FAZER LOGINVIERNES 16, JULIO 2021.
ELODIE. El reloj de pared del vestíbulo de la Academia Aurora marcaba las cuatro y cuarenta de la tarde cuando la señora Fontanelli decidió que era el momento adecuado para abordar mi espacio personal. Llevaba exactamente diez minutos explicándome, con una elocuencia casi dramática, las razones por las cuales su hija Bianca debía ocupar de manera permanente el lugar central de la primera fila durante las rutinas de baile. Hablaba con una seriedad pasmosa, ajustando con delicadeza la tira de su bolso de diseñador sobre el hombro, como si de esa posición física dentro del salón dependiera el futuro entero de la niña. —Es una cuestión de proyección visual pura y dura, señorita Leclerc —insistía, bajando levemente el tono para darle un matiz confidencial a sus palabras, aunque lo suficientemente alto como para que las demás madres sentadas alcanzaran a escucharla—. Bianca posee una presencia escénica natural que simplemente se diluye si usted la coloca en los extremos del salón. Es una lástima desperdiciar ese talento en las esquinas. —Todas las niñas rotan de posición durante los ejercicios, señora Fontanelli —le expliqué con voz paciente, suave y pausada, manteniendo los brazos cruzados con tranquilidad frente a mi torso—. Es la metodología que aplicamos en la academia para que todas las alumnas desarrollen la misma confianza y el mismo sentido del espacio en la pista. —Ya, entiendo la teoría pedagógica, pero comprensiblemente, Bianca destaca sobre el resto —repuso la mujer, esbozando una sonrisa fina que no le llegaba a los ojos—. Deberíamos potenciar esas virtudes desde ahora, sobre todo pensando en cuando lleguen las evaluaciones formales de fin de curso. —Las evaluaciones son en diciembre, señora Fontanelli. Aún nos quedan muchísimas semanas de trabajo por delante. —Nunca es demasiado temprano para asegurar el progreso de una niña con futuro. Sonreí con la boca cerrada, ofreciéndole ese tipo de sonrisa amable, ensayada y profundamente respetuosa que llevaba puliendo desde que llegué a Roma. En esta ciudad había descubierto rápidamente que muchas familias de clase alta ponían unas expectativas desmedidas sobre los hombros de sus hijas desde que estas apenas aprendían a atarse las zapatillas. Por dentro sabía perfectamente que si situaba a Bianca en el centro todo el tiempo, las demás niñas no tendrían la misma oportunidad de aprender, equivocarse y destacar a su propio ritmo. Sin embargo, preferí manejar la situación con la máxima diplomacia posible. Una cosa importante había aprendido en el tiempo que llevaba trabajando en la academia: los anhelos y las exigencias de los padres con recursos se atienden siempre con calma, tacto y mucha prudencia. —Claro que sí —dije en su lugar, inclinando ligeramente la cabeza en señal de cortesía—. Tendré muy en cuenta el desarrollo de Bianca durante las clases. Agradezco que se tome el tiempo de comentarme sus inquietudes. Saber escuchar a los padres era una parte fundamental de mi trabajo como profesora, aunque al final, cuando la música comenzaba a sonar y las puertas se cerraban, el criterio técnico dentro de la pista siempre debía ser el mío. Cuando la señora Fontanelli al fin pareció darse por satisfecha con mi respuesta y se alejó hacia la zona de descanso con paso firme, respiré hondo para liberar la tensión acumulada en los hombros. Me giré hacia la parte posterior del salón y acomodé con suavidad las pequeñas banquetas acolchadas que utilizaban las niñas antes de la lección. El ambiente del gran salón olía como siempre a esa hora del día: una mezcla tibia, dulce y reconfortante de talco infantil, agua de lavanda. Me acerqué al enorme espejo biselado montado en el fondo de la pared para comprobar mi reflejo y ajustar el moño de mi peinado, admirando la pulcritud imponente de unas instalaciones donde cada detalle, desde la iluminación tenue hasta el suelo de danza impecable, estaba diseñado para la excelencia. A las cinco menos diez en punto, el suave mecanismo magnético de la puerta de entrada anunció la llegada de nuevos visitantes. El murmullo constante de las madres que aguardaban cómodamente sentadas en la sala de espera cesó casi de golpe, cayendo en un silencio tenso que se podía sentir en el aire. No hizo falta que nadie me avisara de quién se trataba; la reacción del entorno era siempre la misma señal inconfundible. Entró Audrey corriendo hacia el centro de la pista, con dos trenzas impecables que le caían a los lados del rostro y un tutú rosa de tul suave que revoloteaba a cada paso que daba. Con solo observar el remate de las costuras, la calidad del tejido y la caída de la tela, resultaba