ログイン—No puedo hacerlo —exclamó Kloe mientras Leticia le terminaba de retocar el maquillaje.
Less se había adelantado y ahora la esperaba junto a sus padres y varios invitados en el salón de fiestas.
—Solamente sé tú misma y lo harás muy bien. Además, te ves hermosa —dijo Leticia con una sonrisa que la llenó de confianza.
Kloe respiró profundo y se contagió de la sonrisa de Leticia. «Ella tiene razón», pensó, «Si pude con todo ese tormento en el convento, seguramente puedo con esto».
Mientras tanto, en el centro del salón de fiestas de la mansión Fernández, el sonido del cristal de las copas chocando levemente una contra otras resonó en medio de la elegante música que sonaba de fondo. Less empinó la copa de champagne y se tragó el líquido de un solo golpe para tratar de disimular los nervios.
—Arregla tu cara ahora mismo, Less —ordenó Lucius Fernández sin siquiera mirarlo, sosteniendo su propia copa con firmeza—. No quiero que nadie note lo débil que eres.
Less estuvo a punto de contestar, pero justo en ese momento un murmullo repentino recorrió todo el salón y cortó las conversaciones de los invitados a la mitad. Todos giraron sus miradas bruscamente hacia la parte más alta de las escaleras doradas.
Kloe bajaba escalón por escalón con mucho cuidado. Su corazón latía con fuerza en su garganta, como si se fuera a salir en cualquier momento. Era la primera vez en su vida que sentía tantas miradas sobre ella al mismo tiempo.
El vestido negro que llevaba puesto era una verdadera obra de arte. Era como si lo hubieran hecho especialmente para ella. Se ceñía con precisión a su cintura y dejaba al descubierto la curva pronunciada de sus caderas, lo elegante de sus hombros, y parte de la espalda. Además de resaltar positivamente el color de su piel.
Kloe sentía que sus propios pies pesaban una tonelada y que en cualquier momento podía resbalar y caer.
—Solo camina recto y no mires a nadie a los ojos —se decía a sí misma para calmar los nervios y que nadie pudiera notar el temblor de sus piernas.
Lucius tuvo que empujar a Less disimuladamente con el hombro para hacerlo reaccionar y que fuera a recibir a su esposa.
Al llegar al fin de la escalera había un silencio absoluto en todo el salón. Incluso la banda musical había dejado de tocar. Nadie podía creer que realmente esa curvy fuera la esposa de Less Fernández. Aquello parecía una broma de mal gusto.
Victoria Fernández se le atravesó a Less en el camino y llegó a Kloe primero que él. La mujer la miró de arriba abajo con incredulidad antes de soltar una palabra.
—¿Qué significa esto? —preguntó volteando para ver a su esposo—. Estás decidido a convertir tu familia en un chiste, ¿no es así?
Kloe sintió un nudo en la garganta. Aquella mujer era tan imponente que la hacía sentir diminuta, pero ella seguía firme y con la frente en alto. Nada podía ser peor que volver al convento.
Un fuerte ruido estremeció todo el salón e hizo que los escoltas se llevaran las manos a la cintura por instinto. Pero aquello era el sonido de Débora Martinelli abriendo la puerta principal de extremo a extremo. Entró pisando fuerte sobre el mármol del piso con sus tacones de diseñador y su figura perfecta. Detrás de ella, su hermano Rossi caminaba con las manos en los bolsillos del pantalón, manteniendo la calma pero con la mirada atenta a cada movimiento de los invitados presentes.
Débora ignoró a los invitados y caminó directo hacia el grupo de los Fernández. Al llegar frente a Kloe, soltó una risa burlona y la señaló con el dedo índice directamente al rostro.
—¿Es una broma? —gritó Débora, haciendo que el silencio en el salón se hiciera aún más profundo—. Tuve que venir a verlo con mis propios ojos porque no lo podía creer. ¿Less Fernández casado con una monja gorda y sin gracia?
Kloe no se movió. Recibió el insulto de frente y sintió como todas las miradas se clavaban nuevamente en ella.
—Tú debes ser Débora Martinelli —dijo Kloe muerta de nervios—. Mucho gusto, soy Kloe Zazueta —comentó mientras extendía su mano derecha.
Débora dejó escapar una carcajada y se puso las manos en la cintura dejando a Kloe con la mano extendida.
—¿De quién fue esta brillante idea? ¿Quién quiso hacer de payaso esta vez?
Lucius dio un paso al frente y se paró justo frente a ella.
