ログインJADE AL-QALA Me tomó entre sus brazos y me besó. No fue un beso de pasión únicamente, sino un beso de despedida, de reconocimiento, de amor absoluto. Me besó como si quisiera grabar cada sabor, cada respiración, cada movimiento en su memoria. Y yo lo besé de vuelta, con la misma desesperación, con la misma certeza de que este era el final de una etapa y el comienzo de un dolor que llevaríamos siempre. Me llevó despacio hacia la cama, y cada paso fue una caricia, cada mirada una promesa. No hubo prisa. No hubo urgencia por terminar. Porque sabíamos que cada segundo que pasábamos juntos era un segundo que nos robábamos al destino. Me ayudó a desvestirme con manos temblorosas, desabrochando cada botón con una lentitud que me hacía temblar. Sus dedos rozaban mi piel accidentalmente con cada movimiento, y cada roce era como una chispa que encendía mi sangre. Cuando la tela cayó al suelo, quedé ante él solo con la fina gasa de mi ropa interior, y sus ojos me recorrieron con una mezcla de
JADE AL-QALA Cuando me dijeron dónde debía ir, sentí que el mundo se me venía encima. El ala oeste. Era el Harem.El lugar donde vivían las mujeres del palacio, alejadas del mundo, sin voz, sin poder, esperando silenciosamente. El lugar que yo, como Jequesa, nunca había necesitado. Y ahora… era mi nuevo hogar.Caminé por los pasillos, con una pequeña maleta en la mano, llevando solo lo indispensable. No miré atrás. No podía. Pero entonces escuché pasos rápidos detrás de mí, y una voz que conocía mejor que la mía.—¡Espere, mi señora!Me detuve y me giré despacio. Era Amina, corriendo hacia mí, con una bolsa en sus manos y los ojos llenos de lágrimas. Los guardias intentaron detenerla, pero ella los apartó con un gesto firme, como si nadie pudiera impedirle llegar hasta mí.—Amina… —susurré, con la voz quebrada—. No debes venir. Ya no soy la Jequesa. Ya no soy nadie. Vuelve a tus aposentos. No pierdas tu lugar por mí.Ella llegó hasta mí, me tomó las manos entre las suyas y me miró co
JADE AL-QALAEsa mañana todo parecía tranquilo. Hassan me tomó de la mano antes de salir de nuestros aposentos y me miró con esa ternura que empezaba a sanarme las heridas.—El Consejo de Jefes me ha convocado de urgencia —me dijo, apretando mi mano—. Caminamos juntos hacia la sala del consejo, su mano sosteniendo la mía con fuerza, como si esa presión pudiera protegernos de lo que nos esperaba.Pero al entrar, el aire se nos escapó de golpe. Allí estaban todos los jefes del reino, los ancianos, los más poderosos, con rostros impasibles. Y en el trono principal… la madre de Hassan. A su lado, de pie, con la cabeza alta, una mano sobre su vientre… estaba Zhara.Mi corazón dio un vuelco. No esperaba verla ahí. Llevaba un vestido verde de seda, y en cuanto sus ojos se cruzaron con los míos, una sonrisa fría y triunfal se dibujó en sus labios.—Pasen —dijo la madre de Hassan, con voz que heló la sangre—. Los estábamos esperando. Cierren las puertas. Nadie sale hasta que se haga justicia.
JADE AL-QALA Los escalones eran de piedra fría, húmeda, y cada paso que daba sentía como si bajara al mismísimo infierno. Hassan caminaba a mi lado, sin soltarme la mano, con el rostro endurecido por la preocupación, como si quisiera protegerme incluso del aire que respirábamos ahí abajo. El aire se volvía más pesado, más denso, cargado de humedad y de un olor a moho y encierro que me revolvía el estómago.—No tienes que hacerlo —murmuró él, por tercera vez desde que empezamos a bajar—. Todavía puedes volver arriba. Yo me encargo.—Necesito verla —respondí, con voz firme aunque las piernas me temblaban—. Necesito mirarla a los ojos. Saber qué tiene que ver con nosotros.Llegamos ante una puerta de hierro grueso, custodiada por dos guardias que se pusieron firmes al vernos. Hassan les hizo una seña y abrieron. El chirrido del metal me heló la sangre. Entramos. La celda era amplia, desnuda, con paredes de piedra oscura y una sola ventana alta por donde apenas se filtraba un rayo de luz
JADE AL-QALA —¿Quieres que te ayude a sentarte? —preguntó con suavidad—. Tienes que beber algo. Te preparé té de hierbas, tal como te gusta. Sin azúcar, con un poco de miel. Asentí, apenas con la cabeza. Se levantó con cuidado, vino a mi lado y me ayudó a incorporarme, apoyando suavemente mi espalda contra las almohadas. Sus manos eran cuidadosas, respetuosas, no se atrevían a tocarme más de lo necesario. Cuando terminó, se apartó un poco y me miró, como esperando que le dijera que estaba bien, o que se alejara más. —Gracias —susurré. Me trajo la taza y se la ofreció, pero cuando vi que me la extendía con ambas manos, noté que temblaban levemente. —Puedo sostenerla yo —dije, tomándola de sus manos. —Lo sé —respondió él, bajando la mirada—. Pero quería hacerlo. Bebí el té. Estaba perfecto. Ni muy caliente, ni muy frío. Exactamente como me gustaba. Y eso me hizo sentir un nudo en la garganta. Él sabía cada detalle de mí. Cada cosa pequeña. Y sin embargo… todo se había roto. —Est
JADE AL-QALA Despertar fue como volver de un lugar oscuro, frío, sin tiempo. Pesaba todo: los párpados, el cuerpo, el alma. Cada movimiento me costaba un esfuerzo inmenso, como si hubiera estado corriendo durante días sin detenerme.Lo primero que sentí fue calor. Una mano grande, cálida, que sostenía la mía con una firmeza que dolía y a la vez… me daba seguridad. Esa mano. La conocía de memoria. La había sostenido mil veces. La había besado, la había acariciado, había sentido su fuerza protegiéndome. Y ahora… ahora esa misma mano me quemaba.Abrí los ojos despacio. La habitación estaba suavemente iluminada por la luz del atardecer, dorada, tenue. Y entonces lo vi.Estaba ahí. A mi lado. Velándome. Su rostro estaba demacrado, cansado, con ojeras oscuras bajo sus ojos oscuros, como si no hubiera dormido en días. Su cabello desordenado, su ropa arrugada, y sin embargo… nunca lo había visto tan hermoso… ni tan imponente.Mi corazón dio un vuelco, y al mismo tiempo se encogió de dolor. É







