LOGINPOV: Elena
A las once de la noche siguiente, mi habitación se sentía menos como un refugio y más como una jaula vibrante.
Thud. Thud. Thud.
Los graves pesados y agresivos del sistema de sonido de abajo hacían vibrar los antiguos paneles de cristal de mi balcón privado. Había estado así durante horas. Lo que había comenzado con unas pocas voces apagadas a las ocho de la noche había evolucionado hasta convertirse en una fiesta completamente fuera de control que se había apoderado de la mansión Calloway. La élite de la Universidad Halden; atletas, chicas de hermandades y la realeza universitaria que dominaba la cadena social alimenticia, habían invadido por completo la casa.
Estaba sentada con las piernas cruzadas en medio de mi cama tamaño king, con unos auriculares con cancelación de ruido presionados fuertemente sobre mis oídos, intentando desesperadamente concentrarme en una lectura de cincuenta páginas para una clase de seminario. Pero era inútil. Incluso a través del acolchado podía escuchar los gritos apagados de chicas borrachas en el pasillo, el ruido pesado de botas golpeando la madera y el sonido inconfundible de vasos rojos chocando justo afuera de mi puerta.
Mamá y Richard se habían marchado temprano esa mañana a un retiro de fin de semana en un club de campo en Aspen. Apenas habían salido de la entrada principal cuando Jace tomó el control de la casa.
Alrededor de la medianoche, un olor repentino y fuerte a humo y cerveza barata comenzó a filtrarse por debajo de la puerta de mi habitación. El calor se estaba volviendo insoportable y mi garganta se sentía seca, irritada y pesada por el humo. Peor aún, me di cuenta de que había dejado el cargador de mi portátil y mi libro principal de referencia en la biblioteca del primer piso antes de que comenzara toda esta locura.
Qué mala suerte, ¿verdad?
No podía quedarme aquí encerrada y muriéndome de hambre hasta la mañana siguiente.
Me quité los auriculares y los lancé sobre la cama. Miré mi ropa. Llevaba una camiseta gris vieja y desteñida que caía holgadamente sobre unos simples shorts negros. Definitivamente no era un atuendo para una fiesta VIP de Halden. Mi cabello estaba recogido en un moño rápido y desordenado.
Solo baja, toma el cargador y vuelve a subir, me dije, sintiendo la palma sudorosa sobre el pomo de la puerta. Nadie va a notarte.
Abrí la puerta y salí al pasillo.
Era una zona de desastre. Dos jugadores de baloncesto que reconocí de los carteles deportivos de la universidad estaban apoyados contra la moldura antigua riéndose a carcajadas mientras una chica con una falda ajustada intentaba equilibrar una botella de cerveza sobre la cabeza.
Mantuve la mirada baja, los hombros tensos, pasando junto a ellos como una sombra mientras avanzaba hacia las escaleras.
Pero en el momento en que llegué al rellano, la verdadera magnitud del caos se hizo visible.
El enorme vestíbulo de mármol estaba completamente lleno.
Di tres pasos escaleras abajo, intentando mezclarme con los bordes de la multitud, cuando un silbido fuerte y molesto atravesó la música desde la parte inferior de las escaleras.
—¡Whoa, espera, espera! —gritó un chico de cuello grueso con una chaqueta universitaria, señalándome directamente—. No la reconozco. ¡Eh, Calloway! ¡No sabía que tenías algo así escondido aquí arriba, hermano!
El círculo cercano a las escaleras quedó completamente en silencio.
Varias cabezas giraron hacia arriba.
Hacia mí.
Mis mejillas ardieron de inmediato con un rojo doloroso.
Me quedé congelada sobre el escalón, apretando con fuerza la fría barandilla de hierro mientras la multitud comenzaba a murmurar y sonreír.
—¿Quién es ella? —susurró una chica cerca del sofá con suficiente volumen para que todos escucharan, recorriendo mi enorme camiseta con una mirada llena de juicio—. ¿Es la nueva hermanastra? ¿La chica de caridad?
—Maldición, Jace, ¿escondes a las bonitas ahora? —gritó otro compañero de equipo levantando su vaso rojo hacia mí en una especie de brindis burlón.
Quería que el suelo de mármol se abriera y me tragara viva.
Me sentía expuesta.
Pequeña.
Completamente indefensa bajo las luces cegadoras de la fiesta.
Levanté la mirada desesperadamente hacia el centro de la sala buscando un camino entre la multitud hacia la biblioteca.
Y entonces lo vi.
Jace estaba apoyado contra el gran piano, sosteniendo un vaso rojo en su mano grande y llena de callos. Estaba rodeado de atletas de élite y reinas del campus, luciendo completamente en su ambiente; intocable, arrogante y perfecto.
Pero no estaba riéndose.
En el exacto momento en que mis pies tocaron las escaleras, sus ojos grises se clavaron en mí.
Su postura se había vuelto rígida. Sus anchos hombros se tensaron y su mandíbula se apretó en una línea dura y peligrosa.
Mientras sus compañeros seguían lanzando comentarios y silbidos sobre mí, Jace no se unió.
En cambio, aquella mirada oscura y penetrante siguió cada uno de mis movimientos a través de la habitación abarrotada. Sus ojos ardían sobre los míos con una intensidad ilegible y completamente territorial que hizo que se sintiera como si solo existiéramos nosotros dos en toda la casa.
¿Qué demonios le pasaba?
