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CAPÍTULO 60

last update publish date: 2026-05-31 13:12:33

HASSAN AL-ÁSAD

—No te necesito, Hassan, así que vete —susurra con una decisión que me sorprende.

—¡Chiquilla! —susurro con dolor al escuchar sus palabras llenas de resentimiento.

—¿O es que ya te cansaste de ignorarme y ahora sí quieres cumplir con tus deberes de esposo? —pregunta con rabia contenida.

—¡Aghfir li! *¡Perdóname!* —Bajo la mirada, ya que me resulta difícil sostenerle la mirada a esos ojos que me miran con rencor. —Yo te a...

—No, Hassan, no te atrevas a decirlo; si me amaras com
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    JADE AL-QALA —¿Quieres que te ayude a sentarte? —preguntó con suavidad—. Tienes que beber algo. Te preparé té de hierbas, tal como te gusta. Sin azúcar, con un poco de miel. Asentí, apenas con la cabeza. Se levantó con cuidado, vino a mi lado y me ayudó a incorporarme, apoyando suavemente mi espalda contra las almohadas. Sus manos eran cuidadosas, respetuosas, no se atrevían a tocarme más de lo necesario. Cuando terminó, se apartó un poco y me miró, como esperando que le dijera que estaba bien, o que se alejara más. —Gracias —susurré. Me trajo la taza y se la ofreció, pero cuando vi que me la extendía con ambas manos, noté que temblaban levemente. —Puedo sostenerla yo —dije, tomándola de sus manos. —Lo sé —respondió él, bajando la mirada—. Pero quería hacerlo. Bebí el té. Estaba perfecto. Ni muy caliente, ni muy frío. Exactamente como me gustaba. Y eso me hizo sentir un nudo en la garganta. Él sabía cada detalle de mí. Cada cosa pequeña. Y sin embargo… todo se había roto. —Est

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    HASSAN AL-ÁSAD Me acosté a su lado, sin tocarla de más, solo pegando mi cuerpo al suyo para darle calor, entrelazando mis dedos con los suyos, escuchando su respiración, débil pero constante. —Te devolveré la paz que te quitaron —le susurré contra su oído, con voz firme, con una promesa que venía de lo más profundo de mi alma—. Te devolveré la tranquilidad. Te daré la seguridad que mereces. No dejaré que nada ni nadie te altere. Ni siquiera yo. Te cuidaré, mi vida… y te demostraré, día tras día, que soy digno de ti. Cueste lo que cueste. Cerré los ojos, y por primera vez en mucho tiempo, no pedí perdón solo por lo que había pasado… pedí la fuerza para ser el hombre que ella merecía. El hombre que la protegería de todo, incluso de sí mismo. Y así me quedé, velando su sueño, jurándome a mí mismo que costara lo que costara, la salvaría. Porque ella era mi vida. Y sin ella… yo no era nada. Pasaron las horas y no me moví. Seguí sentado a su lado, sosteniendo su mano, sintiendo su calo

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    HASSAN AL-ÁSADEl auto apenas se detuvo frente a la escalinata principal del palacio cuando ya abrí la puerta y salté fuera, sin esperar a que nadie me ayudara. La tomé en brazos de nuevo, apretándola contra mi pecho como si mi vida dependiera de ello, y entré al palacio corriendo, como un loco, sin importarme las miradas de los sirvientes, de los guardias, de nadie. No existía nadie más que ella. Mi Sultana. Mi vida. Y se me escapaba entre las manos, fría, pálida, sin responder a mi llamado.—¡Apartense! —grité, con la voz rota—. ¡Déjenme pasar!Corrí por los pasillos, subí las escaleras de dos en dos, sin sentir el cansancio, sin sentir nada más que el miedo helado que me recorría el cuerpo entero. Llegué a nuestros aposentos, nuestro refugio, el lugar donde tantas veces nos amamos, y ahí estaba el médico, esperándome, con el rostro serio, grave. Lo aparté apenas con un gesto y la llevé directo hacia la cama, recostándola con infinito cuidado, como si fuera de cristal, como si el me

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