Se connecterAntes de que todo cambiara
POV de Aurelia *Tres años antes de la Luna de Sangre La gente siempre dice que los quince años son la etapa más sencilla de la vida. Tienes la edad suficiente para comprender el mundo que te rodea, pero sigues siendo lo bastante joven como para creer que nada realmente malo puede sucederte. A los quince años, yo también lo creía. El sol de la mañana apenas había asomado por encima de las montañas cuando salí a escondidas de la casa de la manada, con una hogaza de pan caliente bajo el brazo. La señora Elara había insistido en que se la llevara al viejo Bram, uno de los guerreros más ancianos de Silvercrest, que se había fracturado una pierna durante el entrenamiento unos días antes. Nunca me habían molestado los encargos. Me daban una excusa para pasear por la aldea y saludar a todas las personas con las que me cruzaba. Silvercrest siempre parecía cobrar vida por las mañanas. Los herreros martillaban nuevas hojas de espada. Los niños corrían unos detrás de otros por las calles. El aroma de los pinos flotaba en el aire mientras los guerreros se reunían en los campos de entrenamiento. Sonreí para mis adentros. Era mi hogar y no podía imaginarme abandonándolo jamás. “¡Lia!” Me giré justo a tiempo para esquivar la espada de entrenamiento de madera que Damien blandió en mi dirección. Pasó a escasos centímetros de mí. “¡Casi me golpeas!” “Casi”, corrigió, como si no fuera nada. “Has estado practicando”. Lo señaló con naturalidad. Solté un resoplido. “Lo he hecho”. “Te has vuelto más lenta”. Entrecerré los ojos. “Te recuerdo que llevo pan en las manos”. “Y yo te recuerdo que estás poniendo excusas”. Le lancé la hogaza, pero la atrapó con una sola mano. “Le debes una disculpa al viejo Bram si la aplastas”. “No sobreviviría a su sermón”. “Exactamente”. Damien me devolvió el pan antes de echar a correr hacia el campo de entrenamiento, donde los guerreros más jóvenes ya comenzaban a reunirse. “Vendrás a mirar, ¿verdad?” “Estaré allí”. Asentí. No me lo perdería por nada del mundo. “Más te vale”. Me señaló con la espada de madera. “Y ni se te ocurra reírte si alguien se cae”. “No prometo nada”. Sonreí con inocencia. Él negó con la cabeza antes de desaparecer entre la multitud. No pude evitar sonreír. Damien siempre había sido así. Era un chico muy callado cuando lo conocí y, hasta el día de hoy, solo hablaba con unas pocas personas. Por suerte, Cassian y yo estábamos entre ellas. Después de entregar el pan, me dirigí hacia los campos de entrenamiento. En cuanto llegué, los guerreros se alinearon bajo las órdenes del Alfa Rowan, el padre de Cassian. Uno tras otro, los lobos se transformaron. Algunos eran enormes, con pelajes tan oscuros como la medianoche. Otros eran más pequeños, pero más rápidos, y cruzaban el campo con una gracia extraordinaria. Los niños más pequeños aplaudían emocionados desde los laterales. Yo también aplaudí. Aunque, si era sincera… siempre sentía una pequeña punzada en el pecho cada vez que los observaba. No porque los envidiara. Al menos, todavía no. Simplemente me preguntaba qué se sentiría al escuchar otro corazón latiendo dentro de ti. Al saber que nunca estarías realmente sola. “Siempre observas como si intentaras memorizarlo todo”. Cassian había aparecido a mi lado sin que me diera cuenta. “Me gusta ver cómo todos mejoran”. “También te gusta fingir que no esperas que hoy sea el día”. Lo miré de reojo. “¿El día de qué?” Sonrió con complicidad. “Ya lo sabes”. Volví la mirada hacia el campo. “Mi lobo todavía tiene tiempo”. “Tienes años por delante”. “Lo sé”. Y lo creía. A nadie en Silvercrest le preocupaba que una chica de quince años aún no hubiera despertado a su lobo. Algunos se transformaban a los dieciséis. Otros, a los diecisiete. No había motivos para pensar que yo sería diferente. Al menos… eso era lo que me repetía una y otra vez. Cuando terminó el entrenamiento, me dirigí al Santuario de la Luna para dejar algunas flores frescas. Allí reinaba una mayor tranquilidad. Era un lugar apacible. El anciano Alto Sabio ya estaba frente a la estatua de la