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Capítulo 54: Setenta y dos horas

Autor: Saydi
last update Data de publicação: 2026-11-06 20:00:52

A las nueve de la mañana, el titular ya estaba en todos los teléfonos de Torre Ferrer: Damián Ferrer, citado por agresión. Debajo, la foto de la pelea, tomada desde un ángulo que nadie sabía explicar. En el pasillo, dos secretarias cuchicheaban y se callaban al verla pasar.

Valeria la miró de pie en la sala de reuniones, con una taza de café entre las manos. Todavía le sonaba en el estómago la voz de Álvaro aquella noche. No había olvidado ni una palabra.

Inés entró con un sobre en la
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    Valeria estaba en la biblioteca, con los extractos bancarios de Vidal extendidos sobre la mesa, cuando vio por la ventana a Casares agachado bajo el balcón de su habitación. Había dos hombres más con él. Uno fotografiaba el suelo húmedo del jardín y el otro medía algo con una cinta. Eran las once de un domingo, y Casares no solía trabajar de rodillas. Bajó con la chaqueta sobre los hombros. —¿Pasó algo? Casares se incorporó y miró hacia la casa antes de responder. Valeria siguió su mirada. Damián estaba en la puerta de la terraza, con el teléfono todavía en la mano. —Revisión de rutina, señora. —Tres hombres y una cinta métrica un domingo a las once. ¿Rutina de qué? —Del jardín. Detrás de él, en el barro blando bajo su ventana, había una huella de bota, nítida, mucho más grande que cualquier pie de la casa. Casares se movió para taparla con el cuerpo. Fue un gesto mínimo y Valeria lo vio entero

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    A las tres de la madrugada, el hotel entero dormía. Valeria no. Tenía los extractos de Vidal extendidos sobre la cama, un lápiz entre los dientes y el zumbido del minibar como única compañía. Había revisado ya cada transferencia grande. Ahora repasaba las pequeñas, las que nadie mira. En la página cuarenta y uno, entre pagos de servicios y una cuota de club, encontró una línea que no encajaba. Una transferencia a nombre de Marcos Tejeda. Concepto: «servicios de jardinería». Fecha: quince días antes de que el hombre dejara su apartamento y desapareciera. Valeria sacó el lápiz de entre los dientes y releyó el nombre dos veces. Lo subrayó. Al amanecer, ya en el asiento trasero del coche de Casares, marcó el número de Inés. —¿Qué tan fuerte es? —preguntó la abogada, con el ruido de una cafetera al fondo. —Es un pago de Vidal a un hombre que, según todos, lleva seis años sin trabajar en jardin

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