LOGINEl sueño se negaba a llegar. Había intentado distraerse viendo una película romántica, pero los grandes gestos de amor y la devoción inquebrantable que aparecían en la pantalla solo eran sal sobre una herida abierta. Al final, se rindió y regresó al dormitorio, acostándose en la oscuridad mientras contemplaba el techo, con silenciosas lágrimas deslizándose por sus sienes.
Justo cuando empezaba a quedarse dormida, una gran caja roja sobre la cama llamó su atención.
Ni siquiera se había dado cuenta de que el regalo estaba allí cuando se había acostado.
Se incorporó lentamente y abrió la caja. En su interior descansaba un exquisito par de zapatos de diseñador de charol rojo intenso, acompañado de una pequeña nota escrita a mano:
Gracias por la sopa de champiñones. Estaba realmente deliciosa.
Feliz aniversario.
—Adrián.
Alba recorrió las palabras con la yema de los dedos. Intentó sonreír, pero la expresión nunca llegó a formarse. Ya poseía decenas de zapatos caros; todo un rincón de su armario estaba dedicado a ellos. Con sumo cuidado, colocó los nuevos tacones junto a los demás pares rojos y luego dirigió la mirada a su portátil, que llevaba demasiado tiempo sin tocar.
Lo abrió y comenzó a revisar antiguos correos electrónicos. Un asunto llamó inmediatamente su atención:
Salvatierra Technologies – Nuestro Más Profundo Agradecimiento.
El mensaje le agradecía haber desarrollado una arquitectura de inteligencia artificial adaptativa capaz de predecir el comportamiento de los usuarios con una precisión extraordinaria. El abuelo de Adrián había descubierto sus primeras investigaciones y la convenció personalmente para ayudar a salvar la empresa familiar, que en aquel entonces atravesaba una grave crisis.
Alba rechazó cualquier tipo de pago o reconocimiento público. Después de todo, estaba a punto de casarse con Adrián bajo un matrimonio por contrato, y había querido contribuir en silencio, construir algo duradero para el futuro que imaginaba junto a él.
La tecnología terminó siendo registrada bajo el nombre de Salvatierra Technologies, mientras ella permanecía como una consultora anónima.
Con el paso de los años, aquella única arquitectura se convirtió en la base de prácticamente todos los productos exitosos que lanzó Salvatierra Technologies. Sin embargo, el mundo entero elogiaba a Adrián como el brillante director ejecutivo que había rescatado la empresa.
Alba cerró el portátil con el pecho oprimido por una tristeza imposible de expresar.
Un ruido repentino proveniente de la planta baja la sobresaltó.
Salió al rellano de la gran escalera y miró hacia abajo.
Adrián había regresado.
Pero no estaba solo.
Llevaba a Mireia en brazos, con el rostro apoyado sobre su hombro como una princesa en apuros.
—Alba —la llamó, con la voz cargada de un miedo sincero, una emoción que ella rara vez veía reflejada en su rostro.
Descendió lentamente las escaleras. Al acercarse, notó un pequeño rasguño en la pierna de Mireia.
—¿Qué pasó? —preguntó Alba, con una preocupación auténtica a pesar de todo.
Mireia restó importancia al asunto con una sonrisa débil.
—Me hice un rasguño con un hierro por accidente. No es nada grave.
Adrián la dejó cuidadosamente sobre el sofá.
—¿Estás segura de que no quieres ir al hospital?
—No, no, Adrián. Prefiero quedarme aquí —respondió Mireia con suavidad mientras apoyaba una mano sobre su brazo—. ¿Podrías ayudarme a desinfectarlo? Tengo un desfile la próxima semana y no puedo permitirme que me quede ninguna marca visible.
Alba permaneció en silencio, sintiéndose como una intrusa dentro de su propia casa.
Adrián fue rápidamente por el botiquín y regresó enseguida. Luego se arrodilló junto a Mireia con una ternura sorprendente. Su carácter habitualmente frío desapareció por completo mientras limpiaba y vendaba cuidadosamente el pequeño rasguño.
Después levantó la vista hacia Alba.
—Por favor, prepara un tazón de ensalada de frutas.
