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La Luna que Enterraron
La Luna que Enterraron
Auteur: Jam Nicxx

Uno

Auteur: Jam Nicxx
last update Date de publication: 2026-10-20 00:10:08

La noche en que morí

POV de Aurelia

Me enterraron bajo un cielo repleto de estrellas.

Lo más cruel no fue que estuviera a punto de morir. Fue que todos creyeran que ya estaba muerta. Y que nadie intentara demostrar lo contrario.

“¡El Festival de la Luna comienza al atardecer!”

Un bullicio lleno de alegría se extendió por toda la Manada Silvercrest mientras los lobos se apresuraban por la aldea, colgando faroles plateados de los altísimos pinos y colocando flores blancas en las entradas de las casas. Sonreí al ver a los niños reír mientras corrían unos detrás de otros por la plaza, mientras los guerreros pulían sus armas para el desfile ceremonial. La música flotaba en la fresca brisa del atardecer, anunciando las festividades que estaban por comenzar.

Aquella noche daba inicio al Festival de la Luna de Sangre. Era la noche más sagrada de todo el año.

Para los demás, era una celebración, pero para mí, era el comienzo de la vida con la que siempre había soñado.

“Te convertirás en una gran Luna. Los miembros de la manada ya te quieren mucho”, me dijo una anciana con una sonrisa mientras sostenía a su nieto en brazos.

“Gracias. No puedo esperar a que llegue esta noche”, respondí con una sonrisa mientras la gente seguía acercándose para saludarme. Supongo que todos están listos.

Habría un banquete, una celebración enorme para todos. Era una tradición de todas las manadas durante el Festival de la Luna, una forma de honrar a la Diosa de la Luna. También habría una gran hoguera donde todos bailarían, cantarían y pasarían tiempo juntos. Al ver cómo todo cobraba vida ante mis ojos, no podía sentirme más feliz.

“Llevas toda la mañana sonriendo tú sola”.

Levanté la mirada cuando una anciana omega se acercó con una cesta rebosante de lirios blancos de luna. La señora Elara soltó una risita cómplice.

“Si no te conociera tan bien, diría que estás pensando en nuestro Alfa”.

Sentí cómo el calor me subía a las mejillas.

“No es cierto”.

“Mentirosa”. La anciana rio antes de entregarme un ramo de flores. “Ve a colocarlas en el Santuario de la Luna. Y procura no quedarte mirando demasiado al Alfa Cassian esta noche”.

Puse los ojos en blanco, aunque la sonrisa en mi rostro no hizo más que ensancharse.

“Lo intentaré”.

“No, no lo harás”.

Solté una risita y continué mi camino hacia el santuario, sosteniendo con cuidado las flores contra mi pecho.

Silvercrest era una manada gloriosa y próspera, pero en aquella época del año se volvía aún más hermosa.

Los pinos se mecían suavemente con la brisa, dejando que los rayos del sol se filtraran entre sus ramas como hebras de oro. Banderas blancas adornadas con lunas crecientes ondeaban sobre las puertas de las casas, mientras los faroles aún apagados esperaban la llegada de la noche.

Aquel siempre había sido mi hogar.

No podía imaginarme viviendo en ningún otro lugar.

“Lia”.

Un cosquilleo recorrió todo mi cuerpo. Solo una persona era capaz de provocarme aquella sensación.

Me giré justo cuando Cassian se puso a mi lado. Incluso vestido con ropa sencilla de entrenamiento, irradiaba la confianza serena y la autoridad discreta de un Alfa. Era alto, de hombros anchos, y el viento de la mañana le alborotaba el cabello oscuro. Sus penetrantes ojos azules siempre conseguían encontrarme entre la multitud.

Sonrió.

“Ahí estás”.

“¿Me estabas buscando?”

“Te he estado buscando toda la mañana”. Extendió la mano hacia la cesta que llevaba. “Yo la llevaré”.

“No tienes por qué hacerlo”.

“Lo sé”.

Aun así, la tomó y luego examinó con atención mi expresión. Una sonrisa tierna apareció en sus labios.

“Vaya, alguien está emocionada”.

“He estado preparando todo para esta noche”. Intenté contener mi entusiasmo, pero me resultaba prácticamente imposible.

Él se acercó hasta que apenas quedó un suspiro de distancia entre nosotros.

“Lo sé”. Sus dedos apartaron con delicadeza un mechón de cabello que me caía sobre el rostro. “Y esta noche, por fin te convertirás en mi Luna”.

