LOGINDoña Consuelo Ferrer bajó la escalera peldaño a peldaño, con el bastón de ébano en una mano y un collar de perlas sobre el vestido gris. Tenía el cabello plateado recogido y unos ojos que no perdonaban nada.
—Madre —dijo Damián—. Te presento a Valeria Montes, mi esposa. —Tu esposa. —Doña Consuelo la recorrió con la mirada de arriba abajo—. Hace unos días no existía en tu vida. Valeria sostuvo la mirada sin parpadear, aunque sentía las piernas de gelatina. —Nos conocemos desde hace tiempo —mintió Damián sin pestañear. —Los Ferrer no mentimos a la familia, hijo. —Se sentó en un sillón del salón y golpeó el suelo con el bastón—. Siéntate, muchacha. Vamos a conversar. Valeria se sentó con la espalda recta y las manos quietas sobre las rodillas. Sabía reconocer un interrogatorio. Había asistido a decenas, desde el otro lado de la mesa. —¿A qué te dedicas? —Soy contadora forense. —¿Quién es tu familia? —Mis padres. Mi madre trabajó como maestra y mi padre tuvo un negocio hace muchos años. —¿Qué negocio? —Uno que salió mal. —Valeria mantuvo la voz serena—. Prefiero no hablar de eso en la primera noche. Doña Consuelo entrecerró los ojos. El reloj de pared marcó las nueve con un sonido grave. —Montes —repitió despacio—. Ese apellido me suena. Valeria notó, por el rabillo del ojo, que la mandíbula de Damián se tensaba. —Es un apellido común, madre. —Puede ser. —La anciana bebió un sorbo de té—. Pero te digo algo, muchacha: los contratos de conveniencia se huelen a kilómetros. Voy a observarte cada día. Si haces daño a mi nieta, te echaré de esta casa con mis propias manos. —Si alguna vez hiciera daño a Lía, me iría yo sola —respondió Valeria—. Pero le aseguro que no lo haré. Doña Consuelo no dijo nada. Se limitó a levantar una ceja y a golpear una vez el bastón contra el suelo. Valeria no supo si aquello significaba respeto o una declaración de guerra. Damián la acompañó hasta la puerta principal, donde Tomás esperaba con el coche. —Se mudará dentro de dos días, cuando su habitación esté lista. Mi madre es difícil, pero protege a Lía. Eso es lo único que quiero que recuerde. —Recordaré también que usted mintió sin pestañear. —Es parte del contrato. —Lo sé. Solo quería que supiera que lo noté. Dos días después, Camila la ayudó a subir las maletas a su nueva habitación, contigua a la de Lía. Una cama enorme, un ventanal sobre el jardín y un escritorio de madera oscura. Desde allí se veía la ciudad, pequeña y lejana, como un tablero de juego. —Esto es una mansión de película —susurró Camila—. ¿Estás segura? —No. —Valeria abrazó a su amiga—. Pero necesito saber qué pasó con mi padre. —Llámame cada noche. Si algo huele mal, me subo a ese coche y me planto aquí con un b**e. —Lo sé. Camila se quedó un rato en la puerta, mirando el pasillo largo, y se despidió con un beso en la frente. Esa noche no consiguió dormir. La casa crujía con la calma de los lugares muy grandes, y cada ruido parecía venir de más lejos de lo que estaba. Se levantó descalza, se asomó a la habitación de Lía, que dormía abrazada a Nube con la boca entreabierta, y salió al pasillo. Al fondo, una puerta doble estaba entreabierta. Una biblioteca. Olía a cuero y a tabaco antiguo. Entró con cuidado, sin encender la luz principal. La lámpara del escritorio dibujaba un círculo dorado sobre la alfombra. Pasó los dedos por el borde de la madera y los retiró limpios: alguien limpiaba esa biblioteca todos los días, aunque nadie parecía usarla. En una repisa, entre libros de contabilidad y tratados de derecho, había un marco de plata con una fotografía en blanco y negro. Tres jóvenes sobre la azotea de un edificio en construcción, con cascos, camisas arremangadas y sonrisas enormes. Valeria reconoció al de la izquierda al instante. Su padre. Ricardo Montes, con veintiocho años, más delgado y más feliz de lo que ella lo había visto jamás. A su lado, Héctor Ferrer, el padre de Damián. Ya había visto su rostro en los periódicos. Su padre sonreía con un brazo sobre los hombros de Héctor Ferrer, ajeno a lo que vendría después. Valeria sintió que el nudo de quince años se le subía a la garganta. El tercer hombre, a la derecha, tenía la cara recortada con unas tijeras. Valeria giró el marco con dedos temblorosos. Detrás, en una letra antigua, alguien había escrito: Ferrer, Montes y ______. Hasta el final. El tercer apellido estaba tachado con tinta negra, una y otra vez, hasta romper el papel. —Esa fotografía no debería estar a la vista. Valeria dio un respingo. Damián estaba en el umbral, en mangas de camisa, con los ojos duros y la voz baja. —Y usted, señora Ferrer —añadió—, no debería estar en esta biblioteca.El viernes por la mañana, con el desayuno todavía humeante sobre la mesa, un titular ocupó media página de la sección de negocios de uno de los diarios más leídos de la ciudad: "¿Quién audita a la auditora? Dudas sobre la imparcialidad de la esposa de Damián Ferrer." Tomás llevó el periódico al desayuno con una expresión grave, doblado de tal forma que el titular quedara oculto hasta que lo desplegara sobre la mesa. Valeria lo leyó dos veces, con el café enfriándose frente a ella. El artículo, de poco más de media página, firmado por un columnista conocido por sus vínculos con empresarios influyentes, insinuaba que Valeria había manipulado la auditoría de Alba para desviar la atención de su propia implicación en el fraude, y que el consejo de Grupo Ferrer había sido presionado por Damián para encubrirla. Damián se asomó por encima de su hombro, con el ceño cada vez más apretado. —Esto tiene la firma de Gonzalo por todas partes —dijo—. Nadie más se atre