—Mide tus palabras, Débora —dijo Lucius con una voz tranquila pero desafiante—. Que no se te olvide con quien estás hablando.
—Mi padre hizo un pacto con ustedes. Teníamos su palabra. Yo me casaría con Less y ambas familias se unirían. Ustedes rompieron su palabra —insistió Débora.
—Esa mujer es la esposa de mi hijo, y ya no hay más nada que decir —sentenció Lucius.
—¡Me importa una m****a! —exclamó Débora fuera de sí. Se giró hacia Kloe, avanzó con paso rápido y levantó la mano con toda la intención de cruzarle la cara con una fuerte cachetada.
Kloe cerró los ojos y apretó el rostro esperando el golpe. Estaba lista para recibirlo. Pero la mano de Débora nunca llegó a tocarla.
Una mano fuerte y varonil sujetó la muñeca de Débora y la detuvo en el aire antes de que descendiera contra la mejilla de Kloe. Rossi la frenó justo a tiempo con un apretón firme.
—Ya basta, Débora —ordenó Rossi a su hermana y la empujó hacia atrás con brusquedad—. Estás haciendo el ridículo delante de toda esta gente.
—¡Suéltame! —gritó ella zafándose de un tirón—. ¡Esto no se va a quedar así! ¡Mi padre sabrá ahora mismo que no respetaron la palabra que le dieron a los Martinelli! ¡Van a pagar por esto!
Débora dio media vuelta hecha un demonio y salió del salón totalmente enojada y apartando a todos los que se atravesaban en su paso, mientras que Kloe no podía creer lo cerca que estuvo de recibir la cachetada de su vida.
Rossi no salió corriendo detrás de su hermana. Se acomodó el traje, dio un paso hacia Kloe y la miró directamente a los ojos con una sonrisa tranquila. Ignoró por completo a Less Fernández.
—Disculpe el espectáculo, señora Fernández —dijo Rossi con un tono de voz suave, educado y seductor. Le tomó la mano derecha a Kloe antes de que ella pudiera reaccionar y puso sus labios en sus nudillos para darle un beso de caballero—. Le pido disculpas en nombre de mi hermana.
A Kloe se le erizó cada poro de su piel y su rostro se hizo tan rojo como la sangre misma mientras que ese hombre le sostenía la mano con firmeza y la miraba con una admiración verdadera.
Pero antes de que Rossi pudiera decir otra palabra, Less dio un paso al frente, le agarró el brazo a Kloe y la jaló hacia atrás suavemente para ponerse justo en el medio de los dos.
—Te lo agradecemos mucho, Rossi, pero ya puedes soltarla —gruñó Less con la mandíbula apretada y el ceño fruncido—. Ya hicieron el show que querían hacer. Ahora te puedes largar de mi casa.
Rossi soltó una sonrisa de lado, sin borrar la expresión de su rostro.
—Tranquilo, Less —dijo Rossi dando un paso atrás con las manos levantadas en señal de calma—. Solo estaba saludando a tu esposa. No es necesario que te pongas celoso, hermano.
Less dejó escapar una carcajada.
—¿Yo? ¿Celoso de esa gorda? —siguió riendo. —Solo te recuerdo que en la mafia hay que respetar la propiedad privada y ella me pertenece.
—Interesante. No sabía que la veías solo como un mueble —respondió Rossi pensativo.
—Ya te dije, ella es mi propiedad y puedo hacer con ella lo que me venga en gana. Ahora, vete de mi casa —insistió Less.
—Me iré ahora mismo —dijo Rossi mientras caminaba en reversa—. Fue un placer conocerla, señora Fernández. Espero volver a verla pronto —Rossi hizo una reverencia
Rossi salió del salón ignorando por completo a Less y dedicando una última mirada y sonrisa a Kloe. La tensión en el salón era tan fuerte que incluso se podía cortar con una navaja. Nadie se atrevía a decir una sola palabra. Solamente Less respiraba agitado, sintiendo el pecho lleno de rabia. Se giró hacia su padre, caminó el par de pasos que lo separaba de él y lo señaló sin miedo directamente al rostro.
—¿Ya estás feliz? —preguntó Less a su padre a solo un par de milímetros de su cara—. ¿Ya conseguiste lo que querías? Ahora tenemos un problema con una familia aliada por culpa de tu capricho.
Pero Lucius no movió ni siquiera un músculo de la cara. Se mantuvo frío e inexpresivo ante el reclamo de su hijo.
