LOGINSe detuvo frente a la majestuosa residencia mientras una lluvia fina comenzaba a empañar los cristales. Clarissa sacó el teléfono móvil para distraerse durante los últimos minutos del trayecto. Al abrir la red social, lo primero que apareció en la parte superior de la pantalla fue una actualización reciente de Lucian.Había publicado una fotografía tomada disimuladamente desde el interior de su automóvil. Al fondo, a través del espejo retrovisor, se distinguía la silueta pálida de Clarissa caminando con su sombrilla bajo el sol atenuado de la tarde.El texto que acompañaba la imagen rezaba: «Las mujeres siempre dicen una cosa, pero quieren decir otra; afirman odiarte, pero no pueden evitar venir a buscarte».Clarissa sintió una punzada de incredulidad. Bajó la mirada ha
El viento helado de la tarde agitaba levemente las hojas de los árboles frente a la residencia. Clarissa permanecía de pie en la acera, sosteniendo la sombrilla sobre su cabeza mientras observaba al hombre frente a ella con una mezcla de desconcierto y repulsión.—¿Te convertiste en el propietario de la casa? —preguntó Clarissa, sintiendo una punzada de frialdad en la voz.Lucian acomodó las solapas de su saco con una vanidad ensayada, manteniendo una sonrisa llena de suficiencia.—Me convertí en el casero de tu madre de manera totalmente intencionada —admitió él, dando un paso al frente con absoluta soltura—. Pensé que valorarías la atención. Al fin y al cabo, lo hice para poder cuidar de ella de cerca mientras estés lejos.Clarissa apretó el mango de la sombrilla con los nudillos blancos.—¿Cuidar de ella? —repitió con una amargura que le rasgó la garganta—. No digas tonterías, Lucian. No estás cuidando a nadie. Lo único que pretendes es mantener un lazo forzado para seguir intentan
La luz dorada de la mañana se filtraba suavemente a través de los cristales especiales del vestíbulo, tiñendo el suelo de mármol con destellos cálidos. Clarissa descendió la escalinata luciendo un traje de corte impecable en tono marfil, con una sombrilla de protección UV plegada bajo el brazo y la mirada cargada de una determinación serena.Bastian, de pie junto a la gran mesa de entrada mientras hojeaba unos informes ejecutivos, levantó los ojos oscuros al escuchar sus pasos. La escudriñó durante un segundo en silencio, advirtiendo la ligera tensión en la postura de la joven.—Tengo que salir esta mañana —dijo Clarissa, deteniéndose a un par de metros de él con la voz firme.Bastian cerró la carpeta de cuero con un chasquido seco. Su intuición afilada no requirió de más pistas.—¿Vas a ver a Lucian? —preguntó él en un registro grave, directo y pausado, fijando sus pupilas en las de ella.Clarissa sostuvo la mirada sin pestañear. No lo negó. No tenía sentido mentirle al hombre que le
Clarissa cruzó el umbral del vestidor intentando con todas sus fuerzas recomponer la compostura. Sopló de forma pausada, sintiendo que sus mejillas aún ardían con la incandescencia del encuentro anterior. Se alisó la falda del conjunto de seda crema y descendió a paso firme por la escalinata principal, buscando un refugio de normalidad que alejara de su mente la mirada devoradora de Bastian.Al aproximarse al amplio salón que antecedía al comedor, la voz grave y severa del magnate la hizo detenerse un instante.—En esta casa la atención debe ser impecable —retumbaba la voz de Bastian, impasible pero cargada de una firmeza helada—. La señorita Clarissa requiere cuidados prioritarios. Dejarla desprovista de lo elemental en el cuarto de baño no es un error que vaya a tolerar nuevamente.La joven criada, con la cabeza gacha y las manos temblorosas entrelazadas sobre el delantal, asentía con torpeza mientras las lágrimas amenazaban con asomarle a los ojos.—Señor… le ruego que me perdone —
El regreso a la majestuosa residencia transcurrió bajo la luz suave del atardecer. La berlina cruzó los portones de hierro forjado y se detuvo frente al pórtico principal. Una vez dentro de la calidez de la mansión, Clarissa ascendió los escalones de mármol hacia su suite privada, buscando un remanso de paz para procesar la tormenta de descubrimientos que la rodeaba.Se acomodó en el amplio sillón junto al ventanal y desbloqueó la pantalla de su dispositivo móvil. Al abrir la aplicación de redes sociales, el algoritmo no tardó en desplegar en la parte superior del muro una actualización reciente publicada por Verónica.La fotografía, encuadrada con calculada astucia, mostraba únicamente el escote frontal y la seda brillante del costoso vestido de alta costura. Verónica había recortado cuidadosamente la parte posterior de la prenda, ocultando el enorme rasgón que ella misma había provocado minutos antes en la boutique. Junto a la imagen, la mujer presumía con descaro: “Un obsequio tan
La madre de Clarissa regresó del pasillo sosteniendo un trapo seco entre las manos, pero al notar la rigidez en la espalda de su hija y el documento arrugado entre sus dedos pálidos, se detuvo a mitad del corredor. Un suspiro pesado y cargado de agotamiento brotó de sus labios.—Son los hombres del nuevo arrendador, Clarissa —explicó la mujer, bajando la cabeza con marcada frustración—. Desde hace un par de meses vienen exigiendo incrementos desmedidos sin previo aviso. Dicen que el costo de la propiedad se ha revalorizado y que, si no pago esa tarifa tan elevada antes de fin de semana, mandarán a sus matones para desalojarme sin contemplaciones.El rostro de Clarissa se volvió una máscara de piedra. La impotencia de su madre le quemó las entrañas con la fiereza de un ácido corrosivo.—No les pagues un solo centavo todavía —sentenció Clarissa con una voz baja, firme, exenta de cualquier duda—. Esta propiedad no vale semejante exabrupto y no voy a permitir que te extorsionen de esa man







