เข้าสู่ระบบELENALondres me recibió con lluvia. No esa lluvia bonita de las películas en la que alguien camina con un paraguas impecable mientras la ciudad brilla detrás. Era una llovizna fría, molesta, suficiente para pegarme el cabello a la cara mientras intentaba meter la maleta en un taxi y me preguntaba por enésima vez qué demonios estaba haciendo.Podría haberme quedado en Puerto Vallarta, podría haber esperado a que las marcas de mi cuello desaparecieran por completo, buscar trabajo, llamar a mi hermana y contarle una versión de mi vida que no me hiciera parecer una completa imbécil. Había opciones. Varias, seguramente mucho más sensatas que cruzar medio mundo detrás de un hombre que ni siquiera sabía que yo existía.Pero llevaba demasiado tiempo haciendo cosas poco sensatas, la diferencia era que esta ve
NICOLÁSDejar de buscar a Renata había sido la primera decisión inteligente que tomaba en semanas. No porque hubiera dejado de pensar en ella. Eso habría sido más sencillo. Seguía despertando algunas mañanas con el impulso absurdo de tomar el teléfono y escribirle, y todavía tenía momentos en los que algo tan estúpido como pasar frente a un restaurante bastaba para recordar una cena, una discusión o alguna de esas pequeñas costumbres que durante cuatro años había considerado permanentes.La diferencia era que finalmente había entendido que perseguirla solo conseguía alejarla más. Presionarla con Casa Sarmiento había sido un error. Presentarme frente a ella cuando claramente no quería verme había sido otro. Y sugerirle que podía deshacerse del embarazo para que
RENATAAlexander llevaba cinco minutos hablando y yo todavía no sabía si quería besarlo o preguntarle en qué momento había decidido reorganizar su vida sin avisarme.Me había llamado después de cenar. En Londres ya era madrugada, pero seguía en su departamento con una camisa blanca arrugada, las mangas dobladas y una copa que parecía llevar abandonada sobre la mesa desde antes de empezar la conversación. Yo estaba en mi habitación, recostada contra el cabecero con una almohada detrás de la espalda y unas galletas saladas que últimamente vivían en mi buró.—Mi padre cree que podemos mover algunas de mis responsabilidades durante una temporada —explicó—. Todavía tiene que revisar qué puede hacerse sin provocar un desastre, pero podría pasar periodos má
ALEXANDERMi padre me encontró en la cocina poco después de las siete de la mañana, sentado frente a una taza de café que llevaba tanto tiempo intacta que probablemente ya estaba fría. No había dormido bien. Cada vez que cerraba los ojos terminaba pensando en Renata dentro de aquel consultorio, en mi cara apareciendo en una pantalla mientras la doctora revisaba a nuestro hijo y en esa sensación de estar presente a medias que me había acompañado durante todo el día.Aarón entró terminando de abrocharse el reloj. Se detuvo cuando me vio y durante unos segundos no dijo nada. Mi padre tenía esa costumbre irritante de observar antes de preguntar. Seguramente por eso mentirle había sido tan difícil incluso cuando era adolescente.—Tienes un departamento bastante caro y una cafetera que probablemente c
RENATALa doctora Morales acababa de decirme que todo estaba bien y yo tenía unas ganas absurdas de llorar. No tenía sentido.El bebé estaba creciendo como debía, mi presión estaba bien, las náuseas empezaban a darme pequeños descansos y, según ella, podía continuar trabajando mientras escuchara a mi cuerpo y dejara de comportarme como si dormir fuera una actividad opcional.Buenas noticias, todo eran buenas noticias. Entonces, ¿por qué demonios me sentía así?—Si vuelves a apretar la boca de esa manera, voy a asumir que estás intentando no llorar y voy a abrazarte. Te aviso porque todavía estás a tiempo de evitar la humillación.Miré a Valeria.Estábamos en el estacionamiento, junto a su camioneta. Había venido conmigo porque Alexander no
ALEXANDERLlevaba toda la mañana de mal humor. Carlo lo sabía, la gente que había entrado a mi despacho también, a esas alturas probablemente lo sabía medio edificio. No iba a llegar a la consulta de Renata, eso era todo.Podía seguir moviendo cosas, insistiendo, cabreándome con mi agenda o buscando una solución que no existía. El resultado no cambiaba, el jueves yo tenía que estar en Londres y Renata estaría entrando al consultorio de la doctora Morales sin mí.Cerré la computadora con más fuerza de la necesaria.Me había perdido cosas antes. Cenas familiares, cumpleaños, vacaciones. Nunca me había importado demasiado. Siempre podía mandar un regalo, llamar después o aparecer otro día. Esto era diferente, mi hijo no iba a repetir una consulta porque su padre estuviera ocupado.Pensar en mi hijo todavía conseguía descolocarme, también conseguía tranquilizarme. A veces estaba sentado en una reunión escuchando a alguien hablar y, de pronto, recordaba aquella imagen que llevaba en la car







