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Capítulo 3

Penulis: Alyssa J
Al llegar a casa, me falló la espalda.

Era una complicación que me quedó de la epidural cuando nació mi segundo hijo. El dolor era cegador, me dejó la columna trabada en un espasmo rígido. Gotas de sudor me resbalaban por las sienes.

Alexander estaba leyendo el periódico en el sofá. Al oírme jadear, se acercó corriendo y me sostuvo antes de que cayera al suelo. Sus ojos reflejaban pánico.

—¿Qué pasó? ¿Otra vez la espalda?

Al ver su genuina preocupación, me sentí aturdida por un momento.

Durante veinte años, los cuidados de Alexander siempre parecieron perfectos. Impecables.

—Sí... me duele mucho... no me puedo mover —dije entre dientes por el dolor.

—Tranquila. Te llevo a urgencias ahorita mismo.

Estaba por agacharse para cargarme, tratándome como si fuera de porcelana fina.

En ese momento, el celular en su bolsillo empezó a sonar.

Era el tono específico que le tenía asignado a Chloe.

Alexander se quedó petrificado. El instinto lo dominó y sacó el celular.

Por el altavoz se escuchó la voz de Chloe, en llanto y con una desamparada actuación.

—Me corté el dedo con una carpeta. Sale muchísima sangre... me duele horrible... ¿Me voy a desangrar?

La cara de Alexander se puso pálida como el papel, mucho más de lo que se puso cuando me vio incapaz de caminar hace un momento.

—¡No llores! ¡No te muevas! Presiona la herida. ¡Voy para allá!

Colgó. Me miró mientras yo temblaba pálida en sus brazos y vi un destello de duda en sus ojos. Pero la determinación lo reemplazó.

—Chloe se lastimó. Está sangrando mucho. Ya sabes lo mucho que le aterra el dolor. Tengo que ir con ella.

Lo miré con incredulidad.

—Ni siquiera puedo caminar. ¿Me vas a dejar aquí por una cortada con un papel?

Alexander arrugó la frente. Su tono cambió a uno de reclamo, como si yo fuera la que no razonaba.

—¿Por qué te pones así? Lo de tu espalda es crónico. Te ha pasado mil veces, ya sabes qué hacer. Tómate dos ibuprofenos y ponte la almohadilla caliente. Pero lo de Chloe es diferente. Está sola; seguro le está dando un ataque de pánico.

En el sillón de junto, mi hijo Leo, que traía puestos sus audífonos para jugar, alcanzó a escuchar la discusión. Se quitó un auricular y suspiró con impaciencia.

—Ya no seas tan dramática. Mi tía está sangrando; eso es una emergencia. Tu espalda no te va a matar. Pide un Uber a urgencias si tanto te duele. Deja de quitarle el tiempo a mi papá.

Mi hija Mía puso los ojos en blanco mientras seguía viendo su celular.

—Es en serio. Siempre quieres competir con mi tía por atención. Qué patético, mamá.

La elección de mi esposo. La crueldad de mis hijos. Sus palabras eran como cuchillos que me aserraban el corazón.

Solté la manga de Alexander. Mi corazón se endureció.

—Está bien. Vete.

Alexander pensó que por fin estaba siendo “sensata”. No perdió ni un segundo en consolarme. Agarró la tarjeta de su Tesla y salió disparado por la puerta.

Soporté la agonía sola. Me arrastré hacia la salida, centímetro a centímetro, y esperé el Uber que tuve que pedir yo misma.

Después de que me pusieron una inyección de cortisona y de recoger mi receta en el hospital, me detuve cerca de la entrada de las salas de tratamiento VIP.

Vi una espalda conocida.

Alexander sostenía el dedo de Chloe con la devoción de un hombre que sostiene una reliquia sagrada. Estaba cubierto por una sola y diminuta curita.

Aun así, él mantenía la cabeza baja, soplando sobre la “herida” con ternura.

—Ya... ¿te sientes mejor? Aquí estoy contigo.

Parada entre las sombras del pasillo, sentí que los ojos me ardían.

Hace veinte años, cuando éramos novios en la universidad, me corté la mano pelando una manzana. Alexander reaccionó exactamente igual: con los ojos rojos por la angustia, sosteniendo mi mano y soplándole durante diez minutos.

Me había dicho: “Tus manos son para que yo las sostenga, no para que se lastimen”.

Ahora, le había entregado todo ese universo de ternura a otra mujer.

Dentro de la habitación, Chloe se recostó en el pecho de Alexander y le preguntó con una voz empalagosa y manipuladora:

—Viniste volando por mí... ¿no se va a enojar Evelyn? Estaba muy mal de la espalda...

Alexander le acarició el cabello largo con un tono de voz despreocupado.

—No te preocupes por ella. Ha sido ama de casa dieciocho años. No sabe hacer nada y está totalmente fuera de la realidad. Sin mí, no sabría ni cómo sobrevivir. No se atrevería a enojarse. Luego le compro un regalo y se le pasa.

Chloe sonrió con malicia y se acurrucó más en el saco de él.

—Eres el mejor, Alex. Eres el único que en serio me quiere.

Me mordí el labio tan fuerte que sentí el sabor metálico de la sangre.

Así que era eso. Para él, mi silencio y mi aguante no eran amor, sino dependencia.

Estaba convencido de que yo era de su propiedad, y por eso se sentía con la seguridad de pisotear mi dignidad.

Me di la vuelta y me alejé. Esta vez no lloré.

Cuando regresé, la casa estaba vacía.

Fui a la cocina y miré todos los “regalos” que Alexander me había dado con los años.

La batidora KitchenAid de gama alta que me compró para que le horneara más cosas. El lavavajillas industrial para que terminara de limpiar más rápido. El “regalo de aniversario”: la Roomba.

No eran regalos. Eran herramientas para ser una sirvienta más eficiente.

Agarré una bolsa negra de basura industrial.

Sin expresión alguna, eché los mandiles baratos, los utensilios de cocina de descuento y la crema para manos corriente de farmacia que me había aventado.

Luego fui a la recámara principal. Del fondo del clóset saqué mi título de maestría, mi licencia de contadora pública y la copia de los papeles de divorcio firmados.

Guardé en una maleta los documentos que demostraban que “Evelyn Sterling” era una persona, no solo una esposa.

Entonces se abrió la puerta principal.

Alexander había vuelto.

Estaba de muy buen humor, tarareando una melodía. Traía una cubeta de pollo frito para los niños y una cajita envuelta con un moño.

Entró y se quedó quieto al ver la enorme bolsa de basura en el recibidor y a mí, ahí parada con una maleta.

—¿Qué estás haciendo? ¿Por qué tiraste todas las cosas de la cocina?

Se acercó con un rastro de pánico en la voz.

—¿Qué es todo esto? ¿Tienes otra crisis?

Cerré el cierre de la maleta con calma, la empujé a un rincón y lo miré a los ojos.

—La casa está muy amontonada. Me estresa.

Al escuchar la tranquilidad en mi voz, Alexander exhaló y el pánico se esfumó.
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