Alba no respondió.
Simplemente dio media vuelta y caminó hacia la cocina en piloto automático.
Cuando regresó con la ensalada recién preparada, Mireia ya había insistido en pasar la noche allí. Adrián permaneció con ella en la sala de estar, mientras Alba se retiraba sola al piso de arriba.
El sueño siguió negándose a llegar.
Después de horas dando vueltas en la cama, salió del dormitorio con cuidado y bajó las escaleras procurando no hacer ruido. Solo quería tomar un libro del estudio de Adrián para intentar calmar su mente.
Pero cuando llegó al pasillo, unas voces apagadas llegaron hasta sus oídos.
—...Tú lo sabes, Leonardo —decía Adrián con voz baja y sincera—. Mireia siempre ha sido la única mujer que he querido a mi lado. Desde el jardín de infancia. Tú viste todos los sacrificios que hizo por mí cuando nadie más creía en mí.
Alba se quedó inmóvil entre las sombras.
Se llevó una mano temblorosa al pecho, sorprendida de que un corazón pudiera seguir doliendo después de haberse roto tantas veces.
El deseo de buscar un libro desapareció.
Se dio la vuelta en silencio y volvió a subir las escaleras. Cada paso era más pesado que el anterior, como si el peso de toda la mansión descansara sobre sus hombros.
Ya en el dormitorio, abrió el sencillo cuaderno negro que mantenía oculto dentro de un cajón.
En la primera página en blanco escribió, con una caligrafía firme y pausada:
Cuenta regresiva para el divorcio
Quedan 29 días.
Permaneció contemplando aquellas palabras durante un largo momento, dejando que se asentaran en su interior.
Veintinueve días.
El número le resultaba aterrador y, al mismo tiempo, extrañamente liberador.
Por primera vez en años, Alba se permitió imaginar a la mujer que alguna vez había sido: la mente brillante detrás del mayor éxito de Salvatierra Technologies, por fin saliendo de las sombras para recuperar una vida que realmente le pertenecía.
A las pocas semanas de que comenzara la búsqueda de la propuesta de investigación desaparecida, la vida de Alba había ido recuperando poco a poco algo parecido a la normalidad.O, al menos, eso era lo que ella se repetía.Había dejado de revolver su apartamento cada noche y por fin había devuelto a las estanterías los cuadernos esparcidos. Sophia insistía en que necesitaba descansar, y Alejandro le había recordado más de una vez que no podía pasarse el resto de la vida buscando un documento que se negaba a aparecer.Tenían razón, por supuesto. Alba tenía trabajo que hacer y plazos que cumplir, y no iban a desaparecer solo porque un archivo importante se hubiera perdido.Aun así, la pregunta la seguía a todas partes.¿Dónde lo había puesto?Al otro lado de la ciudad, Adrian Salvatierra se preparaba para una reunión que podía decidir el futuro de su empresa.La sala de juntas llevaba arreglada desde mucho antes de que llegaran los inversores. Los documentos estaban apilados con pulcritu
Adrian bajó la página y volvió a mirar a Mireia.—Gracias —dijo por fin.Las palabras le salieron con más rigidez de la que habría querido. Lo decía en serio, pero bajo su gratitud seguía latiendo una pregunta silenciosa: ¿cómo lo había sabido? Mireia no había leído un artículo de investigación en toda su vida, y aun así había entrado en su despacho con el único documento que su empresa necesitaba.Si notó su vacilación, fingió no hacerlo. Su sonrisa se suavizó, casi tímida.—Es todo lo que quería. Odio verte así, Admie. Llevas semanas cargando con todo tú solo. —Se puso de pie y se alisó la falda—. Déjame acompañarte a casa esta noche. Te prepararé tu cena favorita. Parece que llevas días sin comer como es debido.—No.Sonó más firme de lo que pretendía, y ella parpadeó.—Quiero decir, gracias, pero prefiero estar solo. Tengo mucho que revisar.Por un instante, su sonrisa se mantuvo en su sitio. Luego se encogió de hombros, recogió el bolso y se detuvo junto a la puerta.—No trabajes
