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Tres

Auteur: Jam Nicxx
last update Date de publication: 2026-10-20 00:12:07

El silencio interior

POV de Aurelia

Había un dicho que todos los cachorros de la Manada Silvercrest crecían escuchando.

“La Diosa de la Luna nunca se equivoca”.

Ella elegía a los Alfas más fuertes para liderar. Bendecía a los guerreros más valientes con una fuerza inigualable. Y cuando unía dos almas, ninguna fuerza en el mundo —ni la distancia, ni la muerte, ni siquiera el destino— podía romper el vínculo sagrado entre compañeros destinados.

Al menos… eso era lo que siempre había creído.

Dos semanas antes…

El campo de entrenamiento estaba vacío cuando llegué.

Los últimos rayos del sol se extendían sobre la tierra desgastada, proyectando largas sombras bajo los imponentes pinos que rodeaban Silvercrest.

Había sido mi lugar favorito, un sitio donde las risas resonaban después de los combates de entrenamiento y las victorias se celebraban con bromas amistosas.

Ahora, solo me recordaba todo lo que me faltaba.

Me quedé en silencio cerca del borde del campo, observando a un grupo de lobos más jóvenes completar su primera transformación bajo la supervisión de los guerreros de la manada.

Uno tras otro, se transformaron en sus formas de hombre lobo. Un destello de pelaje. Un coro de aullidos emocionados. Las sonrisas iluminaron sus rostros orgullosos mientras sus padres corrían a abrazarlos.

“Son preciosos, ¿verdad?”

Me volví y encontré a Damien a mi lado, con los brazos cruzados sobre el pecho.

“Lo son”, coincidí.

Era una escena conmovedora.

“Tú les enseñaste a leer a la mitad de esos cachorros”.

Solté una risita y asentí.

“Lo recuerdo”.

“Todavía te admiran”.

“No deberían hacerlo”.

Damien frunció el ceño.

“¿Por qué dices eso?”

Bajé la mirada y me mordí el labio inferior.

“Porque crecerán y se convertirán en lobos de verdad”.

Las palabras escaparon de mis labios antes de que pudiera detenerlas.

“Y yo nunca lo seré”.

El silencio se instaló entre nosotros.

Damien nunca había sido bueno consolando a los demás. Nunca lo había sido. Lo sabía. Todos los miembros de la manada sabían que su Beta era tan rígido como una roca.

Por eso, sabía que quedarse a mi lado sin decir nada era su manera de intentar reconfortarme.

A veces…

Eso era suficiente.

“Debería irme”, murmuré.

Apenas había dado dos pasos cuando escuché una voz familiar detrás de mí.

“Lia”.

Me detuve.

Cassian.

Se había cambiado la ropa de entrenamiento y ahora llevaba una sencilla camisa negra, con las mangas arremangadas hasta los antebrazos después de un largo día de práctica.

“Desapareciste”, dijo mientras se detenía frente a mí.

“Solo necesitaba tomar un poco de aire”.

Su mirada se desvió hacia el campo de entrenamiento y luego volvió a mí.

“Viniste aquí”.

Asentí.

“Quería recordar lo que se sentía”.

“¿Qué cosa?”

“Creer que algún día despertaría por la mañana y por fin la escucharía”.

La expresión de Cassian se suavizó. Acortó la distancia entre nosotros hasta quedar a solo unos pasos de mí.

Has vuelto a pensar en esto.

“No puedo evitarlo”. Solté una risa amarga. “Tengo dieciocho años, Cassian”.

Las palabras se me atascaron en la garganta. Me avergonzaba decirlo en voz alta.

“He esperado durante años. Cada cumpleaños. Cada luna llena. Cada ceremonia”.

Tragué saliva con dificultad.

“Nada”.

“Lia…”

“¿Sabes lo que se siente despertar cada mañana con la esperanza de que ese sea el día?”

No respondió… porque no lo sabía.

Había sido testigo de mi espera. Había visto cómo la esperanza se transformaba lentamente en decepción cada vez que no ocurría nada.

“Susurran cuando paso a su lado”.

No sabía por qué de repente le estaba contando aquello. Mantuve la mirada fija en el suelo.

“Creen que no los escucho”.

“La chica sin lobo”.

“El Alfa merece a alguien más fuerte”.

