LOGINAl día siguiente Drogo envió recado de que Bonita debía presentarse en la cena de la noche. Debía sentarse en el salón principal con el resto de la manada. Sin excusas.
Pasó la tarde en la habitación de los niños, moviéndose solo cuando era necesario. El sangrado había disminuido, pero el dolor seguía constante. Mira la ayudó a ponerse un vestido limpio y le arregló el cabello sin que se lo pidieran. La niña no hizo preguntas. Simplemente trabajó en silencio, con las manos pequeñas y cuidadosas. Cuando llegó el momento, Bonita dejó el ala lejana y caminó por el largo pasillo hacia el salón principal. Cada paso tiraba de su cuerpo. Mantuvo la espalda recta porque sabía que Drogo lo notaría si no lo hacía. El salón ya estaba lleno. Los miembros de la manada se sentaban en las largas mesas. La conversación bajó cuando ella entró. Drogo ocupaba la cabecera. A su lado había una mujer a la que Bonita solo había visto unas pocas veces antes: joven, de piel clara, con el cabello oscuro recogido y una expresión serena. Llevaba un vestido que la marcaba como alguien importante. La mano de Drogo descansaba cerca de la de ella sobre la mesa. A Bonita la dirigieron a un asiento al costado de la mesa principal, lo bastante cerca para oírlo todo y lo bastante lejos para estar a la vista. Se sentó con cuidado. La silla era dura. Mantuvo las manos en el regazo. Drogo no la saludó. Continuó hablando con la mujer a su lado como si Bonita no hubiera llegado. Después de unos minutos alzó la voz para que más personas del salón pudieran oírlo. —La ceremonia es en dos días —dijo—. La manada aceptará entonces a su nueva Luna. Después de eso se resolverán ciertos asuntos. Sus ojos se dirigieron a Bonita un breve instante y luego se apartaron de nuevo. La joven a su lado miró a Bonita una sola vez y después bajó la vista a su plato. No habló. Sirvieron la comida. Bonita se obligó a comer unos pocos bocados. La carne se le asentó pesada en el estómago. A su alrededor la gente comía y hablaba en voces más bajas de lo habitual. Sentía su atención incluso cuando fingían no mirar. Drogo habló otra vez, esta vez de forma más directa. —El primer deber de una Luna es darle un heredero al Alfa —dijo—. Hijos que lleven la línea de sangre y protejan a la manada. Sin eso, todo lo demás falla. Esperé más de lo que la mayoría habría esperado. Cinco hijos y ni un solo varón. Eso no es poca cosa. Cortó un trozo de carne y lo comió antes de continuar. —Las niñas no llevarán el nombre Blackthorn después de la ceremonia. Se les dará un lugar, pero no será como mis hijas reconocidas. La manada necesita claridad. Un Alfa no puede conservar recordatorios de fracaso en su casa. Los dedos de Bonita se clavaron en las palmas. Mantuvo los ojos en la mesa. Sentía la ausencia de Mira como un peso. Los niños no estaban presentes. Nunca lo estaban en las comidas formales. Algunos de los miembros mayores de la manada se removieron en sus asientos. Nadie habló en su contra. El Beta se sentaba más abajo en la mesa y miraba fijamente su plato. La partera principal estaba presente y mantenía el rostro inexpresivo. Drogo giró ligeramente la cabeza hacia Bonita. —Asistirás a la ceremonia —dijo—. Tú y las niñas estarán donde puedan ser vistas. No permitiré rumores de que huiste o te escondiste. Escucharás el anuncio y lo aceptarás sin problemas. ¿Entiendes? Bonita levantó los ojos hacia los de él. —Sí. —Bien. —Miró de nuevo a la mujer a su lado—. Entiende su posición. Eso es algo, al menos. La comida continuó. Drogo habló con la joven sobre asuntos de la manada y sobre las tierras que quedarían bajo su cuidado como nueva Luna. Le hizo preguntas sobre su familia y su salud. Ella respondió con calma. En un momento dijo, lo bastante alto para que los cercanos lo oyeran, que el sanador ya había confirmado que podía tener hijos sin dificultad. Bonita permaneció quieta y escuchó. Las palabras caían una tras otra. Pensó en el rostro callado de