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Capítulo 2: La Mansión Fernández. 

Author: Autor N.C
last update Petsa ng paglalathala: 2026-10-23 10:34:24

Los ojos de Kloe se llenaron de brillo la primera vez que vio la mansión en la que Less vivía. Lo que para su esposo era una gigantesca casa aburrida y exagerada, para ella era un palacio de sueños hecho realidad. 

—Por aquí —ordenó Less después de subir las escalinatas. 

La habitación principal era inmensa en comparación con el convento. Pero Less no se detuvo allí, la llevó hasta el salón comedor justo en el momento en el que la señora Leticia colocaba la última charola de comida sobre la extensa mesa de mantel blanco y pulcro. Era todo un banquete de comida caliente. 

La anciana notó de inmediato la forma en la que Kloe miraba los platos, y aprovechando que Less salió del salón, le preguntó si quería sentarse a comer. 

—¿Está segura de que puedo hacer eso? —preguntó Kloe con timidez. 

Kloe estaba apretando la tela de su hábito y con los ojos fijos en el pastel de carne, tragando saliva en silencio mientras su estómago rugía.

—Por supuesto, señorita Kloe. Es una orden del señorito Less —dijo Leticia—. Siéntese y coma tranquila. Este festín es en su honor. Tómelo como una bienvenida. 

Kloe se sentó con una sonrisa amigable en el rostro y cuando probó el primer bocado, sus ojos se llenaron de lágrimas. Tenía mucho tiempo comiendo engrudo amargo y pan duro que muchas veces tenía que recoger del suelo del convento. «Es tal y como lo pensé. Casarme con este hombre era la única solución para salir de ese infierno que vivía en el convento. Además, puedo disfrutar de esta exquisita comida», pensó mientras comía en silencio, pero con prisa.

Leticia adoraba verla comer con tanto ánimo, así que sonrió cuando salió del salón comedor y la dejó disfrutar a solas. 

Al terminar, Kloe escuchó unas voces en el pasillo que le llamaron poderosamente la atención. Eran las voces de Less y Leticia. Ella se levantó por curiosidad y caminó hasta la puerta entreabierta para poder escuchar claramente lo que decían. 

—No me importa cómo sea ella, Leticia —dijo Less con fastidio y claramente molesto—. Yo tenía que casarme con Débora Martinelli, una mujer hermosa, elegante y delgada. Pero en su lugar, mi padre me obliga a casarme con una monja gorda que parece un saco de patatas sin ninguna gracia. 

Kloe se llevó las manos a la boca por la impresión. Ella no esperaba un matrimonio perfecto, pero tampoco esperaba que el corazón de Less ya tuviera dueña. Less escuchó el suspiro de la monja y abrió rápidamente la puerta de golpe y comenzó a mirarla de arriba abajo con una sonrisa burlona en el rostro.

—Vaya, vaya. Eres una gordita llena de sorpresas —dijo Less—. No sabía que en el convento les enseñaban a escuchar las conversaciones privadas de otras personas. Eso no es muy de monjas, ¿sabías?

—No lo estaba escuchando a propósito, señor Fernández. Solo me levanté porque escuché su voz y quería agradecerle personalmente por la exquisita comida.

Less apretó la mandíbula y frunció el ceño, estaba molesto por la respuesta firme de Kloe. Él esperaba verla muerta de miedo y temblando ante su presencia. 

—En esta casa no puedes andar vestida con ese saco de patatas encima —ordenó él con voz helada—. Quítate esa porquería de hábito y que Leticia te busque un traje a la medida ahora mismo. Es una orden.

Kloe tragó saliva con dificultad. Le aterraba la idea de quedar en ropa interior frente a ese hombre, pero ya había aceptado un compromiso frente a los ojos de Dios y debía cumplir con su papel de esposa, aunque para Less todo fuera una farsa.

Comenzó a desabrochar los botones de la túnica beige. Uno a uno. Cuando el último botón cedió, Kloe dejó caer la tela gruesa sobre el piso de mármol blanco. Se quedó de pie solo con una prenda interior sencilla de color blanco. Less se congeló de inmediato. La sonrisa burlona se borró de sus labios y sus pupilas se hicieron más grandes al descubrir todo lo que escondía esa vieja y gastada túnica. 

Él esperaba encontrar grasa y celulitis, pero se encontró con una cintura estrecha y definida, caderas anchas y bien marcadas, y senos perfectos que se mantenían firmes en el pecho de Kloe. Todo eso sumado a un rostro dulce y angelical de cabellera soñada. Pero no podía olvidar que era su esposa por convenio. 

—Eres una monja estúpida —dijo Less para romper el hielo.

 Less sintió un impacto en el pecho al ver la silueta de Kloe. La sangre le hirvió y un deseo primitivo lo recorrió de golpe. Pero apretó los dientes, furioso consigo mismo. «Es solo una estúpida monja de convento», se repitió en la mente, obligándose a apartar la mirada para no demostrar debilidad ante Kloe. Sin embargo, quería dejar claro quien mandaba en esa relación ficticia. Así que comenzó a acercarse lentamente a ella.

Kloe lo sintió muy cerca y por primera vez se puso nerviosa. Su boca estaba a solo un par de centímetros de la suya y ella fácilmente podía oler su perfume millonario. La monja temblaba de miedo ante la cercanía de Less, de solo recordar las heridas de balas y las cortadas de navajas la hacía paralizar de miedo «¿Por qué se acerca tanto? ¿Me quiere besar? ¿Y ahora qué hago?» pensaba Kloe entrando en pánico. Obviamente no quería besar al hombre de las heridas y los tatuajes de mafioso.

—Supongo que si eres virgen, eso significa que tampoco has besado nunca a un hombre —preguntó Less mirándola fijamente y haciendo que ella casi sufriera un infarto. 

Kloe asintió lentamente con la cabeza, pero sin dejar de ver sus ojos azules y penetrantes. 

Pero Less solamente comenzó a reír y se alejó de ella. Kloe respiró profundo para recuperar el aliento y la calma. 

—Ya quisieras tú que yo te besara. No te equivoques, monjita. Ya te dije cual es tu papel en todo esto —dijo Less mientras se servía un trago él mismo—. Leticia, búscale un vestido decente para conocer a mis padres —ordenó. 

—De inmediato, señorito Less. 

Justo en ese momento entró Lucius Fernández, el padre de Less y dueño de la fortuna familiar. Kloe tomó la túnica rápidamente del suelo y cubrió su cuerpo con mucha vergüenza.

Lucius miró la escena y luego miró el rostro de su hijo. 

—No voy a hacer preguntas —exclamó—. Tu madre los espera en el salón de fiesta. Está ansiosa por conocer a tu hermosa esposa —dijo mientras que Kloe deseaba que se la tragara la tierra en ese mismo instante.

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