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Capítulo 2

Author: Alyssa J
A la mañana siguiente, Alexander se despertó sorprendentemente temprano. Por primera vez, no estaba sufriendo por la resaca. En cambio, me dio un beso tierno en la frente como disculpándose.

—Perdón por lo de anoche. El trabajo ha estado de locos y te he tenido muy descuidada. Es fin de semana, ¿por qué no vamos todos al lago a una carne asada? Los niños mueren por ir desde hace tiempo.

Iba a decirle que no me sentía bien, pero Alexander se abotonó la playera tipo polo y añadió, como si no fuera importante:

—Chloe me acaba de escribir. Dice que se siente muy sola en su casa, así que le dije que preparara una maleta y viniera con nosotros. Ya sabes que no tiene a nadie más. Qué triste que esté solita.

Me tragué las ganas de decirle que no, aunque lo tenía en la punta de la lengua. Siempre la misma excusa. Siempre la “pobre hermanita solitaria”.

Cuando llegamos a la zona de acampar junto al lago, Alexander se comportó como el esposo del año. Pero sus atenciones no eran para mí.

—Ponte repelente. Los mosquitos están bravos por aquí.

—El sol está fuertísimo. Mejor quédate bajo la carpa, no te vayas a quemar.

Chloe llevaba un top cortito y unos shorts de mezclilla; desbordaba energía juvenil. Se llevó a Alexander y a los niños al pasto para jugar, y su risa sonaba como campanitas en el aire.

—¡Lánzale el disco a la tía Chloe! —gritó Leo emocionado.

—¡Eres buenísima en esto! ¡Vamos, tía! —Mía daba vueltas a su alrededor con admiración.

Mientras tanto, yo parecía la empleada que trajo sus propias cosas. Batallé sola para bajar la pesada hielera de la camioneta. Me puse en cuclillas junto al asador para acomodar el carbón, cortar la carne y cuidar las hamburguesas. El humo me asfixiaba y me hacía toser, mientras el sudor y la ceniza se me embarraban en la frente.

No muy lejos, un grupo de excursionistas se detuvo a mirar con envidia lo mucho que se divertían Alexander y los demás.

—Mira a esa familia. Son guapísimos. El papá es atractivo, la mamá es joven y guapa, y tienen un niño y una niña. Viven el sueño.

Uno de ellos me señaló mientras yo estaba rodeada por una nube de humo.

—¿Y entonces quién es la señora del asador?

—Ay, por cómo va vestida, es la sirvienta. Los ricos sí que saben vivir.

Sus comentarios se escucharon lo suficiente como para llegar a mis oídos. Mi mano, que sostenía las pinzas, se quedó inmóvil. Sentí una punzada en la sien, pero ya estaba tan cansada que casi no me dolió. Miré a esa feliz “familia de cuatro”. Alexander no me volteó a ver ni una sola vez. Ni siquiera para preguntar: “¿Necesitas ayuda?”

Por la tarde, Chloe recibió una llamada. Fingiendo un tono dulce y angustiado, dijo que tenía una emergencia en el trabajo. Se subió al auto convertible de Alexander y se fue. Como una hora después, Alexander empezó a verse inquieto. Se puso de pie agarrando su iPhone con cara de preocupación.

—Hay una crisis con la junta directiva. Tengo que entrar a una junta por videollamada. Voy a buscar un lugar tranquilo en el bosque. Cuida a los niños.

Lo vi alejarse con una sonrisa amarga. Era domingo. ¿Qué crisis de trabajo hay en domingo? Dejé la charola de comida y lo seguí. Detrás de un enorme encino, Alexander me daba la espalda. Tenía el celular en alto con una actitud de adoración que no me dedicaba a mí desde hace años.

No estaba en una junta. Estaba en videollamada con alguien más. En la pantalla, se veía que Chloe ya estaba en su departamento de lujo, sentada en su enorme clóset. Sostenía emocionada un bolso Birkin de Hermès de edición limitada.

—¡Eres el mejor! ¿En serio es para mí? ¡Moría por este color desde hace mil años!

Era exactamente el bolso del que yo le había hablado durante tres años. El mismo que Alexander despreció diciendo que era un desperdicio de dinero y preguntándome para qué quería una Birkin para ir al súper. Resulta que no pensaba que fuera un desperdicio. Solo pensaba que gastar en mí era un desperdicio. Alexander le habló con ternura a la mujer en la pantalla.

—Qué mensa eres. ¿Cuándo te he negado algo que quieras? Ayer tuviste una noche difícil; tómalo como una disculpa en forma de compras.

En ese momento, mi hija Mía salió corriendo de entre los arbustos. Vio la pantalla de Alexander y se metió entre los brazos de su papá, gritándole con cariño a la cámara:

—¡Tía, tu bolsa nueva está divina!

Chloe se rio en la videollamada.

—¿Quién es más guapa, tu tía o tu mamá?

Mía ni siquiera lo dudó. Su voz infantil fue fuerte y cruel.

—¡La tía es mucho más guapa! Mi mamá siempre huele a grasa de comida vieja. Fuchi. Qué pena que me vean con ella. Tú hueles a perfume, tía. ¡Tú eres la única a la que le queda una bolsa así!

—¡No digas estupideces! —le reclamó Alexander, aunque sin mucha fuerza—. Tu mamá se esfuerza mucho cocinando para nosotros, ¡así que no hables así de ella la próxima vez! ¡Se pondría muy triste si te oyera!

Parada detrás del árbol, sonreí con amargura; así que él sabía que me dolería. Me mordí el labio con tanta fuerza que sentí el sabor metálico de la sangre, obligándome a no salir de mi escondite a gritarles. No tenía caso. Solo faltaban catorce días.
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