Mira aquella tarde y en el pequeño peso del bebé en sus brazos. Pensó en Lila, que todavía a veces extendía la mano hacia su padre cuando pasaba y luego la retiraba cuando él no la notaba. Pensó en las gemelas, que ya no lo intentaban en absoluto. Cuando la comida terminó, Drogo se levantó. El salón se levantó con él. Puso una mano en el respaldo de la silla de la joven mientras ella también se ponía de pie. Luego miró a Bonita una vez más. —Regresa al ala lejana —dijo—. Quédate allí hasta la ceremonia. No salgas de las habitaciones de los niños sin permiso. Bonita se levantó. Las piernas le temblaban. Se giró y salió del salón sin mirar a nadie. El pasillo parecía más largo que antes. Para cuando llegó al ala lejana, el vestido estaba húmedo de sudor por el esfuerzo de caminar erguida. Mira abrió la puerta antes de que pudiera llamar. Los ojos de la niña recorrieron el rostro de su madre y luego bajaron a la forma en que se mantenía en pie. —Ya estás de vuelta —dijo Mira. Bonita entró. Las otras niñas estaban despiertas. Lila sostenía al bebé. Las gemelas se sentaban juntas en la cama. Rosa se puso de pie al ver a su madre y luego se detuvo, insegura. Bonita cerró la puerta y se apoyó contra ella un momento. La habitación estaba cálida por el pequeño fuego. Se dirigió a la cama y se sentó con cuidado. Lila le trajo al bebé. Bonita tomó a la niña y la sostuvo contra su pecho. Mira se sentó a su lado. —¿Qué te dijo? Bonita miró a su hija mayor. No quería mentir, pero tampoco quería cargar todo el peso sobre una niña de ocho años. —Habrá una ceremonia en dos días —dijo—. Él está eligiendo una nueva Luna. Después de eso decidirá a dónde vamos. El rostro de Mira no cambió mucho. Solo asintió una vez. —¿Nos quedaremos juntas? —Todavía no lo sé. Los ojos de Lila se llenaron. Se los limpió rápidamente con el dorso de la mano. Las gemelas miraban sin hablar. El bebé emitió un pequeño sonido y giró el rostro hacia el vestido de Bonita. Bonita acomodó su agarre y comenzó a alimentarla. La habitación permaneció en silencio excepto por los suaves sonidos del bebé. Después de un rato Mira se acercó más y apoyó la cabeza contra el hombro de Bonita. Las gemelas se subieron a la cama y se apretaron contra sus piernas. Lila se sentó en el suelo cerca de sus pies. Permanecieron así hasta que el bebé terminó y se quedó dormida. Bonita la colocó en la cuna y luego se sentó de nuevo. No les contó el resto de lo que Drogo había dicho en la mesa. No les dijo que les quitarían los nombres ni que ya no serían reconocidas como sus hijas. Esas palabras podían esperar hasta que no tuviera otra opción. Mira finalmente ayudó a las menores a meterse en sus camas. Cuando la habitación quedó en orden, volvió y se sentó otra vez junto a Bonita. —¿Te duele? —preguntó. —Sí —respondió Bonita. Mira no ofreció consuelos vacíos. Solo se quedó allí, lo bastante cerca para que Bonita sintiera su calor.Dos días después la ceremonia de luna llena comenzó al anochecer. La manada se reunió en el gran claro detrás de la casa principal. Antorchas rodeaban los bordes y proyectaban una luz desigual sobre los rostros de la gente que se mantenía en filas. Bonita estaba de pie al frente con sus cinco hijas, exactamente donde Drogo había ordenado que estuvieran.Mira sostenía al bebé contra su pecho. Lila se mantenía a la derecha de Bonita, con los dedos enganchados en la tela del vestido de su madre. Las gemelas se apretaban cerca al otro lado. Ninguna de las niñas hablaba. Bonita mantenía una mano en el hombro de Mira y la otra apoyada con suavidad sobre la cabeza de Elena. El cuerpo aún le dolía, pero se obligó a permanecer erguida.Drogo estaba de pie sobre la plataforma de piedra elevada con la joven a su lado. Ella llevaba un vestido formal oscuro y mantenía la mirada al frente. El Beta y los ancianos de la manada se mantenían cerca. El resto de la manada llenaba el claro en silencio. Na