Su voz se suavizó al pronunciar las últimas palabras.

Sentí un calor que se extendió por mi pecho como un incendio. Habíamos esperado años para que llegara aquel momento. Había soñado con él desde que era una niña, desde el instante en que posé mis ojos en Cassian por primera vez.

Aquel dulce muchacho que siempre me había protegido. Que había llorado conmigo y reído a mi lado. La Diosa de la Luna nos había elegido como compañeros destinados. La manada nos había aceptado.

Caminamos juntos en un silencio reconfortante. De esos que te hacen sentir segura, que te hacen sentir en casa. Que te hacen sentir que perteneces a ese lugar.

A mí.

Siempre había sido así. Todo entre nosotros era fácil y natural.

Aquella noche, bajo la luna llena, nos presentaríamos ante nuestra gente y completaríamos la Ceremonia de la Luna. Todo parecía perfecto.

Demasiado perfecto.

Cuando llegamos al santuario, coloqué los lirios de luna debajo de la estatua de mármol de la Diosa de la Luna. Incliné la cabeza.

“Por favor, protege a todos esta noche”.

Elevé una silenciosa súplica a la Diosa de la Luna.

Un viento helado atravesó la plaza como un ladrón en medio de la noche. Los faroles parpadearon y, durante un breve instante, todos los lobos de la aldea quedaron extrañamente en silencio. Sentí un nudo en el estómago y enderecé la espalda.

Algo anda mal.

Miré hacia el bosque que rodeaba la manada. Los árboles permanecían inmóviles, como si estuvieran observando y esperando algo.

Pero entonces, aquella sensación desapareció tan rápido como había llegado.

Cassian notó mi expresión.

“¿Qué ocurre?”

Me rodeó con un brazo protector, percibiendo mi inquietud.

Forcé una sonrisa.

“Nada”.

No quería arruinar el ambiente alegre y tranquilo que nos rodeaba por algo que, probablemente, no era nada.

Cassian se acercó un poco más y tomó mi mano con delicadeza.

“Te preocupas demasiado”.

“¿Ah, sí?”

“Sí”. Su pulgar acarició mis nudillos. “Pero mañana, nada de eso importará”.

Sonrió con aquella misma confianza serena que había conseguido que toda la manada confiara en él.

Antes de que pudiera responder, un fuerte toque de cuerno resonó por toda la aldea, haciendo que todos dejaran lo que estaban haciendo.

“¡El Consejo de Alfas ha llegado!”, gritó alguien.

Los aldeanos se apresuraron hacia la plaza principal. Al mismo tiempo, escuché a Cassian suspirar.

“Los deberes me llaman”.

Me reí.

“Ve. Antes de que tu Beta venga a buscarte”.

“Ya está aquí”.

Como si hubiera escuchado nuestras palabras, Damien, el Beta de Cassian, apareció al final del camino.

“Ahí estás”, llamó Damien. “El consejo te está esperando”.

Cassian dejó escapar un quejido exagerado.

“Esperaba que se olvidaran de mí”.

“No lo harán”, respondió Damien con rigidez.

Cassian volvió a mirarme.

“Nos vemos esta noche”.

Asentí.

“Te estaré esperando”.

Nos quedamos inmóviles durante un breve instante, como si ninguno de los dos quisiera marcharse. Finalmente, él se inclinó y me besó la frente.

Un gesto sencillo. Uno que había repetido innumerables veces.

Y, aun así, consiguió hacerme sonrojar como siempre.

Se alejó junto a Damien y desapareció entre la multitud que comenzaba a congregarse. Lo observé hasta que dejé de distinguirlo entre la gente.

Solo entonces continué hacia la plaza de la aldea. Mientras caminaba, no dejaba de mirar el bosque que rodeaba la manada.

La inquietud había regresado.

Me detuve en seco, con la extraña sensación de que alguien seguía cada uno de mis movimientos, esperando el momento oportuno para atacar.

Las risas resonaban a mi alrededor, recordándome el verdadero significado de aquella noche. Suspiré.

“Probablemente no sea nada”, susurré para mí misma.

Quería creerlo. De verdad que sí.

Porque, si hubiera escuchado aquella advertencia que ardía en mi pecho, si me hubiera dado la vuelta, si hubiera echado a correr… tal vez nunca habrían enterrado un ataúd vacío en mi nombre.

Y tal vez nunca me habría convertido en la mujer que regresó.

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