FAZER LOGINResultaba increíble pensar que aquel hombre de aspecto tan frío tuviera la capacidad de mover influencias en esta ciudad y, sin embargo, estuviera allí de pie, inmóvil junto al marco de la puerta, esperando únicamente que una profesora de danza aprobara el gesto cariñoso de su hija.
—Gracias, mi amor —le dije a Audrey en un murmullo cálido, sosteniendo el ramo con una delicadeza extrema para no estropear los pétalos—. Son las flores más hermosas que me han regalado en mucho tiempo. —¿De verdad de verdad, Elodie? —De verdad de verdad, Audrey. La niña se arrojó hacia adelante y se enganchó a mi cuello para darme un abrazo tan efusivo y repentino que casi me hace perder el equilibrio sobre los talones. En ese preciso instante, cualquier pensamiento distante, duda o formalidad hacia aquel hombre se desvaneció por completo entre los brazos pequeños de Audrey. Con las niñas no hay barreras ni reservas que valgan; ante el cariño sincero y transparente de una pequeña, simplemente me rindo. —Un detalle así es demasiado, mi amor, no tenías por qué molestarte tanto —comenté en un murmullo sincero mientras me incorporaba despacio, acomodando el gran ramo entre mi brazo izquierdo y mi costado para no dañarlo. —¿Decía algo respecto a las flores, señorita Leclerc? —preguntó Dante con su voz grave, elevando apenas una ceja oscura mientras me observaba desde la distancia. —Nada en absoluto, señor Romano. Solo le decía a Audrey que es un detalle precioso y muy generoso Él no pareció del todo convencido por mi respuesta rápida, aunque prefirió no presionar sobre el tema. Me alejé unos pasos hacia el lateral del estudio para colocar el ramo sobre la superficie pulida del piano de cola, aprovechando ese breve trayecto de espaldas para serenar mis expresiones, respirar profundo y evitar que se notara lo mucho que me había tomado por sorpresa la presencia y la atención de ese hombre. Cuando regresé al centro de la pista, volví a dirigirme a él con un tono completamente tranquilo y profesional. —Señor Romano, la próxima vez que decida enviar un detalle como este al estudio, deje que Audrey vuelva a elegir la combinación completa. Tiene un gusto verdaderamente excelente. Dante arqueó la ceja un poco más, manteniendo esa postura erguida que llamaba la atención de cualquiera que estuviera en la habitación. A nuestro alrededor, algunas de las madres sentadas en los sofás contuvieron el aliento en un silencio tenso, como si temieran que una interacción tan directa y sin rodeos fuera a provocar una molestia en el hombre. —Tomo nota de su recomendación —contestó él finalmente, con el eco de su voz profunda resonando con suavidad entre las paredes del salón—. Procuraré recordar que en este lugar el criterio de mi hija es el que manda. —Me parece una decisión muy sabia de su parte. Él caminó despacio hacia el fondo del estudio, cuidando la pisada de sus calcetines oscuros sobre la pista brillante, y apoyó la espalda contra el revestimiento de madera noble, permaneciendo con los brazos cruzados sobre el pecho en una actitud serena pero atenta. Me sostuvo la mirada de forma fija durante esos diez segundos característicos suyos, sin parpadear un solo instante, y por primera vez en toda la tarde creí percibir un pequeño destello de curiosidad contenida detrás de su semblante impenetrable. —Es usted una mujer con un carácter sumamente firme, señorita Leclerc. —Simplemente me gusta mantener el orden y la claridad en mi salón de clase, señor Romano. Eso es todo. Me di la vuelta sobre mis talones para dar por terminada la conversación privada y me ubiqué en la parte central del estudio, donde las doce alumnas del grupo ya esperaban alineadas en una fila recta con las manitas asentadas con firmeza en las caderas, mostrando esa concentración pura e ingenua que solo tienen los niños cuando intentan hacer algo bien frente a un adulto. —Muy bien, mis niñas —dije, proyectando la voz con la calidez habitual con la que iniciaba cada jornada—. Hoy vamos a repasar la postura de la reverencia desde el principio. Por favor, colóquense todas en sus posiciones correspondientes sobre la pista. Caminé despacio entre las dos filas que se habían formado, corrigiendo la inclinación de un codo por aquí, ajustando la colocación de un pie torcido allá y dando pautas suaves, mientras la música del piano comenzaba a llenar todo el espacio con notas melódicas y pausadas. Cuando llegué al puesto que ocupaba Audrey, la vi bajar la cabecita con una torpeza francamente adorable: había colocado el pie derecho demasiado adelante sobre la línea y lucía una sonrisa radiante que