Al día siguiente Drogo envió recado de que Bonita debía presentarse en la cena de la noche. Debía sentarse en el salón principal con el resto de la manada. Sin excusas.Pasó la tarde en la habitación de los niños, moviéndose solo cuando era necesario. El sangrado había disminuido, pero el dolor seguía constante. Mira la ayudó a ponerse un vestido limpio y le arregló el cabello sin que se lo pidieran. La niña no hizo preguntas. Simplemente trabajó en silencio, con las manos pequeñas y cuidadosas.Cuando llegó el momento, Bonita dejó el ala lejana y caminó por el largo pasillo hacia el salón principal. Cada paso tiraba de su cuerpo. Mantuvo la espalda recta porque sabía que Drogo lo notaría si no lo hacía.El salón ya estaba lleno. Los miembros de la manada se sentaban en las largas mesas. La conversación bajó cuando ella entró. Drogo ocupaba la cabecera. A su lado había una mujer a la que Bonita solo había visto unas pocas veces antes: joven, de piel clara, con el cabello oscuro recogi
La tarde siguiente un sirviente vino a buscar a Bonita mientras ella seguía en la cama. Su cuerpo no se había recuperado. Cada paso le enviaba un dolor agudo por el bajo vientre y entre las piernas. Se movía despacio, una mano apoyada en la pared para mantener el equilibrio. El sirviente no ofreció ayuda. Solo esperó junto a la puerta y dijo:—El Alfa Drogo la quiere en su estudio ahora.Bonita se puso un vestido sencillo. Le quedaba holgado. Había perdido peso durante el embarazo y el parto le había quitado aún más. Se recogió el cabello con dedos temblorosos y siguió al sirviente por los largos pasillos de la casa de la manada. Los miembros de la manada se apartaban al verla. Algunos desviaban la mirada. Otros la observaban con abierta curiosidad. Nadie habló.La puerta del estudio ya estaba abierta. Drogo estaba de pie detrás de su escritorio, de espaldas a ella, mirando por la ventana. No se giró cuando ella entró. El sirviente se retiró y cerró la puerta.—Acércate —dijo.Bonita
La puerta se cerró tras Drogo y la habitación permaneció en silencio durante un largo rato. Solo los pequeños sonidos húmedos del bebé llenaban el espacio. Bonita la sostenía contra su pecho, sintiendo cómo el cuerpecito temblaba con cada llanto. Su propio cuerpo aún temblaba. Cada parte de ella dolía. La partera se acercó y extendió los brazos hacia la niña.—Luna, necesito limpiarla y revisarla bien.Bonita no la soltó al principio. Los brazos se le sentían trabados. La mujer esperó, paciente pero firme, hasta que por fin aflojó el agarre. En el instante en que el peso cálido la abandonó, el vacío la golpeó con fuerza. Observó cómo la partera llevaba al bebé hasta la mesa lateral, la limpiaba con cuidado y la envolvía en un paño limpio. La niña tenía el cabello oscuro, ya espeso, y una pequeña marca roja en el hombro izquierdo que parecía un creciente. Bonita la miró fijamente hasta que los ojos le ardiaron.—Está sana —dijo la partera sin levantar la vista—. Pulmones fuertes. Buen
Empuja.Empuja.Empuja.El grito de Bonita rasgó la cámara de parto cuando otra contracción la desgarró por dentro. El sudor empapaba el fino camisón que se le pegaba al cuerpo. Sus dedos se clavaron en los bordes de la cama de madera hasta que las uñas se partieron. El aire olía a sangre, hierbas y miedo.—Otra vez, Luna. ¡Empuja! —ordenó la partera principal, la voz afilada por la urgencia.Bonita empujó con todo lo que le quedaba. La visión se le nubló. En algún lugar más allá del dolor oyó el paso inquieto y pesado de botas frente a la puerta. El Alfa Drogo. Esperando. Exigiendo.El mago de la manada había jurado que este hijo era un varón. La había mirado a los ojos tres lunas atrás y lo había declarado con absoluta certeza. Un hijo. Un heredero. El que llevaría la sangre de los Blackthorn y gobernaría cuando Drogo ya no estuviera.Bonita había rezado para que fuera verdad. No por ella. Hacía mucho que había dejado de esperar bondad de su compañero. Rezaba por el niño. Por las cu