POV: ElenaLa vida de Jace cambió cuando el baloncesto dejó de ser algo que amaba y se convirtió en algo que no podía permitirse perder.Al principio, no lo entendía.Para mí, sus partidos siempre habían parecido fáciles. Entraba en la cancha como si fuera suya, tomaba el control del equipo y se movía con una confianza que hacía que todos asumieran que nada podía afectarlo.Pero durante las dos semanas siguientes, empecé a ver lo que ocurría cuando aquella confianza comenzaba a resquebrajarse.Todo empezó con pequeños detalles.Dejó de dormir bien. Se saltaba el desayuno con más frecuencia. Pasaba cada vez más tiempo en el gimnasio después de los entrenamientos, a veces hasta que las luces del exterior de la cancha ya se habían apagado.Cuando le preguntaba al respecto, siempre me daba la misma respuesta.—Estoy bien.Para entonces, ya había aprendido que cuando Jace decía que estaba bien, normalmente significaba todo lo contrario.Una noche, lo encontré sentado sobre la encimera de l
POV: ElenaLa mañana después de la confesión de Richard, la casa se sentía diferente.Nada había cambiado físicamente. Los muebles seguían en sus lugares habituales, las costosas pinturas continuaban adornando las paredes y el personal de servicio trabajaba con su acostumbrada eficiencia silenciosa, como si nuestra familia no hubiera pasado la mitad de la noche descubriendo fragmentos de un pasado que ninguno de nosotros debía conocer.Pero yo ya no podía mirar aquella casa de la misma manera.Cada pasillo parecía guardar un secreto. Cada puerta cerrada me hacía preguntarme qué habría detrás.Estaba a mitad del desayuno cuando Jace entró en la cocina.Parecía agotado. Todavía tenía el cabello húmedo por la ducha y llevaba su bolsa de baloncesto colgada de un hombro.—¿Vas a ir a entrenar?Apartó una silla.—El entrenador adelantó la práctica a las ocho.Miré el reloj.—Apenas has dormido.—Tú tampoco.—Eso no responde a mi pregunta.Me dedicó una sonrisa cansada.—Estás empezando a ha
POV: ElenaEl rostro de Richard me dio la respuesta antes de que pronunciara una sola palabra.Lo sabía.Sabía lo que contenía la carta, de dónde había salido y por qué mi madre había pasado veintiún años manteniéndola oculta.Apreté el papel entre mis dedos.—¿Conocías a mi padre?Los ojos de Richard permanecieron fijos en la carta.—Sabía quién era.—Eso no es lo que te pregunté.Jace estaba de pie a unos pasos de distancia, observando a su padre con una expresión que nunca antes había visto en su rostro. Parecía confundido, pero había algo más debajo de aquella confusión. Decepción, quizá. Tal vez incluso miedo.Richard finalmente me miró.—Daniel Mercer estaba investigando el sistema de financiación deportiva de la universidad.Aiden cruzó los brazos.—Porque se estaban desviando fondos.Richard dirigió su atención hacia él.—Has estado investigando.—Así es.—Eso es peligroso.—También lo es ocultar registros financieros relacionados con un hombre muerto.La mandíbula de Richard
POV: ElenaEl sonido de la puerta principal abriéndose en la planta baja hizo que mi madre se quedara completamente inmóvil.Durante un momento, nadie se movió.Jace estaba de pie a mi lado, con la atención fija en Margot. Aiden sostenía la carta entre las manos, recorriendo con la mirada la escritura descolorida, como si de alguna manera pudiera encontrar una respuesta entre aquellas líneas.Pero la reacción de mi madre me lo dijo todo.Sabía quién acababa de llegar a casa.—¿Quién es? —preguntó Jace.Margot tragó saliva.—Richard.El nombre pareció cambiar la temperatura de la habitación.Miré hacia el pasillo. Desde la planta baja llegaron los sonidos familiares de alguien regresando a casa: la pesada puerta principal cerrándose, unos pasos atravesando el vestíbulo de mármol y el breve intercambio de palabras entre Richard y uno de los empleados de la casa.Mi padrastro había vuelto.Aquel era el hombre cuyo nombre aparecía repetidamente en los registros de Daniel. El hombre del qu
POV: ElenaMi madre abrió la puerta al tercer golpe.Me miró primero a mí, luego a Jace y a Aiden, que estaban detrás de mí, y su expresión cambió.—¿Elena?—Mamá, tenemos que hablar.Sus ojos se desplazaron hacia Jace.—¿Qué ha pasado?—Encontré algo —dije.Las palabras salieron más bajas de lo que pretendía.Se hizo a un lado.—Entren.Entramos en la casa y ella cerró la puerta detrás de nosotros. La calidez familiar de la sala de estar de repente me resultó incómoda. Ahora ya no estaba segura de conocer realmente nada.Mi madre notó la fotografía que sostenía en la mano.Se quedó completamente inmóvil.Vi cómo el color desaparecía de su rostro.—Ya habías visto esta fotografía antes —dije.No respondió.—Mamá.Se dejó caer lentamente en el sofá.—¿Dónde conseguiste eso?—En la habitación de Noah.Sus ojos se clavaron en mí.—¿Noah?—Desapareció —dijo Jace—. Antes de irse, alguien dejó esta fotografía y un mensaje para Elena.Mi madre lo miró.—¿Qué mensaje?Coloqué la nota sobre la
POV: ElenaEl apartamento estaba a oscuras cuando entramos.Jace buscó el interruptor de la luz, pero no pasó nada. Lo intentó de nuevo antes de sacar su teléfono y encender la linterna.El haz de luz recorrió la sala de estar. Todo parecía estar exactamente como lo habíamos dejado, pero había algo en aquel silencio que hizo que se me encogiera el estómago.—Aiden, quédate aquí —dijo Jace.Aiden lo ignoró.—Si alguien ha entrado a la fuerza, quedarnos parados en la puerta no va a servir de nada.Jace le lanzó una mirada de advertencia, pero ninguno de los dos siguió discutiendo.Nos adentramos en el apartamento, revisando cada habitación. La cocina estaba intacta. La sala de estar estaba ordenada.