sobrepasaba por completo la solemnidad del movimiento tradicional. Aplaudí suavemente con las palmas para motivarla a corregir el paso, porque en este salón el entusiasmo sincero y las ganas de intentar siempre valen muchísimo más que una técnica perfecta durante los primeros días de aprendizaje. Esta pequeña, con su alegría espontánea, su falta de pretensiones y su mirada llena de ilusión cada vez que me miraba, se estaba ganando un espacio muy grande en mi corazón mucho más rápido de lo que yo me habría atrevido a admitir en voz alta. —Excelente trabajo, Bianca —le hablé un momento después a la hija de la señora Fontanelli, que se esforzaba visiblemente por mantener la espalda completamente recta y la barbilla elevada—. Estás marcando los pasos con mucha precisión y elegancia, solo recuerda no apresurar la salida del movimiento para no perder la compostura. Por el rabillo del ojo noté cómo la señora Fontanelli asentía satisfecha desde su asiento en la sala de espera, absolutamente convencida de que mis palabras hacia la niña confirmaban la distinción natural de su hija sobre las demás. No creí necesario aclarar nada más ni matizar el comentario, y me limité a continuar con el desarrollo previsto para el grupo. La sesión transcurrió con fluidez entre intentos de giros simples, pequeños desequilibrios inevitables sobre la pista y risas contagiosas de las niñas que se levantaban sin dudarlo tras cada tropiezo leve. En un par de ocasiones dirigí la mirada hacia el fondo del estudio casi por pura inercia: Dante Romano continuaba allí, firme, erguido e inmóvil contra la pared, siguiendo cada pequeño avance de Audrey con una devoción tan absoluta y silenciosa que resultaba verdaderamente conmovedor ver a un hombre de su porte dedicado por entero a la felicidad de su pequeña. Al dar por terminada la clase con la reverencia final, las familias se acercaron hasta el límite de la pista para recoger a las niñas entre recomendaciones sobre la postura, abrigos ligeros para la brisa de la tarde y despedidas afectuosas. La señora Fontanelli se aproximó una última vez para reiterarme con tono suave la importancia de la posición central de Bianca para las siguientes semanas de ensayo, a lo que respondí con una inclinación de cabeza cortés antes de despedirme definitivamente de todas las madres. Audrey se despidió de mí con un enérgico saludo con la mano desde la puerta mientras su padre le ayudaba a colocarse los zapatos, dejándome una última mirada limpia antes de perderse por el pasillo principal. El ramo de peonías permanecía intacto sobre la superficie pulida del piano, luciendo precioso con sus tonos claros frente a la luz del atardecer que entraba por los ventanales. Lo contemplé en silencio mientras acomodaba el material de la sesión y ordenaba el espacio, reconociendo para mis adentros que Dante Romano transmitía un aura imponente y compleja que no dejaba a nadie indiferente a su paso, pero que la verdadera razón por la que su presencia resultaba tan envolvente en mi espacio era la paciencia infinita con la que cuidaba a esa niña. Guardé mis pertenencias en el bolso de mano, tomé el pesado ramo entre mis brazos sintiendo el aroma fresco de las flores y abandoné el salón de danza con paso tranquilo.Resultaba increíble pensar que aquel hombre de aspecto tan frío tuviera la capacidad de mover influencias en esta ciudad y, sin embargo, estuviera allí de pie, inmóvil junto al marco de la puerta, esperando únicamente que una profesora de danza aprobara el gesto cariñoso de su hija. —Gracias, mi amor —le dije a Audrey en un murmullo cálido, sosteniendo el ramo con una delicadeza extrema para no estropear los pétalos—. Son las flores más hermosas que me han regalado en mucho tiempo. —¿De verdad de verdad, Elodie? —De verdad de verdad, Audrey. La niña se arrojó hacia adelante y se enganchó a mi cuello para darme un abrazo tan efusivo y repentino que casi me hace perder el equilibrio sobre los talones. En ese preciso instante, cualquier pensamiento distante, duda o formalidad hacia aquel hombre se desvaneció por completo entre los brazos pequeños de Audrey. Con las niñas no hay barreras ni reservas que valgan; ante el cariño sincero y transparente de una pequeña, simplemente me r
