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Capítulo 3

Author: Lara Dimson
KIRA

Mi madre me dio la cachetada.

La fuerza del golpe me hizo girar la cabeza hacia un lado y sentí un sabor metálico en la boca. La pastelería comenzó a dar vueltas a mi alrededor mientras intentaba mantenerme en pie.

—¿Cómo te atreves a irte cuando te estamos hablando? —dijo mamá con tono frío—. Es una foto, Kira. Solo una foto por el cumpleaños de tu hermana. ¿En serio es demasiado pedir?

Me llevé una mano a la mejilla ardiente e intenté hablar, pero sentía que la garganta se me cerraba. La reacción alérgica había empeorado.

Antes de que pudiera pronunciar una palabra, Maeve lanzó un jadeo. Maeve se quedó rígida y cayó al piso de la pastelería.

—¡Maeve! —Archer alcanzó a sostenerla antes de que se golpeara la cabeza contra las baldosas y la recostó con cuidado—. ¡Que alguien llame a la sanadora!

Mamá se arrodilló junto a Maeve.

—Cariño, ¿qué te pasa? ¡Háblame!

Los ojos de Maeve se volvieron hacia atrás y ella empezó a convulsionar. Sus brazos y piernas se sacudían mientras la espuma le cubría los labios.

Papá palideció.

—Es la maldición. Necesita una transfusión de sangre o morirá.

Damien salió corriendo hacia la puerta.

—¡Voy por la bolsa de sangre de emergencia que tenemos en el auto!

Todos rodearon a Maeve. Yo me quedé apartada y olvidada, y cada vez me costaba más respirar.

Menos de un minuto después, Damien irrumpió en la pastelería, presa del pánico.

—¡La bolsa de sangre no está! ¡Seguro que la dejamos en casa cuando salimos a toda prisa esta mañana!

—¿Qué? —preguntó papá con voz quebrada por el miedo—. ¡Busca otra vez!

—¡Ya lo hice! ¡No está!

La pastelera se acercó, nerviosa.

—Hay un almacén al fondo con una mesa limpia. Pueden usarlo si necesitan un lugar privado. Así no tendrán que hacerlo aquí, a la vista de todos.

Mamá levantó la mirada hacia la pastelera, agradecida.

—Gracias. Nos servirá.

Archer alzó a Maeve en brazos y la llevó hacia el fondo de la pastelería. Todos lo siguieron, excepto yo.

Papá se volvió hacia mí y me clavó la mirada.

—Kira. Ahora.

Intenté explicarles que tenía anemia aplásica, que Aurora estaba muy débil y que mi médula ósea ya no funcionaba bien. Pero la orden de Alfa de mi padre me obligó a obedecer antes de que pudiera explicarme.

—Entra y dale sangre a tu hermana.

Mi loba gimió. Obedecí sin poder controlar mis movimientos y los seguí hasta el almacén.

La pastelera había despejado una mesa metálica y Archer recostó a Maeve sobre la mesa. Seguía convulsionando y todo el cuerpo le temblaba.

Por un instante, la mirada de papá se perdió mientras se comunicaba a través de un enlace mental.

—Contacté a la sanadora de la manada. Viene en camino —dijo con voz tensa. Menos de dos minutos después, la sanadora entró con el maletín médico abierto.

—Tengo que intentar... —empecé a decir.

—Siéntate y extiende el brazo —ordenó la sanadora sin mirarme.

—Por favor, escúcheme...

Damien me sujetó por los hombros y me obligó a sentarme en una silla junto a la mesa.

—¡Deja de hacerte la difícil! ¿No ves que Maeve se está muriendo?

—Mi anemia aplásica...

—¡Basta de excusas! —chilló mamá, presa del pánico—. ¿Tu hermana está convulsionando y tú te preocupas por un simple pinchazo? ¿Quieres que muera?

La sanadora ya me ajustaba el torniquete al brazo y me desinfectaba la piel con una gasa empapada en alcohol.

—Esto es diferente —intenté explicar con voz débil—. La sanadora del centro de curación dijo que...

—No me importa lo que haya dicho nadie —dijo papá, enrojecido por la ira y el miedo—. Maeve necesita sangre y vas a dársela. Se acabó la discusión.

