Se connecterEl registro mercantil tardó dos días en darme el nombre de la sociedad. El lunes a las nueve lo tenía escrito en la pizarra de la sala de juntas, debajo del logotipo de mi empresa, y catorce personas esperaban sentadas. No las había convocado para informarles. Las había convocado para que vieran a Ricardo Salvatierra salir de mi edificio con una advertencia delante de testigos. Entró sin abogado y se quedó de pie al otro extremo de la mesa.
El registro mercantil tardó dos días en darme el nombre de la sociedad. El lunes a las nueve lo tenía escrito en la pizarra de la sala de juntas, debajo del logotipo de mi empresa, y catorce personas esperaban sentadas. No las había convocado para informarles. Las había convocado para que vieran a Ricardo Salvatierra salir de mi edificio con una advertencia delante de testigos. Entró sin abogado y se quedó de pie al otro extremo de la mesa.—Bastión Seguridad Privada—dije, y toqué la pantalla para que el acta subiera al proyector—. Once años de actividad. Un solo socio: Inversiones Salvatierra.Nadie se movió. Sandoval dejó el bolígrafo encima de la carpeta. Al fondo, alguien cerró una libreta con demasiado cuidado.—Esa es la empresa que firma la autorización que me mandaste el viernes. Usé el número de registro del pie del do
El coche negro del cruce no volvió a aparecer en las dos noches siguientes.A las siete del jueves despaché al chofer y al guardia del turno de noche. Lo hice con la voz de quien reparte una tarea: «Mañana tienen doble turno, descansen.» Ninguno preguntó nada.Una vez por semana hago el recorrido sola: ascensor, sótano dos, columnas, mi coche al fondo. Es la única media hora del día en la que nadie decide por mí.En el ascensor giré la llave entre los dedos y no apreté el botón del guardia. Esta noche saco yo el coche de aquí.El botón siguió encendido en rojo mientras el suelo bajaba. Pensé en la agenda del viernes, en las dos juntas que había movido para estar a esta hora, en la cama. Nada de eso pesaba más que el pedazo de cemento que me faltaba cruzar.El edificio se quedó sin voces antes de las ocho. Se apagaron los p
La caja llegó a las diez y cuarto, con el mensajero todavía en el umbral cuando ya la tenía entre las manos. Sin remitente. La cinta de papel marrón cedió con un tirón y el aire de la oficina se llenó de un olor a viejo que no supe nombrar. Dentro, envuelto en seda gris, un libro. La cubierta gastada en las esquinas, la sobrecubierta con una mancha de café que yo misma había dejado ahí una tarde de lluvia, hacía tres años. Lo abrí en la página marcada. Un separador de plata, delgado como una hoja de cuchillo, con una sola palabra grabada. Y una tarjeta.«Algunas cosas las he guardado siempre.»No había firma. No hacía falta.—¿Lo devuelvo, señorita? —preguntó Andrea desde la puerta, con esa voz neutra que usaba cuando algo la inquietaba y no quería admitirlo—. El mensajero dijo que no había dir
Me sequé las palmas en el borde del atril antes de que el moderador me cediera el turno. No había micrófono para mí, solo el del piso, y tuve que inclinarme para alcanzarlo. La sala de prensa olía a café recalentado y a laca para el pelo. Cuarenta periodistas, tres cámaras, y en la primera fila Ricardo, con el saco abierto y el gesto de quien ya ganó el día. —Una pregunta de contexto—dije, y mi voz sonó más firme de lo que esperaba—. En el informe de tesorería de este trimestre aparece una desinversión en la ronda semilla de una empresa de logística, hace tres años y dos meses. ¿Pueden confirmar la fecha exacta? El moderador parpadeó. Ricardo no. —La desinversión se ejecutó el catorce de marzo—contestó él, sin mirar papeles—. Fue una decisión de portafolio. Como todas. —El catorce de marzo—repetí—. Y el anuncio de expansión de su división de transporte salió a bolsa once días después. Con el capital liberado. Un murmullo recorrió la sala. Levanté una hoja im
El lunes lo pasé en Querétaro. No en la ciudad: en el expediente. El director legal cumplió su palabra y la carpeta estaba en mi mesa a primera hora, gruesa, con carpetas por semanas y nombres que no recordaba haber leído. Empecé por el último mes, que era el de los despidos, y leí hasta la hora de comer.El martes lo pasé igual. El miércoles por la mañana, con los ojos ardidos, cerré la carpeta y me dije que el bosque que había visto en la presentación no había sido más que un mareo, que el ámbar del espejo era la luz del baño, que el cuerpo me pedía dormir y no historias. El miércoles por la noche casi me lo creo. El jueves por la mañana ya sabía que mentía. Lo que no sabía era por qué me daba tanto miedo decírmelo.Por eso mandé el mensaje un jueves por la noche, con la mano firme y el corazón en la garganta.Mañana, ocho de la tarde. El restaurante de siempre. Tenemos que hablar.Tardé cuarenta minutos en escribirlo. Lo borré tres veces, lo volví a teclear, y al final lo mandé de
La noche en que el fondo apareció, no dormí. El aviso del banco llegó a las once y cuarenta y siete: una sociedad patrimonial de nombre insulso había comprado otra partida pequeña de acciones del Grupo Duarte. La tercera en diez días. Le pasé el aviso a mi director legal con una instrucción de una sola línea: que averiguara el nombre, que esperara a que el dinero sacara la cabeza, y que no me despertara por tonterías. No me despertó. Nadie me despertó esa semana. La sociedad seguía comprando y yo seguía sin saber quién era, y entre eso y los sueños con el bosque, la mejor noticia fue que la presentación del hotel por fin tenía fecha.A mitad de semana, la sociedad volvió a comprar. La cuarta vez el número ya no me asustaba; la calma sí. Quien compraba no tenía prisa, y esa paciencia era la única parte que no sabía leer. También sin prisa, el teléfono se quedó mudo. El mensaje de Ricardo murió en mi pantalla en un solo día, el jueves, cuando lo borré sin releerlo; al otro lado, tampoco