Diosa de la Luna cuando llegué. Se volvió al verme acercarme. “Aurelia”. Sonreí con educación. “Buenas tardes, anciano Cedric”. Me estudió durante un momento más de lo que solía hacerlo la mayoría de la gente. No de una manera cruel, sino… con detenimiento. “Has crecido”. “Eso me han dicho”. De sus labios escapó una leve carcajada. “Tus padres deben de estar orgullosos”. “Eso espero”. Asintió lentamente. “La Luna tiene planes misteriosos para algunos de nosotros”. Fruncí el ceño. “¿A qué se refiere?” En lugar de responder, simplemente apoyó una mano sobre mi hombro. “Cuando llegue el momento…” Su mirada se desvió brevemente hacia la estatua. “…ten fe”. Después, se marchó. Recuerdo que me quedé allí, completamente confundida. A los adultos les encantaba hablar con acertijos. Me convencí de que no era más que eso. De camino a casa, vi a alguien de pie cerca de la puerta occidental. No pertenecía a Silvercrest. De eso estaba segura. Su capa era demasiado oscura. Su postura, demasiado extraña. No llevaba armas como un guerrero, pero había algo en él que ponía a los guardias inusualmente tensos. Cuando pasé junto a él, nuestras miradas se encontraron durante apenas un instante. Inclinó la cabeza muy levemente. No era una sonrisa, pero tampoco exactamente una reverencia. Solo… un reconocimiento silencioso. Luego se dio la vuelta y desapareció por el sendero que descendía de la montaña. Estuve a punto de preguntarle a uno de los guardias quién era, pero me contuve. En su lugar, seguí caminando. Había preguntas que no parecían lo bastante importantes como para hacerlas. Aquella noche, me senté en el tejado de nuestra casa y observé cómo las estrellas aparecían una a una. La aldea brillaba bajo la luz de los faroles. En algún lugar cercano, los lobos aullaban mientras la luna ascendía cada vez más alto en el cielo. Cerré los ojos y escuché. Esperando. Albergando esperanzas. Quizá mañana. Quizá el próximo mes. O quizá el próximo año. Sonreí para mis adentros. Tenía todo el tiempo del mundo. Ahora que miro atrás… creo que esa es la parte más cruel de los recuerdos. Nunca te das cuenta de que estás viviendo un día cualquiera hasta que se convierte en uno al que desearás regresar durante el resto de tu vida.Nadie vinoPOV de AureliaDesperté al sonido de la lluvia. Durante varios segundos, no me moví. Me quedé mirando el techo desconocido sobre mí, intentando comprender dónde estaba.La habitación era pequeña. Había una mesa de madera junto a una única ventana y una silla apoyada contra la pared opuesta. Una manta delgada me cubría y, debajo de ella, sentía como si mi cuerpo hubiera sido golpeado contra las piedras.Entonces lo recordé.Silvercrest. El fuego. Los desconocidos. Cassian.Me incorporé de golpe y un dolor insoportable estalló inmediatamente en mis costillas. Un gemido ahogado escapó de mis labios mientras volvía a caer contra la pared.La puerta se abrió.Me quedé inmóvil.Un hombre estaba de pie en el umbral. Era alto y tenía el cabello oscuro, pero lo que realmente captó mi atención fueron sus ojos. Eran extrañamente brillantes y… dorados.Llevaba pantalones negros y una camisa gris holgada, ambas prendas sencillas, pero limpias. Su rostro me resultaba desconocido y su exp
La carga del AlfaPOV de AureliaUn año antes de la Luna de SangreCuando era pequeña, solía pensar que ser Alfa significaba estar al frente de cada batalla. Pero, a medida que fui creciendo, comprendí que las batallas más difíciles eran aquellas que nadie más podía ver.Todo comenzó con pequeños cambios.Cassian dejó de escaparse de los entrenamientos para reunirse conmigo junto al río. Sonreía menos. Se reía menos. Incluso cuando lo hacía, siempre había un rastro de agotamiento oculto tras su sonrisa.Al principio, culpé al Consejo de Alfas. Después de todo, él era el heredero de su padre. Tenía sentido que comenzaran a prepararlo para las responsabilidades que algún día implicaría gobernar Silvercrest.Aun así…Algo era diferente.Lo noté una tarde mientras lo esperaba frente a la sala del consejo. Las pesadas puertas de roble permanecieron cerradas durante lo que me pareció una eternidad.Desde donde estaba sentada, bajo el viejo arce, no podía escuchar más que voces apagadas que
