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Capítulo 5: El Rugido del Silencio

Penulis: La Nemo Books
last update Tanggal publikasi: 2026-01-02 08:31:57

El rugido del motor del deportivo de Antonio era lo único que llenaba el vacío gélido de la noche mientras subían por la carretera sinuosa que conducía a la cabaña de la montaña. Mia estaba en el asiento del copiloto, con las manos apretadas con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Cada segundo que pasaba sin ver a Leo era una puñalada en su pecho. El pánico era una marea negra que amenazaba con ahogarla, pero no podía permitirse el lujo de desmoronarse. No ahora.

​Antonio conducía con una calma aterradora. Sus manos sobre el volante de cuero estaban relajadas, pero su mandíbula estaba tan tensa que parecía a punto de quebrarse. Sus ojos azules, fijos en la carretera iluminada por los faros, no mostraban rastro del hombre que alguna vez la había amado; solo quedaba el juez y verdugo.

​—¿Dónde está, Antonio? —preguntó Mia, su voz era un hilo quebradizo—. Por favor, dime que está bien. Él es solo un bebé. No tiene la culpa de nada.

​—La culpa siempre es de los padres, Mia —respondió él, sin mirarla. Su voz era plana, desprovista de emoción—. Tú elegiste esto el día que decidiste que el hijo de otro hombre valía más que nuestra promesa. Ahora, ese niño es mi única moneda de cambio para que me des el nombre del hombre que te alejó de mí.

​—¡No hay ningún hombre! ¡Te lo he dicho mil veces! —gritó ella, golpeando el tablero con desesperación—. ¡Estás cometiendo un error que no podrás perdonar nunca!

​Antonio no respondió. Frenó bruscamente frente a una cabaña de madera y piedra, aislada por un bosque de pinos que susurraban con el viento helado. La propiedad estaba rodeada por hombres de seguridad armados. En cuanto el coche se detuvo, Mia saltó fuera, corriendo hacia la entrada antes de que Antonio pudiera siquiera apagar el motor.

​El Encuentro en la Cabaña

​Al entrar, el calor de la chimenea la golpeó, pero no logró quitarle el frío de los huesos. En medio de la estancia, sobre un sofá de cuero, estaba Leo. El niño no lloraba, lo cual era peor; estaba inusualmente pálido, con la mirada perdida y respirando con dificultad. Elena estaba sentada a su lado, retenida por uno de los guardias, con el rostro bañado en lágrimas.

​—¡Leo! —Mia se lanzó hacia su hijo, tomándolo en brazos. El pequeño cuerpo del niño estaba ardiendo de fiebre y su respiración sonaba como un silbido asmático.

​—Se puso así en el trayecto, Mia —sollozó Elena—. El susto, el frío... tú sabes que no puede pasar por esto.

​Antonio entró en la cabaña con pasos lentos y pesados. Se detuvo a unos metros, observando la escena con una mezcla de repugnancia y una curiosidad que no podía ocultar. Ver a Mia abrazada a ese niño, protegiéndolo con su propia vida, encendió de nuevo el fuego de sus celos.

​—Vaya cuadro —dijo Antonio con amargura—. La madre abnegada protegiendo el fruto de su pecado. ¿Tan especial es su padre que estás dispuesta a ver cómo este niño sufre antes de entregarme su cabeza?

​Mia se giró hacia él, sentada en el suelo con Leo apretado contra su corazón. Sus ojos castaños estaban llenos de una furia que Antonio nunca había visto. Ya no era la asistente tímida, ni la ex prometida arrepentida; era una loba defendiendo a su cachorro.

​—¿Sufre? ¿Crees que esto es un juego de poder, Antonio? —la voz de Mia vibró con un odio puro—. Míralo. ¡Míralo bien! No está fingiendo. Leo no es una herramienta para tus venganzas enfermizas.

​Antonio se acercó, impulsado por una fuerza invisible. Se inclinó sobre ellos, con la intención de apartar a Mia del niño, pero cuando sus ojos se posaron en el rostro del pequeño, se quedó paralizado. Leo abrió los ojos, unos ojos azules que eran un espejo exacto de los de Antonio, y soltó un gemido de dolor, buscando el aire que sus pulmones se negaban a procesar.