“¿Cómo va a convertirse ella en Luna?”

Una lágrima se deslizó por mi mejilla antes de que pudiera limpiarla.

“¿Y si tienen razón?”

Cassian se acercó aún más.

“Lia”.

Me negué a mirarlo.

“¿Y si la Diosa de la Luna nunca me eligió?”

Me levantó suavemente el mentón. Sus familiares ojos azules no reflejaban más que una absoluta certeza.

“Mírame”.

Lo hice.

“Cuando tenía quince años, mi padre me preguntó qué clase de Luna quería a mi lado”.

Una leve sonrisa apareció en sus labios.

“Le di una lista”.

A pesar de mí misma, me reí.

“¿Hiciste una lista?”

Asintió, con una pequeña sonrisa jugueteando en sus labios.

“Era una lista excelente”.

“¿Ah, sí?”

Asintió solemnemente.

“Amable”.

Sonreí.

“Valiente”.

Mi sonrisa se ensanchó mientras lo escuchaba enumerar aquellas cualidades.

“Testaruda”.

“No soy testaruda”.

“Lia”.

“Está bien. Quizá un poquito”.

Soltó una carcajada suave.

“Compasiva. Leal”.

Me miró directamente a los ojos.

“Una persona que siempre pone a los demás por delante de sí misma”.

Apartó la lágrima que descansaba sobre mi mejilla.

“¿Sabes qué no estaba en esa lista?”

Negué con la cabeza. No lo sabía.

“Un lobo poderoso”.

Parpadeé, sorprendida.

“Nunca me importó”.

Su voz se volvió más suave.

“Porque el valor de la chica que amo nunca dependió del lobo que pudiera tener”.

Tomó mis dos manos entre las suyas.

“No me enamoré de una futura Luna”.

Sus pulgares acariciaron suavemente mis nudillos.

“Me enamoré de Aurelia”.

El mundo a nuestro alrededor pareció desaparecer. Ya no había susurros ni expectativas. Solo el calor de sus manos entre las mías.

“No me importa si tu lobo despierta mañana”, continuó. “O el próximo año”.

Besó mis lágrimas y las secó con ternura.

“O si nunca despierta”.

Apoyó su frente contra la mía.

“Si tuviera que elegir entre gobernar Silvercrest junto a la loba más poderosa que haya existido…”

Sonrió con dulzura.

“…o pasar el resto de mi vida contigo…”

Cerré los ojos.

“Nunca ha habido nada que elegir. Siempre has sido tú”.

Por primera vez en mucho tiempo, el silencio que habitaba en mi interior dejó de sentirse tan solitario.

Todavía no podía escuchar a ningún lobo.

Pero sí podía escuchar los latidos constantes del corazón de Cassian.

Y, durante aquel instante…

Me permití creer que eso era suficiente.

En aquel entonces, creía que la batalla más grande de mi vida era el silencio que llevaba dentro.

Pensaba que los susurros eran mi enemigo. Que cada mirada de reojo, cada conversación en voz baja y cada pregunta sobre el lobo que nunca tuve serían la carga más difícil que jamás tendría que soportar.

Qué poco sabía.

Ahora, al mirar atrás, casi me río de la chica que fui.

Creía que mi mayor dolor era el silencio dentro de mí. Pensaba que lo más cruel que la Diosa de la Luna podía hacerme era dejarme sin un lobo mientras todos los demás encontraban a la otra mitad de su alma.

Pasé demasiado tiempo preguntándome si era digna de convertirme en Luna. Si merecía estar al lado del hombre que amaba. Si era suficiente.

Ojalá lo hubiera sabido.

La Diosa de la Luna no me estaba poniendo a prueba.

Me estaba preparando.

Porque antes de que otra luna pudiera alzarse, la vida que tanto atesoraba quedaría reducida a cenizas. Las personas en quienes confiaba se convertirían en extraños, y el hogar que alguna vez creí que me protegería se transformaría en el lugar donde enterrarían mi nombre.

La chica que lloraba por no tener un lobo murió aquella noche.

La mujer que regresó ya no se preocupaba por coronas, títulos ni por la aprobación de una manada que ya había llorado su muerte.

Regresé por una sola cosa… o quizá por dos.

La verdad y… la venganza.

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