evidente que aquella prenda debía de haber costado bastante más que mi alquiler completo de este mes en el centro de la ciudad. Detrás de ella caminaba su padre. El hombre alto, de hombros anchos y traje oscuro sobre el que once mujeres habían estado cuchicheando en susurros durante la sesión anterior, y al que yo había recibido en su momento con la misma cortesía limpia y profesional que le ofrecía a cualquier otro familiar que pisaba la academia. Lo observé detenerse justo al borde de la alfombra de la entrada y quitarse los zapatos con una solemnidad pausada y calculada: primero el pie izquierdo, luego el derecho, manteniendo una expresión tan sumamente seria en el rostro que me costó un esfuerzo tremendo no dejar escapar una sonrisa. Había algo genuinamente impactante en ver a un hombre de presencia imponente, sobre el cual corrían rumores interminables por todos los pasillos respecto al alcance de sus negocios en Italia, descalzarse sobre el parquet pulido con la disciplina impecable de quien respeta profundamente las normas del lugar. Había un contraste fascinante en toda esa escena que resultaba, sencillamente, cautivador de contemplar. —Buenas tardes, señor Romano —saludé desde mi posición, manteniendo la voz serena y articulada. —Señorita Leclerc —respondió él, inclinando apenas la cabeza. Nada más. Tal como la vez anterior. Empezaba a sospechar que ese hombre medía cada una de sus palabras exactas con una balanza invisible en su mente: solo pronunciaba lo estrictamente justo y necesario, sin regalar jamás una sola sílaba de más a los desconocidos. —Elodie, Elodie —Audrey corrió hasta detenerse frente a mí y me tiró del borde de la falda con esa prisa adorable y desesperada de los niños que llevan un gran secreto guardado desde hace horas—. Cierra los ojos. Por favor, ciérralos ya. —¿Cerrar los ojos? —pregunté y al mismo tiempo me agaché un poco sobre mis rodillas, quedando a la altura de sus ojos brillantes llenos de emoción. —Sí, ciérralos de verdad, sin hacer nada de trampa. Obedecí de inmediato y escuché el leve crujido de un envoltorio de papel, un resoplido de esfuerzo infantil acompañado por un pequeño tropiezo. —¡Ya puedes abrirlos! ¡Abre los ojos! Abrí los ojos despacio. Un ramo hermoso, tupido y de un tamaño considerable, compuesto por peonías blancas y rosas de tono antiguo, me extendía Audrey, con cuidado tome el ramo. Estaba cuidadosamente envuelto en un papel craft sobrio y ajustado en la parte inferior con un lazo de raso rosa que venía un poco deshecho. No eran flores improvisadas compradas a toda prisa en la esquina de la calle. Tenían la marca inconfundible y la elegancia de esas floristerías exclusivas donde se preparan arreglos personalizados bajo pedido previo. —Son para ti —anunció Audrey con el pecho inflado de orgullo, mirando el arreglo con verdadera devoción—. Papi llamó por teléfono a una señora que arma ramos preciosos en una tienda grande, y yo misma elegí el color del lazo para que combinara con mi ropa. Alcé la vista por encima de la cabeza de la pequeña para mirar directamente a su padre. Dante continuaba de pie junto a la entrada, sin pronunciar una sola palabra, pero la marcada firmeza de sus facciones parecía atenuarse levemente mientras esperaba mi reacción con un detenimiento mucho mayor del que intentaba aparentar con su postura distante.Resultaba increíble pensar que aquel hombre de aspecto tan frío tuviera la capacidad de mover influencias en esta ciudad y, sin embargo, estuviera allí de pie, inmóvil junto al marco de la puerta, esperando únicamente que una profesora de danza aprobara el gesto cariñoso de su hija. —Gracias, mi amor —le dije a Audrey en un murmullo cálido, sosteniendo el ramo con una delicadeza extrema para no estropear los pétalos—. Son las flores más hermosas que me han regalado en mucho tiempo. —¿De verdad de verdad, Elodie? —De verdad de verdad, Audrey. La niña se arrojó hacia adelante y se enganchó a mi cuello para darme un abrazo tan efusivo y repentino que casi me hace perder el equilibrio sobre los talones. En ese preciso instante, cualquier pensamiento distante, duda o formalidad hacia aquel hombre se desvaneció por completo entre los brazos pequeños de Audrey. Con las niñas no hay barreras ni reservas que valgan; ante el cariño sincero y transparente de una pequeña, simplemente me r