—¿Una solución?—Sí. Te traje algo que podría resolver el problema.Casi le preguntó si entendía siquiera cuál era el problema.Mireia nunca había mostrado demasiado interés por el aspecto técnico de su negocio. Su mundo giraba en torno a la moda, los eventos sociales y esas conversaciones que rara vez pasaban de lanzamientos de marcas y oportunidades de inversión. La conocía lo suficiente como para saber dónde estaban sus intereses.Para él, su repentina seguridad resultaba difícil de tomar en serio.—Mireia, el problema no es que no tengamos una propuesta de investigación. La tenemos. El problema es que no logró demostrar nada lo bastante distintivo como para convencer a los inversores. Necesitamos algo técnicamente sólido, original y comercialmente viable. Encontrar un documento en internet no resuelve necesariamente eso.—Quizá deberías mirarlo antes de decidir qué puede o no puede hacer.Metió la mano en su bolso y sacó una carpeta delgada.Los ojos de Adrian se desviaron hacia e
Mireia Soler entró en el despacho de Adrian con la seguridad de quien nunca ha dudado de que será bien recibida.Llevaba un elegante vestido color crema y el cabello le caía en suaves ondas sobre los hombros. Un bolso de diseñador colgaba de su brazo, y sus labios se curvaron en una sonrisa cuando lo vio detrás del escritorio.—¡Adrian! Empezaba a pensar que me harías esperar toda la tarde.—Estaba trabajando. —Señaló la silla frente a él sin levantarse—. ¿A qué debo tu visita?La sonrisa de Mireia se ensanchó mientras se acomodaba.—En realidad, esperaba encontrarte en casa. Iba a pasar a verte esta tarde, pero pensé que sería mejor venir primero aquí. —Ladeó la cabeza y lo estudió—. A menos, claro, que fueras tú quien pensaba visitarme a mí.—Lo estaba considerando.Su expresión se iluminó.—¿De verdad? ¿Cuándo pensabas venir? Podrías haberme llamado. Me habría asegurado de estar en casa.—No para una visita de cortesía.La sonrisa de Mireia vaciló.Adrian se recostó en la silla, si
Su propuesta tenía justo el tipo de originalidad que los inversores habían exigido aquella mañana. Había abordado el problema desde un ángulo que el resto del equipo no había considerado, construyendo sus argumentos sobre ideas que eran a la vez técnicamente rigurosas y comercialmente relevantes. Adrian recordaba estar sentado en su despacho, leyendo su trabajo y volviendo una y otra vez a ciertas páginas solo porque quería entender cómo había llegado a esas conclusiones. Entonces se había sentido impresionado. Ahora lo estaba aún más, al saber lo que su propio equipo no había sido capaz de lograr. Esa constatación lo irritó. Había dedicado años a construir Salvatierra Technologies como una empresa que no dependiera de ningún empleado en particular. Había invertido en investigadores capaces, contratado a ejecutivos con experiencia y establecido sistemas diseñados para que el negocio siguiera funcionando sin importar quién llegara o se marchara. Desde luego, no esperaba verse pe
Adrian apenas había llegado a su despacho cuando la frustración terminó por vencerlo. Empujó la puerta, entró a grandes zancadas y arrojó sobre el escritorio la carpeta con los comentarios de los inversores. Los papeles se deslizaron por la superficie pulida y uno de ellos quedó peligrosamente cerca del borde. Ni siquiera lo notó. Detrás de él, Mateo entró y cerró la puerta. Durante varios segundos, ninguno de los dos habló. Adrian se aflojó la corbata y caminó hacia los ventanales que daban a la ciudad. La vista de las calles bulliciosas no logró calmarlo. Al contrario, le recordó cuántas cosas seguían funcionando a la perfección mientras su propia mañana se había convertido en un desastre sin paliativos. Se volvió de golpe. —¿Serías tan amable de explicarme qué ocurrió en esa reunión? Mateo arqueó una ceja. —Vas a tener que ser un poco más específico. ¿Te refieres a que los inversores cuestionaron nuestras proyecciones, a sus dudas sobre la originalidad del proyecto,