Less le sostuvo la mirada por un par de segundos más, pero luego dio media vuelta y salió del salón de fiestas sin mirar atrás y sin importarle que Kloe le gritó antes de irse.
—¡Less! —exclamó preocupada.
Kloe miró alrededor y se vio rodeada de todas esas personas que no la querían en ese lugar. En ese momento entendió que era mejor ir a la habitación y rezar porque a Less no le pasara nada malo.
[***]Al día siguiente.La luz del sol se colaba por el cristal de la ventana y entre las cortinas de la habitación principal. Kloe no había logrado cerrar los ojos durante toda la noche. Acostada sobre las sábanas de seda, con el mismo vestido negro que había usado la noche anterior, había estado contando cada segundo en el reloj de la pared. En su mente se repetían una y otra vez las palabras de su suegra y Débora que la hacían sentir muy mal, pero de momento también se colaba el recuerdo del beso de Rossi en su mano y eso lograba robarle una pequeña sonrisa tierna. En ese momento también recordó la reacción de Less cuando Rossi no soltaba su mano y una idea surcó su mente de manera repentina: «¿Less sintió celos por mi?», pensó. —No… eso es imposible —se dijo a sí misma mientras sonreía en el silencio y la soledad de esa habitación.El sonido inesperado de un impacto seco contra la puerta de la habitación la hizo saltar de la cama. La puerta se abrió de golpe y Less Fernández ent
—No puedo hacerlo —exclamó Kloe mientras Leticia le terminaba de retocar el maquillaje. Less se había adelantado y ahora la esperaba junto a sus padres y varios invitados en el salón de fiestas. —Solamente sé tú misma y lo harás muy bien. Además, te ves hermosa —dijo Leticia con una sonrisa que la llenó de confianza.Kloe respiró profundo y se contagió de la sonrisa de Leticia. «Ella tiene razón», pensó, «Si pude con todo ese tormento en el convento, seguramente puedo con esto».Mientras tanto, en el centro del salón de fiestas de la mansión Fernández, el sonido del cristal de las copas chocando levemente una contra otras resonó en medio de la elegante música que sonaba de fondo. Less empinó la copa de champagne y se tragó el líquido de un solo golpe para tratar de disimular los nervios.—Arregla tu cara ahora mismo, Less —ordenó Lucius Fernández sin siquiera mirarlo, sosteniendo su propia copa con firmeza—. No quiero que nadie note lo débil que eres. Less estuvo a punto de contest
Los ojos de Kloe se llenaron de brillo la primera vez que vio la mansión en la que Less vivía. Lo que para su esposo era una gigantesca casa aburrida y exagerada, para ella era un palacio de sueños hecho realidad. —Por aquí —ordenó Less después de subir las escalinatas. La habitación principal era inmensa en comparación con el convento. Pero Less no se detuvo allí, la llevó hasta el salón comedor justo en el momento en el que la señora Leticia colocaba la última charola de comida sobre la extensa mesa de mantel blanco y pulcro. Era todo un banquete de comida caliente. La anciana notó de inmediato la forma en la que Kloe miraba los platos, y aprovechando que Less salió del salón, le preguntó si quería sentarse a comer. —¿Está segura de que puedo hacer eso? —preguntó Kloe con timidez. Kloe estaba apretando la tela de su hábito y con los ojos fijos en el pastel de carne, tragando saliva en silencio mientras su estómago rugía.—Por supuesto, señorita Kloe. Es una orden del señorito L
—Es una broma, ¿Verdad? —preguntó Less Fernández con una sonrisa nerviosa en su rostro y luego una mueca de asco mientras miraba a Kloe de arriba abajo—. ¿Mi padre quiere que me case con esta monja gorda y desarreglada? Kloe escuchó claramente el insulto de Less y apretó sus puños con fuerza, pero permaneció en silencio en el pasillo oscuro del convento San José. Ella no era una gorda fea y desarreglada, pero el hábito ancho y desgastado que llevaba puesto, ocultaba por completo la forma real de su cuerpo. Sin embargo, ante los ojos de aquel mafioso acostumbrado a modelos delgadas, plásticas y con cuerpos perfectos, ella solo parecía una mujer sin gracia y sin encanto.—Son las órdenes de su padre, señor Fernández —respondió la madre superiora sin mirarlo a los ojos—. Ella es huérfana, virgen y muy discreta. Es la única de las hermanas que cumple con todas esas características que dejó el señor Fernández.Less soltó un suspiro profundo en señal de frustración. Sabía que no tenía otra