VIERNES 16, JULIO 2021. ELODIE. El reloj de pared del vestíbulo de la Academia Aurora marcaba las cuatro y cuarenta de la tarde cuando la señora Fontanelli decidió que era el momento adecuado para abordar mi espacio personal. Llevaba exactamente diez minutos explicándome, con una elocuencia casi dramática, las razones por las cuales su hija Bianca debía ocupar de manera permanente el lugar central de la primera fila durante las rutinas de baile. Hablaba con una seriedad pasmosa, ajustando con delicadeza la tira de su bolso de diseñador sobre el hombro, como si de esa posición física dentro del salón dependiera el futuro entero de la niña. —Es una cuestión de proyección visual pura y dura, señorita Leclerc —insistía, bajando levemente el tono para darle un matiz confidencial a sus palabras, aunque lo suficientemente alto como para que las demás madres sentadas alcanzaran a escucharla—. Bianca posee una presencia escénica natural que simplemente se diluye si usted la coloca en los
En el coche, Luca me miró por el retrovisor con una inocencia que no le había visto ni el día que le disparó a un hombre en Nápoles.—Ni una palabra —le advertí.—Yo no he dicho nada, jefe.—Tu cara dice bastante.—Mi cara siempre ha sido muy expresiva. No es mi culpa.—Pues disciplínala. Me está costando no bajarte del coche en marcha.—Con este tráfico llegaría antes caminando que usted en el asiento de atrás.—Con este tráfico, a ti te daría tiempo a repensar toda tu vida antes de llegar.—Ya la repensé una vez, jefe. Por eso trabajo para usted.No le contesté, porque tenía razón, y darle la razón a Luca en voz alta era un lujo que no pensaba concederle dos veces en el mismo día.El trayecto a casa fue corto, con Audrey narrando entre bostezos cada segundo de la clase que ya empezaba a mezclarse en su memoria con los cuentos que le leía antes de dormir. Me contó que Valeria tenía el moño torcido, que otra niña se había caído dos veces sin llorar, y que las reverencias servían para
Audrey seguía sujeta a mi mano —sin soltar tampoco la de Elodie— y me miraba con esos ojos verdes tan parecidos a los míos que a veces daba miedo mirarla directamente, porque era como mirarme a mí mismo antes de que el mundo me enseñara a no confiar en nadie. Esperaba una palabra. Una sola. Y yo, que había pasado la tarde decidiendo si un hombre merecía seguir caminando, no sabía qué hacer con una niña que me pedía algo tan simple como para siempre.«Siempre» era una palabra peligrosa. Más peligrosa que cualquier contrato que hubiera firmado en mi vida, porque los contratos se rompen con abogados y esto se rompía con lágrimas antes de dormir.Me agaché hasta quedar a su altura, con las rodillas crujiendo por la tarde entera en los muelles, y le puse un dedo en la punta de la nariz.—Las promesas grandes se hacen con papeles, cucciola —dije, bajando la voz hasta ese tono que solo usaba con ella, el que ningún hombre de mi organización había escuchado jamás y que esperaba que ninguno es
La directora parpadeó y, después, sonrió con una satisfacción que decía mucho de sus años de experiencia. —Muy bien. En Aurora no aceptamos a cualquiera, señor Romano: cada grupo tiene solo doce plazas y la lista de espera supera el año. Elegimos a nuestras alumnas con el mismo cuidado con el que elegimos a nuestras profesoras. Casualmente, esta semana quedó una plaza libre en el grupo de iniciación para las más pequeñas, que lleva la profesora Elodie Leclerc. La escogimos entre más de cuarenta candidatas. Llegó de París hace unos meses, con títulos excelentes, y tiene un don especial para las niñas tímidas; y su hija, si me permite decirlo, tiene toda la pinta de ser tímida. No pregunté si la plaza estaba libre por casualidad o por mi apellido. Prefería no saberlo. —Elodie Leclerc —repetí, y grabé el nombre en la memoria. Luca ya sabría qué hacer con él: por muy buenas referencias que tuviera, nadie se acercaba a mi hija sin que yo supiera hasta el color de su primer diente de lec
MIÉRCOLES 14, JULIO 2021.ROMA, ITALIA.DANTE.El puerto olía a sal, a combustible y a miedo, y los tres aromas juntos me resultaban tan familiares como el perfume de mi propia casa.Eran las dos de la tarde. El sol caía a plomo sobre los contenedores y volvía el agua de un verde turbio, de ese que solo se ve en los muelles donde nadie viene a pasear. Yo estaba sentado en una silla de metal, con las piernas cruzadas y una calma que me había costado años fabricar. Frente a mí, de rodillas sobre el cemento húmedo, Renato Bellini sudaba a través de su camisa carísima.—Fue un error de contabilidad, Dante —balbuceó—. Te lo juro por mis hijos.—No jures por tus hijos —respondí sin levantar la voz—. Es de mala educación mentir con ellos de testigos.Bellini tragó saliva con tanta fuerza que se le movió la nuez. A mi espalda, Luca, mi mano derecha desde hacía quince años, apoyaba el hombro contra una grúa y fingía un enorme interés por sus uñas. Los demás hombres formaban un semicírculo sile







