presionando contra la tela de una forma que sugería que no llevaba sujetador. (No lo llevaba).
En mis pies, unos Jimmy Choo con tacones tan altos que deberían requerir licencia para usarlos. Alrededor de mi cuello, un colgante de diamante en una cadena de platino: lo suficientemente discreto como para no parecer una cazafortunas, pero lo suficientemente caro como para decir "pertenezco a este mundo". En mi muñeca, una pulsera Cartier Love que Drake me había regalado la semana pasada, valorada en 15.000 dólares. Una pequeña cantidad para él, pero una inversión importante para mi futuro.
El Mercedes-Maybach negro enviado por la familia de Drake llegó puntualmente a las 7:00 p. m. Ni un minuto antes, ni un minuto después. Así es como se maneja la alta sociedad: con precisión y puntualidad. Subí al vehículo, mis talones hundiéndose en la lujosa alfombra color crema que probablemente nunca había visto una mota de polvo. El conductor, un hombre de unos sesenta años con una mirada que lo había visto todo y no juzgaba nada, me sostuvo la puerta sin decir palabra.
El trayecto hasta la finca Harrington duró cuarenta y cinco minutos; cada kilómetro nos alejaba más de la ciudad y nos adentraba más en un mundo de riqueza heredada. Observé cómo el paisaje cambiaba de rascacielos de hormigón a céspedes impecablemente cuidados y verjas de hierro que parecían más obras de arte que medidas de seguridad. La finca Harrington no era solo una casa; era un complejo, un castillo moderno con muros de piedra que llevaban en pie más de dos siglos.
«Señorita Marcy», dijo el conductor al acercarnos a la casa principal, «el señor Harrington prefiere la puntualidad».
—Nunca llego tarde —respondí, mirándome por última vez en mi espejo—. Y solo soy Marcy.
El conductor asintió, pero sabía que seguiría usando mi nombre completo. La gente de la alta sociedad respeta la formalidad, incluso cuando te están haciendo el amor sin piedad.
Drake me esperaba en la entrada, luciendo elegante con su traje de Tom Ford, pero aún con un aire juvenil comparado con lo que se avecinaba. Me besó en la mejilla, sus labios se detuvieron un instante de más.
—Estás increíble —susurró, con la mano posesivamente en la parte baja de mi espalda.
—Me encanta complacer —respondí, mientras mis ojos ya recorrían el vestíbulo.
La mansión ancestral de los Harrington era exactamente lo que uno esperaría de una familia adinerada desde antes de que Estados Unidos fuera un país. Retratos al óleo de antepasados de semblante severo adornaban las paredes, sus ojos siguiéndome al pasar. Suelos de mármol tan pulidos que podía ver mi reflejo. Una imponente escalera que probablemente había presenciado más encuentros secretos que un motel de mala muerte.
—Padre, esta es Marcy —dijo Drake, conduciéndome hacia un hombre que irradiaba poder como un horno irradia calor.
El señor Harrington estaba junto a la chimenea, con una mano apoyada en la repisa de mármol y la otra sosteniendo un vaso de cristal con lo que sin duda era un whisky escocés muy añejo y muy caro. A sus sesenta y dos años, era todo lo contrario a Drake: curtido, experimentado, dominante. Su cabello plateado estaba perfectamente peinado, su traje hecho a medida y sus ojos, del color del acero, igual de duros.
—Marcy —dijo con voz profunda y pausada—. Drake me ha hablado de ti.
—Espero que solo cosas buenas —respondí, extendiendo la mano.
La estrechó con firmeza, rozando mi pulso con el pulgar. —Dijo que eras ambiciosa. Aprecio la ambición en una persona.
La cena transcurrió como de costumbre: gente mayor hablando de dinero viejo, gente joven intentando impresionarlos y yo, observando, calculando, planeando mi siguiente movimiento. Drake se sentó a mi lado, tocándome el brazo de vez en cuando, su posesividad aumentando con cada copa de vino que bebía. Interpreté mi papel a la perfección: reía en los momentos oportunos, mostraba interés en sus aburridas conversaciones sobre acciones y propiedades, y me posicionaba sutilmente como la pareja ideal para su preciado heredero.
Pero mi objetivo no era Drake. Era su padre.
El señor Harrington me observó durante toda la cena, con una mirada analítica y escrutadora.
