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Capítulo 4

Author: Leep
—No es cierto —insistí.

Se rio y, de pronto, se desabrochó el cinturón de seguridad y se inclinó hacia mí. Su intenso aroma masculino me envolvió. Del susto, contuve la respiración; el corazón me latía como un tambor.

—¿Qué…? ¿Qué haces?

No respondió. Se limitó a estirar el brazo por delante de mí y abrió la guantera de mi lado.

Observé, paralizada, cómo pasaba el brazo frente a mi pecho. El borde de la manga de su camisa me rozó la piel y me hizo estremecerme.

Sacó una botella de agua, la destapó y me la ofreció.

—Beba un poco. Relájese.

Tomé la botella como una autómata, pero me temblaban las manos y derramé el agua sobre el vestido.

El agua fría empapó la seda, que se pegó a la piel de mi pecho y dejó entrever el contorno de los cubrepezones.

—Perdón —dije, abochornada.

—No importa. —Dylan miró mi pecho empapado y se le oscureció la mirada.

Sacó varios pañuelos, pero, en vez de dármelos, me cubrió el pecho con ellos. Su palma tibia quedó apoyada sobre mi pecho, separada de la piel apenas por los finos pañuelos. Todo mi cuerpo se tensó y mi mente quedó en blanco.

¡Cómo… cómo se atrevía! ¡Jefferson estaba en el asiento trasero! Miré el retrovisor por instinto. Jefferson dormía profundamente, sin enterarse de nada.

Eso no me hizo sentir a salvo; al contrario, hizo que la culpa de serle infiel resultara aún más excitante.

—No se mueva —dijo con voz ronca mientras me sujetaba para impedir que forcejeara—. Va a mojar el asiento.

Con aquella excusa tan conveniente, empezó a secarme el escote con los dedos, en movimientos lentos y circulares. Aquello no parecía un intento de secar el agua, sino de… manosearme. Los pañuelos pronto se empaparon y quedaron semitransparentes, adheridos a mi piel.

A través de aquella frágil barrera, la yema de uno de sus dedos encontró ese punto tan sensible de mi pecho y empezó a frotarlo con la presión justa.

—Mmm…

Me mordí el labio inferior para contener aquel gemido vergonzoso. Mi cuerpo no tardó en reaccionar a la forma en que me estimulaba. Mis pezones se endurecieron sin que pudiera evitarlo y presionaron su palma a través de los pañuelos y los cubrepezones empapados.

Al notarlo, su sonrisa se ensanchó. Sus movimientos se volvieron más atrevidos. Abrió la mano, abarcó uno de mis pechos y lo moldeó a su antojo. Sentía que estaba a punto de hacer una locura.

Mi esposo yacía en el asiento trasero, mientras otro hombre jugaba así con mis pechos ahí mismo, en el asiento delantero.

El semáforo cambió a verde. Por fin retiró la mano y arrojó los pañuelos empapados.

Todavía sentía el calor de su palma y el delicioso hormigueo que el roce de sus dedos había dejado en mis pechos.

El auto volvió a ponerse en marcha. Creí que aquella tortura por fin había terminado. No me lo esperaba. Mientras conducía con calma, apartó la mano derecha del volante y la posó sobre mi muslo.

A través de la tela fina, apoyó la palma ardiente sobre la piel fría de mi muslo. El contraste de temperaturas me estremeció.

—Tiene unas piernas preciosas —comentó con descaro, sin apartar la mirada del camino—. Son perfectas para unas medias.

Deslizó la mano despacio por la curva de mi muslo, cada vez más arriba. Por cada centímetro que avanzaba, mi corazón latía más rápido. El vestido se me había subido demasiado; si su mano seguía avanzando, llegaría a…

Cerré las piernas, nerviosa, en un intento por detener su invasión. Sin embargo, mi débil resistencia pareció una invitación para él. Su mano llegó sin esfuerzo a mi entrepierna.

Una vez más, deslizó los dedos bajo mi vestido, hacia mi sexo. Esta vez no vaciló y apartó el borde de mi tanga empapada. Cuando habló, se le notaba la sonrisa.

—Parece que… ya llevaba un buen rato mojada.

El aire frío y sus dedos ardientes rozaron al mismo tiempo mi sexo húmedo...

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