VIERNES 16, JULIO 2021. ELODIE. El reloj de pared del vestíbulo de la Academia Aurora marcaba las cuatro y cuarenta de la tarde cuando la señora Fontanelli decidió que era el momento adecuado para abordar mi espacio personal. Llevaba exactamente diez minutos explicándome, con una elocuencia casi dramática, las razones por las cuales su hija Bianca debía ocupar de manera permanente el lugar central de la primera fila durante las rutinas de baile. Hablaba con una seriedad pasmosa, ajustando con delicadeza la tira de su bolso de diseñador sobre el hombro, como si de esa posición física dentro del salón dependiera el futuro entero de la niña. —Es una cuestión de proyección visual pura y dura, señorita Leclerc —insistía, bajando levemente el tono para darle un matiz confidencial a sus palabras, aunque lo suficientemente alto como para que las demás madres sentadas alcanzaran a escucharla—. Bianca posee una presencia escénica natural que simplemente se diluye si usted la coloca en los
En el coche, Luca me miró por el retrovisor con una inocencia que no le había visto ni el día que le disparó a un hombre en Nápoles.—Ni una palabra —le advertí.—Yo no he dicho nada, jefe.—Tu cara dice bastante.—Mi cara siempre ha sido muy expresiva. No es mi culpa.—Pues disciplínala. Me está costando no bajarte del coche en marcha.—Con este tráfico llegaría antes caminando que usted en el asiento de atrás.—Con este tráfico, a ti te daría tiempo a repensar toda tu vida antes de llegar.—Ya la repensé una vez, jefe. Por eso trabajo para usted.No le contesté, porque tenía razón, y darle la razón a Luca en voz alta era un lujo que no pensaba concederle dos veces en el mismo día.El trayecto a casa fue corto, con Audrey narrando entre bostezos cada segundo de la clase que ya empezaba a mezclarse en su memoria con los cuentos que le leía antes de dormir. Me contó que Valeria tenía el moño torcido, que otra niña se había caído dos veces sin llorar, y que las reverencias servían para
Audrey seguía sujeta a mi mano —sin soltar tampoco la de Elodie— y me miraba con esos ojos verdes tan parecidos a los míos que a veces daba miedo mirarla directamente, porque era como mirarme a mí mismo antes de que el mundo me enseñara a no confiar en nadie. Esperaba una palabra. Una sola. Y yo, que había pasado la tarde decidiendo si un hombre merecía seguir caminando, no sabía qué hacer con una niña que me pedía algo tan simple como para siempre.«Siempre» era una palabra peligrosa. Más peligrosa que cualquier contrato que hubiera firmado en mi vida, porque los contratos se rompen con abogados y esto se rompía con lágrimas antes de dormir.Me agaché hasta quedar a su altura, con las rodillas crujiendo por la tarde entera en los muelles, y le puse un dedo en la punta de la nariz.—Las promesas grandes se hacen con papeles, cucciola —dije, bajando la voz hasta ese tono que solo usaba con ella, el que ningún hombre de mi organización había escuchado jamás y que esperaba que ninguno es
La directora parpadeó y, después, sonrió con una satisfacción que decía mucho de sus años de experiencia. —Muy bien. En Aurora no aceptamos a cualquiera, señor Romano: cada grupo tiene solo doce plazas y la lista de espera supera el año. Elegimos a nuestras alumnas con el mismo cuidado con el que elegimos a nuestras profesoras. Casualmente, esta semana quedó una plaza libre en el grupo de iniciación para las más pequeñas, que lleva la profesora Elodie Leclerc. La escogimos entre más de cuarenta candidatas. Llegó de París hace unos meses, con títulos excelentes, y tiene un don especial para las niñas tímidas; y su hija, si me permite decirlo, tiene toda la pinta de ser tímida. No pregunté si la plaza estaba libre por casualidad o por mi apellido. Prefería no saberlo. —Elodie Leclerc —repetí, y grabé el nombre en la memoria. Luca ya sabría qué hacer con él: por muy buenas referencias que tuviera, nadie se acercaba a mi hija sin que yo supiera hasta el color de su primer diente de lec
MIÉRCOLES 14, JULIO 2021.ROMA, ITALIA.DANTE.El puerto olía a sal, a combustible y a miedo, y los tres aromas juntos me resultaban tan familiares como el perfume de mi propia casa.Eran las dos de la tarde. El sol caía a plomo sobre los contenedores y volvía el agua de un verde turbio, de ese que solo se ve en los muelles donde nadie viene a pasear. Yo estaba sentado en una silla de metal, con las piernas cruzadas y una calma que me había costado años fabricar. Frente a mí, de rodillas sobre el cemento húmedo, Renato Bellini sudaba a través de su camisa carísima.—Fue un error de contabilidad, Dante —balbuceó—. Te lo juro por mis hijos.—No jures por tus hijos —respondí sin levantar la voz—. Es de mala educación mentir con ellos de testigos.Bellini tragó saliva con tanta fuerza que se le movió la nuez. A mi espalda, Luca, mi mano derecha desde hacía quince años, apoyaba el hombro contra una grúa y fingía un enorme interés por sus uñas. Los demás hombres formaban un semicírculo sile