El tráfico de la tarde avanzaba a paso de tortuga. Valeria llegó al apartamento de Camila ya casi de noche, con Tomás esperando abajo en el coche por insistencia de Damián, que no quería que ella anduviera sola por la ciudad mientras la seguridad de la mansión seguía bajo revisión. Encontró a Camila sentada en el suelo de la sala, rodeada de cajas a medio llenar y recortes de periódico usados como papel de embalaje, con los ojos hinchados de llorar. —¿Te mudas? —Me echan. —Camila soltó una risa amarga—. El dueño vendió el edificio. Tengo quince días para irme. —Eso se resuelve. Buscamos otro apartamento esta semana y yo cubro el depósito, sin discusión. —No es tan simple, Valeria. —La voz de Camila se quebró—. No tengo con qué cubrir ni mi mitad. Valeria se sentó junto a ella, sobre la alfombra, igual que Camila había hecho por ella la noche de la gala. —Sabía que habías p
La lluvia no había parado desde la noche del anillo, como si el cielo también quisiera lavar algo que no terminaba de limpiarse. Los dos agentes de seguridad tardaron un día entero en revisar la mansión puerta por puerta. Al final de la tarde, se reunieron con Damián en la biblioteca con un informe breve y una conclusión incómoda. —No hay señales de forzamiento en ningún acceso —dijo el mayor de los dos, un hombre de bigote gris llamado Casares—. Las cámaras del perímetro no registraron movimiento esa noche, lo cual es, en sí mismo, sospechoso. Alguien conocía los ángulos muertos. —¿Eso qué significa? —preguntó Valeria. —Significa que quien entró ya había estado aquí antes. Como visita, como empleado, o como alguien que estudió esta casa con calma. Damián se pasó una mano por la cara. —Eso reduce la lista a muy poca gente. Casares cerró su libreta de notas con un gesto pausado. —O la amplía más de lo que
La orden de alejamiento contra Gonzalo Sandoval se firmó el jueves, notificada por dos oficiales que ni siquiera tuvieron que entrar en la mansión. Con ella llegó una calma tensa que ninguno de los habitantes de la casa se atrevió a llamar victoria.Valeria aprovechó esos días de calma forzada para volver a los libros contables de Héctor Ferrer, ahora con una pregunta distinta en mente: si Héctor había guardado pruebas contra Gonzalo durante veinte años, tal vez también había guardado algo sobre el paradero de Ricardo Montes.Encontró la respuesta en el tomo de 2012, dos años después de que desaparecieran las páginas cortadas. Entre los registros de gastos personales de Héctor, una anotación fuera de lugar: un pago mensual, discreto, a nombre de una fundación de reubicación de testigos con sede en el extranjero.—Esto no es un gasto de la empresa —dijo, mostrándoselo a Damián esa misma noche—. Es un pago personal de su padre, sostenido durante años.Da
El lunes por la mañana, Regina bajó corriendo las escaleras todavía en pijama, con algo apretado en el puño y la cara del color de la ceniza.—Necesito que alguien me diga que estoy equivocada —dijo, casi sin aire, dejándose caer en una silla del comedor.Abrió la mano. Sobre su palma había un anillo de oro, fino, con una piedra azul pequeña engastada en el centro.Valeria dejó la taza de café a un lado.—¿De quién es?—De mi madre. —La voz de Regina se quebró—. Lo enterraron con ella. Yo misma se lo puse en la mano antes de cerrar el ataúd. Tenía doce años.Nadie habló durante varios segundos. Rosa, que entraba con una bandeja, se detuvo en seco junto a la puerta.—Lo encontré esta mañana, sobre mi almohada —continuó Regina.Valeria tomó el anillo con cuidado, como si pudiera romperse, y lo examinó bajo la luz de la ventana. Un grabado diminuto en el interior: dos iniciales y una fecha de boda.—Esto n
El sábado amaneció despejado, sin una sola nube sobre la ciudad. Damián propuso algo que ninguno de los dos había hecho desde la boda: salir de la mansión sin agenda, sin cámaras y sin consejo esperando al otro lado de una puerta.—Lía necesita un día normal —dijo, mientras Rosa le abrochaba a la niña un abrigo azul—. Y nosotros también.Fueron al parque junto al río, el mismo que se veía en miniatura desde la ventana del despacho de Torre Ferrer, pero que ninguno de los dos había pisado en años. Lía corrió hacia los columpios sin mirar atrás, con Nube asomando por la cremallera de su mochila.—Empújame más alto —pidió, con las trenzas volando hacia atrás, y Damián obedeció con un cuidado casi cómico, como si temiera romperla.Valeria se sentó en un banco cercano de madera pintada de verde, con un café que se enfriaba entre las manos, y los observó largo rato, sin prisa por hacer ninguna otra cosa. Había algo casi doloroso en la escena: un hombre







