LOGINNo podía dormir.No era novedad: esa semana el sueño y yo habíamos terminado nuestra relación de a poco, con bastante dignidad, como dos amigos que ya no se tienen nada que decir. Me quedé mirando el techo de chapa desde una cama plegable pegada a la de Luca, con el viento golpeando con fuerza, y traté de ordenar el caos.Dante Vitale. Don Lorenzo. Una mujer sin rostro. Una pregunta que me había hecho Velásquez desde el otro lado de un muelle: ¿por qué te encontraron?La respiración de Luca cambió.—Estás pensando muy fuerte —murmuró en la oscuridad—. Lo oigo desde aquí.—Lo siento.—No lo sientas. Es lo único lindo de esta noche. —Se dio vuelta para quedar de costado, apoyado en un codo—. ¿Puedo hacerte compañía o prefieres que me quede en mi cama como un buen chico?—No eres un buen chico.—No —admitió, con una sonrisa que apenas se adivinaba—. Pero hoy estoy muy cansado de ser el malo.No contesté. Levanté la manta. Luca se deslizó a mi lado con una lentitud respetuosa que no le co
El lugar seguro era una antigua fábrica de conservas de pescado, elevada sobre un acantilado a cuarenta minutos de la ciudad, con el techo de chapa comido por el óxido y un cartel descolorido que todavía decía Conservas Di Saronno en letras que alguna vez fueron rojas.—El abuelo tenía un sentido del humor muy particular —dijo Luca al bajar de la camioneta, mirando el cartel con una mueca.—No es tu abuelo —murmuró Félix.—Todavía.Lo dijo sin mirarme, y yo fingí no haberlo escuchado. Tenía las piernas de gelatina y la ropa pegada al cuerpo por un sudor frío que no me pertenecía del todo. En todo el viaje nadie había dicho una palabra sobre el guardaespaldas que se quedó atrás, detrás de aquella puerta. En mi mundo, un hombre que muere es una noticia. En el de ellos parecía ser una línea más en una contabilidad que ya sabían llevar, y yo todavía no sabía si eso me daba más miedo por ellos o por mí.Dante Vitale nos hizo pasar por una puerta lateral. Adentro, entre cintas transportador
Hay un tipo de silencio que solo existe en el instante exacto antes de que alguien dispare.Lo conocí en ese muelle de carga. Era un silencio que tenía forma de rampa de hormigón, de camiones inmóviles, de seis o siete hombres con camperas negras que habían salido de detrás de los contenedores con los fusiles apoyados contra el hombro, y de una sola frase flotando en el aire: la heredera.Luca se puso delante de mí. Félix, con el brazo sangrándole contra el costado, se puso a mi izquierda. Entre los dos me tapaban casi por completo, y aun así sentía los ojos de Velásquez buscándome en el hueco que dejaban sus hombros.—Heredera —repitió Luca con una risa corta, sin gracia—. Qué palabra grande para un tipo que siempre fue el perro de otro.Velásquez no se inmutó. Se llevó el cigarro apagado a los labios, lo mordió, lo escupió.—Cuidado con la lengua, muchacho. A tu padre también le encantaba hablar.El aire cambió. Fue como si alguien hubiera abierto un horno.—Luca —dijo Félix muy baj
Félix me quitó las bolsas de los brazos y las dejó caer sin mirarlas, como si en lugar de zapatos italianos y velas de trescientos dólares fueran basura.—Abigail. —Su voz ya no era la del hombre que había discutido conmigo por una tostadora—. Mírame. De ahora en adelante haces exactamente lo que yo diga. Sin discursos y sin preguntas.—Qué lástima —susurré—. Tenía un monólogo preparado.Luca no sonrió, y eso fue lo que más me asustó. Sostenía la pistola contra el muslo con la naturalidad con la que otro hombre sostendría un paraguas, y sus ojos verdes barrían los pasillos con la calma de un animal que ya decidió a quién morder primero.Durante tres segundos el centro comercial siguió siendo el mismo: música suave, olor a perfume y a café, una señora discutiendo con una dependienta por una devolución, un nene con la boca llena de helado. Después se apagaron los carteles luminosos, el hilo musical se cortó en mitad de una canción y toda esa gente levantó la cabeza al mismo tiempo, como
Pero la sesión de moda fue solo el comienzo de mi pequeña venganza. Después de recorrer varias tiendas de ropa y salir con más bolsas de las que probablemente necesitaba, decidí que la tarde todavía tenía mucho por ofrecer. Si los Romanotti habían decidido encerrarme en su mundo, al menos iba a dejar claro que también podía causar un poco de caos dentro de él.—Ahora vamos a la sección de decoración para el hogar —anuncié mientras caminaba por los pasillos del centro comercial con varias bolsas colgando de mis brazos. Detrás de mí, Félix y Luca me seguían en silencio, cargando mis compras con una paciencia que jamás habría esperado de dos hombres como ellos.—¿Decoración? —preguntó Luca, levantando una ceja con sospecha—. ¿Desde cuándo te interesa decorar la mansión? Si tu habitación ya parece sacada de un palacio.—No es para mi habitación, es para la mansión entera —respondí con una sonrisa inocente mientras me detenía frente a una tienda de diseño—. Como ustedes insistieron tanto e
El agua caliente de la ducha no había borrado del todo la frustración de la discusión, pero sí me había provisto de una claridad luminosa, casi maquiavélica. Si pretendían mantenerme bajo su órbita, convertida en una prisionera de lujo, iba a obligarlos a lidiar con las consecuencias prácticas de ese cargo. Y no había mejor manera de empezar una revolución doméstica que vaciando, o al menos poniendo a sudar frío, las cuentas bancarias ilimitadas de la mafia.Salí de la suite con el cabello todavía húmedo, enfundada en un pantalón sastrero oscuro y una blusa sencilla. Bajé la imponente escalinata de mármol con el paso rítmico y seguro, decidida a cambiar las reglas del juego de inmediato.No tuve que buscarlos demasiado. El salón principal olía a café amargo. Félix estaba sentado en el borde del sillón, revisando unos informes, mientras Luca servía dos vasos de whisky con hielo. Al verme aparecer de golpe, ambos se detuvieron al mismo tiempo.—Me voy de compras —solté con una naturalid







