—No es cierto —insistí.Se rio y, de pronto, se desabrochó el cinturón de seguridad y se inclinó hacia mí. Su intenso aroma masculino me envolvió. Del susto, contuve la respiración; el corazón me latía como un tambor.—¿Qué…? ¿Qué haces?No respondió. Se limitó a estirar el brazo por delante de mí y abrió la guantera de mi lado.Observé, paralizada, cómo pasaba el brazo frente a mi pecho. El borde de la manga de su camisa me rozó la piel y me hizo estremecerme.Sacó una botella de agua, la destapó y me la ofreció.—Beba un poco. Relájese.Tomé la botella como una autómata, pero me temblaban las manos y derramé el agua sobre el vestido.El agua fría empapó la seda, que se pegó a la piel de mi pecho y dejó entrever el contorno de los cubrepezones.—Perdón —dije, abochornada.—No importa. —Dylan miró mi pecho empapado y se le oscureció la mirada.Sacó varios pañuelos, pero, en vez de dármelos, me cubrió el pecho con ellos. Su palma tibia quedó apoyada sobre mi pecho, separada de la piel a
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