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Capítulo 5: El precio de la distancia

Penulis: Bea Medina
last update Tanggal publikasi: 2026-07-07 03:00:18

┃ᴅᴀᴍɪᴀ́ɴ ᴍᴜ̈ʟʟᴇʀ┃

El despacho estaba envuelto en una penumbra casi absoluta, solo rota por el resplandor azul pálido de la pantalla del ordenador y el foco concentrado de la lámpara de mesa que iluminaba exactamente el área de trabajo: los documentos extendidos, el teclado negro mate, el vaso de whisky que ni siquiera había tocado. Las cifras seguían desfilando en la hoja de cálculo como soldados en formación perfecta: proyecciones de ingresos del nuevo puerto deportivo en Puerto Banús, márgenes ajustados de la fusión pendiente con la filial de Hamburgo, análisis de riesgos geopolíticos que podrían encarecer el acero alemán en los próximos seis meses. Nada más importaba en ese momento. Ni la hora que marcaba el reloj digital en la esquina inferior de la pantalla (23:47), ni la fecha que acababa de cambiar a un nuevo día, ni el anillo de platino que llevaba en el dedo anular desde la ceremonia de esa tarde. Solo números. Solo ecuaciones que podía resolver, variables que podía controlar, resultados que podía predecir con una precisión que me tranquilizaba como pocas cosas en este mundo.

El teclado respondía con clics secos y rítmicos bajo mis dedos, un sonido mecánico que llenaba el silencio sin molestarlo. Estaba a punto de abrir el siguiente archivo —el informe de auditoría interna que había pedido que me enviaran urgentemente— cuando la puerta del despacho se abrió sin previo aviso, sin el golpe suave que solía dar Klaus. Era Lukas. Mi asistente personal desde hacía seis años entró con la carpeta bajo el brazo, pero no la abrió. Se detuvo frente al escritorio, erguido, con esa postura recta que le había enseñado mi padre en los primeros días y que nunca había perdido. Sus ojos claros me miraron directamente, sin parpadear, como si estuviera evaluando si interrumpir era un riesgo calculado.

—Señor Müller —dijo con voz baja, medida, casi formal—, son las once y media pasadas.

No levanté la vista. Mis dedos siguieron moviéndose sobre el teclado, ajustando una celda que había marcado en rojo.

—Lo sé —respondí sin inflexión.

Lukas no se movió ni un centímetro.

—Hoy es su noche de bodas —continuó, como si estuviera recitando un hecho objetivo del calendario—. La ceremonia terminó hace unas horas. La alianza está formalmente sellada. He cancelado sus reuniones de las siete de la mañana por si… —hizo una pausa breve, buscando la formulación exacta— quisiera dormir hasta más tarde. O pasar la noche con su esposa. Cumplir con los deberes maritales, al menos en apariencia.

Cerré la pestaña del informe con un clic seco que resonó más fuerte de lo que pretendía. Giré la silla muy despacio hasta quedar frente a él, apoyando los antebrazos en el escritorio. Lo miré directamente a los ojos, sin parpadear, sin alterar la expresión.

—Lukas —dije con esa calma helada que él conocía demasiado bien, la que indicaba que la conversación acababa de entrar en territorio peligroso—, ¿desde cuándo te pago para que me des consejos sobre mi vida privada? ¿O para que me recuerdes obligaciones que no pedí?

Él no retrocedió. Su mandíbula se tensó apenas un instante, pero mantuvo la compostura.

—No es un consejo personal, señor. Es un recordatorio profesional. Las cuatro familias ya están hablando. Los rumores circulan desde el momento en que usted y la señora Voss salieron del jardín sin apenas mirarse. Si no hay… cercanía visible, si no se consuma al menos la apariencia de un matrimonio normal, empezarán a cuestionar la solidez de la alianza. Y eso debilita nuestra posición en las negociaciones que vienen. Usted lo sabe mejor que nadie.

Me incliné ligeramente hacia adelante, dejando que el silencio se extendiera entre nosotros como una cuerda tensa.

—Isabella Voss no es una esposa —respondí con precisión quirúrgica, pronunciando cada palabra como si estuviera dictando una cláusula contractual—. Es una transacción. Una pieza que se coloca en el tablero para asegurar un acuerdo. Las transacciones no requieren que comparta mi cama, ni que finja pasión, ni que pierda el tiempo en rituales románticos que ninguno de los dos desea. Requieren que firme donde toca, que aparezca en las fotos oficiales y que no me moleste con exigencias emocionales o físicas. Eso es todo.

Hice una pausa breve, solo para que las palabras calaran.

—Y en cuanto a la apariencia… pueden decir lo que quieran. Mientras yo mantenga el control de los contratos, de las cuentas, de las acciones mayoritarias y de las alianzas reales, los rumores no valen ni el champán que se beben mientras los cuentan. Ella ya tiene tres tarjetas sin límite en su poder. Eso es más generosidad de la que muchas esposas reciben en toda una vida de matrimonio. Si quiere cercanía, que se la compre con mi dinero. Un vibrador, un masajista, un amante discreto… lo que sea. No voy a ser yo quien se lo proporcione.

El silencio que siguió fue denso, casi tangible. Lukas bajó la mirada por un segundo —lo más cerca que llegaba a mostrar desacuerdo— antes de volver a alzarla.

—Entendido, señor —dijo con voz neutra—. ¿Necesita algo más esta noche?

—No. Puedes retirarte.

Se dio la vuelta sin una palabra más y salió del despacho con el mismo cuidado silencioso con que había entrado. La puerta se cerró con un clic suave.

Volví a abrir el archivo de Excel.

Las cifras seguían allí, inmutables, ordenadas, predecibles. Las mismas que habían estado antes de la interrupción. Las mismas que estarían mañana.

Mejor así.

Mucho mejor.

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