​—Tiene que ir a un hospital —dijo Mia, las lágrimas cayendo sobre la manta del bebé—. Ahora mismo.

​—No irá a ninguna parte hasta que me digas quién es él —sentenció Antonio, aunque su voz flaqueó por un microsegundo al notar el parecido físico que su mente se negaba a aceptar—. No voy a dejar que te escapes con él para reunirte con tu amante.

​La Tortura Psicológica Final

​Antonio comenzó a caminar por la habitación, desvariando, preso de una psicosis alimentada por años de soledad y la creencia de haber sido reemplazado.

​—¿Es un artista como tú? ¿Es por eso que te fuiste? ¿O es uno de mis rivales? ¿Te ríes de mí cuando estás con él, Mia? ¿Le cuentas cómo el poderoso Antonio Sepúlveda no fue suficiente para retenerte? —él se detuvo y golpeó una mesa, haciendo que los vasos saltaran—. ¡Dime su nombre y dejaré que el médico lo vea! ¡Dime su nombre y esta pesadilla termina para el niño!

​Mia se puso de pie con dificultad, sosteniendo a Leo, quien empezó a toser de forma violenta, su rostro adquiriendo un tinte azulado bajo la luz de la chimenea. La falta de oxígeno era evidente. El estrés del secuestro había desencadenado una crisis respiratoria grave.

​—¿Quieres un nombre, Antonio? ¿Quieres saber quién es el hombre que me tocó, el hombre que me dio este hijo? —Mia caminó hacia él, desafiando la diferencia de estatura, desafiando el miedo—. ¡Mírate en un espejo, maldito psicópata!

​Antonio retrocedió un paso, confundido por la intensidad de sus palabras.

—¿De qué hablas? Estás delirando por el miedo...

​—¡No es miedo, es asco! —gritó ella, y el sonido resonó en toda la cabaña—. Te fuiste de mi lado esa noche antes de la boda para "cerrar negocios", me dejaste sola después de que te confesé que tenía miedo de tu mundo. ¡Huí porque descubrí que estabas dispuesto a matar por el Proyecto Fénix! ¡Huí porque ya estaba embarazada y no quería que mi hijo creciera con un monstruo como padre!

​Antonio se quedó mudo, su respiración se detuvo. El silencio que siguió fue más pesado que cualquier grito.

​—Leo tiene dieciocho meses, Antonio. Haz la cuenta, si es que tu cerebro podrido por los celos aún puede sumar —Mia se acercó tanto que su pecho chocaba con el de él—. ¡Él es tu hijo! ¡Es un Sepúlveda! Y lo estás matando por tu orgullo.

​

​Antonio miró al niño, y esta vez no vio el "hijo del rival", sino su propio reflejo sufriendo. El chupete azul, la foto tachada, el Proyecto Fénix... todo perdió sentido frente al jadeo agónico del pequeño Leo.

​—¡Está enfermo, Antonio! —le gritó Mia, sacudiéndolo por los hombros mientras las lágrimas la cegaban—. ¡Tiene una condición cardíaca congénita, la misma que tenía tu madre! ¡No puede estar bajo presión, no puede faltarle el oxígeno! ¡Si no lo llevamos a un hospital ahora mismo, su corazón se va a detener y tú serás su asesino!

​Antonio palideció hasta quedar del color de la ceniza. Sus manos empezaron a temblar mientras comprendía la magnitud de su locura. Había secuestrado, aterrorizado y llevado al borde de la muerte a su propio heredero por un fantasma de celos que él mismo había creado.

​—Yo... yo no sabía... —balbuceó Antonio, extendiendo una mano hacia el niño.

​—¡No lo toques! —rugió Mia, alejándose de él—. ¡Saca el coche o juro que te mataré yo misma!

​En ese momento, Leo dejó de toser. Sus ojos se cerraron y su pequeño cuerpo se quedó laxo en los brazos de Mia. El silencio que siguió fue el más aterrador de todos.

​—¡Antonio, no respira! —el grito de Mia rasgó la noche—. ¡Su corazón se detuvo!

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