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Capítulo 4: Cláusula catorce

Author: Saydi
last update publish date: 2026-09-27 07:58:10

El contrato tenía doce páginas y Valeria las leyó tres veces.

Camila, sentada en el suelo del apartamento con una taza de café frío, la observaba subrayar con lápiz rojo. Habían pasado cinco horas desde que salió de Torre Ferrer. Las cajas de Álvaro esperaban en un rincón, medio abiertas, con la ropa de cuatro años doblada de cualquier manera.

—Duración: doce meses —leyó Valeria en voz alta—. Cláusula cinco: habitaciones separadas en privado, apariencia conyugal en público. Cláusula nueve: confidencialidad absoluta. Cláusula once: el cuidado de la menor Lía Ferrer será prioridad de ambas partes.

—Suena limpio —dijo Camila.

—Demasiado limpio. —Valeria pasó la página—. Cláusula catorce.

Se detuvo. Leyó despacio.

La parte contratante podrá revelar, en el momento que considere oportuno, los motivos reales de la elección de la parte contratada.

—¿Los motivos reales? —Camila se incorporó—. Él dijo que te eligió por tu sangre fría.

—Eso dijo. Y en el contrato aparece otra cosa. —Valeria golpeó el papel con el lápiz—. Un abogado no escribe una frase así por casualidad. Él guarda algo.

—Entonces no firmes. Piénsalo bien, Valeria. Es un hombre que compra deudas para cobrarlas.

—También es un hombre que sabe algo sobre mi padre.

—Antes quiero ver a la niña.

A las cuatro de la tarde, un coche negro la llevó por una carretera de curvas suaves hasta lo alto de una colina. La mansión Ferrer apareció entre los árboles, de piedra clara, con ventanales enormes y un jardín tan perfecto que parecía pintado. En el vestíbulo, una escalinata doble subía hacia una vidriera azul, y los retratos de la familia cubrían las paredes: hombres de cejas severas, mujeres con perlas, un niño de ojos grises en uniforme de colegio que Valeria reconoció como Damián. Todos la miraban desde sus marcos como jueces silenciosos. Tomás la guio por un pasillo largo, con suelos que devolvían el eco de cada paso, hasta una habitación llena de juguetes.

La habitación estaba en penumbra. Las cortinas, corridas. Una niña pequeña, de rizos oscuros y vestido amarillo, se escondía detrás de una de ellas con una coneja gris de peluche apretada contra el pecho.

—Es Lía —dijo la niñera en un susurro—. Y la coneja se llama Nube; no la suelta ni para dormir. Se sienta detrás de esa cortina todos los días. Ya lo hemos intentado todo. Los médicos dicen que necesita tiempo.

Valeria asintió y pidió que dejaran la puerta abierta y las luces tal como estaban.

Valeria no se acercó. Se sentó en el suelo, a metro y medio, tomó una hoja de papel y un lápiz, y empezó a dibujar una casa. Un cuadrado, un techo, una puerta. Dibujó una chimenea con humo en espiral y un camino de piedras que llegaba hasta el borde del papel.

Pasaron diez minutos. Nadie habló. Valeria pensó en sus propias tardes de infancia, cuando la casa se quedaba callada y ella aprendía a llenar el silencio con lápices, y comprendió a la niña sin que nadie tuviera que explicárselo.

Una manita asomó por el borde de la cortina, tomó otro lápiz del suelo y dibujó una ventana redonda en la casa. Valeria sonrió sin levantar la vista y añadió un árbol. Lía añadió un sol. Después, una nube con cara. Después, un perro sin patas que las dos miraron con seriedad, hasta que a Valeria se le escapó una risa y a la niña se le movió la comisura de los labios.

Cuando la casa estuvo terminada, Lía salió de su escondite despacio, con la coneja colgando de un brazo. Se detuvo frente a Valeria y le puso el peluche en el regazo.

—Hola, Nube —susurró Valeria, mirando a la coneja—. Qué nombre tan bonito.

Lía levantó los ojos. Eran grises, como los de su padre.

—¿Te vas a quedar?

Una vocecita apenas audible. La niñera se llevó las manos a la boca. Valeria sintió que se le cerraba la garganta.

En la puerta, con una mano apoyada en el marco, estaba Damián Ferrer. Pálido. Inmóvil. Valeria no supo cuánto tiempo llevaba allí.

—Es la primera vez en siete meses que habla —dijo él, con la voz rota.

Valeria acarició con cuidado los rizos de la niña. Después levantó la mirada hacia él.

—Sí —respondió—. Me quedo.

Esa misma noche, en el despacho de la mansión, firmó las doce páginas con una pluma negra que pesaba más de lo que debería. Le temblaba el pulso, y odió que él lo notara. Damián firmó debajo con una letra firme y sin adornos, la misma de la tarjeta.

—Bienvenida a la familia Ferrer, señora —dijo, sin sonreír.

Al otro lado del ventanal, la noche había caído sobre el jardín. Valeria pensó que acababa de vender un año de su vida a un desconocido, y que lo más extraño era que no sentía miedo.

Cuando salieron al vestíbulo, desde lo alto de la escalera llegó el golpe seco de un bastón sobre el mármol.

—¿Familia? —dijo una voz de mujer, helada y serena—. Yo no he sido consultada.

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