Archer se arrodilló junto a Maeve, que seguía convulsionando, y le tomó la mano.

—Por favor, Kira. Te lo suplico. Sálvala.

Los miré a todos y entendí que nada de lo que dijera importaría. A sus ojos, Maeve se moría mientras yo seguía sana y de pie.

Jamás me creerían. La aguja penetró en mi piel y vi cómo mi sangre corría por el tubo hasta la bolsa de recolección. Casi de inmediato, sentí que la habitación empezaba a dar vueltas.

Aurora gimió en mi mente: “No podemos seguir. Ya no nos queda suficiente”.

“Lo sé”, le respondí mentalmente.

Pero la sanadora mantuvo la aguja en mi brazo y llenó varias bolsas mientras las convulsiones de Maeve se calmaban poco a poco.

Mi visión se nubló y aparecieron manchas oscuras en los bordes de mi campo visual. Sentía el corazón esforzarse por hacer circular por mi cuerpo la poca sangre que me quedaba.

La reacción alérgica a los frutos secos agravaba mi estado. Tenía la garganta casi cerrada y cada respiración era una lucha.

—Ya es suficiente —dijo al fin la sanadora al retirar la aguja de mi brazo.

Enseguida empezó a transfundir mi sangre a Maeve. A los pocos minutos, Maeve abrió los ojos. Recuperó el color en las mejillas y su respiración se estabilizó.

—¡Maeve! —Mamá rompió a llorar y la abrazó—. ¡Gracias a la Diosa de la Luna! ¡Estás bien!

Archer apoyó la frente contra la mano de Maeve.

—Me asustaste muchísimo.

Maeve habló en un susurro.

—Lo siento. No quería arruinar mi cumpleaños.

—No arruinaste nada, cariño —le aseguró papá mientras le apartaba el cabello de la cara—. Ya todo está bien.

Intenté ponerme de pie, pero las piernas no me sostuvieron. Me desplomé de nuevo en la silla y todo el cuerpo me temblaba.

Nadie se dio cuenta. Todos rodeaban a Maeve; lloraban, la abrazaban y le decían lo valiente que era. Me llevé una mano a la garganta. Ya no podía respirar bien. Cada inhalación era como intentar aspirar aire a través de una pajilla.

—Necesito... —Intenté hablar, pero mi voz no pasó de un susurro.

Por fin, Damien se volvió hacia mí. Me miró con repugnancia.

—Mírenla. Donó un poco de sangre y actúa como si estuviera muriendo.

—Yo mismo la vi dudar antes de aceptar salvar a Maeve —continuó—. En serio tuvo que decidir si dejaba morir a su gemela.

Mamá me miró decepcionada.

—Eres una vergüenza. ¿Qué clase de persona duda cuando un familiar se está muriendo?

—Eso no... —No logré terminar la frase. Tenía la garganta demasiado hinchada.

—Siempre has sentido celos de Maeve —dijo papá con dureza—. Pero jamás creí que caerías tan bajo como para negarle ayuda mientras Maeve convulsionaba.

Archer ni siquiera quiso mirarme.

—Pensé que eras buena persona, Kira.

Maeve intervino con un murmullo.

—Por favor, no se enojen con ella. Seguro que solo estaba asustada. No quiso vacilar.

Sus palabras empeoraron las cosas.

Ahora no solo era una desalmada, sino también una cobarde.

Damien me agarró del brazo y me levantó.

—Debes aprender que en esta familia no toleramos el egoísmo.

Me arrastró fuera del almacén, donde Maeve seguía acostada, y me condujo hasta otra puerta al fondo de la pastelería.

—¿Qué haces? —Intenté zafarme, pero estaba demasiado débil.

—Darte una lección.

Me dio un fuerte empujón y caí de rodillas en un pequeño armario de suministros. Antes de que pudiera darme vuelta, la puerta se cerró y escuché el clic de la cerradura.

Archer se enderezó un poco cuando Damien me agarró del brazo; entrecerró los ojos, como si algo no le cuadrara. Por un instante, creí que diría algo. Entonces Maeve gimió apenas y Archer dejó de prestarme atención. Volvió a arrodillarse junto a ella y así volvieron a olvidarme.

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