AbandonadaPOV de AureliaDesperté con sabor a sangre en la boca. Por un momento, no supe dónde estaba. Solo había oscuridad, un dolor agudo en las costillas y el sonido de mi propia respiración.El agotamiento se apoderaba de todo mi ser. Sentía como si hubiera quedado atrapada en un ciclo interminable entre la vida y la muerte.Entonces lo recordé.Tenía una loba.Intenté sentirla dentro de mí, pero lo único que percibí fueron los latidos cada vez más débiles de mi corazón.No…¿Había sido todo un sueño?Oleadas de decepción y dolor me invadieron, y vomité. Era como si todo el sufrimiento que había soportado regresara de golpe, multiplicado por diez.Pero no. Este no podía ser mi final. Tenía que sobrevivir. Tenía que luchar. Tenía que encontrar a Cassian.Abrí los ojos de golpe.“Cassian”.Mi voz salió como un susurro quebrado. Cuando intenté moverme, el dolor atravesó todo mi cuerpo. Me mordí el labio para evitar gritar.Los escombros se habían desplazado. Ahora había una estrecha
La voz en la oscuridadPOV de AureliaLa oscuridad era interminable.No había dolor, ni sonido, ni luz. Ni siquiera un poco. Solo una oscuridad absoluta y completa. Por un fugaz instante, me pregunté si así se sentía la muerte.Sin peso. En silencio. Vacía.Intenté abrir los ojos, pero no ocurrió nada. Cuando traté de moverme, mi cuerpo se negó a obedecer.¿Había muerto?La pregunta flotó por la oscuridad sin recibir respuesta. Entonces, en algún lugar lejano, se escuchó…Una gota.Y otra más.El agua resonaba en medio del silencio, lenta y rítmica, como los latidos de un corazón que se apagaba.“Lia…”La voz apenas era un susurro. Era suave, delicada y desconocida y, aun así, algo dentro de mí se estremeció al escucharla.¿Podría ser la voz de mi madre?Quise responder, pero mis labios no se movieron.“Lia…”Esta vez, más cerca.No. No era mi madre. No era nadie a quien reconociera. La voz provenía de… mi interior.“Despierta”.Un dolor agudo estalló en mi pecho mientras el aire irru
La promesa de una LunaPOV de AureliaCuando era más joven, solía creer que la vida se desarrollaba exactamente como la imaginábamos.Estudiar mucho. Ser amable. Amar profundamente. Algún día, estaría al lado del hombre que amaba. Llevaría con orgullo el emblema de la Luna y pasaría el resto de mi vida protegiendo el único hogar que había conocido.Todo parecía tan sencillo.Quizá esa era la belleza de ser joven. Todavía creías que el para siempre era una promesa y no un privilegio.En Silvercrest, los Ancianos conservaban numerosas profecías transmitidas de generación en generación. Sin embargo, había una que siempre compartían como una advertencia, un recordatorio de que todos debían mantenerse alerta y estar preparados.Había escuchado aquella profecía innumerables veces, pero, de alguna manera, el Gran Salón siempre quedaba en silencio cuando el Alto Anciano la recitaba bajo el altar de la Diosa de la Luna.Su voz resonaba por toda la estancia, serena e inquebrantable, como si aqu
Antes de que todo cambiaraPOV de Aurelia*Tres años antes de la Luna de SangreLa gente siempre dice que los quince años son la etapa más sencilla de la vida. Tienes la edad suficiente para comprender el mundo que te rodea, pero sigues siendo lo bastante joven como para creer que nada realmente malo puede sucederte.A los quince años, yo también lo creía.El sol de la mañana apenas había asomado por encima de las montañas cuando salí a escondidas de la casa de la manada, con una hogaza de pan caliente bajo el brazo. La señora Elara había insistido en que se la llevara al viejo Bram, uno de los guerreros más ancianos de Silvercrest, que se había fracturado una pierna durante el entrenamiento unos días antes.Nunca me habían molestado los encargos.Me daban una excusa para pasear por la aldea y saludar a todas las personas con las que me cruzaba.Silvercrest siempre parecía cobrar vida por las mañanas.Los herreros martillaban nuevas hojas de espada. Los niños corrían unos detrás de ot