Vio lo que Drake no vio: que bajo esa dulce fachada de novia se escondía un depredador igual que él. Éramos iguales, él y yo. Nos reconocimos al instante.
La oportunidad surgió cuando Drake se disculpó para atender una llamada. Negocios, había dicho. Probablemente su padre lo estaba poniendo a prueba, viendo si podía manejar una pequeña responsabilidad sin meter la pata.
"Es un buen chico", dijo el señor Harrington, colocándose a mi lado mientras yo admiraba un cuadro de algún antepasado fallecido de los Harrington.
"Lo es", asentí, girándome ligeramente para que mi vestido se subiera un poco más. "Pero los chicos crecen con el tiempo".
Sus ojos se posaron donde la tela se ajustaba a mi cadera. "Sí. Algunos más rápido que otros".
Ahí estaba. El momento. La encrucijada donde podía mantener la farsa o actuar.
Me giré completamente hacia él, mi mano rozando "accidentalmente" sus pantalones. Sentí que se tensaba, su respiración se entrecortaba casi imperceptiblemente.
—Drake habla mucho de ti —dije, bajando la voz casi a un susurro—. Te admira. Quiere ser como tú.
—Debería —respondió el señor Harrington, entrecerrando ligeramente los ojos—. Hay mucho que aprender.
—Aprendo rápido —dije, rozando su muslo con los dedos—. Sobre todo cuando el maestro tiene experiencia.
Su mano cubrió la mía; su agarre era firme, pero no doloroso. —Estás jugando con fuego, Marcy.
—Los juegos solo son peligrosos cuando no se conocen las reglas —respondí, echando la cabeza hacia atrás, dejando al descubierto mi garganta—. Siempre aprendo las reglas primero.
Miró a su alrededor, confirmando que seguíamos solos. —Sígueme.
Me condujo por un pasillo, pasando por habitaciones llenas de antigüedades de valor incalculable, hasta lo que parecía ser su estudio. La puerta se cerró tras nosotros, el sonido resonando en el silencio.
—Drake parece estar muy prendado de ti —dijo, sirviéndose otra copa.
—Estoy muy prendada de él —respondí, acercándome hasta sentir el calor que irradiaba su cuerpo—. Pero no es el único Harrington que me ha llamado la atención.
Se giró para mirarme, con una expresión indescifrable. —¿Ah, sí?
Levanté la mano y mis dedos recorrieron el contorno de su mandíbula. —Siempre me ha atraído el poder. La experiencia. Los hombres que saben lo que quieren y cómo conseguirlo.
Su mano se posó en mi cintura, atrayéndome hacia él. —¿Y tú qué quieres, Marcy?
—Quiero lo que siempre he querido —respondí, rozando sus labios con los míos—. Lo mejor.
Su boca reclamó la mía, su beso exigente, experimentado, nada que ver con las caricias tentativas de Drake. Su lengua separó mis labios, explorando, reclamando, afirmando su dominio. Le respondí de la misma manera, llevando mis manos a su cuello, enredando mis dedos en su vello púbico.
"No eres como las demás", murmuró contra mis labios, mientras sus manos recorrían mi cuerpo, apretando mis nalgas a través de la fina seda de mi vestido.
"No lo soy", asentí, presionándome contra él, sintiendo su dureza a través de sus pantalones. "Soy mejor".
Me hizo girar, inclinándome sobre su escritorio de caoba; la madera fría contrastaba fuertemente con el calor de mi piel. Sus manos subieron mi vestido, dejando al descubierto mis nalgas.
"Sin ropa interior", comentó, con voz ronca de aprobación. "Confiada".
"Preparada", corregí, mirándolo por encima del hombro.
Se desabrochó el cinturón; el sonido del cuero deslizándose por las trabillas metálicas me excitó más que cualquier juego previo. Cuando me penetró, fue con una sola y profunda embestida que me dejó sin aliento. Era más grande que Drake, más grueso, más exigente. Su ritmo era implacable, cada embestida me empujaba contra el escritorio, el borde se clavaba en mis muslos.
"Te gusta esto", dijo con voz ronca mientras me agarraba las caderas, tirando de mí hacia atrás para recibir cada embestida. "Te gusta que papi te folle".
"Sí", jadeé, mis dedos buscando agarre en la madera pulida. "Me gusta".
Su mano bajó sobre mi trasero, la fuerte bofetada resonó en la habitación. "Te gusta que te castiguen".
Arqueé la espalda, empujándolo, recibiéndolo más profundamente. "Me gusta que me den una lección".
Me folló con más fuerza, sus embestidas se volvieron erráticas, su respiración agitada. Podía sentir que perdía el control, y eso me excitó más que cualquier orgasmo. Yo le estaba haciendo esto.
TREINTA DÍAS EN EL INFIERNO 3«Gracias por tu preocupación; aunque te aseguro que nunca he confundido un apellido con una cualificación. Estaré encantada de hablar contigo sobre la situación financiera de la empresa, si prefieres una conversación que no gire en torno a mi aspecto o a mi relación con Alexander».Se hizo el silencio en la mesa.Alexander me miró con una expresión que no supe descifrar del todo.Victor se aclaró la garganta y cambió de tema.La cena continuó, aunque noté que Alexander se mostraba más atento cada vez que la conversación derivaba hacia la Fundación Blackwood o la historia de los negocios de su familia.En un momento dado, se inclinó hacia mí mientras los demás discutían una próxima adquisición.—¿Te lo estás pasando bien, o prefieres que te traiga algo más interesante?Mantuve la sonrisa para que lo vieran las personas sentadas frente a nosotros.—Estoy disfrutando de la oportunidad de descubrir cuántos hombres ricos pueden pasarse toda la noche hablando d
TREINTA DÍAS EN EL INFIERNO 2«Es precioso, pero espero que nadie espere que pague por las flores si se marchitan; nunca he logrado mantener una planta con vida más de tres semanas y odiaría empezar nuestro compromiso haciéndome responsable económicamente de una tragedia floral». La señora Collins se rió. «Las flores se cambian dos veces por semana, señorita Bennett, y no se le cobrará nada por los servicios incluidos en su alojamiento». Entré en la habitación, dejé el bolso sobre la cama y abrí el armario. Dentro había varios vestidos, un par de tacones elegantes y una selección de accesorios que, claramente, no provenían de mi equipaje. Me volví hacia la señora Collins. «¿Ha elegido Alexander esta ropa personalmente, o ha contratado a alguien cuya profesión consiste exclusivamente en vestir a mujeres según lo que los hombres ricos consideran atractivo?». «El señor Blackwood pidió a su estilista que preparara varias opciones para esta noche, pero le indicó que eligiera prendas
TREINTA DÍAS EN EL INFIERNO—Antes de que digas nada sobre mi padre, Alexander, quiero que entiendas que llevo quince años viviendo con preguntas sin respuesta. Si pretendes venderme otra mentira corporativa cuidadosamente empaquetada, te sugiero que nos ahorres a ambos el mal trago y me lo digas ahora mismo.Alexander levantó la vista de su escritorio cuando entré en su despacho por segunda vez aquella tarde. Su expresión no revelaba absolutamente nada, aunque la fotografía que descansaba junto a su mano derecha me indicó que esperaba mi regreso.—Has estado en mi despacho dos veces hoy, Amara, y en ambas ocasiones has llegado decidida a amenazarme, a insultar mi inteligencia o a acusarme de algo que aún no has demostrado. Así que, antes de continuar, ¿podrías explicarme por qué firmaste un contrato conmigo si crees que soy el responsable de la desaparición de tu padre?Cerré la puerta tras de mí y caminé hacia su escritorio, negándome a dejar que el entorno lujoso me distrajera de l
LA MUJER QUE DIJO «NO» 2Perspectiva de AmaraSentí esa pregunta más de lo que debería. —No te hagas ilusiones. —No lo hago. Me pregunto si siempre te pones tan a la defensiva cuando un hombre te mira. —Solo cuando parece que está calculando cuántos problemas puede causar antes de que le tire algo encima. Sonrió lentamente. —¿Y si te dijera que estoy calculando algo completamente distinto? —Entonces te diría que te guardes tus cálculos para ti. —Tomado nota. Se apartó, dándome espacio para respirar. Se lo agradecí. Pero también me molestó haberme dado cuenta de que lo hacía. Tomé el bolígrafo. Sin embargo, antes de firmar, pasé a la última página del contrato, donde se había adjuntado el cronograma de la auditoría interna. El número de caso de mi padre aparecía de nuevo, junto a una autorización para acceder, bajo supervisión, al archivo restringido. Miré a Alexander. —Si firmo esto, quiero tener acceso a los registros financieros relacionados con el Incidente 17B, suje


















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